Turnedo

CAPÍTULO UNO

 

Algunas personas parecen tocadas por la mano de Dios, sino no se explica cómo entre la multitud de caminantes de rostro y vida gris, sólo unos pocos parecen haber alcanzado la perfección, sólo ellos trabajan dónde quieren, viven dónde eligen, conducen lo que les apetece y se follan a quién les da la gana. Ganadores de la lotería genética, los favoritos de la sociedad, triunfadores natos. Y entre los elegidos, en la cumbre de la pirámide por encima de los demás, él. No sólo ha conseguido todo lo que se ha propuesto, se lo ha ganado. Una vida de romper récords, de alcanzar imposibles, de realizar lo irrealizable, de conseguir lo que se ambicionaba y disfrutarlo. ¿Vanidad? Nunca es vanidad si puedes demostrarlo.

Los envidiosos le llaman arrogante, pero ellos no conocen nada de su historia, no saben cómo se alzo de las cloacas para hacerse con aquella vida. Él es uno de los elegidos, no sólo por haber conseguido todo lo que ambicionaba, sino por ser consciente de ello. Un hombre que ha sido capaz de elegir la vida que lleva hasta el más mínimo detalle.

Un hombre joven con paso decidido. Viste un elegante traje gris de temporada, ligero entalle y la manga de la americana de largo medido, deja a la vista sólo un par de centímetros de la camisa blanca bajo ella. Los dos botones desabrochados dejan a la vista una corbata negra con finas líneas diagonales gris plata, una reluciente hebilla de cinturón y unos pantalones con ralla bastante estrechos, rematados en un par de elegantes y bien lustrados zapatos negros.

El porte erguido y la cabeza alta acompasan como pueden su firme caminar. Pelo y ojos castaños. Bien afeitada la cara de rasgos marcados, apretados los labios finos y arqueadas unas cejas quizá poco masculinas y demasiado arregladas. El rostro deja traslucir un aire malhumorado y taciturno. Esto no sería así de no ser por el coche, el jodido coche. Una retahíla de maldiciones le acude a la cabeza y se le atasca en la garganta. Un coche carísimo, un elegante mercedes biplaza último modelo de color negro, coche que por algún motivo que no llegaba a entender se había negado a arrancar aquel mediodía.

Camino de su casa, a su paso frente al teatro Campoamor de Oviedo un torrente de oscuras amenazas surca su imaginación, contra la gente del seguro, contra la resultona administrativa del concesionario o a ser posible contra la aún más atractiva vendedora. El recuerdo evocador de esta última provoca una socarrona e involuntaria sonrisa, recuerda aquel ajustado traje de dos piezas rojo y el modo en el que mágicamente se desabrocharon un par de botones de la blusa blanca bajo el, todo de modo poco casual mientras se discutían los términos de la financiación. Sí, sin duda la alianza en el dedo anular de aquella mujer perdía gran parte de su significado con aquella actitud, tal vez ella no se fuese a cenar con él, pero por su modo de mirarle no descartaría un encontronazo tras las persianas corridas de su despacho.

Y así, de súbito, cambia el humor de una persona, el mero recuerdo de la pechugona vendedora basta y sobra para olvidarse de una ruinosa cuarta hipoteca, la cuarta tras una primera para el piso, otra para un primer coche ya defenestrado, una tercera para evitar la ejecución de la hipoteca del piso y ahora la presente por un coche que no arranca. Nada demasiado importante, únicamente una cuestión de dinero, al menos eso se había dicho esa misma mañana. En cualquier caso nada grave ahora que las cosas van bien. Dinero llama a dinero y no convencería a nadie con aspecto de mendigo, un hombre vale tanto cómo la imagen que proyecta y siempre era preferible dar a entender mucho valor. Ropa de marca, un coche caro y un buen trabajo son una tarjeta de presentación inmejorable, ahora bien, cómo mucho un par de años más en aquella barraca provincial y pondría rumbo a la capital, ya se había regodeado demasiado tiempo sintiéndose cómo el pez gordo del acuario pequeño, ya era hora de pasar a las grandes ligas y quizás, sólo quizás, puede que en ese momento ya hubiese encontrado la mujer ideal para ello. Una cara preciosa sobre un cuerpo perfecto, tal vez un poco respondona pero elegante y capaz de mantenerse callada cuando resultaba necesario.

Hace calor y tiene hambre, ha pasado la hora de comer para la mayoría, funcionarios y otros administrativos cierran sus oficinas a eso de las tres de la tarde y saturan las calles de tráfico, siempre el mismo cantar en Oviedo. Otra sonrisa socarrona se le escapa, esta vez contra las retenciones de tráfico.

-Esto no esta tan mal –se repite para sí- no esta tan mal. Siempre y cuando aguante sin llover.

Alza la cabeza hacia el cielo gris plomizo y aprieta el paso, el aire está pesado, parece estancado y apenas se mueve. El ambiente es cálido y húmedo, anuncia tormenta, pero pese a ello no se desabrocha el botón superior de la camisa ni se quita la americana, una cuestión de prioridades, él tiene claro que nadie debe gastarse tanto dinero en ropa para no lucirla apropiadamente. Aún es verano pero las mañanas ya refrescan, de todos modos decide cambiarse al llegar a casa y usar un traje más ligero, al menos durante el tiempo suficiente para su visita a la vendedora de amplio mostrador y puede que  para llevar también al día siguiente a la oficina.

Después de todo -piensa para sí- que lo del coche no es tanto percance, el trayecto es de unos quince minutos entre su nuevo estudio y la oficina, menos aún a un paso vivo cómo el suyo. Pero sigue pensando que nadie paga lo que él por un coche cómo el suyo para luego moverse caminando, decide que nadie librara al taller de un sonoro toque de atención. Ya se emociona ante la perspectiva de reprender severamente a la descarada vendedora, quién cómo se descuide recibirá de seguro una sonora azotaina.

Corta por la plaza del Carbayo hacia la parte alta de la calle Foncalada, el camino no es el más directo pero quiere evitar el paso por la calle Gascona, plagada de sidrerías, personalmente le aterra la idea de llenarse de sidra los bajos de los pantalones, una forma fantástica de conseguir un perenne y nada elegante olor a chigre capaz de acompañarle el resto del día, además de echarle a perder un buen traje. No, no acorta aunque no puede evitar dejar de pensar que esto tal vez haya sido mala idea, las ganas de llegar lo más pronto posible a casa y el hambre le espolean.

Aprieta el paso camino de su pequeño estudio en la Calle Alfonso III el magno, una pequeña calle abierta paralelamente a Foncalada, de nuevo trazado con salida al Vasco y a General Elorza, un lugar que él considero una buena oportunidad para invertir. Una serie de edificios a estrenar en una calle peatonal a cinco minutos del centro de Oviedo, una oportunidad única en la vida -se había dicho a sí mismo una y mil veces- sólo las necesarias para tratar de ignorar el hecho de que de seis plantas, catorce viviendas en total, la suya era la única vendida y ocupada. Ahora sólo esperaba poder colocarle el piso a alguien antes de pedir el traslado a Madrid, tal vez así pudiese recuperar algo de su dinero.

Evita doblar a la derecha junto a la antigua fuente de la Foncalada, pieza de patrimonio cultural y un urinario muy popular entre los jóvenes. La pasa de largo y sigue hasta el cruce de la calle General Elorza. Frente al paso de cebra que atraviesa los cuatro carriles hacia la zona de El Milán y el barrio de Pumarín, vuelve a pensar para sí que aquella era la divisoria de la zona centro de Oviedo, la línea invisible que separaba al burgués del proletario, a los que llevan de los que se dejan llevar, a quién cuenta de quién no. Sin detenerse lo más mínimo ni ante nada o nadie cruza entre el grupo de gente que espera frente al cruce, gira a la derecha y sube por la calle peatonal de adoquines grises, su edificio también gris se encuentra en la parte alta de la calle.

En la entrada de su edificio un joven espera apoyado en el lado derecho del portal, el opuesto a los interfonos, tiene la mirada clavada en el suelo y le ignora cuando pasa a su lado, también mientras rebusca en su bolsillo la llave del portal y también al abrir la puerta.

Tras pasar el umbral aquel hombre vuelve a la vida, sujeta la puerta y camina tras él al interior del edificio, tranquilamente, a un par de pasos de distancia a su espalda. Un tanto extraño pero no demasiado, la mierda habitual con los carteros comerciales. Se para a comprobar el correo y deja pasar de largo al joven. Al frenarse frente a los casilleros del correo este le adelanta y se dirige al ascensor, él, parado frente a los buzones aprovecha para echar un vistazo a las etiquetas, ninguna aparte de la del sexto B, su propio piso, justo cómo había sido desde el día no tan lejano en el que le entregasen las llaves.

Aquel chico no ha prestado atención a los buzones por lo que no estaría repartiendo propaganda, después de todo puede que hoy fuese el día en que se instalase un nuevo vecino. Que ya era hora.

El ascensor sube desde el garaje hasta la planta baja, el joven del portal entra directo en el pero no marca ningún botón, se pega a la pared trasera del elevador, se cruza de brazos y espera. Tras cerrar la pequeña portilla del buzón entra en el ascensor tras él, no es muy hablador pero al menos parece lo suficientemente educado cómo para esperar hasta que se ha subido. Al entrar se coloca un paso por delante y aprieta el botón del sexto.

-¿También al sexto? –No parece que el chico esté dispuesto a responderle- Bien.

No, desde luego no es muy hablador el cretino, que permanece callado y con aire distraído. En cualquier caso no parece gran cosa, quizá unos centímetros más bajo que él mismo, más delgado y de rostro algo chupado, un tanto común pero de cierto atractivo. Ropa informal y un aire un tanto descuidado, pantalón vaquero suelto y una sudadera negra bastante gastada, demasiada ropa para esa temperatura pero ropa de bastante calidad al fin y al cabo. Un universitario del montón, no había duda de ello. Pero lo que sí le resulta molesto es su olor, aquel tipo apesta, a sudor rancio y a ropa sucia.

–Alguien ha olvidado ducharse hoy –lo dice en tono bajo pero audible- hay que ver que cerda es la gente.

El ascensor anuncia su llegada a la sexta planta con el irritante tono de voz metálico y poco femenino de costumbre. No disimula y se precipita por el hueco de la puerta abierta con un par de zancadas largas, dejando patente su deseo de no permanecer allí ni un segundo más de los imprescindibles, encerrado con aquel chico del olor a podrido. Mientras avanza por el pasillo nota que le siguen, vuelve a sacar las llaves del bolsillo del pantalón y localiza con los dedos la de su piso. 

-También es mala suerte que con todo el edificio vacío me vaya a tocar ser vecino de puerta del autista imbécil este. –otra vez entre dientes y con poca voz, cómo para sí mismo, pero invitando a escuchar a cualquiera que prestase atención, todo mientras dejan atrás las puertas blindadas de los apartamentos C y D.

Sólo quedan dos puertas en esa planta, una a cada lado al final del pequeño pasillo forrado de mármol gris en suelo y paredes, un corredor pobremente iluminado por un circuito de pequeñas luces distribuidas con tacañería. Al fondo del pasillo gira a la derecha aliviado de la cierta angustia que le había provocado en aquel el trayecto la poco confortante compañía.

-Al fin en casa –dijo ya en un tono más audible y desenfadado.

Maldice su suerte de nuevo, primero el coche y ahora esto, desde luego compartir rellano con una panda de estudiantes, extranjeros o no, no le iba a dar a su piso ningún valor añadido, menos si cómo aquel volvían de fiesta a media tarde los días laborables.

No es hasta que emboca la llave en la cerradura cuando lo nota. El joven sigue detrás de él, apenas a un paso. De repente el tiempo parece detenerse, un instante de duda, un ligerísimo movimiento de los hombros y sin darle oportunidad, aquel extraño se abalanza sobre él. Una mano increíblemente firme le aferra la parte trasera de la cabeza, mientras la otra le sujeta el brazo derecho sobre el codo. Todo ha sido demasiado rápido cómo para reaccionar,  aún más cuando el joven le empuja la cabeza contra la puerta con una violencia terrible, con una fuerza brutal, con la mano que le aferra la nuca desplaza el peso del cuerpo de ambos, su cara impacta de plano contra la puerta blindada de su propio apartamento.

Una cortina de luz blanca lo cubre todo tras el golpe. El impacto es durísimo, el crujido húmedo del tabique nasal al partirse se instala en sus oídos, el labio superior se abre y el aguijonazo de dolor se deja sentir de la frente a la barbilla. Pero de nuevo y antes de que pueda reaccionar, aún antes de que la sangre empiece a fluir, el joven que le mantiene férreamente sujeto le empuja otra vez.

Y otra más, no es hasta la tercera que consigue taparse el rostro con la mano izquierda. Las primeras manchas de sangre se instalan en el falso acabado de madera de la puerta. Los últimos impactos no han sido limpios y su pómulo izquierdo luce abierto y sangrante, la cara le arde. Tras el tercer golpe el joven suelta la mano de su nuca pero sólo para apretarle el cuello con el codo del brazo liberado, esto le produce un dolor punzante mientras le aprieta la cara contra la puerta. Solo cuando se asegura de que está completamente inmovilizado hinca los dedos de su mano derecha en su brazo, este mantiene la llave en la puerta, no puede moverse, soltaría la llave y se retorcería de dolor pero no le dejan. Tiene ganas de gritar, está apunto de hacerlo, pero entonces acercando la cabeza a la de su presa inmóvil,  su agresor con un calmado tono de voz y los labios rozando su oído le susurra:

-Abre la puerta si no quieres morir en el descansillo de tu casa.

Un rápido repaso de los últimos instantes de su existencia le revelan lo estúpido y confiado de su comportamiento. J-o-d-e-r. Un torrente de improperios le acude a la mente pero ni una sola idea. Duda en abrir la puerta, es perfectamente consciente del mal resultado que traería hacerlo, sabe que no debe, no puede. Mueve la llave dentro de la cerradura, no puede mover la cabeza, le duele muchísimo la cara y un hilo de sangre le brota incontenible de la nariz, le moja la boca y la barbilla escurriéndose puerta abajo hasta el suelo. Tiene que hacer algo pero lo único que puede hacer es hablar.

-Si quieres dinero lo llevo en la cartera. No tengo nada en casa –apenas lo pronuncia lo suficientemente alto cómo para escucharse a si mismo. Le tiembla la voz pero espera que no se note demasiado. No se le ocurre que es lo que puede querer su agresor pero desea con todo su corazón que con eso se lo quite de encima.

No funciona. Sin mediar palabra el joven suelta el brazo que sujeta el suyo y cerrando el puño le propina un puñetazo durísimo en las costillas, un golpe lateral y de abajo a arriba, seco y potente. El aire se le escapa del cuerpo, se doblaría pero el antebrazo que le aplasta el cuello no le deja ni encogerse de dolor. Vuelve a notar la mano que le acaba de hacer polvo las costillas agarrándole de nuevo el brazo de las llaves, firme pero esta vez más suave.

-Que abras la puta puerta. Ábrela ahora –la voz no tiembla, no la suya, no hay duda ni titubeos. No parece que vaya a dar la mano a torcer ni pararse a compartir opiniones –Vamos. No me hagas repetir las cosas campeón.

Ya sólo queda una cosa por hacer. Cierra los ojos y encomendándose a todos los santos protectores gira la llave a la derecha dentro de la cerradura. Un chasquido metálico indica que la puerta está abierta, no le hace falta dar más vueltas, nunca echa la cerradura y hasta ese día nunca había pensado que hubiese de hacerle falta. El joven aparta el brazo de su cuello y sin darle tiempo a reaccionar le empuja nuevamente. Esta vez con un empujón seco con el hombro entre sus omóplatos.

La puerta cede y él se desploma en el minúsculo recibidor, impacta con la cara y las manos contra el parquet de madera noble. No se atreve a volver la mirada hacia la puerta abierta ni hacia la figura amenazante bajo su umbral, por el contrario se incorpora lo justo para ponerse a gatas y tratar de moverse hacia el armario zapatero de Ikea frente a él, no porque espere encontrar nada allí, únicamente lo hace para no quedarse en el mismo sitio. Le duele todo y se esta mareando a medida que su sangre se desparrama por el suelo. Apenas habrá avanzado un par de metros usando las rodillas y las uñas, recorriendo casi la totalidad del recibidor, cuando la figura tras él avanza de nuevo, cierra la puerta una vez dentro y le propina una brutal patada a su trasero expuesto. El golpe es tan fuerte que casi le levanta en el aire, un golpe duro y con tan mala intención que su maltrecha cara va a dar contra el mueble zapatero escandinavo llenándolo de sangre. La madera se astilla y su propia sangre lo salpica todo, entonces se da cuenta de que aquel hombre se ríe, se esta riendo de él, se ríe hasta que finalmente le habla.

-Siempre me es agradable ver una puta cómo tú con el culo en pompa, pero por mucho que le reces a La Meca no eres para nada mi tipo, preciosa. Pero te lo digo ya, aunque haremos negocios, que los haremos, nunca seremos más que amigos princesa.

En un par de pasos se sitúa a la altura del mueble zapatero. Dedica una mirada a su alrededor y finalmente recoge a su maltrecho interlocutor por el cuello de su camisa de marca, atravesando la puerta del salón a su derecha arrastrándole.

El salón es una estancia alargada, dos paredes paralelas pintadas de blanco con un ventanal al fondo. Una mesa de cristal hortera con cuatro sillas horribles incrustadas bajo ella en el espacio al lado izquierdo de la entrada hacen las veces de comedor, en línea con ellas un sofá de cuero negro pegado a la pared izquierda y frente a el una gran pantalla de plasma, en el centro de la estancia una baja mesa de té de madera pintada de verde ocupa el espacio central, que es prácticamente el resto del espacio, dándole al conjunto de la estancia un aire claustrofóbico.

Tras lo que parece un instante inicial de duda el joven lanza su carga sobre la pequeña mesa. Ésta no aguanta y cede bajo el peso, dos de sus patas se hunden con un sonoro crujido y la tabla superior se resquebraja en varios pedazos. Solo entonces un momento de alivio, un breve respiro mientras trata de incorporarse y de acercarse al sofá, su agresor pasa unos instantes deambulando por la habitación.

Primero cierra la puerta, enciende de seguido la luz en el interruptor junto a ella y se acerca después a la ventana. Allí busca en los laterales de la misma la correa de la persiana que no encuentra. Gira contrariado sobre si mismo y busca con la mirada por la habitación, ignora deliberadamente la desesperada figura que trata de subirse al sofá. Tras un momento parece encontrar lo que andaba buscando, camina un par de pasos y se agacha junto a la mesa echa añicos, allí recoge un mando a distancia de entre los restos y lo apunta a la ventana. Aprieta el botón y la persiana comienza a descender despacio, todo mientras él por fin consigue subirse al sofá y sentarse en el mismo con una mirada aún atónita. Parece que todo aquello no le esté sucediendo a él, se pregunta sino será una  de esas pesadillas de las que te despiertas envuelto en sudor, podría serlo, lo parecería si aquel dolor no fuese tan real. El joven le mira y sonríe, relaja los hombros y le dice:

-Elegante, sí señor, muy elegante. Una persiana a control remoto es una de esas mierdas que seguro que te hacen sentir importante, supongo, aunque ahora mismo no me parece que te sea de gran utilidad.

Cruza la estancia con aire tranquilo y coge una de las sillas bajo la mesa de la entrada, debe de advertir entonces que tanto la mesa cómo las sillas son una horterada de plástico transparente que imita el cristal. Sonríe mientras levanta la silla y la coloca justo en frente de su maltratado interlocutor, la afirma de mala manera sobre parte de la destrozada mesa de té y se sienta. Dedica una mirada fija, larga y tendida al hombre herido frente a él y finalmente dice con voz clara:

-Cómo una vaca a la autopista.

-¿Qué? –apenas acierta a preguntar, no entiende nada de lo que esta pasando, el sabor metálico de la sangre junto con el dolor lacerante en su cabeza no le ayudan a razonar.

-Tu mirada –el joven realiza una pausa un tanto teatral- es cómo la de una vaca mirando la autopista. Una vaca lista para el matadero, tal vez no lo creas o te digas a ti mismo que no es así, pero esta situación dice mucho de tu carácter, lo dice el hecho de que no has tratado de defenderte ni una sola vez.

-¿Tengo alguna opción? –una serie de pensamientos negros sobre lo que pudo haber sido le vienen a la mente, pero así cómo vienen se van, seguidos de una serie de pensamientos aún más negros sobre lo que esta apunto de pasar que ocupan su lugar. Desliza su mirada hasta una de las patas rotas de la mesa tirada en el suelo, cuando vuelve a alzarla y ve a aquel hombre mirándole ya sabe lo que dirá aún antes de que lo diga.

-No. Ninguna. Sólo que cualquiera con huevos hubiese tratado de hacer algo en tu situación. Pero tranquilo, yo ya contaba con ello, sabía que eras un cobarde de mierda. No podías ser otra cosa.

Vuelven unos segundos de silencio y tras ellos el asaltante desconocido se baja un poco la cremallera de la sudadera, bajo ella viste una camiseta también negra, introduce la mano bajo el pliegue izquierdo de la sudadera y saca una bolsa blanca de supermercado con algo dentro. La retiene un instante en su mano, cómo sopesándola, entonces chasquea la lengua con disgusto y suspira profundamente, absorto en sus pensamientos mientras abre la bolsa con ambas manos. De ella extrae un paquete para el cambio transparente lleno de monedas de diez céntimos y un par de agujas metálicas de hacer punto. Si bien el paquete de monedas no le dice nada, la visión de las agujas hace aparecer un chorro de sudor frío en su espalda que le empapa la camisa. Pero al mismo tiempo, la macabra perspectiva de lo que quiera que ese bastardo piense hacerle con aquellas agujas acero le despeja la cabeza. El pulso se le acelera hasta que parece que el corazón se le va a salir del pecho y en un arrebato de lucidez no se corta en preguntar:

-¿Por qué? ¿Pero que coño piensas hacer? ¿Qué haces aquí?

-¿De verdad no lo sabes? –Pregunta el joven, parece sinceramente sorprendido, quizá confuso. Pero esa expresión desaparece en un segundo de su cara, deja las monedas y las agujas en el suelo y recoge de junto a ellas una revista que se hallaba sobre los restos de la mesa. Un ejemplar actual de la revista Cuore que sonríe al reconocer.

-Esa mierda no es mía –no sabe porque ha dicho eso, aún tiene el pulso acelerado y la momentánea lucidez parece desvanecerse a la par que la sangre de las heridas abiertas no deja de manar.

-¿De verdad estas tratando de impresionarme? –Estalla en carcajadas- ¡serás capullo! Estás aquí apunto de morir ¿y te preocupa lo que piense de tu revista?

-¡Apunto de morir! ¿Por qué? No he hecho nada. –morir se le antoja una palabra enorme, desproporcionada y por desgracia ahora cercana, muy cercana.

-Mírame bien hijo de la gran puta, no voy a explicarte lo que has hecho. Eso ya lo sabes. Pero si quieres puedo explicarte lo que vine a hacer aquí. –Espera un par de segundos antes de continuar- Reconozco que al principio no lo tenía muy claro. De hecho venir y reventarte a golpes sin más fue mi primer impulso, pero la primera vez que vine no te encontré, después pasó algo de tiempo y decidí hacerte algo más creativo. Lo de las agujas surgió de modo orgánico, me vino sin más. Verás, primero voy a atarte a una de estas sillas horteras, después te clavaré en cada rodilla un palmo de aguja y las conectaré a la red eléctrica. Lo mejor de esto es que podré partirme el culo viendo cómo te fríes hasta morir, te advierto que nos puede llevar un rato, pero eres libre de gritar cuanto quieras, aquí no molestaremos a los vecinos.

-¡No! –grita mientras trata de levantarse del sofá y abalanzarse hacia la puerta Pero esto resulta apenas un espejismo, una ilusión, pues antes incluso de que pueda levantarse del todo, el joven le propina un tremendo puñetazo en la nariz rota volviendo a lanzarle contra el sofá.

Otra vez la manta luz blanca y el dolor lacerante, punzadas que se extienden cómo el fuego a todo lo largo de la cara y de la cabeza, la sangre vuelve a fluir vivamente y de nuevo nota su sabor metálico en la boca. Está tan dolorido que apenas ve cómo el joven recoge la revista y tras enrollarla cuidadosamente salta sobre él, le rodea la frente con un brazo y le obliga a alzar la mirada manteniéndole la cara fija contra el techo. Se retuerce y trata de resistirse, pero entonces le propinan un primer golpe con el ejemplar enrollado de la revista Cuore en la nariz reventada, no deja de intentar zafarse, de escapar, de salir de allí con vida. Pero sólo consigue una brutal serie de golpes con la revista enrollada contra su cara destrozada. Cuando el dolor le hace dejar de hacer fuerza solloza:

-¿Por qué? ¿Por qué yo? – El joven se le vuelve a acercar, esta vez le habla claro,  otra vez con sus labios contra su oído.

-Porque al final, a las perras estrechas es a las que mas os va el juego duro.

-¡Esa zorra! –las palabras se escapan de sus labios, tanto es así que al instante se arrepiente de haberlas pronunciado. Las lágrimas desaparecen, ahora lo entiende todo, están a punto de matarle por un mal polvo.

El chico le suelta a él primero y a la revista después, avanza hasta la silla que él mismo había colocado en el centro del salón y se gira para preguntarle:

-¿Ves cómo sabías lo que has hecho? –se agacha y recoge el cilindro trasparente lleno de monedas de diez céntimos sujetándolo con fuerza bajo sus nudillos- pero no te sientas mal, ahora eres uno de los hombres más sabios de Oviedo. ¿Sabes por qué?

Aquel cabrón guarda silencio, seguramente espera que entre en su juego y le pregunte, pero no lo hará. Tal vez no se haya defendido pero no dejará que jueguen con él, menos ahora y menos por esa calientapollas. Reúne todo lo que le queda y alza la mirada hacia la cara del sádico cabrón erguido frente a él, todo su dolor, su rabia y su impotencia concentrados en una mirada de desprecio, desafiante. No parece conseguir con ello enturbiar en nada el día de aquel hombre, éste, chasquea de nuevo la lengua con disgusto antes de responderse a sí mismo.

-Y eres muy sabio porque ahora conoces uno de los secretos mejor guardados del universo, secreto que tú conoces y que prácticamente nadie llega a descubrir. Todo porque ahora sabes que sólo hay una cosa peor que morirse. Darte cuenta de que estas a punto de hacerlo.

La cara común y poco amenazante del ascensor se vuelve de fría piedra en ese mismo salón, mientras se coloca el paquete de monedas firmemente apretado bajo los dedos de su mano derecha, mientras le enfoca con los ojos y le mira con una mirada vacía, el rostro de la muerte inminente se gira hacia él y le dice:

-Pero antes quiero que sepas que no sentiré ningún remordimiento por lo que estoy a punto de hacer. Quiero que sepas que no hay nada de ti que merezca ser salvado.

Su nombre suena extraño en boca de aquel hombre que  sin más cruza el espacio que les separa saltándole encima, le sujeta fuertemente el cuello con la mano izquierda, oprimiéndole la traquea sin dejarle respirar, mientras con la derecha, ciñendo en el puño el paquete de monedas le golpea con una brutalidad cómo nunca hubiese imaginado. Tras el primer golpe el crujido del pómulo al partirse inunda el aire, tras el segundo nada.

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CAPITULO DOS

 

Lo primero que ve al abrir los ojos es un pómulo ligeramente pronunciado y una oreja perfecta. Inclina ligeramente la cabeza hacia delante para apartar a la chica frente a él cuando algo parecido a una tímida angustia le hace estremecerse mientras se separa de los labios que hasta entonces le ataban en un calido beso, se lleva con él el dulce y afrutado sabor de la boca de ella y no puede evitar una sonrisa al recordar cómo apenas hace un rato se había metido mal disimuladamente ese mismo chicle en la boca, de mala manera mientras fingía buscar otra cosa en su bolso, cuando el beso ya parecía ineludible. Ella le devuelve la sonrisa y baja la mirada pretendiendo una timidez de la que sabe que carece, él sólo la mira a ella, en un deliberado esfuerzo por ignorar todo cuanto ocurre en la plaza a su alrededor, sus manos ciñéndole el cuerpo sobre la cintura y las de ella rodeando el suyo alrededor de su cuello.

Envolviéndoles, la tranquila Oviedo bulle de vida. Noche grande del fin de semana de las fiestas patronales de San Mateo. Sin importar las altas horas de la madrugada, o seguramente por ellas mismas, miles de jóvenes de toda la región y las vecinas atestan las estrechas calles del casco antiguo, se amontonan en las barras de los bares para beber hasta perder el sentido y se intentan esquivar en los oscuros callejones para mear no mear unos sobre otros. Cientos de ellos beben directamente en la calle, en improvisados corros de amigos, habiendo comprado la bebida en algún supermercado mucho más temprano ese mismo día. El barullo de esas miles de gargantas les empuja  a hablar a voces o a acercarse mucho para hablar, moverse resulta complicado y en ocasiones abiertamente imposible, auténticas serpientes gigantes formadas por sombras humanas se mueven a duras penas en una u otra dirección de las calles dándole a la masa una sensación de movimiento caótico, una ebria marabunta de jóvenes que se aprietan, empujan o deslizan unos contra otros, siguiendo su camino o sin tener a dónde ir.

Y allí, en medio de ese torbellino, cómo si de un diminuto oasis tranquilo se tratase y ajenos a casi todo están ellos, abrazados bajo un tiempo detenido. El corazón le late acelerado, cómo si de un momento a otro le fuese a saltar del pecho, ella le mira  pestañeando despacio, muy lento, tanto que por un momento él piensa estar atrapado entre dos realidades diferentes, dos tiempos muy distintos, cómo ellos dos fuesen un diminuto océano y todo a su alrededor rompientes. Y tiene sus razones para sentirse así, pero no hay motivo humano por el que ella deba enterarse de algo así.

Se encuentran en la parte alta de la escalonada Plaza del Sol, contigua a la Plaza del ayuntamiento. Cerca de la terraza de uno de los bares de la misma un tanto ajenos a todo pues hace rato que ni beben, ni se separan, ni hablan con nadie. Ni siquiera se mueven cuando a un par de metros de ellos pasa rodando una botella de whiskey JB seguida de su también rodante propietario haciendo las delicias del inesperado público asistente y arrancándole una sonora ovación.

Ahora se inclina y la besa, se separa, se vuelve a inclinar y la vuelve a besar, en parte porque no lo puede evitar y en parte porque trata de un modo u otro de tranquilizarse. Buscando la calma en sus labios tiernos. Nada le hubiese hecho presagiar un fracaso, no  al menos por el modo en que se había desarrollado la conversación ni mucho menos por el modo en que ella le miraba, bien abiertos los ojos castaños y las pupilas ligeramente dilatadas, la mirada brillante clavada a ratos directamente en sus ojos o bien bajando ligeramente la mirada, con una timidez que a él se le seguía antojando fingida por más que se esforzara. Abre ligeramente la boca para volver a saborear la suya, se tocan con la punta de la lengua y el sabor dulzón vuelve a inundarle el paladar, no sabría decir exactamente a que frutas le recordaba aquello, pero si que la sensación era más que agradable. Sube la mano izquierda desde la cadera a su mejilla y la acaricia con la palma abierta, hundiendo ligeramente la punta de los dedos en su pelo.

Nuevamente inclina ligeramente la cabeza hacia delante indicándole a ella que el beso ha terminado, se separa y la mira, ella le devuelve la mirada primero y la baja después, sonríe profundamente y le pregunta:

-¿Qué? –Ahora encoge un poco la cabeza entre los hombros y mantiene la vista gacha pero sin soltarle.

Abel no responde. Se toma su tiempo, no va a ser él quién no participe en el juego de seducción que le proponen. Respira profundamente para que ella le escuche y le lanza una larga mirada de arriba abajo, posándola primero en su melena castaño claro de dos palmos, en sus grandes ojos marrones ahora entornados, en sus largas pestañas marcadas por el rimel bajo unas cejas pulcramente depiladas, en su pequeña nariz y finalmente y deteniéndose un instante en unos labios carnosos objeto de deseo y envidia en la absoluta totalidad de la plaza a su alrededor. Baja la mano de su mejilla y la vuelve a colocar sobre su cintura, ella ahora si levanta la mirada y se la mantiene decidida. Él, aprovecha para tensar la cuerda un poco más y sigue paseando la mirada sobre su cuerpo, en primer lugar hacia los hombros y los brazos que le abrazan y después directamente a los bien definidos pechos que se adivinaban tras la blusa blanca de la chica. Un segundo de más y ella suelta los brazos de su cuello, coloca las mangas en su americana y le empuja, con más desinterés fingido que con verdaderas ganas de zafarse.

Considera ganada la partida y la sujeta, aprieta sus brazos en torno a su cintura y la atrae aún más hacia a él, ahora con fuerza, acerca su boca a la suya pero en el último instante ella se aparta. Después vuelve a mirarle fijamente con una sonrisa divertida clavada en el rostro.

-¿Qué?- vuelve a consultar ella con un tono un tanto más molesto y menos divertido que el anterior.

-Carolina. –Hace una pausa dramática deliberadamente larga- Podría enamorarme de ti si me lo pidieses.

-Capullo. –Se empieza a reír con una risa limpia y alegre que hace que a él se le ponga de punta todo el bello de la nuca, se calla sin perder la sonrisa y espera un instante mientras piensa una respuesta- Podría hacer que te enamorases de mí si quisiese y no tendría que pedírtelo.

-Abel Sanjurjo no se enamora fácilmente –espera un instante para valorar la reacción divertida de ella- pero a ti, cómo gran favor, te voy a conceder el beneficio de la duda.

Nuevamente se inclina hacia adelante y esta vez ella no se aparta, se dan un beso largo y pasional, él sube la mano y la desliza hundiendo los dedos entre su pelo, a la altura de la raíz mientras su otra mano se pierde traviesa al sur de su cintura. Ahora se pregunta a sí mismo a cuento de qué venían tantas preocupaciones, más aún cuando nunca se vio en la tesitura de saberse rechazado. Y es que ella nunca le hizo ascos a nada de lo que él dijo o hizo, es más, en sus momentos de mayor indecisión parecía que fuese a ser ella la que saltase sobre él. No obstante se le aceleró el pulso ante la perspectiva del rechazo, casi se había olvidado de la angustia precedente a cualquier primer beso, sudó y se arrugó cómo un colegial hasta el punto de hacerle sentir ridículo, cómo si ella pudiese sentir lo veloz de sus pulsaciones a más de un metro de distancia.

No se lo esperaba, no había salido para eso, al menos no con ella ni allí, no contaba con verla, ni siquiera había pensado en lo que iba a hacer en caso de verla, pero el caso es que la vio cuando menos lo esperaba y allí estaban ahora. La boca llena con su lengua y la mano llena con su nalga izquierda, no queda mucho que pedirle a una primera cita y poco le queda a la noche cómo para pedírselo.

Se detiene un instante, mira a su alrededor y tal cómo se había temido ambos se hayan rodeados de desconocidos. Subiendo, bajando y sobretodo bebiendo, pero lo importante es que los acompañantes de ambos se han esfumado, con toda probabilidad dándoles por perdidos en su reciproca compañía se habían ido a atender sus propios asuntos, estaban solos, mejor que mejor. Finalmente se gira para asegurarse de que no queda nadie importante a su espalda, clava la mirada en un hueco ya vacío en medio de la plaza y se vuelve hacia Carolina.

-No es que me importe –la mira a los ojos y le da un pequeño beso sobre sus labios cerrados, la mano persistente sobre el trasero de la joven- pero me parece que acaban de dejarnos tirados.

-No acaban de hacerlo, Abel, las nenas hace ya un buen rato que se despidieron de mí. Pasa que tú no las viste -sonríe vivamente de nuevo y le pregunta- ¿adónde estarías mirando?

-No seas presumida. No me gustan nada las presumidas. –se gira y rodeándola por la cintura le susurra al oído- Vamos a dar un paseo.

Ella asiente y sin decir nada le sigue calle arriba, hacia el ayuntamiento, caminan despacio, en parte por disfrutar del momento y en parte porque aún esta tratando de decidir hacia dónde dirigirse. A casa no, piensa para sí, es preferible que no vea el agujero dónde vive, no hoy al menos. De súbito, ella rompe el hilo de sus apresurados razonamientos:

-¡Un euro por lo que estés pensando! –primero sonríe y después cambia el gesto por uno de divertida consternación- Me estas empezando a dar miedo.

-Estoy pensando mi lady –se separa de ella y colocándose ambas manos cruzadas a la espalda y alzando la barbilla, proclama en tono solemne- en que ya que son más de las doce y que por tanto su brillante carroza se debe haber convertido en una calabaza y sus briosos corceles en ratones rechonchos, quizá sea mi deber de caballero acompañaros a vuestro castillo a dormir la mona.

-Que a su vez se habrá convertido en la casa de mis padres en Fuertes Acevedo -responde sonriendo satisfecha por su respuesta, sigue imitando el tono pomposo de él- aunque confieso, Abel, que no te tenía por el tipo de caballero que acompaña a las desvalidas señoritas a su portal.

-Bueno –se encoge de hombros- en algún momento tenía que empezar a hacer las cosas bien. No me importa empezar contigo y supongo que a ti tampoco te importará.

-Vale, pero ahora en serio –Carolina trata de borrar sin mucho éxito la sonrisa de su cara- está lejos y puedo ir sola, no necesito escolta.

-Eso también te lo concedo –responde no del todo disconforme con lo que ella le sugiere- pero resulta que ya ha debido salir la prensa y que mi kiosco favorito es ese que esta justo en tu calle.

-¿Cuál? –Responde ella recuperando una amplísima sonrisa. –Porque hay varios hasta dónde yo recuerdo.

-Sí hombre… – Abel retrasa lo posible sus siguientes palabras esperando a que ella interceda, pero no lo hace- Sí, joder… no recuerdo el nombre exacto, pero es uno con revistas en el escaparate… sí, sí, que fuera suelen poner un caballete con la prensa del día. Y venden gominolas también. Sí hombre, este que puedes echar la quiniela también, no seas burra, seguro que lo conoces.

-No me suena mucho no –ella se ríe a carcajadas y él no puede evitar acompañarla.

–Tú sabes que vivo en la otra punta de Oviedo… ¿no? –Carolina asiente- ¿Entonces te tragas la bola del kiosco y me dejas acompañarte o no?

-Vale, pero sólo porque es el más mejor kiosco de todo Oviedo aunque tú no tengas ni idea de cómo se llame.

Vuelven a ponerse en camino y ahora se cogen de la mano. Al entrelazar los dedos cruzan las miradas y ella vuelve a bajar la suya, gesto que él empieza a encontrar atractivo, tanto que por un instante se siente tentado de pararse en seco y quedarse allí con ella, bajo cualquiera de los arcos de piedra del ayuntamiento, quedándose allí parados al menos hasta que los técnicos del ayuntamiento se acerquesen a ahuyentarlos con la manguera a presión. Descarta estos pensamientos sin más y se repite unas palabras que pronunciadas hace poco hasta a él le habían sonado extrañas, quiere empezar a hacer las cosas bien y sabe que para ello alguna vez tiene que ser la primera y no se le ocurre por qué no habría de ser esa primera vez aquella, con Carolina.

Se cae de su ensueño a medida que caminan, cuando ella pisa uno de los cordones de sus deportivas negras, más informales que elegantes pero muy cómodas. En cuanto se esta agachando para atarse el zapato cuando ella reconoce a una amiga suya entre un corrillo de chicas cercano. Se gira un segundo hacía él y le dice:

-Voy a saludar un momento allí.

Mientras se aleja él ni quiere ni puede dejar de observarla con detenimiento, unas piernas largas sobre unos tacones negros de unos cuatro centímetros, medias negras y una minifalda con vuelo gris bajo una blusa blanca, el pelo bien alisado algo revuelto por sus caricias anteriores y una figura de escándalo que le prometía el más feliz de los porvenires.

Se retrasa deliberada y a concienzudamente con el anudado del zapato, quiere demostrarle que no es posesivo, que no quiere inmiscuirse en su vida y le deja espacio. Aparenta sin esfuerzo no estar demasiado interesado en lo que ocurre a su alrededor y finalmente se pone en marcha, no hacía Carolina y su amiga, pues no tiene ninguna intención en absoluto de inmiscuirse y menos aún de presentarse, sino que camina hacia su espalda, hacía el espacio tras ellas, rodeándolas de modo que Carolina le vea pero lo suficientemente lejos cómo para que su amiga y sus acompañantes no se entrometan. Agradece que ella no le haga esperar. En cuanto le ve no duda y se despide de su amiga, un par de besos en las mejillas y un cordial ya me contarás son suficientes. Vuelven a ponerse en marcha pero esta vez separados.

Apenas recorren unos metros y ahora es ella quién sujeta su mano. Le mira y le comenta:

-¿Ves cómo soy rápida? –Ahora sacando pecho exageradamente y aparentando orgullo- además soy siempre muy puntual, detesto hablar por teléfono y que me acompañen al baño.

-¿Intentas impresionarme Carol? –Contesta divertido- porque te puedo advertir desde ya mismo que no lo tienes nada fácil, menos aún con rasgos masculinos

-Algo que sí detesto es que me llamen Carol –afirma sin dudar- me parece una horterada de calibre. Además ser puntual no es masculino, es eficiente. Machista.

-Ya sé lo del nombre. Fue una de las primeras cosas que me dijiste, no obstante esperaba que conmigo pudieses hacer una excepción –y remata con una profunda sonrisa- siempre quise tener una novia llamada Carol, pero no sé si estoy  seguro de querer estar con alguien que cree que soy un hortera.

Ella adelanta un paso, se planta frente a él y le besa. Cuando hace ademán de separarse él la rodea con los brazos y le devuelve el beso, este mucho más largo y apasionado. Tanto que sus manos se pierden bajo la minifalda gris, en el tacto plástico de las medias bajo ellas, al amparo del calor de Carolina.

Ahora sí, ella se separa de él, primero únicamente la cabeza y después el resto del cuerpo empujándole. Arranca a caminar de nuevo y cuando se encuentra a un par de pasos gira la cabeza y le espeta:

-Aún tienes que trabajártelo mucho para llamarme novia chaval –gira la cabeza y mientras camina sin volverla levanta la frente hacia el cielo y remata hablando más alto- que todavía te veo un poco verde.

Abel sonríe con cierta admiración e in disimulado deseo, siempre le ha fascinado la maestría en el juego de la provocación de la que hacen gala algunas mujeres, cómo si fuese algo completamente natural o innato de quién se sabe deseada. Sentirse en presencia de la que se le antoja una joven cría de voraz depredador no hace más que instigarle a ir hacia dónde precisamente lleva toda la noche tratando de resistirse, aunque poco y mal, se repite una y otra vez su deseo intermitente de hacer las cosas bien, tomándoselo con calma. Ya se ha precipitado otras veces y sabe cómo están llamados a terminar esos descuidos. No obstante su resistencia parece no hacer otra cosa sino incentivar el juego de ella, por momentos más coqueta y más provocadora, cada vez más atrevida y a cada instante mucho más deseable.

Tanto que decide cortar su juego de seducción antes de que la noche se ponga irremediablemente dura para su profunda insatisfacción, así cómo para el gozo de los íntimos deseos de ella y de su provocador juego. Para ello no se le ocurre nada mejor que hablar de trabajo:

-¿Estas en tercero de derecho no? –Sin dejar de caminar, cruza las manos a la espalda. Ahora dirige la vista al frente procurando dejar de prestarle toda su atención a ella.

-No, en segundo. –Ella parece captar rápidamente la indirecta y cruza sus manos a la espalda, a imitación de él. Dirige su vista al frente también y le increpa- El ancianito que me acompaña termina este año si no me equivoco… ¿Me equivoco?

Automáticamente Abel se da cuenta de su error, a ella si le ha molestado el cambio de materia pero es que además a él tampoco le hace ninguna gracia hablar del tema. Menos aún cuando por lo que él tiene entendido, ella es un as en lo que a estudios se refiere y él por el contrario lleva toda su vida moviéndose entre lo justo y necesario y lo mediocre. No, no ha sido el movimiento más brillante de la noche y eso que esta convencido de que la presente es una noche con movimientos llamados a traer mucha cola. Decide quitarle hierro al asunto y lanzar la pelota de nuevo al tejado de ella.

-Muy informada te veo –hace una pausa dramática- pero mejor me callo y no pregunto quiénes son tus fuentes.

-No, no estoy muy informada –se ríe- además eso son cosas que se aprenden con la edad, con la experiencia, no hace falta que nadie venga a contártelas. O puede que sea algo que haya leído en la pared del baño de algún bar.

Ambos se ríen y Abel da por superado el inoportuno bache, cierto que parece haber dado su fruto pues ahora ambos parecen más relajados y ya no le agobia tanto la expectativa del incierto final de la noche.

Mucho más cerca ya de casa de ella parece inevitable que todo termine según lo planeado, quizá un par de besos en el portal, unos lamentos por lo breve de la felicidad y los momentos perfectos, que no habrían de ser perfectos si no fuesen breves, un par de besos más quizá y una despedida en los mejores términos, hasta mañana, mis mejores deseos y un par de cariñosos postdatas, un último beso con la mano al alejarse y un alivio de paseo a casa antes de llegar a casa y aliviarse. Nada nuevo bajo el sol, ni bajo la tímida noche que les cubre con un cielo que ya clarea. Es lo correcto, lo mejor que puede hacerse se repite una y otra vez, sin sustos, sin faltas, sin precipitaciones, las cosas bien hechas.

Al dejar atrás la Plaza de America y la  fuente la Gabinona ella se para frente a un bar, le dice que le espere y entra. Él se pregunta si tan cerca de su casa, a un par de cientos de metros, realmente será necesario pararse a usar el servicio de un bar, cosas de mujeres, se dice a sí mismo. Luego sonríe pensando en lo mucho que llevara la pobre aguantándose hasta que finalmente se dio por vencida. Al salir del bar le coge de la mano y aprieta el paso:

-Empieza a hacer mucho frío –le dice sonriendo- vamos, estamos muy cerca de casa, es aquella de allí.

Indica con la cabeza hacia un grupo de edificios monolíticos de viviendas color verde oscuro bastante feos. Ella le agarra con fuerza la mano y juntos se abalanzan sobre un paso de cebra ignorando los coches que circulan  por la calle principal, todos ellos en su misma dirección por el lado opuesto de la calle, la gente vuelve a sus casas tras una larga noche de celebración y lo hacen del mismo modo en que llegaron, en un frustrante atasco. Mientras, Abel y Carolina se detienen a la puerta del portal, ella busca las llaves en él bolso y él piensa en algo apropiado que decir para despedirse, algo original y divertido, cortés y sobretodo algo que la deje con ganas de más.

Pero al abrir la puerta ella le sujeta por la muñeca y le arrastra hacia dentro. Las entrañas de la bestia verde resultan aún menos agraciadas que la fachada, se adivina un gastado suelo de gres amarillo y unas envejecidas paredes blancas que indican la avanzada edad del edificio. Ella no enciende la luz haciéndole caminar por el oscuro pasillo hasta el fondo, dejando la escalera de subida a su derecha, le dirige frente al par de viejos ascensores en el lado izquierdo, allí se detiene, se gira, le vuelve a rodear el cuello con los brazos y le besa.

Apenas él le empieza a devolver el beso cuando ella, soltando una de las manos de su abrazo coge una de las de Abel y la desliza bajo la parte trasera de su minifalda. Nota entonces el tacto de una piel fría, enfriada por la brisa de la noche pero suave y tersa cómo la que más. De súbito entiende el por qué de la visita de Carolina al cutre bar a pocos metros de su casa.

Inspira profundamente al sentir el roce de su piel, suficiente para olvidarse de todo, inspira profundamente otra vez sabiendo que ya ha perdido el control. La besa y la misma mano que ella deslizó picara bajo su falda aprieta los dedos en torno a su carne. Se para y separa su cara de la de ella, echa un rápido vistazo a su alrededor para ver lo que ella quería que viese, la razón de que le llevase a aquel lugar, por qué le puso de espalda a los ascensores, y es que justo frente a él aparece el oscuro hueco bajo la escalera.

Se la sube a horcajadas, cuando ya ninguno de los dos habla, ella le rodea con sus piernas mientras el camina metiéndose bajo el hueco bajo la escalera. Al fondo, perfectamente visible la puerta de la diminuta portería, los ascensores por el contrario quedan demasiado atrás para que nadie les vea tapados cómo están por la escalera, pero lo cierto es que nada de eso le importa ya. La empuja de espalda contra la pared, ella jadea mientras él clava su cadera contra la suya, se besan y es ella la que con sus manos le desabrocha el cinturón y le suelta el botón superior del vaquero. Suficiente para que él termine de prepararse terminando de bajarse el pantalón y la ropa interior, a ella no le quita nada, le falta tiempo y paciencia, simplemente aparta cómo puede y sin soltarla, con el dedo gordo de la mano izquierda, el húmedo trozo de tela rosa que se interpone entre él y ella. Carolina no pide un preservativo que él no lleva y no evita gemir cuando nota su presencia.

En algún momento y sin darse cuenta, Abel ha decidido por ambos que si ya que no van a hacer las cosas bien más vale hacerlas mal de verdad. Y afirmando sus brazos bajo las piernas de ella, sujetando la parte inferior de sus rodillas con sus brazos a la altura de sus codos, se coloca juntando sus partes húmedas y empuja, fuerte, a ella contra la pared a la par que a sí mismo dentro de ella, empuja lo más fuerte que puede, una y otra vez. Ella gime con fuerza y empuja su cadera contra la suya acompasando sus movimientos, le clava las uñas en el cuello y se sujeta con las piernas, le besa y Carol le muerde la lengua primero y el labio después arrancándole un grito. Nota el sabor dulzón de la sangre y entonces empuja más fuerte.

Al abandonar el portal no puede disimular una amplia sonrisa en su rostro, la noche no ha sido lo que esperaba, pero es perfectamente capaz de reconocer un final feliz cuando cómo en este caso se choca con él. Tras avanzar unos metros Abel se para, se gira y se queda clavado unos instantes, contemplando el portal dónde tan buenos momentos acaba de pasar dedicándole una mirada meditabunda.

-En verdad podría enamorarme de ti. Es una verdadera lástima que ya esté completamente enamorado de otra.

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CAPÍTULO TRES

 

De camino a casa se detiene a la altura del parque San Francisco, está completamente agotado pero le aterra la idea de verse sólo en casa, las últimas noches en soledad no han sido buenas con él y pese a todo esta apunta a no ser una excepción.

Consciente de no ser la mejor idea del mundo, acorta por el centro del parque, después de todo esa tampoco podrá ser su peor ocurrencia de la noche y le hará ganar margen. Camina despacio, alargando los tiempos, simplemente no le apetece llegar a casa y sólo espera que al llegar lo haga tan agotado que ni un solo pensamiento errante le atormente en lo que tarde en llegar el sueño.

Una tímida luz diurna lo ilumina todo, parece que el día amanecerá despejado y apetecible. El frío deja poco a poco de importunarle y pese al tráfico fluido alrededor del parque el ambiente está tranquilo, al menos tan tranquilo cómo puede estarlo en el centro de la ciudad. Y eso que Abel, cómo todos los asturianos, ha escuchado las historias de atracadores e incautos localizadas en ese mismo céntrico parque de Oviedo, sabe que la noche de la fiesta es un día especialmente delicado pero no le preocupa demasiado en ese momento. Dedica un instante a echarse una rápida mirada para confirmar lo que ya sabía, playeros gastados y unos vaqueros viejos, una camiseta promocional negra con un dibujo de Naranjito en el centro y una maltratada chupa de cuero negro lisa, , un tipo bastante atlético, en buena forma, sobretodo en los últimos meses debido a la sana costumbre del trabajo, no, no es el prototipo ideal de ningún atracador.  Piensa además que el pelo despeinado y la larga noche sin dormir le debería conceder un aspecto lo bastante sospechoso cómo para evitarse problemas. De hecho se convence tanto a si mismo que se deja caer sobre uno de los bancos de la parte alta del parque, bajo la calle Santa Susana, algo alejado del estanque de los patos y los pavos reales que nunca le habían hecho especial ilusión. Se sienta dejando la mirada perdida, ausente, aunque enseguida se apercibe de algo que le devuelve a la realidad, tras un seto, a unos metros frente a él reconoce una cadencia familiar de ruidos, sin duda allí mismo se encuentra una pareja mal follando, porque hasta los tontos tienen que tener suerte alguna vez.

Piensa que lo educado sería levantarse y salir de allí con discreción, de hecho está a punto de hacerlo cuando pensó que aún sería más educado por parte de la pareja no follar tras los arbustos, decidió pues quedarse. Aquello no iba con él y realmente le dolían mucho los pies, más aún después de sentarse. Repasó rápidamente todo lo caminado aquel día y no era poco. Una mudanza complicada aquella misma tarde a un cuarto sin ascensor, salir a encontrarse a El Milán con sus amigos a eso de las once para salir, subir hasta la catedral para escuchar los conciertos y tomar algo, después hacia el casco antiguo hasta que se encontró con Verónica.

-¡Joder!

El improperio se le escapa con fuerza y los ruidos se detienen durante un instante antes de reanudarse, el corazón de Abel da un vuelco y siente el súbito impulso de echar un vistazo detrás de los setos, asegurarse de que no es ella la que esta allí.

Respira profundo hasta tres veces, se lleva las manos a la cabeza y trata de tranquilizarse. La pareja tras los arbustos le empieza a molestar sobremanera, tiene el corazón acelerado y poco a poco una sensación de profunda desazón que se extiende por su cuerpo haciendo que quiera acurrucarse sobre sí mismo y echarse a llorar, llorar hasta que todo se arregle o al menos hasta que le deje de importar. Aprieta los puños y nota cómo se le clavan las uñas en las manos, sigue apretando, cada vez un poco más fuerte, hasta que los nudillos se tornan blancos. No le importa el dolor en las manos, es el corazón lo que molesta.

Un sonido sobresaltado tras el seto le devuelve nuevamente a la realidad, arrancándole de su pesadilla, una figura se agacha junto a lo que deben ser las cabezas de los amantes, se escucha un sonido difuso de voces y finalmente lo que ahora distingue claramente cómo un hombre se levanta guardándose algo en los bolsillos, dirige una mirada pausada a su alrededor y se dirige hacia él.

Un chándal negro y unas desfasadas deportivas blancas, piel oscura y pelo negro sujeto a la cabeza por mucha gomina, cuando se acerca un poco más, la cremallera bajada del chándal le permite observar unas cadenas de oro sobre el pecho desnudo del gitano. Éste completa la distancia que les separa y se sienta en el banco junto a él, mirando hacia el seto dice:

-Putos maricones payo –Abel nota un acento muy marcado- por todas partes amigo, por todas partes.

Dirigiendo la vista a los arbustos Abel se percata de que las dos figuras tras los arbustos eran masculinas, ahora las ve claramente levantándose y vistiéndose apresuradamente mientras de soslayo le lanzaban miradas al gitano y a la figura en el banco junto a él. No puede dejar de pensar en que gracias a Dios no era Verónica la que se encontraba allí tirada, gozando de la carne de otro con el culo pegado a la tierra. Vuelve al presente buscando librarse de su compañía recién adquirida y no solicitada, decide hacerlo a las bravas, ya que seguro que el cabronazo de la gomina no entiende de indirectas y seguramente no les ha dicho nada bueno a los del seto ni planea nada bueno para él. Sin más, se gira y le espeta:

-Seguro que ellos se quejan igual de los gichos de mierda, amigo.

No le mira tras responderle, Abel no deja de sorprenderse a sí mismo por unos momentos, esta tranquilo, la situación no le afecta lo más mínimo, sin embargo apenas hacía un rato que ahora ya parece lejano, casi se derrumba ante el mero recuerdo de Verónica, de su pelo rubio liso y de su preciosa sonrisa. Tal vez sea que el gitano no le impresionó demasiado, tal vez sea que lleva menos de diez euros en el bolsillo y un móvil de mierda del que no conoce ni el número, pero independientemente lo cierto es que está tranquilo y en este momento le daría lo mismo liarse a navajazos con su compañero de banco que irse con él de cañas.

El gitano le saca de su ensimismamiento con una risa viva y alegre, sólo entonces le habla

-Ay payo, menos mal que los maricones dan buenas subvenciones –lo aprieta señalándole el bolsillo lleno de su chándal, lo sacude levemente y el ruido delata lo que bien podrían ser media docena de teléfonos móviles. Entonces se gira hacía Abel y perdiendo la sonrisa le dice- porque si no fuese por ellos tú y yo tendríamos un problema.

La expresión amenazante apenas le dura un segundo y después se recuesta contra el banco, apoyando pesadamente la espalda y alzando los brazos todo lo que puede hacia el cielo matinal, el gesto hace que Abel tenga que esforzarse para no encogerse ante la repentina sensación de peligro, cómo si fuese a aprovechar para golpearle. Pero entonces el hombre revela sus intenciones dejando salir todo el aire de su cuerpo con un sonoro eructo, eructo que a Abel se le asemeja más al de un león o cualquier otro gran felino antes que al de un ser humano, al menos al de un ser humano sano. Bajando los brazos se introduce una mano morena grande y callosa bajo los calzoncillos, removiendo pesadamente su contenido en un par de ocasiones y le sorprende sacando un aplastado paquete de Marlborough. Lo abre y saca un pitillo para él, después coloca la cajetilla abierta frente a Abel, que rezando para que el paquete se haya mantenido herméticamente cerrado todo el tiempo pasado en su lóbrega guarida saca un cigarrillo y se lo coloca en la boca. Justo después y con otro movimiento poco ágil el gitano se saca un mechero Zippo de oro macizo de uno de los bolsillos del pantalón de su chandal, enciende su cigarrillo y se lo pasa a su acompañante. Abel enciende su cigarrillo y no puede evitar una sonora carcajada cuando al devolver el encendedor a su sospechoso dueño le echa una breve mirada. El gitano recoge el mechero con gesto rápido y desconfiado e insta a Abel a explicarse con un encogimiento de hombros y una mirada confusa, Abel no le hace esperar y pregunta:

-¿Cayetano? –Sin poder evitarlo una larga risotada acompaña la pregunta- no es precisamente el nombre que más te pega tío.

-No payo, Cayetano es un buen amigo mío. -El gitano entiende sin más ayudas el chiste y comienza también a reírse.

Ambos se ríen por unos momentos y después se dedican a disfrutar de sus cigarrillos tranquilamente, en silencio. Después de todo no tienen nada que decirse, nada importante al menos. El gitano apura su pitillo con un par de caladas largas hasta el borde del filtro y lo arroja lejos usando el dedo corazón y el pulgar, separa la espalda del banco y se dispone a incorporarse, pero parece pensárselo mejor y girándose hacia Abel le pregunta:

-Oye amigo… ¿No tendrás un eurillo por ahí que me puedas dejar? Para llamar a la parienta que no se preocupe hombre.

-Que curioso tío –Abel se gira hacia él fingiendo sorpresa- yo iba a preguntarte lo mismo, además también para llamar a tu parienta.

Ambos se ríen juntos por última vez mientras el hombre se levanta y sigue su camino, el chándal emite un ruido plástico mientras se aleja caminando y Abel no puede evitar seguirle con la mirada mientras camina, apura la última calada de su pitillo y el sabor desagradable se le instala de nuevo en la boca, un profundo mareo le sube a la cabeza y piensa para sí en la forma tan fantástica que acaba de descubrir de tirar a la basura ocho meses y medio libres de tabaco.

Decide tumbarse en el banco boca arriba, descansar un poco la vista. Se queda allí tirado contemplando el cielo, observando cómo los parpados se le mueven cada vez más despacio, realmente está roto, quebrado física, anímica y emocionalmente. Pero en ese precioso instante nada de esto le importa, ni los problemas de su vida ni quedarse dormido en ese banco de parque. Cierra los ojos y piensa en Carolina, en su sonrisa y en sus juegos, en el modo en que hizo suya la noche y en cómo por un rato no pudo pensar en nada más, en cómo entró en aquel bar para quitarse las medias, es sus labios perfectos, hasta en el descuidado bello púbico con el que le indicó que no esperaba visitas y que con él hacía una excepción. Una socarrona sonrisa se dibujo entonces en la cara de Abel, la noche no había ido tan mal después de todo, al menos en términos absolutos, dedica otros largos instantes a pensar en la piel suave de Carol, en sus muslos… pero entonces decide abrir los ojos ante la perspectiva de quedarse dormido en ese mismo banco del parque con una tremenda erección.

Abiertos los ojos finalmente se incorpora, vuelve a sentarse y clava esta vez los codos sobre las rodillas, hunde todo lo que puede su cara en la palma de sus manos y lanza un bronco suspiro. Vuelve a apoyar la espalda en el banco y de nuevo lanza una mirada a la inmensidad. Quiere dormir pero le aterra bajar hasta su casa.

Un devastador recuerdo de las últimas noches le surca la mente cómo un huracán, las vueltas en la cama, su desgarradora ausencia y las pesadillas resultantes al evocarla. El corazón latiéndole fuerte en el pecho, el sonido de las pulsaciones en sus oídos y sólo a lo lejos una sensación de calma, una realidad tan perfecta cómo inalcanzable tras el velo de una realidad convulsa. No, piensa por un momento, no se está nada mal en este banco del parque.

Recorre con la vista todo a su alrededor, esperando encontrarse a alguien que sabe no esta ahí. Muy al fondo los pequeños puestos de las heladerías, puestos dónde no hace tanto tiempo se tomaba un helado con ella mientras charlaban tratando de matar el tiempo, ella le echaba en cara la cantidad de tiempo que pasaban sin salir del dormitorio y él nunca le negaba nada, habrían subido a dar un paseo por el centro aprovechando el calor de los últimos días de mayo, los primeros días verdaderamente cálidos de aquel año y la heladería abierta había supuesto una tentación imposible de rechazar, ella pidió fresa y nata, él una tarrina de straciatella, después se sentaron en uno de aquellos mismos bancos a terminar sus helados.

Ahora el pálido sol de la mañana apenas irradia un tímido calor, signo de un agonizante verano que arrastra al olvido recuerdos cómo ese. Recuerdos a los que Abel se aferra con todo lo que tiene por miedo a desprenderse de ellos y verse arrastrado a la nada más absoluta, al infierno de un mundo sin Verónica.

Dirige una última vez su vista hacia el cielo y se dice para sí que no hay nada nuevo bajo el sol, ya ha pasado por esto muchas veces, viendo a sus amigos dejarse arrastrar tras mujeres que no les querían lo suficiente cómo para estar con ellos, siempre entre lo patético y lo ridículo, nada nunca le había parecido más triste que un hombre abandonado. Pero nunca pensó que eso le fuese a pasar a él, al menos eso se había repetido una y otra vez, sin dejar de hacerlo a lo largo de la vorágine de autodestrucción en la que se había convertido su vida de unos meses a esta parte, desde que ella se fue.

Cierra sus ojos con fuerza, tratando de borrar sus recuerdos, intentando suprimir el deseo que siente de verla y el deseo de no haberla visto que le sobrevino justo después de encontrársela. Allí mismo, aquella misma noche, apenas hacía unas horas, frente a su bar favorito, en la Plaza del Sol, recordó cómo todo lo que tenía que decirle, ese magnífico discurso pulido y abrillantado mil veces en su cabeza y en sus fantasías que se vino abajo ante su mera presencia, ante su calculada frialdad, cómo le dejó clavado al suelo deseando que la tierra le tragase. Todo con saludo educado y un demoledor “ahora no voy a hablar contigo”.

Él se limitó a asentir sin saber que más podía hacer mientras de un modo imperceptible para el resto de los mortales su mundo se desmoronaba a su alrededor, trató de salir de allí con el paso más firme del que pudo hacer gala. A continuación hizo lo único con sentido que le vino a la mente, acercarse a la barra del bar mas cercano a enturbiarse el juicio tanto cómo el alcohol lo permitiese, más allá de lo razonable e incluso de lo permisible, llevaba toda la noche bebiendo y nunca jamás en su vida había tenido tanta sed cómo en aquellos instantes, disponiéndose a inundar su recuerdo con ginebra hasta que la marea se lo llevase para siempre.

Estaba haciendo cola para comenzar su etílica maratón cuando una mano se le instaló en la cintura, se volvió deseando con todo su corazón que fuese la de Verónica con una disculpa, o sin ella, cualquier palabra suya le hubiese bastado pero allí no estaba ella. En cambio la preciosa sonrisa de Carolina le dio un vuelco a la que venía siendo la peor noche de su vida.

Abel no pudo evitar sonreír al acordarse de Carolina, su forma de abordarle con in disimulado descaro, dejando claras sus intenciones desde el primer momento a imborrables golpes de mirada y de sonrisa. Amiga de un amigo, ya habían coincidido en más de una ocasión y si bien al margen de algunas charlas y momentos agradables nada había ido a mayoras pues ya entonces él estaba con Verónica. Ahora y cómo siempre que habían hablado ella se mostró muy al tanto de sus asuntos, más o menos todo lo al tanto que estaba Marcos, el amigo en común de ambos. No le llevó entonces mucho tiempo a Abel suponer que ella estaría al tanto de su ruptura, darse cuenta de que su presencia allí tenía mucho menos de casual de lo que sería habitual.

También recordó cómo dirigió una mirada sobre el hombro de Carolina hacía dónde se encontraba Verónica, cruzando la mirada con ella que también miraba sobre el hombro de su amiga hacia dónde estaba él. Venció con esfuerzo el primer impulso de apartarse y nunca sabría por qué se dijo que no había nada por lo que frenarse, él era el abandonado y no le debía nada a nadie. Sí ella no le quería encontraría a alguien que si lo hiciese y si le quería nunca debió haberle dejado marchar. Entonces, prácticamente desquiciado y sin venir del todo a cuento rodeó la cintura de Carol con sus brazos, ella no se apartó ni hizo gesto alguno de rechazo, pero aún así casi se desmaya cuando se dispuso a besarla, nada hacía entrever un posible rechazo pero bajo la mirada atenta de Verónica un desplante hubiese sido lo más patético de toda su existencia.

El beso sorprendió a Carol, apenas habrían hablado más de cinco minutos, casi no había tenido tiempo de masticar el chicle de frutas que torpemente se metió en la boca y ni siquiera le dio tiempo suficiente de ponerse al día o contarse nada más allá de lo fundamental, nada de cháchara intranscendente, nada de interés fingido, es más, prácticamente nada de nada antes de un beso largo y apasionado. Beso tras el cual volvió a abrir los ojos dirigiendo la mirada más allá del hombro de Carol, pero entonces ya no había nada, no quedaba nadie para devolverle la mirada.

No, él no iba a ser otro pobre chico abandonado, otro perro vagabundo aullando a la orilla de un arrollo. No. Él estaba dispuesto a morir matando y de algo estaba seguro, no era el único que habría de pasarlo mal con todo esto. Al menos ya no. Se dijo así mismo con la perseverancia de quién se sabe apaleado y busca un motivo que si no quería hablar con él sería por algo, que si estaba a la puerta de su bar favorito era para verle y que sí se había ido después del beso era porque le habría dolido.

La pobre Carol y su pobre sonrisa, la chica no debe tener ni la más remota idea de dónde acaba de meterse, ni idea, ni culpa, se repite a sí mismo. Después de todo es una suerte contar con alguien así ahora. Lista, preciosa y agradable, realmente cree que de haber sido otro momento y otro lugar no le hubiese costado una fracción de segundo enamorarse de ella hasta los huesos, una verdadera lástima que las mejores cosas de la vida lleguen cuando no estamos preparados para apreciarlas.

Saca el viejo teléfono móvil del trabajo de su bolsillo y lo mira sobre la palma de su mano, piensa en mandarle un mensaje a Carol, decirle lo bien que se lo ha pasado y las ganas que tiene de volver a verla, contarle que es un soplo de brisa fresca en el infierno de sus últimas semanas. Cualquier cosa con tal de no estar sólo. Pero antes de escribir nada, la pantalla en blanco preparada para recibir el mensaje de texto ante él, se detiene, mira el número de Carol escrito con grandes números azules en la palma de su mano y sabe que no es a ella a quién quiere escribir.

Quiere hablar con Verónica, quiere decirle que ella es todo lo que necesita en este mundo, que es la razón por la que se afana en respirar, por la que dejó de fumar y por la que se dejaría morir o matar. Quiere rogarle que vuelva con él, arrastrarse hasta dónde el decoro o la apariencia no puedan seguirle, quiere decirle que la quiere hasta que le sangre la lengua y que no pasa un instante en el que no piense en ella. Se la imagina triste, sentada en un soportal, preguntándoles a sus amigas cómo pudo estar con otra tan pronto, delante de ella además, en sus mismas narices, preguntándoles si acaso aquello significa que nunca la quiso cómo él decía o si de verdad es un ser de pura maldad, ellas se lo conceden todo, él ahora es el enemigo, el mismo demonio y no hay más que hablar.

Pero no, no será él quién se pierda en ese tipo de fantasías, en los ojos tristes de quién le dijo: ahora no voy a hablar contigo. Fue ella quién le dejó, ella quién no le quiere y es ella quién no llora por él, no al menos cómo el se consume por ella. No, no va a ser él quién se arrastre, no va a ser él quién se hunda. Sus dedos empiezan a moverse cómo si no los controlase, pulsa las teclas del teléfono y escribe “pudimos haber pasado una noche muy especial juntos, pero tú lo quisiste así”. Después marca un número que no guarda en la agenda del teléfono pero que tiene grabado a fuego en su memoria, se toma otro segundo y envía el mensaje.

-Veamos ahora cómo se jode todo de verdad. –pronuncia estas palabras en voz alta y de verdad espera ver cómo se hunde todo, tanto al menos cómo se ha hundido el mismo. Quiere devolver el caos que con tanto desprecio habían llevado a su vida, a su ser.

Pero no se detiene allí, escribe otro mensaje, esta vez para Carol, en el que escribe “no puedo esperar a verte, ya sabrás quién soy”, marca los números gracilmente dibujados en su mano y suspira.

http://www.youtube.com/watch?v=mUE5g7usV-Y

 

CAPITULO CUATRO

 

Ignora cuanto tiempo se ha quedado traspuesto en el banco del parque, pero cuando consigue espabilarse un poco un sol de media mañana le ciega, debe ser casi medio día cuando finalmente se pone en pie.

-Ya es hora de ir a casa. –proclama con una sonrisa torcida y un horrible dolor de espalda, estira los brazos todo lo que puede y los baja cuando un corrillo de ancianas que pasan frente a él le lanzan una andanada de miradas reprobatorias.

-¡Válgame el cielo! –una de las señoras alza la voz por encima de las demás dejándose oír- ¡mira ese que pinta!

-¡Señora! –Abel habla tranquilo y con una amplia sonrisa mientras extiende el dedo corazón desde su puño derecho cerrado y remata diciendo- ¡Que le den mucho por el culo a usted también!

El grupo aprieta el paso y se alejan de él entre murmullos airados y algunas risas, el sol brilla cómo riéndose de él, la boca le sabe a rayos y sus ropas desprenden un olor penetrante mezcla de sudor y chigre, no, no es uno de sus mejores momentos, pero tampoco el peor. Los recuerdos de la noche anterior en forma de remolino le arañan las paredes de la cabeza y por un momento desearía hundirse bajo tierra, cavar un agujero y permanecer en él hasta que todo se arreglase por sí mismo. Aunque volviendo a su triste presente lo cierto es que también podría seguir a las viejas que, por lo cuidado de su aspecto, seguramente se estuviesen dirigiendo a algún tipo de acto social, a esas horas posiblemente a uno con desayuno o a misa. Esa última idea le hace desistir, pero la idea de un buen desayuno le sigue pareciendo tentadora, piensa ahora en churros con chocolate y la boca se le hace agua. Saca su cartera del bolsillo trasero de su pantalón vaquero la abre y suspira, unos siete euros y medio no dan para mucho lujo, para mucho menos si es todo lo que tienes, en el banco esta a cero y aunque confía que en caso de extrema necesidad pudiese encontrar algo del calderilla tirada en el suelo de su casa prefiere no encomendarse a ello.

-Tengo que hacer algo con lo del dinero. –se dice- Y tengo que moverme de aquí de una vez.

Se pone a caminar, descartada la tentadora idea de los churros decide irse a su casa, ni siquiera se acerca al Mcdonald´s de la Calle Uría, no está el horno para bollos, ni siquiera para los de esa clase. Toma el camino más corto posible a casa, cortando por Uría a la altura de la estatua de Woody Allen y bajando por la Calle de la Lila. Una vez sale del parque maldice su mala suerte y el paseo de la vergüenza que le ha tocado en gracia, concede que bien merecido, aunque molesto y bastante humillante de todos modos. Eso sí, al menos le recuerda a los que tuvo que dar en su momento, hacía poco más de un par de años de aquello aunque ahora se le antojase una eternidad, sí, esas mañanas de domingo escabulléndose de pisos ajenos de vuelta a casa, ventajas de la vida universitaria, ropa usada apestando a humo y a bar, el pelo sucio y revuelto, el desagradable sabor de ginebra y refresco en la boca junto a una sonrisa imborrable y una inyección de autoestima le habían acompañado muchas mañanas de vuelta al hogar. Era el paseo de la vergüenza, la caminata de vuelta al hogar de los amantes de una sola noche, mezcla de remordimientos y vergüenza, alegría y relajación, mal olor y mal sabor. Una tromba de recuerdos esta vez alegres le hacen sonreír,  pero pronto una añoranza por aquellos tiempos pasados que ahora parecen sencillos y felices se le viene encima, tiempos perdidos ahora que su vida se ha convertido en una sombra de lo que fué, situación que no parece mejorar y por la que él ha decidido no contribuir. ¡Que le den!, a todo.

Apenas ha dejado la Jirafa a su espalda, lo más parecido a un rascacielos en el centro de Oviedo, se sorprende cuando una joven con los zapatos en la mano se cruza frente a él, sin duda otra caminante sin nombre en el paseo de la vergüenza. Lleva unas medias negras que lucen una carrera mortal de necesidad a la altura del muslo, una falda con algo de vuelo de estampado negro y blanco y una rebeca sin abrochar también oscura envuelven a una chica de veintipocos, quizá menos, con unas enormes ojeras mal desmaquillada y mal peinada. Abel aún no se ha visto frente a ningún espejo pero espera que su aspecto sea al menos un poco mejor que el de la demacrada joven, todo un monumento trágico al dejarse llevar a dónde la noche marque, que habida cuenta del resultado en este caso bien pudiera haber sido un muro de hormigón. La chica, con su mirada perdida siempre al frente, hacia el fondo de la calle, atrae las miradas censoras de los ovetenses más madrugadores, miradas que ella ignora con admirable confianza.  Dos bailarinas de color indescifrable cuelgan de su mano, tal y cómo colgaría la bandera blanca en manos de un general derrotado, con cierta desidia y anunciando a las claras su derrota. Entonces Abel siente una profunda alegría, no por el malestar de la joven en cuestión, sino por la suerte mezquina de quién comprende que también hay bajas en el otro bando, que la guerra moja ambas orillas sin importarle su color.

Siente de repente el impulso de ir a hablar con ella, de detenerla en medio de la calle si es preciso, de preguntarle cómo lo lleva, qué le ha pasado y cuál es su historia. Puede que incluso preguntarle porqué no se quedó a dormir y a tomar una ducha donde quiera que hubiese dormido, averiguar si tan horrible había sido la compañía que se encontró al despertar que no pudo si quiera esperar ni a peinarse. Tras un instante de duda desiste, no es que espere una contestación especialmente mala de alguien aparentemente tan desgastado, él mismo en ese momento se iría con cualquiera que le prometiese un café y un pincho, pero prefiere dejarlo correr porque considera que su vida no está para más dramas, ni siquiera para dramas ajenos. Camina sin detenerse pero gira la cabeza para dedicarle una última mirada a la joven, cruzando el paso de cebra de la Calle Covadonga, pensando con condescendencia en lo rotas que están por dentro las chicas de la noche.

De camino a su casa en la Calle Manuel de Falla le consuela el hecho de vivir en la parte baja de la ciudad, al menos así el retorno después de una noche densa se le hace menos pesado siendo siempre la cuesta abajo un punto a favor. De todos modos ese sitio en el que come o duerme no podría llamarse en modo alguno hogar, o casa, o vivienda, quizá hasta alojamiento fuese generoso. Aún así no deja de ser un techo y un lugar dónde dormir.

La Calle Manuel de Falla se abre finalmente ante él, en ella, más o menos a la mitad de su trazado a mano izquierda, justo pasado un pequeño cruce se encuentra su edificio. Un edificio gris, en una calle gris, de un barrio aún más gris. Ideal para una vida gris cómo la suya, al menos eso pensó cuando pagó el primer mes de alquiler. Apenas le importó que fuese peor calle que en la que vivía anteriormente, que el piso fuese un agujero o que la zona no fuese ni de lejos la mejor de la ciudad, era simplemente una buena madriguera donde esconderse y esperar a que escampase la tormenta. No necesitaba nada más.

Se cuadra frente a la puerta del portal del viejo edificio de ladrillos rojos en el que vive. La mira de arriba a abajo y con un lento suspiro comienza a buscar sus llaves en el bolsillo derecho de su pantalón. La cerradura le da paso con un sonoro chasquido metálico y la puerta del portal número once se abre para su desganado inquilino. Camina una docena de pasos subiendo las escaleras de la entrada y sigue hasta el viejo ascensor al fondo, pulsa el botón de llamada y espera maravillándose con la sinfonía de chirridos y demás ruidos que acompaña al desvencijado aparato, estruendoso a su llegada, la puerta de seguridad se abre con estrepitosas rozaduras y un icono verde brillante en el marco izquierdo se ilumina sobre una pequeña pantalla negra indicando su disponibilidad. Catalogado para tres personas apenas serviría para una sola de buen tamaño y cuando aprieta el botón para el quinto piso, no puede evitar pensar en la cara de horror de Verónica en caso de que estuviese allí, siempre le habían aterrado los espacios pequeños y odiaba los ascensores, incluso los más modernos de grandes dimensiones y forrados de espejo, no podía imaginársela montando en aquella cutre montaña rusa del infierno.

Otro chirrido de las puertas al abrirse le saca de su dulce ensoñación, al abrir la puerta tropieza con el palmo de desnivel entre el suelo del ascensor y el del piso, en lo que viene siendo su cuarto tropiezo consecutivo en lo que va de semana, cuarto y sin vistas de mejorar. Pero entonces con unos reflejos que creía perdidos y en parte importante gracias a haberse chocado previamente con la puerta exterior del ascensor consigue colocar las manos antes que la frente en el suelo del descansillo. Se incorpora mascullando agriamente y cierra la puerta del ascensor de un portazo.

El quinto es el último piso al que llega el ascensor pero no el final de su viaje, Abel sube las escaleras que dan a la buhardilla, al llegar al frío pasillo de la parte alta del edificio no enciende ninguna luz, ya que estas no se apagan al cabo de un rato cómo las de los demás pisos. Frente a él, en la oscuridad, un estrecho pasillo sin nada más que paredes desnudas y un suelo de cemento sin cubrir, a unos cinco pasos en línea recta el pasillo se cruza con uno perpendicular más largo, dónde se encuentran los desvanes de las diez viviendas del edificio repartidas a ambos lados del pasillo, el cuarto de las poleas del ascensor en el centro y un par de espacios no habitables en los extremos. Abel camina por el estrecho pasillo arrastrando el dedo índice de su mano izquierda por la pared, cuando la pared se acaba gira a la izquierda y camina hasta el fondo del oscuro pasillo, se detiene de memoria al fondo del mismo y girando sobre sus talones se coloca frente a la puerta de la derecha, vuelve a sacar las llaves de su pantalón y la abre.

La luz que entra por una claraboya del tejado le ciega por un instante, pasa al interior de la estancia cerrando tras él, arroja de mala manera las llaves en un bol junto a la entrada, recorre la habitación con un par de pasos largos y se deja caer en un viejo colchón tirado en el suelo. Saca el maltratado teléfono móvil de su bolsillo y lo coloca sobre una caja de zapatos junto al colchón que le hace las veces de mesita, se quita la cazadora con pesados gestos y la arroja en dirección a la puerta, después, en lo que podría parecer una lucha a muerte contra algún gran depredador acuático se desabrocha el cinturón y se quita los vaqueros. Se tumba boca arriba, cierra los ojos y se queda completamente dormido. Al menos eso sí le ha salido bien.

                            …

El tono de llamada de un Nokia le despierta, se encuentra boca abajo sobre el colchón y tantea el entorno de la caja de zapatos junto a él con la mano abierta, no quiere abrir los ojos pero necesita responder esa llamada. Le lleva un par de intentonas localizar el teléfono a ciegas pero finalmente se hace con él, pulsa el botón de descolgar y se lo acerca con desgana a la oreja, responde a la llamada con una especie de gemido.  Una voz familiar le informa con tono apremiante primero y divertido después que tiene veinte minutos para arreglarse e irse a trabajar. Nada de eso le importa, ahora lo que no quiere es abrir los ojos.

“Recuerda. Eres mierda y ella no te quiere”. Esto es lo primero que se encuentra cuando tras un par de minutos de resistencia consigue abrir los ojos, a veces no se puede explicar por qué escribió eso en el techo sobre su cama, no hay un día que no piense en borrarlo, pero finalmente siempre termina por dejarlo.

-No deja de ser cierto. –Se incorpora para tratar que el deprimente eslogan no se le grabe en el globo ocular y se queda sentado un momento sobre el colchón.

Allí sentado pasea la mirada a lo largo de la estancia a su alrededor. El lugar en el que hace su vida, su pequeña madriguera, apenas unos veinte metros cuadrados en los que sus posesiones se apiñarían si antes consiguiese hacerse con alguna. Una estancia en forma de ele constituida por un pequeño desván cuadrado y el hueco bajo el tejado al fondo del pasillo de la última planta, hueco que el previsor dueño del desván evitó que quedase vacío con una pequeña obra ilegal. El suelo estaba cubierto por unos amarillentos azulejos viejos, seguramente reciclados de algún otro lugar, unas paredes blancas ahora ennegrecidas en algunos lugares por la humedad y en otros por el simple devenir del tiempo, todo esto junto con el tejado desnudo del propio edificio componían la totalidad de aquella habitación.

La única luz proviene de la ventana incrustada en el techo, que debido a estar orientada al este apenas proporciona luz hasta medio día, después debe valerse de una desnuda bombilla de sesenta vatios colgada de una de las vigas transversales que sobresalen del techo. Quizás lo más molesto sea la caída del propio techo, más bajo cuanto más lejos de la puerta y fuente interminable de golpes y brechas en el cuero cabelludo, sí, el maldito techo le molestaba aún más que no tener ducha.

Y es que el penoso ático carecía hasta de los más básicos servicios. Frente a él una pequeña cocina de gas, apenas un par de fogones sobre una bombona y un espacio muerto en lo que un día sirvió cómo horno. Al fondo a la izquierda, en el espacio recuperado por su casero habían instalado el baño, originalmente un agujero conectado por una tubería a la línea de desagüe principal del edifico, agujero para el que él había conseguido una pequeña taza de váter e incluso conectado a la traída de agua. Al final eso era todo lo que tenía, un váter y un grifo junto a la cisterna, plegado junto a ambos permanecía apoyado un biombo con motivos japoneses comprado en un bazar chino frente a su casa, biombo que nunca utilizaba pero que conservaba sin saber por qué en caso de visitas y que, eso sí, al menos había cortado diagonalmente para que llegado el caso se acoplase con la pendiente del tejado.

Por lo demás, un pequeño balde le hacía las veces de ducha y lavabo, una olla, una sartén y un único juego de cubiertos le servían para cocinar y en el hueco del horno guardaba la poca comida que tenía, apenas un puñado de latas, algo de pasta, algo de arroz y siempre unas cuantas cervezas. Junto a la puerta una especie de taburete y sobre él un cuenco de cereales para guardar la calderilla y las llaves, una caja de zapatos por mesita guardaba el móvil y el ibuprofeno, una maleta siempre llena de ropa a los pies del colchón que le servía de cama era su armario y su tabla de salvación, la única visión reconfortante dentro de aquel ataúd, porque ya era un hecho que había llegado allí, pero la maleta preparada era el recordatorio de que no lo había hecho para quedarse.

Aun sentado alza una última vez la mirada al epitafio grabado sobre su lecho de muerto en vida, suspira y se levanta. Está en ropa interior y nota frío el suelo de baldosas bajo sus pies, en un par de pasos se planta junto a la cocina de gas y saca una cerveza del horno, la abre y da un largo trago, nota cómo le cae en el estómago vacío con el reconstituyente efecto del ácido de batería, vuelve junto a la cama y saca una píldora de ibuprofeno 600 de su envase sobre la caja de zapatos, se la mete en la boca y se la traga con otro golpe de cerveza. Cruza ahora la estancia en diagonal hacía el improvisado baño, vacía el contenido del pequeño balde en el váter y lo rellena con agua limpia del grifo, cuando esta lleno lo retira y deja el agua corriendo dentro de la cisterna sin tapa, saca un pequeño bote de gel de detrás del inodoro y se dirige con el y el pequeño balde a la cocina. Hunde las manos en el agua y se limpia la cara, después se pasa los dedos húmedos por el pelo dándole algo de forma, quitándose la camiseta se refresca las axilas y se vuelve, no le han dado tiempo a nada más.

Se viste con un maltratado mono azul que yacía apretujado bajo la maleta con ropa limpia, recoge las llaves del bol, el teléfono y la media cerveza que le queda y sale de la deprimente estancia. Cruza el pasillo a oscuras, baja las escaleras y llama al ascensor, cuando este llega se tropieza con su vecina de abajo saliendo del mismo. Mientras la puerta se va cerrando de nuevo ella le grita que tiene la ropa preparada para pasar a recogerla.

Es curioso cómo paso bastante tiempo escondiéndose de los vecinos cuándo se instaló en el cuartucho del ático, siempre pensó que habrían de encontrar su presencia perturbadora, lo que se le pasó por alto fue la buena impresión que causó en comparación con los tres senegaleses que compartían el espacio en el desván antes que él. Tanto es así que incluso llegó a un acuerdo con su vecina de abajo, una recién jubilada siempre demasiado maquillada y con el pelo teñido de rubio platino, por el cual esta le lavaría y secaría su ropa por el módico precio de diez euros por lavadora, sin planchar naturalmente, como le había señalado. No obstante su buena voluntad quedaba en entredicho habida cuenta de que Abel se había dado cuenta de que hacía semanas de que no echaba detergente a su ropa. Pero él ya no quería más problemas.

Una vez en la calle se apoya en una de las paredes desnudas junto al portal, ha perdido claramente en su reencuentro con el sol y cierra los ojos molesto, es aún temprano por la forma en la que brilla, tanto que decide sacar el móvil del bolsillo y consultar su reloj, aún no han dado las cuatro de la tarde del domingo. Calcula que lleva unas veinte horas sin ingerir sólidos y que habrá dormido unas cuatro horas como mucho.

Apenas pasan unos minutos cuando siente el frenazo de la furgoneta junto a él. Una sonora carcajada le recibe junto con el timbre alegre de una voz conocida:

-¡Estás más doblao que un perro cagando amigo! –un fuerte acento balcánico le recibe de vuelta al mundo de los proletarios. Sonríe en parte porque el comentario le ha hecho gracia y en parte por cumplir.

-Pues ahora que me fijo, Josip –le dice al conductor de la furgoneta mientras se sube a la misma con más esfuerzo del habitual y un profundo quejido- tú para ser un serbio con nombre de dictador yugoslavo muerto, tienes una pinta de moro que te cagas.

-Puta madre tuya, cabrón. –El semblante de Josip no se altera ni lo más mínimo, es más, su desmesurada sonrisa parece hasta incrementarse- ¡Para pinta mierda tuya, amigo!

La furgoneta se pone en marcha apenas se cierra la puerta, Abel hubiese jurado que antes, pero esto no es nada fuera de lo común en cualquier vehículo pilotado por semejante conductor. Josip Broz Banjac, o algo muy aproximado era lo que el fulano decía llamarse, algo por lo que nunca nadie se hubiese apostado una cena pero un nombre muy original para un transportista serbio residente en Asturias. Un nombre de pila en honor al dictador comunista de la desaparecida Yugoslavia y un apellido Bosnio, todo para nombrar a una antigua promesa de boxeador de peso medio de los Balcanes, reconvertido fallidamente para portero de local de alterne y descartado para lo mismo por su profundo amor por las trabajadoras de la noche, ahora se ocupaba al igual que él de recoger y transportar lo que sea que les dijesen por teléfono, a cualquier hora del día o de la noche, cualquier día de la semana, los trescientos sesenta y cinco días del año, lloviese, nevase o hiciese calor.

-¿Qué toca hoy Tito? –sólo le llama Josip cuando quiere molestarle, aunque no está seguro de conseguirlo. De todos modos todo el mundo le llama Tito, así cómo en su día se hacía con el mismo dictador.

-Puta mierda, amigo. Puta mierda. –Al menos ahora sí que logra borrarle la molesta sonrisa de la cara, lo que no consigue es que le diga lo que tienen que transportar aquella tarde de domingo.

Decide no instarle más al respecto, Tito tiene su propio sentido de la vida y de las cosas y, aunque del modo más aparatoso o retorcido, en lo que se refiere a trabajo acostumbra a llevar la razón.

A través de las calles peatonales de la zona de El Milán dirige el coche hacia la glorieta en la Plaza de la Cruz Roja, allí toman la Ronda Sur de la ciudad. Al duplicarse los carriles e incrementarse la velocidad la vieja furgoneta protesta, es una antigua Ford Club-Wagon, con aspecto de ladrillo rodante  y mal pintada de blanco, esto último debido a que el dueño de la misma pensó que sería conveniente pintarla de negro para mejorar el transporte de ciertas mercancías más comprometidas, pero no cayó en que la policía tiene predilección por las viejas furgonetas pintadas de negro, por lo que aquella puta semana a Tito y a él les tocó pintar la misma furgoneta dos veces. El cuentakilómetros está tan trucado que no se mueve de los setenta mil quinientos kilómetros, ridículo cuando el aspecto general de la furgoneta grita haber pasado los setecientos cincuenta mil hace siete años y medio. Ambos se sientan en la única línea de tres asientos a la altura del volante, en la parte de adelante junto a ellos lo único que destaca son las pegatinas de la ITV robadas en el parabrisas, un pequeño Elvis danzante colgando de una ventosa bailando sobre el salpicadero y unas cintas benditas de la Virgen del Acebo puestas tras el retrovisor. Estas últimas conseguidas por Abel tras su primer viaje con Tito al volante.

Normalmente se hubiese resistido a dejarle conducir, pero esta famélico, con resaca y apenas ha dormido, hoy él no conduciría mucho mejor que Tito así que decide acomodarse lo mejor posible aunque, eso sí, trata de no dormirse por el mínimo respeto que aún le queda por su propia vida. Tito vuelve a sonreír y tararea algo entre dientes, esta tentado de preguntarle si se ha jodido la radio pero considera mejor no hacerlo, nunca ha visto al serbio enfadado y eso es algo de lo que se alegra profundamente.

Entre las muchas cosas que le indican la peligrosidad del alegre tipo a su lado destacan sobremanera los hundidos nudillos de los meñiques de ambas manos, marca de los boxeadores profesionales, bolas de hueso y carne clavadas a media mano que son señal de combate. Una cara surcada de pequeñas cicatrices acompaña el gesto casi siempre amable de lo que en ocasiones se le antoja cómo un niño en un cuerpo de hombre, unas muñecas anchas y unos antebrazos venosos destacan una fuerza impropia en alguien de su tamaño, acorde con una salud que Abel sabe fuera de lo común en alguien que cómo él bebe cómo un cosaco, y que además en su caso y por mera estadística ya debe de tener varios contagios serios de tipo venéreo.

Abandonan la ronda y cogen la autopista dirección León, se dirigen al sur, Abel no pregunta porque realmente no le importa demasiado su destino, no lleva mucho en el negocio pero sí lo suficiente cómo para saber que los encargos suelen consistir más o menos siempre en lo mismo, un viaje de una hora cómo mucho, cargar la furgoneta con algo normalmente demasiado pesado y descargarlo en algún lugar habitualmente de Oviedo ciudad o su periferia. Lo habitual supone en este tipo de negocios de transporte sin licencia. Siendo además domingo y después de la fiesta Abel se imagina que se trate de cargar garrafas con bebidas de imitación para rellenar botellas en los bares de la capital, después de todo no es la primera ni será la última vez que les llega un encargo de ese estilo, en cualquier caso se figura que estará en casa para la hora de la cena. A diferencia de la noche anterior hoy si echa de menos su casa.

En la misma autopista, a su paso por la zona industrial de Mieres, Tito arroja un profundo suspiro, Abel lo reconoce cómo fingido pero se decide a entrar en su juego y le pregunta:

-¿Qué te pasa cañón? –Conociéndole sólo cabe esperar algún tipo de broma basta y subida de tono, Abel tampoco disimula su sonrisa al preguntar.

-Esto me recuerda a mi casa, amigo. –Tito contesta con un tono inesperadamente reflexivo, parece ausente, tanto que le hace sentirse un tanto culpable, ciertamente no se lo esperaba, decide quitarle hierro al asunto.

-Aquello debe ser muy bonito. Lo echarás de menos. –Cuando termina de hablar se queda considerando por un segundo en el modo, sí es que hay algún modo, en el que lo que acaba de decir haya podido ayudar. Pero Tito le saca de su embrollo mental de nuevo con una sonrisa.

-No. Coño, no bonito. Nada bonito. Igual que esto joder. ¡No me escuchas amigo! –los dos se ríen ahora y Abel cae en la cuenta de que quizá esto fuese una broma un poco más elaborada de Tito. –Joder, por eso me vine, aquello mierda puta, amigo.

Pasado Mieres y antes de llegar a Pola de Lena, Tito toma una salida de la autopista y se mete por una carretera comarcal, los montes verdes hasta entonces lejanos parecen acercarse a la furgoneta, el sol brilla y por un momento Abel hasta se alegra de haber salido de casa. Una exuberante sucesión de valles y crestas, de pequeños bosques y casas y pueblos repartidos sobre o bajo ellos, el verde profundo aún aguanta en las copas y en los prados a la llegada del otoño, es la majestuosidad inquebrantable de la montaña central asturiana, pero entonces, de un volantazo, Tito abandona la carretera comarcal adentrándose en un mal asfaltado camino rural por el que recorren otros cinco kilómetros hasta detenerse. Sin dar explicaciones, Tito tira el freno de mano, saca las llaves del contacto y bajándose de un salto de la furgoneta dice:

-A trabajar amigo. –Se pone a caminar por lo que ya es un sendero no apto para el tráfico y mientras Abel comienza a seguirle grita -¡Hoy sí que vamos a trabajar de cojones amigo!

Abel le sigue unos doscientos metros por el sendero ascendente entre la hierba alta, no es hasta que Tito se detiene que él le alcanza en el pico del camino, frente a ellos la vía del tren y apilados entre ellos y la vía una pequeña montaña de viejas traviesas de madera del ferrocarril.

-Hostia puta –las palabras salen disparadas de la boca de Abel cuando finalmente comprende la naturaleza de su trabajo. Tito estalla en carcajadas mientras mira fijamente a los maderos amontonados frente a él- las putas traviesas y la puta que te parió.

-Vamos amigo, trabajo, trabajo. –Tito da un par de pasos y se agacha sobre el extremo de la traviesa más cercana.

La pesadilla de Abel se torna realidad en ese mismo momento. Pero sabe que es mejor no pensar en ello, ya es una putada estar allí y darle vueltas al asunto sólo lo haría aún peor, lo mejor sería cargar la furgoneta deprisa para evitar terminar durmiendo en el cuartelillo de la guardia civil de Lena o en el juzgado de Mieres, sí, mejor sería acabar cuanto antes y sin ser vistos. Además necesita el dinero, asiente con la cabeza y se agacha junto al extremo opuesto al de Tito, recoge la madera con las manos y contando a la de tres la alzan. En cuanto nota el peso de la viga sabe que va a ser mucho peor de lo que pensaba.

Tardan casi cinco horas en cargar la furgoneta lo suficiente para satisfacer a Tito, además de una hora y cuarto en volver a Oviedo con la furgoneta cargada. Por lo menos al llegar no la tienen que descargar y pueden limitarse a dejarla en uno de los garajes de su jefe, a unos quince minutos caminando de casa de Abel, en la parte alta de Ciudad Naranco. Una vez dejan la furgoneta Tito le propone irse de putas, cómo lleva haciendo todos los días desde que le conoce a pesar de que nunca le acompaña, pero hoy no lo haría ni aunque de verdad quisiese.

Abel se encuentra al borde de la extenuación cuando llega hasta su portal, no sabría decir cuando dejó de caminar y cuando comenzó a arrastrar los pies. Ha gastado los tres euros que le pidió prestados a Tito en tres chocolatinas de maquina que lleva en los bolsillos pero se encuentra demasiado cansado hasta para comer. Coge el ascensor y sube pesadamente el último tramo de escaleras, cruza el pasillo a oscuras y abre la puerta de su paupérrimo apartamento, una vez dentro se quita el pestilente mono azul de trabajo ennegrecido del barro, la mierda y la humedad adheridos a las pesadas traviesas. Finalmente se desnuda completamente y se deja caer sobre el flaco colchón que juega a ser su cama. Sobre él un recordatorio: “Recuerda. Eres mierda y ella no te quiere”. La tinta indeleble marcada en la pared sobre su cabeza no miente.

-No, ella no te quiere amigo. –Dice Abel con un poco trabajado acento balcánico- Y no me extraña.

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CAPITULO CINCO

 

Aquel local siempre le había recordado a la famosa pintura de la cafetería de Edward Hopper pero sin el aura glamorosa, ciertamente sin el aura glamorosa. Ninguno de los clientes aquí lleva un elegante sombrero, no hay ninguna belleza clásica apoyada sobre la barra con un elegante vestido rojo, ni el local tiene un elegante letrero serigrafiado en el exterior ni un atento camarero de blanco inmaculado, en este antro de Pumarín este último ha sido sustituido por una sesentona ecuatoriana teñida de rubio platino, con uñas kilométricas y con maneras de puta retirada. Tal vez no necesariamente de puta, pero desde luego no de camarera, no de una buena al menos. Abel contempla el café con leche en taza pero sin plato en buena parte derramado por la barra a causa de unas uñas demasiado largas cómo para sujetar la taza de forma razonable, apunto estuvo de replicar cuando se lo sirvieron pero su intentona fue interrumpida por una curiosa disculpa en forma de mirada desafiante. Decide dejarlo correr porque después de todo tampoco pensaba pagarlo.

Pasan por poco las cuatro de la tarde y a su lado Tito llama su atención cuando con un exagerado gesto hunde los dedos índice y pulgar en su propio gin tonic y se pone a removerlo con profusión, parece ignorarle por completo sumido en su antihigiénico propósito hasta que finalmente alza el fruto de su esfuerzo sujetándolo entre sus dedos, un ajado pelo rubio platino casi blanco de unos dos palmos de largo. Abel añade la alopecia a la lista de cualidades de la horrible mujer situada tras la barra del bar, ahora bien, Tito sigue bebiendo cómo si aquello no fuese con él.

El local no es gran cosa, apenas una barra en forma de ele y una franja alrededor de un par de metros de espacio vacío con algunas mesas y sillas desperdigadas, un par de baños al fondo y una puerta a la calle cerca de la esquina, en la parte larga de la ele. Siempre le había sorprendido que las paredes exteriores fuesen de cristal, estaba seguro que de ser él el propietario trataría por todos los medios de esconder el interior del local para tratar de atraer incautos, aún no había decidido si para atenderles o para atracarles, pero por lo menos para hacerles cruzar la puerta.

Sentados a la barra del bar en un par de taburetes Tito y él esperan a Don Antonio, su jefe. Una bola de grasa comida por el bocio, cirrótica y gotosa que gustaba de decir de sí mismo que simplemente era robusto, un medio gangster de barrio de medio pelo que se trataba a sí mismo de empresario, un auténtico hijo nunca se supo de quién porque su madre tampoco se lo dijo, un hombre que desde que tuvo dinero para gastar exigía ser tratado de Don, hasta de Patrón por sus empleados pero por ahí Abel no pasaba.

Desplaza la mirada de nuevo de la taza de café a la camarera que sigue pareciendo poco o nada dispuesta a recogerla. Abel adivina sin dificultad el verdadero cometido de la mujer y es que su jefe era un putero redomado que, eso sí, siempre se define a si mismo cómo putero redomado. Lo que Don Antonio gustaba de llamar su emporio, estaba compuesto por ese mismo bar y otro par de aparcamientos para putas retiradas cómo aquel, unos cuantos garajes y locales en alquiler, un par de furgonetas con unos cuantos chicos de los recados cómo ellos mismos, unas cuantas máquinas tragaperras alquiladas por los bares de la zona y sobre todo algunos pequeños montes de piedad repartidos por Pumarín, la Corredoria y Ventanielles, eso y, claro está, todos los trapicheos que se le pusiesen a tiro. No obstante y al contrario de lo que pudiese parecer a primera vista Don Antonio era un soñador, un soñador con un sueño poco común, el proxenetismo. Siempre su última frontera, allí dónde habían ido a morir sus esperanzas hasta en tres ocasiones, siempre tratando de alumbrar el mejor local de alterne de Asturias y terminando al borde de la ruina en sus tres intentos, no obstante siempre se las había apañado para rehacerse, Abel consideraba esto una propiedad interesante, característica de Antonio y de su materia constituyente, y es que por fuerte que la empujes, la mierda nunca se hunde del todo.

Y puede que sea malo, pero lo que seguro que no es, es discreto. Cuando por fin entra en el local medio a la carrera más que abrirla embiste la puerta con su panza prominente, alza la pierna para superar un corto escalón que, ante su pasicorta zancada se agiganta, resopla al hacer cumbre y camina hacia la barra. Luce una llamativa camisa de un tono fucsia oscurecida a los flancos por sendas manchas de sudor, tanto que Abel dirige una in disimulada mirada al exterior para asegurarse de que el día sigue gris y fresco cómo hacía cinco minutos, una vez comprobado vuelve a dirigir la mirada al taimado infarto caminante. Tito se ha girado hacia la entrada del torbellino fucsia y le saluda:

-Buen día patrón. –el serbio sonríe ampliamente, Abel cree que también él detesta a su supuesto benefactor, pero lo disimula tan bien que en ocasiones le hace dudar. Busca decir algo amable él también.

-Buenos días Don Antonio – eso sí, sin reconocer nada de patrones ni patronazgos hace desaparecer la complacencia inicial de la cara de la vaca fucsia, tanto es así que saboreando su triunfo decide tensar un poco más la cuerda- bonita camisa, discreta, muy discreta, seguro que le sale mejor dejar que las furcias le ejerzan de modista que contratar una de verdad.

-Cállate gilipollas, recuerda quién te paga –ya no le queda nada de la sonrisa inicial en la cara, menos cuando hasta la tiñosa rubia tras la barra se ha reído de su camisa. Se acerca mucho a Abel, hasta que su olor mezcla de sudor y pachulí le contraen la nariz dibujándole una mueca en la cara, sólo entonces sonríe de nuevo con algo parecido a una pose fiera de dientes pequeños y juntos bajo una nariz afilada, unos ojos estrechos y una especie de desdibujada cortinilla.

Tras un instante incómodo da un paso atrás, saca una pequeña cartera atestada de su bolsillo delantero y la abre frente a él.

-¡Día de paga! –el obeso crápula parece complacido mientras hurga en su billetera. Saca un billete amarillo de doscientos y lo tiende frente a Tito, sólo entonces Abel nota lo tenso que parece su compañero- Te los has ganado Bosnio.

-Gracias patrón. –Tito parece algo aliviado al recoger el dinero, no es la primera vez que le muestra a Abel su disconformidad con su continuada falta de respeto por el patrón, tanto es así que ya se mentaliza para la inminente regañina de su colega en cuanto salgan de allí.

-Vamos a ver –Don Antonio remueve su billetera con dedos peludos pero rápidos, le recuerdan a los de un orangután, termina su rápida búsqueda y tiende un único billete de cincuenta frente a él, sonríe y le dice- menos el alquiler.

No hay opción de replica, con ese hombre nunca la hay, la rencorosa marsopa pasa de largo a su lado sin darle tiempo a replicar. Abel piensa en recordarle que ya le había descontado el alquiler la semana pasada, pero un resabiado suspiro de Tito le devuelve a la realidad, Don Antonio puede ser vil, gordo y mezquino, puede que ni siquiera sea inteligente, pero tiene un ábaco por cerebro y un doctorado en la cuenta de la lechera, suficiente para gestionar la economía de todos sus chanchullos y demasiado cómo para olvidarse de algo así.

Se detiene en la barra a unos pasos de ellos, hunde una mano en la sudorosa camisa y extrae una bolsa de tela negra que deja caer pesadamente sobre la barra, Tito le da un golpe a Abel en la rodilla para llamarle la atención y con un leve gesto de cabeza la dirige hacia la bolsa oscura sobre la barra. Don Antonio chasquea sonoramente los dedos hasta en tres ocasiones, entonces un hombre de cabeza afeitada, alto y espigado sale al local a través de la puerta casi oculta tras la barra, la puerta entreabierta deja al descubierto una estancia pintada de blanco, posiblemente la antigua cocina del local. Abel nunca hubiese pensado en una cocina, suponía un almacén, pero claro está que quizá fuese porque nunca se plantearía comerse nada allí. El hombre delgado se hace con la bolsa y vuelve tras sus pasos hacia la cocina, se introduce sin abrir más la puerta y cierra tras él. Abel dirige la mirada a Tito que observa cómo se cierra la puerta, el balcánico se acaricia ilustrativamente una cadena de oro que lleva al cuello con el dedo índice. Abel lo entiende, debe ser allí donde funden el oro comprado en los montes de piedad, en aquella mugrienta cocina debe ser dónde terminan las joyas de los desafortunados a los que la necesidad fuerza a venderlas, dirige su mirada hacia Don Antonio, aún resoplando apoyado contra la barra y reflexiona para sí sobre lo bien que se crían los peces basureros cuando el estanque se llena de mierda.

Su jefe vuelve a chasquear los dedos, esta vez en dos ocasiones y apuntando con ellos a la camarera, tras conseguir su atención indica con la cabeza la puerta de los baños. La mujer se pone en movimiento sin necesidad de más señas, caminando despacio, pasa al local a través del hueco bajo la barra al fondo de la misma, pasa tras ellos y junto a Don Antonio que la homenajea a su manera con un sonoro cachete en una nalga poco firme, se mete en el baño y justo después él la sigue. Tito y Abel se levantan cómo con un resorte y salen del local apresuradamente, incómodos ante la mera perspectiva de compartir techo con semejante acto de desgarbada pasión carnal. Una vez fuera Abel no puede evitar decir:

-Sólo espero que sea mejor puta que camarera.

-No deberías tocar tanto cojones amigo –Tito remarca su opinión acompañándola con un gesto de ambas manos rodeando dos circunferencias imaginarias, ambos caminan por la calle tras salir del bar, compartiendo un trecho de camino hasta la casa de Abel. Repite una monserga de sobra conocida para ambos- patrón es cabrón pero… patrón es cabrón peligroso.

-Ya lo sé Josip, ya lo sé –Abel dedica un segundo a considerar si Tito no terminó su anterior frase por una falta de vocabulario o porque realmente no encontró nada bueno que decir de Don Antonio, en cualquier caso no es al yugoslavo al que quiere provocar- no sé que es lo que me pasa, de verdad.

-Tienes suerte, él contratar para trabajo –se encoge de hombros en un gesto de incomprensión sincera- él quiere tú llamas patrón, tú llamas. ¿Qué problema con eso?

Abel decide dejar caer la pregunta de su compañero en el aire, ya han tenido esa misma conversación en otra ocasión y no le apetece involucrarse en ella, no al menos esta vez en la que Tito lleva ventaja, una ventaja tangible de ciento cincuenta euros. De hecho, es tanta la ventaja acumulada que se esta planteando seriamente no darle los treinta euros que le debe. No, él los necesita más en ese momento, puede que le llamen para otro trabajo mañana y que vuelva a cobrar, pero también puede ser que no le llamen hasta la semana siguiente y entonces tendría un problema, eso sí, al menos y cómo consuelo después de pagar dos veces el alquiler cree que no le echarán de casa.

-Y me debes treinta y dos euros –Tito se lo suelta directamente, cómo si le hubiese leído el pensamiento- pero te perdono los dos amigo.

-Otro barriobajero con calculadora incorporada –no cree que haya entendido gran parte de lo que ha dicho, pero en cualquier caso prefiere no pensárselo más y saca su recién adquirido billete de cincuenta y se lo entrega- eres igual que el otro hijo puta.

Tito sujeta rápidamente el billete y con una amplia sonrisa que ofende profundamente el orgullo de Abel lo une a un pequeño pero consistente fajo extraído de su pantalón con la otra mano, recoge un billete del centro del montón y se lo tiende a Abel que se lo mete en el bolsillo con un resignado suspiro.

-Para gastártelo en putas Tito podías meneártela y dejarme el dinero –Abel lo suelta más resignado que esperanzado- sabes que lo necesito.

-A ver si así aprendes amigo –adopta un ridículo tono maternal- patrón pudo habernos dejado a los dos sin cobrar por tu culpa, además putas también necesitan dinero amigo, no sólo tú.

Se rinde ante la lógica aplastante del serbio, no había caído en la cuenta de que en efecto Don Antonio podía haberles castigado a ambos, de hecho Tito ya le había insinuado que trabajaba menos desde que formaban equipo, no, definitivamente no le caía bien a su jefe y sí, también era cierto que las putas necesitan dinero.

Cuando llegan a su calle, en el cruce antes de llegar a su edificio, Abel gira a la derecha con Tito en lugar de seguir de frente hacia su apartamento. Tito no pregunta hasta que Abel se dirige a él:

-¿Ves el bazar chino en esta misma acera? –Espera a que Tito lance un gruñido afirmativo acompañado de un movimiento de cabeza para continuar- ¿Ves la mesa de camping plegable a la entrada?

-¿Cuánto necesitas amigo? –no necesita ninguna explicación más sobre lo que pretende.

-Veinte segundos. –dice Abel.

Tito se adelanta sin esperar más explicaciones mientras Abel ralentiza su paso hasta hacerlo ridículamente lento para un hombre de su edad. Su compañero entra decididamente en el bazar, como decidido a pasar hasta el fondo se acerca demasiado a uno de los expositores tropezando con una cesta llena de correquetecagas, pierde el equilibrio y se desploma estrepitosamente contra otro expositor situado en paralelo, volcándolo del golpe y desperdigando todo el género por el suelo.

En cuanto escucha el primer golpe Abel pega un par de rápidas zancadas haciéndose con la mesa plegable de camping gris de noventa por noventa puesta en la calle a modo de exposición y una silla a juego. Las sujeta cómo puede y emprende una carrera de cincuenta metros cruzando la calle hacia su portal, al llegar a la puerta se da cuenta de lo mal elaborado del golpe cuando tiene que posar la mesa y la silla, sacar las llaves del bolsillo, abrir la puerta y meterlas dentro. Por fortuna Tito alarga con su caos los veinte segundos requeridos, tiempo que en cualquier otro caso hubiese sido suficiente para hacerse con la mesa, salir corriendo y doblar la esquina.

Una vez dentro del portal empuja la mesa y la silla hacia dentro alejándolos de la puerta, cierra y se maravilla con el sórdido espectáculo que se sucede, Tito saliendo del bazar seguido de un dependiente reverenciándole, tras ellos una anciana china haciendo aspavientos con los brazos y gritando de modo más que audible en su lengua nativa y un par de niños también asiáticos, doblados de la risa ante el espectáculo de la que Abel supone su abuela. Tito se despide y se aleja, el clan de dependientes vuelve a su comercio y Abel observa cómo, en cuanto esto sucede, Tito aprieta el paso, llega al fondo de la calle casi a la carrera y doblando a la derecha se pierde de la vista y cómo penas un instante después, un apurado dependiente sale de la tienda deteniéndose ante el hueco de su desaparecida mesa de camping.

Los gritos de la anciana china inundan el aire mientras Abel se de la vuelta, pliega la mesa de camping a la mitad sobre sí misma y se la mete debajo del brazo. A decir verdad se siente algo culpable, apenas suficiente pero algo, después de todo tenía pensado comprarse la dichosa mesa y la dichosa silla, lo hubiese hecho seguro de no haberle robado su jefe y seguramente de no haber tenido que devolver el dinero a Tito, pero ahora al pensar en Tito no puede evitar reírse.

No consigue meterlo todo en el ascensor por lo que coloca dentro la mesa plegada y él acarrea con la silla por las escaleras. En el quinto recoge la mesa y sube cómo puede hasta su apartamento, una vez dentro enciende la luz e introduce su pesada carga. Justo en el centro de la estancia despliega su recién adquirida mesa de camping, situándola a una zancada de la cocina y a otra de la cama, también coloca la silla del lado opuesto a la puerta y vacía sus bolsillos sobre la mesa, el móvil, las llaves y un billete de veinte euros. Dedica una tranquila mirada a su alrededor, vuelve a meterse el billete de veinte y las llaves en el bolsillo, apaga la luz y vuelve a salir a la calle.

Al volver lo hace con una bolsa de supermercado, se sienta en la silla y de ella saca una botella de Jack Daniel´s aún con el precinto, un alargado vaso de chupito, un paquete de Marlborough, un cenicero y un mechero. La botella porque necesita emborracharse, el tabaco porque ha decidido volver a fumar y el cenicero y el mechero porque su mala conciencia le obligó a gastarse cinco euros en el bazar con la esperanza de que el karma no terminase de hundirle por el robo de la mesa de camping.

De entre todos los objetos de la mesa mantiene la vista fija siempre en el mismo, el viejo teléfono móvil. Se lo dieron el día que empezó con el trabajo, no sabe su número, ni siquiera sabe si es de tarjeta o de contrato, si tiene saldo o si estará pinchado por la policía, pero sus ojos reflejan la imagen del móvil y en su mente tiene grabado a fuego un número de teléfono.

La botella finalmente distrae su atención del teléfono y tras quitarle el precinto se sirve el primer vaso, lo toma de un único trago y nota cómo una sensación de calor le cae por la garganta y se le extiende por el estómago. Las tripas se le remueven pero antes de que el amargo regusto del bourbon se le instale en el paladar se sirve otro vaso y se lo bebe nuevamente de un único trago. Entonces se levanta y de una zancada se acerca hasta el horno abriendo su puerta y sacando de alli una cerveza casi fresca, aprovecha para echar una mirada de soslayo al contenido del horno que le resulta tan desalentador cómo esperaba, si no le llamaban para trabajar en seguida iba a tener que alimentarse a base de pasta y arroz hervidas con agua y sal. Cierra la puerta del horno empujándola con la rodilla y abre la cerveza a la que pega un largo trago vaciando casi la mitad del contenido. Vuelve sobre sus pasos y se sienta en la silla frente a la mesa, de nuevo la mirada fija en el teléfono.

Apenas es media tarde y ya esta prácticamente borracho, no tanto por lo que ha bebido sino por haberlo hecho en ayunas. En su mente un único pensamiento, el mismo que le ronda la cabeza desde hace varios meses, llamar a Verónica.

Dentro de él un remolino de ideas bullen en un caos total, la quiere pero no sabe si quiere decírselo, se siente dolido pero no sabe si es por su actitud o si es por su ausencia, quiere preguntarle por qué le abandonó y gritarle por ello, quiere decirle que nada en su vida le había dolido tanto, pero que no le importa y que vuelva, quiere perdonarla pero no sabe si podrá hacerlo y sobretodo tiene miedo, no olvida que ella fue quién se fue, quién le dejó y también quién le vio la otra noche con Carolina. Quiere llamar pero no se atreve, quiere llamar pero no sabe cómo.

Un invisible juego de poleas se pone en movimiento, cómo siempre que se queda sólo en aquel lugar sin nada que hacer, las paredes parecen empezar a deslizarse hacia él empujando el aire afuera mientras encogen la estancia, cuerdas, raíles y poleas accionadas por caballos imaginarios decididos a aplastarle.

Se sirve otro chupito y luego otro más. Trata de crear un orden en la confusión, de aclarar sus ideas pero ya se le antoja imposible en aquel cuarto. Mira a su alrededor  mientras las paredes parecen encogerse, está fresco pero empieza a tener calor, el pulso se le acelera en perspectiva de la que puede ser la llamada más importante de su vida, ha elaborado y ensayado su discurso hasta la saciedad, quiere disculparse por aquella noche de San Mateo, quiere explicarle que fue impropio pero no planeado, que estuvo fuera de lugar y explicarle que le desea lo mejor aunque no lo haya parecido. Dejar el terreno franco para que ella pueda dar otro paso.

Ley de vida, él la jodió y ahora le toca disculparse. No es que antes de la noche de San Mateo la ruptura estuviese en los mejores términos, pero aún eran comportamientos razonables, en adelante le horrorizaba la posible reacción de Verónica por muchos motivos, temía perderla, esta vez para siempre.

Las largas noches tendido en aquel colchón corrían lentas, tranquilas, en ocasiones insufriblemente despacio entre las diferentes suposiciones sobre Verónica, sobre si estaría bien o si se la comerían los celos, si estaría quemando sus fotos o deseando llamarle y hablar con él.

Pero lo peor eran las dudas y aún peor los celos. Abel tampoco pudo evitar imaginarse a si mismo en la situación en la que había puesto a Verónica la otra noche, verse en el papel opuesto de aquella retorcida noche de fiesta. No, seguramente él no querría volver a hablar con ella, pero claro –se dice a sí mismo- él nunca la habría dejado en primer lugar, tal vez a ella le importe menos, quizá ni siquiera lo vio. Claro que ni siquiera de eso puede estar seguro.

Otro chupito y otro más, esta vez seguidos de un largo trago de cerveza, los tiros de caballos continúan implacables y la estancia se sigue reduciendo centímetro a centímetro con parsimoniosa e irrefrenable potencia, empieza a hacer girar el móvil sobre la mesa dándole golpecitos con el dedo índice, entonces le atacan sus más negras de entre sus más negras pesadillas. Se imagina a Verónica con otro, ella se ríe y es feliz, a veces se ríe de él con su guapo, alto y rubio acompañante y lo que es peor, en algunas visiones ni tan siquiera piensa en él, le ha olvidado por completo, tal vez nunca le ha querido. No –piensa- no, seguramente le haya dejado ya por otro, con el que seguro ya se acostaba mientras estaba él. Exactamente eso, Verónica ya estaría con otro, alguien cumplidor, de éxito, alguien capaz de darle todo lo que él le había prometido y no había tenido ocasión de darle, alguien más estable y tranquilo, complaciente pero resolutivo, divertido pero seguro, inteligente y agradable, más dotado, mejor en la cama  y hasta con mejor olor. El aire se escapa de la estancia mientras ve cómo se acerca la pared frente a él y siente cómo se le acerca otra por la espalda.

El tiempo va pasando mientras la luz del apartamento se vuelve más gris, los posibles amantes de Verónica circulan por la cabeza de Abel en el más grotesco desfile imaginable. Se la imagina con alguno de sus amigos a los que él nunca les había gustado, después se la imagina con alguno de sus amigos, hasta con la rata traidora de Tito. Se sirve otro par de chupitos y la ve en Punta Cana con un par de mulatos, pestañea y de repente los mulatos son cuatro, ella se divierte con ellos y sólo se acuerda de él para soltar algún inoportuno chiste sobre impotentes o cornudos que ellos corean con carcajadas. La vida de su ex, del amor de su vida, se ha convertido en un Gang Bang de dimensiones épicas mientras él bebe sólo, mientras se encuentra allí tirado con Juanito Caminante y las cinco estrellas de la Mahou cómo única compañía, ella se acuesta con decenas de hombres con miembro de equino mientras suelta chascarrillos sobre su ex, el crío, pobre cómo una rata sentado en su zulo y jugando con su teléfono, esperando a que por algún milagro, por un misterio de la existencia, el teléfono suene y su voz haga que el orden natural se restaure en el universo.

Ya casi no hay espacio, su universo se ha reducido a la mínima expresión y ahora espera a que la prensa se cierre, a que las paredes caigan sobre él y le aplasten, no le importa, no le importa si con eso se acalla el ruido de su memoria.

No puede evitar cerrar los ojos y recordarla. Desnuda, tendida boca abajo en su cama, los brazos estirados bajo la almohada y la cara ligeramente ladeada hundida entre ellos sobre la almohada. Ella abre los ojos un instante, lo justo para asegurarse de que él la mira y los vuelve a cerrar rápidamente, una amplia sonrisa se dibuja en su cara. Él lleva un rato mirándola, jugando, observándola mientras finge dormir, ella sabe que no necesita nada más para ganarse toda su atención.

Siente de nuevo el tacto del edredón azul y de las sábanas amarillas de lunares marrones que apiladas le tapan la espalda bajo los hombros, la figura de unos pechos perfectos se adivina en el dibujo que crean al apretarse contra el colchón y ella apenas logra disimular la sonrisa de su cara grabándosele una divertida mueca. Casi acaban de terminar de hacer el amor y ella sigue fascinándole con cada uno de sus gestos.

En ocasiones aún se siente torpe cuando de ella se trata, pero no puede esperar para entrar al juego que Verónica silenciosamente le está proponiendo. Él apoya su cabeza sobre su mano izquierda con el codo flexionado clavado en la cama, destapa su brazo derecho y acaricia con la punta de sus dedos la nuca de ella, que entonces descubre su vigilia con un ronroneo apenas audible. Ahora desliza sus pies bajo las sábanas hasta rozar ligeramente los suyos, siempre fríos, helados.

Ella no se mueve, seduce mientras se deja seducir, él desliza suavemente sus dedos a lo largo del hueco de su columna. Es una única caricia larga que se pierde bajo las sábanas, la sonrisa en su cara se vuelve franca, dejando ver unos dientes muy blancos entre sus labios finos, pero ya está, se queda quieta y no hace nada más, de nuevo inerte, dejando que sea él de nuevo el que dé el siguiente paso.

Su excitación crece, ahora mismo sólo piensa en darle la vuelta y hacerle el amor pero aunque este no es su juego, desea jugar. Hace que la mano que nunca llegó a dejar su espalda vuelva sobre sus pasos, desliza todo lo delicadamente que puede la yema de sus dedos contra su blanca y suave piel. Arrastra de nuevo su mano hacia la nuca de ella pero esta vez hunde despacio sus dedos en su pelo, acariciando la raíz de su cabello, marcando y sin apretar abre los dedos de la mano y le acaricia suavemente la cabeza, ella corresponde al gesto con un plácido ronroneo. Entonces Abel hace descender de nuevo su mano cruzando despacio toda su espalda, casi sin tocarla y sin retirar la manta cuando la punta de sus dedos recorre rozando la fina línea entre sus nalgas. Tampoco se apresura cuando su mano se pierde poco a poco entre sus piernas.

Sólo entonces ella aprieta un poco más la almohada, aferrándose a ella por un segundo, y en ese momento un pequeño gemido ahogado escapa de su cuerpo. Trata de volver a relajarse mientras la acarician, pero Abel toma ventaja de su placentero esfuerzo y ahora es él quién alarga el juego, separando sus dedos los pasea rozando pero sin tocar la abertura entre sus piernas, muy despacio, de abajo hacia arriba, seduciendo y dejándose seducir. Ella respira agitadamente, su espalda desnuda sube y baja ligeramente contra el colchón, ya desaparecida la sonrisa de su rostro. Él aún aguarda aún unos instantes, hace mucho que está más que preparado pero decide saborear un poco más el poder que ella le ha dado, entonces se le acerca un poco más, lo justo para que ella pueda sentir el tacto de su piel más intima rozándole el muslo. Sin necesidad de mediar palabra alguna ella se gira hacia él, sujeta el dorso de su cara con la mano y le besa, un largo beso en el que sus lenguas se tocan y se rodean, un beso ya coreografiado a base de cientos de repeticiones, Abel sube su mano libre hasta rodear una cadera que alzando ya una pierna le deja pasar. Y pasa muy despacio, dispuesto a saborear cada mínimo momento, hunde la mano de nuevo en el pelo rubio sobre su nuca pero ahora tira de el suave pero firmemente, alza la cabeza de ella y expone su cuello blanco y firme, lo besa. Hacen el amor.

Pero vuelta a la realidad ella esta con otro, entonces otra vez vuelven los celos, la paranoia, la claustrofobia, las ganas de morir. Todo vuelve a empezar en su cabeza.

Cree que le toca a él dar el primer paso, después de todo ha sido él quién la ha jodido y es él quién debe disculparse. Pero mira el teléfono y sencillamente no se atreve. Recuerda vivamente el día que ella le dejó. Aun cuando piensa en ella siente un dolor vivo recorriéndole el cuerpo y no se siente preparado para exponerse a otra descarga. Le reza a la causalidad de las cosas y a la casualidad de la misma existencia que ponga fin a su miedo, para que sea ella la que por cualquier motivo coja el teléfono y le llame.

Ya sólo quiere esgrimir una gran bandera blanca, izarla a lo alto de un astil y ondearla por la ventana. Hablar con ella y decirle ya no más, ya no más dolor, ya no más herirse, ya no más pasarlo mal.

-Estoy aquí para lo que necesites –fija la vista en el teléfono y desea que suene con todas sus fuerzas, lo desea tanto y tan fuerte que un tremendo retortijón le retuerce las tripas, dirige entonces la mirada a una casi vacía botella de Jack Daniel´s y entonces lo comprende –claro, estoy pedo.

En cierto modo le alivia descubrir que no tiene poderes telepáticos y que no está interconectado con el universo. Vuelve a hacer girar el teléfono sobre la mesa dándole toquecitos, preguntándose quién de los dos será el valiente que se decida a cometer la cobardía rendirse, de rendirse para terminar la guerra, de rendirse para salvar la vida. Él ya se ha rendido por dentro, no le queda nada más por ofrecer, nada por lo que luchar si no es luchar por ella, considera que no queda más que hacérselo saber y esperar unos términos compasivos en la derrota. Pero nada de esto ocurre mientras ninguno de los dos se atreve a coger el teléfono.

Ya debe ser de noche cuando Abel lanza un profundo y largo suspiro, alzando la cabeza y clavando la vista en el techo. Después le dirige una detenida mirada al colchón a su izquierda y la perspectiva de otra noche de insomnio en compañía del fantasma de Verónica y la loca carrera de sus cientos de amantes le incomoda, por fortuna se siente lo suficientemente mareado cómo para tratar de pasar el trago. Entonces vuelve la mirada sobre la mesa y dirigiéndose a su teléfono móvil le ruega:

-Por favor suena –espera unos segundos y vuelve su cabeza hacía la vacía botella de whiskey junto a él diciéndole- menos mal que te tengo a ti.

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CAPITULO SEIS

 

-¡Trabajo amigo! –no se requiere presentación, ni para el estridente tono de llamada de los teléfonos Nokia, ni para la voz con acento serbio que le sigue- cinco minutos en bar, date prisa.

Abel simplemente cuelga, no se molesta ni en confirmar su presencia, tanto Josip cómo él mismo saben que tiene que ir. En su mundo no valen las excusas. Todo le da vueltas, la boca le sabe a whiskey y a tabaco, tiene el estómago revuelto y una jaqueca que no le deja pensar. Se levanta y se viste con el mono de trabajo sólo para darse cuenta de que habían quedado en el bar y que por ello mismo debería acudir con ropa de calle.

-¿Qué querrá ahora el gordo cabrón? –Tropieza con la mesa mientras se desviste y otra vez mientras intenta colocarse los vaqueros- será hijo puta el gordo los cojones.

Al llegar a la calle se encuentra con un día apetecible, poco antes de las nueve de la mañana amanece despejado, alguna pequeña nube se mueve por el cielo y una brisa fresca le ayuda a despejarse un poco. Aprieta el paso hacia el local de su jefe, se muere de ganas de tomarse un café aunque sea preparado por la desgracia de camarera ecuatoriana que tiene contratada, pero al llegar se encuentra a Tito en la puerta, apoyado de espaldas en la pared afuera en la calle con el bar aún cerrado:

-Hola amigo –adivina la pregunta de Abel y responde con un ilustrativo encogimiento de hombros al que añade- todavía no llegar patrón.

-Tócate los cojones, Tito –se frustra ante la desaparición de la posibilidad de tomarse el deseado café con leche- un bar con mejor horario que el de una oficina. Otra lección del maestro Don Antonio.

-No toque cojones a patrón hoy –Tito niega profusamente con la cabeza- no jodas más o tener problema conmigo.

Abel asiente, Tito le cae bien y le conoce cómo a un tipo alegre, pero no se fía lo más mínimo de él ni de su presumible mal carácter oculto. El cuerpo le pide devolver la amenaza pero esta vez decide tragárselo, la experiencia de ayer aún está muy fresca, además la idea de perder otro día de paga termina de convencerle.

A los diez minutos Don Antonio aparece doblando una esquina de la calle abrazado a la camarera del día anterior, hoy luce una camisa que a Abel le recuerda al azul metalizado de los coches y un antediluviano traje gris, pero por fortuna para todos parece algo mejor peinado y menos apurado que el día anterior. Cuando llega hasta la puerta se hacen cada uno a un lado dejando paso franco a la poco agraciada pareja que acaba de hacer aparición. Él no se dirige a ellos directamente y se coloca detrás de ella mientras la mujer trata de abrir la puerta. Abel y Tito le devuelven un inexistente saludo cuando la mujer, aún rebuscando las llaves por su bolso, es atropellada por una rolliza mano que le empuja con violencia la nuca aplastándole la cara contra la puerta.

-¡Que abras la puta puerta inútil! –Don Antonio se descubre como todo un motivador, pronunciando estas palabras con un tono glacial hasta entonces inédito. Abel se sorprende, ya no se alegra para nada de haber sido llamado y ahora mismo preferiría estar en casa comiéndose macarrones sin salsa o durmiendo la mona.

Cuando la aterrorizada mujer consigue por fin abrir la puerta se desliza con velocidad  dentro del bar y se coloca tras la barra. Abel decide jugársela y echarle un capote pidiendo un café con leche, así quizá si parece que la mujer trabaja el gordo se olvide de ella, a riesgo eso sí de atraer toda esa malhumorada atención contra sí mismo. Todavía está calibrando las posibles consecuencias de su acción cuando se sorprende de encontrarse sobre la barra el mismo café que había pedido el día anterior, la misma taza sobre el mismo contenido derramado.

-Tú ponte ahí, tú conmigo –Don Antonio le saca de su sorpresa con otra mayor, indica a Tito que vaya con él a una esquina del local y a él le manda a un taburete al fondo de la barra en la punta opuesta, esta vez su tono tampoco admite replica- hoy no estoy para tus cojonadas.

Abel trata de pasar sin provocar y obedece, dedica una larga mirada a la cara de Tito con el fin de averiguar el propósito de todo aquello. La camarera se interpone entre ellos cuando enciende una enorme y antigua cafetera, hoy sí le tira un guiño con un ojo apunto de esconderse bajo un palpitante bulto creciente en su sien. Sabe demasiado bien que el mal humor de su jefe traerá consecuencias para ellos y echa sus cuentas, cierto que la mujer es una completa inútil para casi todo, pero no tiene sentido ponerla a llevar un bar para después abrirle la cabeza cuando se demora en sacar las llaves del bolso. Algo ha debido pasar, ahora la cuestión es saber el qué.

De lo único que está convencido es de que en esta ocasión no se va a tratar de un trabajo al uso, ellos son simplemente los transportistas, reciben una llamada, indicaciones para ir a algún lugar, señas para recoger alguna mercancía y una dirección a la que transportarla, hasta ahora para lo único a lo que habían ido a aquel local era para cobrar después de los trabajos, nunca antes de llevarlos a cabo cómo ahora.

Puede ver como Don Antonio enfatizada mucho sus gestos, una mueca divertida aparece en su cara cuando considera la idea de su jefe tratando de salir volando con el aleteo de sus rechonchos brazos. Finalmente parece que termina de dar explicaciones cuando se levanta, camina hasta dónde se encuentra él seguido de Tito y colocándose sólo a un par de pasos le mira y apuntándole con su dedo índice le dice:

-Y tú se los señalas. –No dice nada más, pasa de largo y se dispone a meterse en el baño, la resignada camarera camina para dejar la barra tras él y Tito se pone en marcha saliendo del bar.

Nadie le explica nada más, decide no buscar más respuestas por el momento y sigue a Tito en lo que tiene bastante claro está más cerca de su cometido que lo que quiera que esté pasando en aquel baño. Cuando sale a la calle otra cosa también es segura, al marcharse hoy le da muchísima más pena la mujer de detrás de la barra.

Tito le pone en antecedentes, por lo visto el día anterior Don Antonio se desplazó a la zona de Vallobín a hacer unos recados, naturalmente no explicó de qué tipo, pero lo interesante viene cuando tras dar unas cuantas vueltas con el coche consiguió localizar una plaza de aparcamiento dónde un niño gitano le pidió tres euros en concepto de alquiler. Abel se imagina la más que presumible reacción de Don Antonio ante aquello antes de que Tito entrase en detalles, cómo mínimo un empellón  y más probablemente un par de hostias en lugar de los tres euros requeridos, si hubiese sido un adulto piensa que otro gallo hubiese cantado, pero tratándose de niños Don Antonio era un rival excepcionalmente violento, bueno, niños o cualquiera que fuese lo suficientemente débil cómo para no plantear una defensa en condiciones.

Su compañero sigue con su historia revelando el quid de la cuestión, que en este caso se encuentra al retorno de Don Antonio al coche tras atender sus asuntos, allí, dónde lo había dejado estaba su mercedes casi nuevo lavado meticulosamente con piedras, la pintura hecha un pena, los limpiaparabrisas arrancados y los espejos de los retrovisores rotos. Un trabajo profesional realizado con la motivación extra que proporcionan un par de bofetones de mano rolliza en la cara de un rencoroso infante. A Abel le divierte bastante toda esta historia hasta que el papel que le tocará desempeñar en ella se va perfilando en su cabeza.

-Y tú se los señalas…-las palabras de su jefe reaparecen a la vez en su cabeza y en sus labios, seguidos de una pregunta- oye Josip ¿no iremos a por el niño ese?

-No, no… patrón no quiere niño, quiere a todos.

-¿Todos?

-Todos. Niño, hermanos, amigos, padre, madre, jefe, gato… todos.

-Me cago en todo –siguen caminando por la calle pero ahora en dirección a Vallobín- me cago en todo. ¿Sabes que seguro que es culpa suya y que se lo tiene merecido? Ya sabes cómo trata el tipo a la gente.

-¡Bah! –Tito se encoge de hombros- eso no importante, trabajo es trabajo.

-Me estás diciendo que no importa lo que le pueda pasar a un crío que sólo tuvo la culpa de cruzarse con Don Antonio, bueno y de andar haciendo el pijo por ahí, pero de todos modos no se merece lo que le puedan hacer.

-Amigo –el serbio gira la cabeza para mirarle a la cara- ¿a ti quién te paga?

-Ya, ya lo sé. Sólo quería decirlo en voz alta. En menudo jardín nos acaban de meter.

Abel sigue caminando mientras trata de considerar todas las posibles consecuencias de lo que están apunto de hacer, que básicamente era ir hasta un barrio que no es el suyo para tratar de localizar a un grupo de gorrillas, no saben cuántos son ni lo peligrosos que pueden resultar, ni siquiera cómo encontrarlos o si seguirán por allí, tampoco se le ocurre que es lo que deben hacer exactamente cuando les encuentren. No le gusta, no le gusta nada.

“Y tú se los señalas…” la frase sigue dándole vueltas en la cabeza, ciertamente resume bastante bien el que viene siendo su trabajo desde que entró a currar para el orondo gangster de Pumarín que le tenía en nomina. Ya desde el principio le había puesto a trabajar con Tito porque nadie mas quería trabajar con él y ya entonces de algún modo le había colocado por debajo del serbio, Abel creía que porque simplemente nunca le gustó a su jefe. Después de todo era con Tito con quién siempre hablaba para que acto seguido le transmitiese a él el encargo, además sino les necesitaba a ambos siempre era él quién se quedaba sin trabajo y hasta cuando el cabrón invitaba a un café sólo pagaba el de Tito. No, ciertamente no le caía muy bien al saco de mierda cabrón, no obstante le había metido en esto por algo. “Y tú se los señalas…” al menos parece que por fin reconocía que servía para algo, al menos le creía algo más listo que Tito, sí, poco a poco va entendiendo su rol en todo el asunto, esta clara la misión del ex boxeador serbio, tratar con los gorrillas cuando los encuentren, pero por lo visto Don Antonio no se fía de Tito cómo para darle el encargo sólo a él, cosa que haría gustoso, pero no le cree lo suficientemente listo cómo para localizar a la banda de aparcacoches estafadores de Vallobín.

-Necesitamos un coche Tito –las ideas van cogiendo forma en su resacosa cabeza tan rápido cómo la posibilidad de recibir una paliza a manos de un grupo de gitanos le va despejando poco a poco- y lo necesitamos pronto.

-Que vago amigo –el serbio vuelve de algún oscuro rincón de sus recuerdos, completamente absorto- media hora caminando.

-No Tito –Abel ya tiene claro lo que van a hacer- necesitamos el coche para localizar a los gorrillas -Sin coche vamos vendidos.

-Ya… -Tito dedica unos segundos a valorar las implicaciones de aquello y finalmente asiente- no, coche no, pero cogemos furgoneta. Sirve igual.

-Cualquier cosa que se pueda aparcar nos sirve si.

No importa que sea Abel quién tiene la idea, al final es Tito el que termina tomando la decisión. Todo debido a la jerarquía impuesta por el hombre del dinero. Ahora bien, que Tito sea el jefe es algo que nunca le ha importado, además la situación actual le permite tratar menos con Don Antonio y su compañero siempre parece esperar a que él diga cómo hacer algo antes de decidir hacerlo él del mismo modo. Puede que en ocasiones sí que le moleste el tono indolente o paternalista con el que Tito le trata, sobretodo en la cuestión de Don Antonio, pero también en alguna otra ocasión en que tocaron el tema sentimental y de las relaciones, Abel apenas puede soportar que un hombre que sólo ha tenido mujeres previo pago le aconseje sobre su vida amorosa, pero lo pasa porque está convencido de que lo hace sin malicia, con auténticas ganas de ayudar pese a su tortuosa relación con el genero femenino, relación en la cual el amor consistía en pegarles suave.

En sus tiempos universitarios una conducta de este tipo le hubiese horrorizado, pero con lo vivido en los últimos meses Abel había ido aprendiendo que no todas las respuestas se encuentran en los libros ni en las academias. Que no quiere decir que apruebe golpear a las mujeres, pero si que le parece más justificable cuando son del tipo de mujeres que estafan, roban, no usan preservativo aún sabiéndose infectadas y que te matarían rajándote las pelotas con un cúter mientras duermes si pensasen que les puede salir rentable. Y naturalmente este es el tipo de chicas que frecuenta Josip, que por desgracia confunde mujer con putas malas y a las putas malas con personas, no obstante y por lo que le conoce sabe que Tito es un romántico a su retorcida manera, putero sí, pero fiel y acostumbrado a repetir. Al menos por lo que le cuenta cree que es de esos clientes fieles a su manera, que acostumbran a pagar los servicios de una misma chica durante años, llueva o nieve, que llegan a quererlas de algún modo y sabiendo que él es así, que este soltero sólo deja intuir marcas de cicatrices invisibles.

Caminan unos diez minutos hacia dónde Tito había aparcado la furgoneta y conducen unos quince hasta Vallobín. Una vez allí Josip no puede esperar más y por fin se decide a preguntar.

-Vale amigo ¿Y ahora? –Abel cae en la cuenta de que no le ha comentado aún el propósito de la furgoneta.

-Ahora aparcamos la furgoneta –Tito parece pensar por un segundo que lo de la furgoneta ha sido una excusa para no ir caminando hasta allí y pone mala cara, Abel se apresura a terminar de explicarse- esperamos a que venga el gorrilla a pedirnos el dinero por aparcar y le vigilamos, cuando se junte con los demás avisamos al gordo y si quiere les seguimos hasta dónde duermen.

-Bien, bien amigo –Tito parece más que complacido con el apresurado plan- bien que tu estudiar.

-No me lo recuerdes Josip –ahora que busca a los gorrillas siente una acentuada morriña por su antigua vida entre pupitres- por lo que más quieras no me lo recuerdes.

-Sólo digo amigo.

-Ya, ya, pero piensa que no estudié para esto. Ni para nada parecido.

-¿Y para qué estudiaste amigo?

-La verdad que ya no me acuerdo tío, pero seguro que no tenía nada que ver con esto, completamente seguro.

Durante el siguiente rato Abel se divierte fantaseando con el posible plan alternativo de Tito, no es que el suyo sea una obra maestra sutil y elaborada, pero el posible planteamiento del serbio le atrae hasta un punto en el que tiene que morderse la lengua para no preguntarle qué es lo que pensaba hacer. De hecho se lo imagina causando auténticos estragos por el barrio, sacudiéndole la badana a todo aquel con pinta agitanada con el que se cruzase.

En estas se encuentran cuando surge un inconveniente imprevisto, tras muchas vueltas a todo lo largo del barrio por fin encuentran un sitio para aparcar con un niño gitano vigilando, aparcan, se bajan de la furgoneta, el crío les mira de arriba abajo y les ignora completamente, ni siquiera les dirige la palabra. Le pasan de largo dejándole a su espalda y Tito le invita a un café en un bar próximo a dónde dejaron la furgoneta, pese al fiasco inicial deciden seguir ciñéndose al plan original buscando otro lugar para aparcar. De vuelta a la furgoneta Abel es el primero en hablar.

-Hubiese jurado que aquel crío era un gorrilla –se sorprende a sí mismo con esto, la verdad es que había supuesto que convertido en un paria de la calle se habría librado de los prejuicios, pero la verdad es que al ver a aquel chico de piel oscura junto al aparcamiento dio por sentado que no tramaba nada bueno- la verdad que le vi con toda la pinta.

Tito asiente, parece algo decepcionado, Abel se cuestiona si de verdad el serbio tenía tanta fe depositada en él o en su plan cómo para verse tan molesto al ver que no funcionaba. Abel piensa hasta en disculparse pero finalmente no lo hace, después de todo no cree que aquel contratiempo fuese culpa suya, además, si cazar gorrillas fuese tan fácil la policía ya se les hubiese adelantado. Tito no contesta y él deja de hablar, dirige su vista al barrio y busca algún indicativo de la actividad de la pequeña banda de estafadores. Empieza a considerar que quizá estén buscando una aguja en un pajar, que tal vez los gorrillas no trabajen hoy o que aún no hayan empezado, no les conoce pero se imagina que no son del tipo de gente que se levanta temprano para fichar, de hecho puede que hayan cambiado de barrio o que se hayan tomado una jornada sabática, puede que les hayan salido alas o que hayan decidido esfumarse una temporada hasta que se pase el efecto del baño a piedra al coche de Don Antonio. No puede evitar una carcajada al recordar esto y Tito le mira confuso cuando justo después dice:

-¡Para la furgo Tito! Para despacio por allí –señala con el dedo índice una zona de aparcamientos a su derecha. Tito asiente y dirige hacia allí la furgoneta. –Eso, eso es.

-Vale, vale, amigo –espera un segundo y estalla en carcajadas cuando por fin ve aquello que a Abel le había llamado la atención.

Un niño en chándal vigila el aparcamiento apoyado contra un muro de hormigón, tiene un aspecto similar al descrito en la historia de Tito y además una tremenda hinchazón por todo el rostro. Todo indica a que fue la propina de Don Antonio por su fantástico servicio de aparcacoches del día anterior. Abel no deja de sentir algo de lástima por el crío, a la par que considera dos cosas, primero lo bien que le ha estado al jodido crío el correctivo y la tenacidad del mismo por presentarse al día siguiente de nuevo en el mismo lugar con el mismo animo de estafar.

Pero para sorpresa de ambos de nuevo se repite la escena de antes, se bajan de la furgoneta con fingido ánimo de dejarla allí, el chiquillo les mira y no les dice nada. De nuevo caminan hasta el bar más cercano para no llamar la atención del crío. Una vez allí vuelven a pedir un par de cafés, Tito mira a Abel haciéndole saber que esta vez le toca pagar a él, pero él se encoge de hombros y niega con la cabeza, Tito suspira resignado.

-Tú puto cabrón amigo –se lo dice con mal tono, realmente parece molesto- y puto niño otro vez no niño gorrilla.

Abel se dispone a replicar, se dispone a decirle que aquello no es culpa suya y a preguntarle que cómo coño iba a saber él que el chiquillo no es un gorrilla con la pinta que lleva, pero entonces se da cuenta de que se dispone a darle estas explicaciones por miedo, miedo al aspecto amenazador de su amigo. Se queda callado un segundo considerando las implicaciones de esto, luego mira bien a Tito de arriba abajo y cae en la cuenta del error en su plan. Explica su hallazgo emocionado.

-¡Es que das un miedo de la virgen Tito! ¡Es que das miedo!

-Gracias amigo –Tito todavía no capta muy bien la onda de Abel pero decide tomárselo cómo un cumplido.

-No, no es eso –Abel sonríe – ese chaval, el de fuera, y el que vimos antes en el otro aparcamiento son los gorrillas. Lo que pasa es que al verte a ti bajar de la furgoneta no se atrevieron a pedirte dinero.

-No creo eso amigo, ellos mala pinta también, yo no tanto.

-Es cómo las arañas, tienen mas miedo ellas de ti que tu de ellas, por mala pinta que tengan. Pero si quieres podemos jugarnos veinte euros a que es eso.

-Deja, deja, no juego dinero contigo amigo. ¿Qué hacemos?

Salen fuera pero esta vez Abel se coloca en el lado del conductor de la furgoneta. Tito se muestra disconforme y tiene que explicarle de nuevo la totalidad del plan. Tras esto se suben a la furgoneta con Abel en el asiento de piloto y Tito metido en la parte de atrás, poniéndose en marcha decide aprovechar este giro imprevisto para poner a prueba sus prejuicios. Conduce directo al aparcamiento dónde aparcaron en primer lugar, allí sigue el crío apoyado en la pared, pero esta vez cuando Abel se dispone a aparcar el niño se dirige hacia él. Ya está al lado de la furgoneta cuando se quita el cinturón, de hecho y sin esperar a que salga el crío toca con unos delgadísimos nudillos en la puerta mientras alza tres dedos con la otra mano. Captado el mensaje recoge algo de calderilla del hueco junto al freno de mano, menos de un euro, que le da al crío tras saltar de la furgoneta.

-Ye lo que hay guaje –se disponía a tirar de largo con el fin de que el crío no se fijase mucho en él, pero de súbito se preocupa por los activos materiales de la empresa y antes de irse suelta una amenaza- y cómo le pase algo a la furgoneta te parto al medio.

El chiquillo asiente y se esfuma, por lo visto el efecto de Don Antonio se ha dejado sentir por todo el gremio. Abel se aleja de allí unos doscientos metros, y se sienta en un portal desde el que puede ver, entre el hueco de dos coches, al crío sableando a todos los conductores que pasan por aquel aparcamiento. Allí sentado descubre enseguida otro fallo de su plan, se ha dejado a Tito en la furgoneta, en ese mismo momento se figura que Tito también se habrá dado cuenta de esto y considera que sólo le queda una posibilidad, rezar a Dios en serbio para que no se ponga nervioso y cometa alguna barbaridad, porque cómo el niño del aparcamiento huela el peligro seguro que pierden esa oportunidad y las siguientes.

Por si acaso decide llamarle y acordar con él la segunda parte de su plan antes de que decida actuar por su cuenta, no tiene números en la agenda pero tampoco tiene muchos en la lista de llamadas, devuelve la última llamada recibida y le contesta una voz exasperada:

-Puto tú puta mierda plan amigo –todo esto seguido por unos cuantos vocablos menos entendibles- ¡¿Cuánto tiempo tengo que quedar ahora en furgoneta?!

-De acuerdo Tito, es una cagada –hasta aquí tiene que reconocerlo, pero no piensa ceder ni un palmo de terreno más dado que ninguno de los dos se dio cuenta del fallo del plan- ahora espera tranquilo, yo también estoy tirado en medio de la puta calle.

-¡Tú puta calle yo puta furgoneta cabrón! –Tito le interrumpe, visiblemente molesto, aún más de lo que Abel se hubiese imaginado- ¡¿Qué cojones hago yo ahora en furgoneta eh?!

-¡Calla coño! Así no ayudas –Tito esta levantando el tono y no es buena idea atraer la atención del gorrilla hacia una furgoneta gritona- ahora, cuando el chico se mueva yo le sigo caminando, te volveré a llamar para que acerques la furgoneta hasta donde se reúnan los gitanos, llamamos al jefe y trabajo cumplido.

-Vale amigo –Josip por fin parece más tranquilo- yo duermo siesta mientras.

-¿Y para eso tanto rollo? Hala, hala, duerme la siesta y estate tranquilin, no seas coñazo tú tampoco.

Cuelgan el teléfono y esperan, después de todo un Tito descansado es un Tito feliz, y un Tito feliz significa un buen ambiente de trabajo, mejor que duerma su siesta. Abel sonríe satisfecho mientras le dirige una larga mirada al chaval, considera que más que un asunto de prejuicios es una cuestión de instinto la que le llevó a localizar al gorrilla tan rápido. Pasa el tiempo y allí sentado le fascina la diligencia con la que el chiquillo cumple con su labor, no importa que lleguen dos o incluso tres coches a la vez, si es preciso se mueve con enorme celeridad para recaudar sus turbios impuestos, lo mucho que trabaja para no trabajar y no sólo eso, le sorprende el modo en el que el crío le echa huevos, encarándose con conductores mucho mayores que él sin importarle demasiado que sean mujeres, ancianos u hombres jóvenes.

Pasa observándole unas tres horas, Abel supone que si ha sacado un euro por conductor, lejos de su tarifa de tres euros deliberadamente exagerada, se habrá levantado unos doscientos, habiendo dejado de cobrar únicamente a un par de poligoneros que, aquí Abel coincidía con el crío, tenían un aspecto realmente malo, pero de todos modos pareció compensarlo poco después con una mujer joven, con pinta de comercial, que cómo pudo ver y a falta de calderilla tuvo que soltar un billete, eso sí lo que no vio fue cómo el chico le devolvía el cambio.

Todavía pasa un rato antes de que el crío se mueva, nada hasta las horas del mediodía en la que la calle se queda tranquila, cuando todo el mundo se va a comer, sólo entonces, tras asegurarse de que nadie más vaya a entrar en su pequeño coto privado se pone en movimiento. Abel tiene que caminar rápido para no perderle, el crío va más al trote que caminando, primero hasta la calle Alejandro Casona y después hasta unos antiguos bloques amarillos de viviendas, en la calle Francisco Cambó. Si son gente del barrio facilitará mucho las cosas -piensa Abel- seguro que algún vecino puede indicarles quién es el cabecilla, quién controla a los gorrillas de los aparcamientos y quién es aquel que deberá entenderse con Don Antonio.

El chaval se detiene a la entrada de uno de los portales del bloque de viviendas, junto con otros tres críos, Abel no puede acercarse más sin llamar la atención, así que vuelve sobre sus pasos hasta una marquesina de la Feve, un acceso a una estación de tren subterránea. Desde allí llama a Tito para que se acerque con la furgoneta a recogerle y a llevarle a casa. Ya saben dónde viven los críos, ahora es problema del gordo.

Un somnoliento Tito tarda en responder al teléfono y un somnoliento Tito tarda unos quince minutos para un recorrer un trayecto de unos quinientos metros. Abel decide no hacer leña del árbol caído y pasar por alto el hecho de que su colega se perdería hasta en un panel de indicaciones, después de todo acababa de dejarle más de tres horas encerrado en la parte de atrás de una furgoneta. Una vez Abel se sube al asiento del copiloto Tito le pregunta:

-¿Dónde sitio gitanos amigo? –mira a su alrededor cómo tratando de escanear el lugar- tengo que ver.

-Aquellos bloques amarillos de allí –Abel se los indica con el dedo, están lo bastante cerca cómo para verlos con claridad- el tercer portal por la parte de dentro, la puerta que no se ve desde aquí.

-Vamos amigo – Tito mete una velocidad y quita el freno de mano de la furgoneta- yo tengo que ver sitio también.

Otra vez la maldita jerarquía, por lo visto Tito ahora no confiaba en su juicio ni en sus aptitudes, lo que le faltaba. Cierto que no le molestaba que el serbio estuviese nominalmente al cargo, pero también es cierto que esta era la primera vez que interfería en su trabajo. Sabía lo que había visto y dónde lo había visto, trabajo completado, no se le ocurría nada que Tito pudiese ver allí que él no hubiese visto. Su jefe les había encargado localizar a los gorrillas de Vallobín, “tú se los señalas”, ya lo habían hecho, además no sólo habían localizado a los gorrillas en la calle sino que sabían también dónde vivían, ir a pararse a su puerta no sólo era innecesario, además era mala idea.

-No es buena idea Tito, no estamos seguros de en que clase de cosas anda metida esa gente –no quiere discutir pero quiere dejar claro un punto- no es inteligente quedarse cerca de ellos. Además, ya sabemos dónde viven, Don Antonio puede venir a tratar con ellos cuando le plazca.

-Pero yo tengo que ver también amigo –Tito adopta un molesto tono condescendiente- ¿no querrás que yo tener problemas por esto?

-No hombre no, pero no entiendo porqué no me haces caso. Además date cuenta que somos transportistas, ya hemos hecho más que suficiente.

No consigue que su amigo detenga la furgoneta y Abel suspira poniendo los ojos en blanco, puede notar la mano de Don Antonio en todo esto, seguramente le haya dicho algo a Tito, alguna expresión del tipo “ver con tus propios ojos” o “hasta estar seguros” o algo por el estilo. Desiste de ponerse a argumentar con Tito, sabe que si en algo es fiable al ciento por ciento es en asuntos de trabajo, poniendo siempre un celo encomiable en el trabajo, de hecho Abel ya había considerado lo lastimoso que resultaba que Tito no tuviese una profesión definida para poder dedicarle a ello todo el empeño despilfarrado en esas pequeñas chapuzas.

Recorren el trecho que les separa  de los edificios y cuando Abel vuelve a ver a los chiquillos a la puerta del portal manda a Tito detenerse y aparcar, se encuentran a unos cincuenta metros de ellos en una calle sin mas coches aparcados, Abel cae en la cuenta de la línea amarilla que discurre paralela al bordillo en su lado de la calle prohibiendo el estacionamiento. Adiós a la opción de camuflarse con el entorno.

-Ves a los críos allí –Abel señala hacía ellos con el dedo extendido y se asegura de que Tito dirige la mirada hacía dónde él señala- ese es el portal, ahí es dónde se reúnen, ahí es dónde viven, ahora ya podemos irnos a casa.

-Sólo niños amigo –Tito clava la mirada en el portal y en los críos- nosotros necesitamos todos, hay que esperar.

-Vale –Abel concede un punto al balcánico, es cierto que también buscan a los adultos, pero no cree que aquellos niños vivan solos- pero ni aquí ni ahora, no podemos aparcar y llamamos mucho la atención. Hay que moverse, además si nos quedamos aquí vendrá la policía.

-Si policía viene nosotros movemos –Tito sigue atento mirando a los críos y parece no prestar la mas mínima atención a aquella conversación- no hay problema con eso, nosotros dentro furgoneta.

Suspira y se pone cómodo, sabe que Tito no le dejará moverse de allí hasta que haya visto a los padres de los gorrillas, a sus madres y puede que a sus abuelos. Por un momento le mira atentamente y entiende perfectamente a los pobres críos que al verle desistieron en su intento de pedirle dinero. Tito tiene la vista clavada en aquellos niños a través del cristal, recordándole la mirada de un halcón acechando a su presa, un halcón de ojos pequeños y rasgos marcados con cicatrices pequeñas pero visibles en labios y cejas, además de una nariz quebrada tantas veces que apenas guarda parecido con lo que en su día debió ser su nariz original. No puede evitar volver a fijarse en sus nudillos, las manos puestas al volante y esos nudillos a varios centímetros de dónde debiesen encontrarse, desplazados seguramente por el impacto contra la cabeza de algún pobre infeliz que cómo él aspirase a entrar en el circuito de boxeadores profesionales, al menos aspiraría a ello antes de encontrarse con un golpe sordo contra la lona y una conmoción cerebral de propina. Abel se tranquiliza, ya no cree que vayan a tener problemas con los inquilinos de los bloques amarillos.

De repente empieza a sonarle el teléfono sobresaltándole, se pone nervioso, Don Antonio nunca le llamaría a él pudiendo llamar a Tito, luego no es por trabajo. Piensa que sólo hay otras dos personas que tengan aquel número ¿Verónica tal vez? Puede que por fin se haya decidido a llamarle, a preguntarle qué tal le van las cosas y ver si hay algo que puedan hacer o quizá sea para ponerle a parir por lo de la última noche. El corazón se le acelera en el pecho mientras sigue tratando arrancar el móvil del pantalón vaquero, Tito se da cuenta y empieza a reírse y a negar con la cabeza sin dejar de mirar atentamente a los gitanillos del portal. Cuando por fin consigue hacerse con el teléfono y comprueba el número Abel lanza un bronco suspiro mezcla de decepción y alivio, ciertamente desea hablar con Verónica, pero la perspectiva de otra conversación emocionalmente devastadora con ella le destroza los nervios y le quita el sueño, quiere hacer las paces, no discutir ni herirse. Distingue sin dificultad en número de Carolina y mientras se le calma el pulso observa un segundo el teléfono móvil vibrando sobre la palma de su mano abierta.

Piensa en contestar, en quedar con ella el fin de semana para tomar algo y reírse un poco, disfrutar de su compañía y quizá hacerle el amor. Pero pensándoselo mejor cae en la cuenta de que no tiene dinero para salir a tomar copas, menos aún para llevarla a cenar a un sitio decente y mucho menos para llevarla a dormir a algún lugar apropiado. Cae en la cuenta de que la pobre seguirá pensando a esas alturas que se ha ligado a un universitario a punto de licenciarse, recién salido de una relación con una chica de buen aspecto y de buena familia, un tipo limpio con un futuro prometedor, alguien a quién abrazar, con quién pasear de la mano y a quién presentar en casa. La pobre. Ahora a Abel le tienta la idea de descolgar el teléfono y contarle a Carolina lo que esta haciendo exactamente en ese momento, parado en una furgoneta con un ex boxeador serbio, acechando a un grupo de estafadores gitanos en su propia barriada, lo que resulta todo un descanso de su labor habitual de transporte de mercancías de forma clandestina, de los robos por encargo y otros recados turbios, siempre esperando para volver a su apartamento de lujo en un desván de Pumarín a calentarse unos macarrones en una olla vieja para engullirlos de mala manera, todo para después emborracharse hasta caer dormido.

Silencia la llamada, piensa en devolverla cuando tenga un poco más claro lo que decirle, pero no ahora y menos en presencia de Tito. Se vuelve a guardar el teléfono en el bolsillo con la mente sacudida por este nuevo problema. ¿Qué hará después de todo con Carolina? Sabe que muchas mujeres han soñado alguna vez con tener una aventura con un paria cómo él, con el chico de la piscina, el dependiente de los ultramarinos o el jardinero, pero es consciente de que no es la clase de relación destinada a extenderse en el tiempo, y mucho menos sí cómo en este caso te dan gato por liebre. Ella quiere un universitario y un futuro, él no se lo puede dar.

Otra opción sería ignorarla, esperar a que se le pase, después de todo la chica es una auténtica preciosidad y seguro que no pasa tanto tiempo antes de que reciba otra proposición interesante, quizá de alguien a quién no tenga que esconder de sus padres. Pero descarta esto casi al momento, puede que sea un paría pero al menos pretende ser un paría elegante y para ello no puede dejar que la chica crea que la ha utilizado. No obstante es remiso a contarle sobre su situación actual, aún es un misterio para mucha gente y lo último que necesita es a viejos amigos metiendo las narices en sus asuntos, pero bueno, si esto le sirve para espantar a la chica sin hacer que se sienta mal bienvenido sea. Otro problema menos, quizá lo que más le preocupe a este respecto sea su reacción al averiguar a la clase de tipo con la que hizo el amor en un portal.

De repente Tito le llama la atención al quedarse muy tieso, tieso cómo el perro que señala en dirección a la presa abatida, Abel sigue su mirada hasta el portal y aprecia movimiento. Tres adultos han salido del edificio y otros dos caminan hacia ellos desde el fondo de la calle, por el tono de piel parecen todos gitanos, los del portal gritan algo a los que vienen por la calle y estos responden, no entiende lo que dicen pero el tono suena alegre y divertido. Tito no les quita la vista de encima y Abel vuelve a sentirse incómodo, siguen allí parados, solos, aparcados en medio de una calle en la que no se puede aparcar y completamente expuestos, es cuestión de tiempo que alguien repare en ellos y se pregunte qué es lo que están haciendo allí.

-Tito tenemos que largarnos –trata de sacar a Tito de su ensimismamiento predador- nos van a ver y vamos a tener problemas.

-Tranquilo amigo –ciertamente su tono de voz transmite tranquilidad, no parece que sea consciente del riesgo que corren- no ven mierda.

-Joder, teníamos que haber traído los monos de faena, así llamaríamos menos la atención que vestidos de calle. Pero en algún momento vamos a tener que mover la furgoneta Tito.

Abel se da cuenta de que tiene que disuadirle y de que tiene que hacerlo rápido, de lo contrario ambos se verán metidos en problemas muy serios con la clase de gente con la que no quieres tener esa clase de problemas. De súbito, antes de que Abel pueda mediar palabra, Tito se baja de la furgoneta, está por lanzar un grito para tratar de contenerle, pero entonces comprende que quizá su plan no tuviese nada que ver con el plan original de Don Antonio.

-El gordo hijo de la gran puta –eso no lo reprime diciéndolo bien alto- ¿pero a qué nos ha mandado aquí ese cabrón?

Se baja de la furgoneta todo lo rápido que puede y se apresura a seguir a Tito. Piensa apresuradamente en algo que decir que no conlleve a su apaleamiento, sabe que llevan la razón, sabe que son ellos los que cosieron a pedradas el coche del gordo, pero no cree que eso le importe una mierda a esa gente. Lo que les va a importar es que ellos son cinco y él y Tito sólo suman dos, que sus hijos están delante y que están a la puerta de su casa. Abel se devana los sesos pensando a toda velocidad en algo que pueda sacarles del atolladero, pero no consigue que se le ocurra nada. Están jodidos. Bien jodidos.

A Tito naturalmente esto no le preocupa, le han encomendado un trabajo y se va a afanar en él, aunque le cueste la vida, así es el hombre que cruza la calle perpendicularmente justo delante de él, pendiente del grupo de gitanos e ignorando todo lo demás. Así es el serbio pero no él, durante un momento considera la posibilidad de marcharse, de darse la vuelta y echarse a caminar en dirección opuesta, no esta dispuesto a llevarse una paliza por el mal carácter de su jefe, no le importa llevar razón,  pero si se va quizá algo le pueda pasar a Tito, aunque realmente lo único que le importa es salir vivo de allí. Piensa en Verónica, ve su cara con nitidez, su cara al enterarse de que se está muriendo en la unidad de cuidados intensivos, pero acto seguido cae en la cuenta de que absolutamente nadie la llamará para decírselo, al menos no tan rápido cómo para que acuda a la UCI.

Sólo entonces, cuando ya se encuentran muy cerca de su destino manifiesto, un coche  patrulla enfoca la calle por el extremo tras ellos. Ya está, están salvados, Abel piensa en cómo hacerles un gesto disimulado para que no abandonen la calle sin ellos, también que seguramente les hayan llamado para retirar la furgoneta y que puede que eso les lleve un rato. Pero justo en ese momento, justo cuando Abel se gira para comunicarle las buenas nuevas a su amigo ve las dos cosas que más miedo le han dado hasta la fecha en todo su vida, una barra de hierro deslizándose desde la manga de Tito hasta quedar bien asida en su mano derecha y de nuevo el coche patrulla tras ellos. Ya no piensa en Verónica, ahora sólo ve juzgados, cárceles y tanatorios.

Estira su brazo para tratar sujetar el de Tito, para detenerle antes de que les meta a ambos en la cárcel, quiere hablar pero ya no puede, el corazón amenaza con salírsele del pecho. Y casi consigue tocar la cazadora de Tito, pero este aprieta el paso en el último momento y pega tres largas zancadas, el gitano más cercano, un hombre de unos cuarenta y pocos de piel morena, con poco pelo y en camisa de cuadros se gira para ver quién se le acerca por detrás, sin llegar a ver nada.

Tito descarga toda la fuerza de su brazo para golpear con el hierro en la clavícula del hombre, el sonido del hueso rompiéndose se esparce por el aire y el hombre cae al suelo. Tito no deja tiempo a nada y lanza otros dos golpes, uno al cuello de un hombre mas joven con camisa blanca que se encontraba junto al primero y, dando otro largo paso, planta la barra de hierro en la cara del tercer hombre en el circulo, aquel que tuvo la mala fortuna de encontrarse junto a los dos primeros hombres que ya se retuercen en el suelo.

Los dos gitanos que quedan en pie tras la acometida de Tito se abalanzan sobre él, uno consigue sujetarle el brazo de la palanca y el otro le lanza un potente puñetazo que  su amigo desvía con la coronilla. Abel supera la conmoción inicial y actúa sin pensárselo, agarra por el cuello al gitano que sujeta el brazo de Tito apartándole de él, no quiere pelear pero el hombre le agarra la sudadera a la altura del pecho y trata sin conseguirlo de lanzarle al suelo, un sonido sobre todos los otros llama entonces la atención de Abel, uno de los niños empieza a llorar a moco tendido, no les queda mucho tiempo antes de que aquello se llene de gente, de los vecinos de los hombres con los que ahora se pelean y de los que se retuercen el suelo. Se pregunta también qué demonios estarán haciendo los policías que aún no han intervenido. Forcejea un poco más con el hombre que no es capaz de derribarle de momento y harto de aquello Abel le agarra la cabeza con ambas manos y le pega un cabezazo en la cara con todas sus fuerzas, el tabique nasal del hombre emite un sonido húmedo y desagradable al quebrarse pero el hombre no le suelta el pecho, Abel aprieta las manos en torno a su cabeza y le vuelve a golpear el rostro con la cabeza hasta en tres ocasiones, con la última nota un dolor punzante en la parte alta de su cabeza, tanto que empuja al hombre hacia atrás con fuerza para zafarse de él. El gitano se desploma y él queda libre, Tito parece que hace rato que se ha zafado del último agresor y se dedica a repartir brutales patadas entre los hombres tendidos en el suelo.

Abel mira a su alrededor, trata de hacerse una composición de lugar, los niños aterrados se apiñan unos contra otros a la puerta del portal, sólo es uno el que llora desconsolado mientras los otros algo más mayores permanecen atentos a la terrorífica figura del extranjero propinando punta pies a sus familiares y amigos. Empieza a haber gente asomada en los balcones, se oyen voces dentro de los edificios, tienen que salir de allí. La cabeza le duele una barbaridad, se palpa el cráneo con una mano y nota el tacto calido y húmedo de la sangre, sangre que brota de un corte profundo entre el cuero cabelludo. Gira sobre si mismo y dirige la mirada hacia dónde se encontraba su furgoneta y el coche patrulla, para su sorpresa allí siguen ambas, la furgoneta intacta y las dos figuras del coche patrulla sentadas tranquilamente en su interior. No sabe cuánto durará aquello pero sabe que no les queda tiempo, se dirige a Tito cogiéndole del brazo y le empuja hacia la furgoneta para sacarle de allí. Se dispone a seguirle pero antes de hacerlo advierte por el rabillo del ojo la presencia de una bolsa de deporte medio llena en el suelo, se hace con ella y apresuradamente sigue a Tito.

Nota la bolsa increíblemente pesada cuando la sube a la furgoneta, la deja caer en la parte trasera de la misma y le dice a Tito que por Dios arranque, que les lleve a casa. El serbio mira aterrado al coche patrulla por el retrovisor, justo detrás de la furgoneta, Abel comprende que no lo había visto hasta ahora. Él mismo espera que de un momento encienda las luces y les de el alto, les arresten por agresión, por intento de homicidio o por homicidio si alguno de esos cabrones que se toparon con Tito tiene la mala suerte de no contarlo. Cae en la cuenta de que no sabe lo que hay en la bolsa de deporte, puede que drogas o algo peor añadiendo así otro pesado largo a su condena, condena que en ese punto ya le empieza a dar igual, nota la sangre corriéndole por un lado de la cara perdiéndose cuello abajo.

Tito arranca y la furgoneta sale de allí quemando rueda, a toda la velocidad que es capaz de proporcionar esa cascada barraca rodante, entonces, tal y cómo Abel esperaba el coche patrulla arranca detrás de ellos y les sigue hasta el fondo de la calle, Tito dirige la furgoneta hacía la derecha al llegar al fondo de la calle, hacia casa, mucho más despacio ya, resignado al hecho de que la policía les había pillado pegándoles una paliza brutal a unos desconocidos, sabiendo que no escaparían. El coche patrulla les sigue de cerca a lo largo de toda la siguiente calle y otra más. Deteniéndose entonces frente a un bar. Abel no da crédito a lo que ven sus ojos, Tito tiene la boca abierta, prácticamente desencajada, para desconcierto de ambos los policías detienen el coche y bajándose del mismo entran caminando tranquilamente en el bar.

-Otra experiencia para el registro –Abel esta mareado y confuso, pero simplemente siente que tiene que decir algo ante la perplejidad de su amigo, al final, de entre todo lo que le pasa por la cabeza, decide decir lo único que parece tener sentido- vaya puta mierda de día.

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CAPITULO SIETE

 

-Me caí –Abel trata de poner su mejor cara de inocente, encogiéndose de hombros ante la descreída mirada que recibe cómo respuesta- en serio, tropecé y me caí.

Tito se revuelve nervioso en su silla, en una esquina del pequeño consultorio sin ventanas. La luz de los fluorescentes marea a Abel sentado sobre la camilla, cree que aún sigue sangrando un poco aunque ya haya pasado lo peor, la cabeza le da vueltas y no puede pensar con claridad. Le dirige una mirada a Tito, que después de todo también se ha llevado lo suyo, un gran morado se le extiende y se infla por su rostro desde el pómulo derecho. A Abel esto no le da ninguna pena, después de todo es culpa del serbio que se encuentren allí metidos en un marrón más que considerable. Y es que después de su desastroso golpe y huida habían terminado dando con sus maltrechos huesos en aquella claustrofóbica habitación del centro de salud de Ventanielles.

Abel comenzó a sangrar con profusión una vez en la camioneta, el corte en la cabeza era profundo y al ir a taponarlo se dio cuenta de que tenía algo clavado en el cuero cabelludo. Tuvo que amenazar a Tito para que le llevase a un médico en lugar de dejarse examinar por él cómo hubiese querido, finalmente consiguió que le llevase a aquel consultorio médico a ver a una enfermera por urgencias. El mismo había elegido aquel centro de salud por ser el más cercano a su casa sin ser el suyo habitual, entraron por urgencias exagerando la gravedad de la herida para pasar a la consulta de la enfermera sin rellenar papeles ni entregar datos, tuvo que gritar cómo un cerdo jurando estar quedándose ciego mientras Tito le hacía los coros con entusiasmo y a voces profiriendo gritos y amenazas contra Dios, el gobierno y el universo ante la inminente muerte de su amigo. Pero una vez dentro y cuando la enfermera hubo echado un vistazo a la herida, cayó en la cuenta de que no le era preciso seguir con aquel cuento, ella ya sabía que aquello no era para tanto y ellos ya se habían salido con la suya, atención médica sin nombres.

Ahora ella le miraba con escepticismo y desconfianza mientras permanece apoyado contra la camilla, ella pasea sus ojos por los rostros de uno y otro alternativamente, pensando en cómo manejar aquello. Si aquella enfermera llamaba a la policía estarían perdidos, por ello Abel trata con todas sus fuerzas de poner su mejor rostro de inocente, esfuerzo bastante desafortunado habida cuenta de la sangre seca adherida a su cara y a su ropa y sobretodo al amenazante serbio de cara morada que vino con él.

-¿Así que te caíste? –Abel asiente exageradamente- ¿y para aterrizar sólo pusiste la coronilla? ni arañazos ni rozaduras en las manos ni en otra parte… pues te has clavado algo en la cabeza.

Abel decide no ahondar en su ridículo poniendo más excusas ridículas y sigue asintiendo con la cabeza, a lo mejor si piensa que es medio imbécil decide no perder mucho tiempo con él, arreglarle rápido y darle boleto. La enfermera se acerca y le sujeta la cara con ambas manos, mirándole detenidamente la parte alta de la cabeza.

-¿Me imagino que tu amigo también se ha caído pero aterrizando con la cara? –Le dirige una mirada de soslayo a Tito- ¿Contra un puño quizás?

-No es mi amigo –Abel decide seguir mintiendo, cualquier cosa con tal de no complicarse mas la vida- me encontró en la calle después de caerme y me trajo hasta aquí, no le conozco.

Ella se ríe y a él se le relajan los hombros, acaban de soltar todo el peso del mundo de golpe. La enfermera le sujeta la cabeza hacia abajo mientras toca los bordes de la herida con la punta de los dedos, entre toque y toque cada uno con su punzada de dolor lacerante, Abel se fija en la figura de la enfermera y es que muy camuflado debajo del pijama médico se adivina un cuerpo fantástico, ella es alta y de brazos muy finos, de figura esbelta, cuando se echa un poco más hacia adelante para acercar la vista a la herida tira de la de Abel hacia abajo, dejándole la cara justo enfrente de unos pechos generosos, tanto que casi se desmaya al excitarse.

-¿Entonces seguro que tu amigo no ha tenido nada que ver con la herida de tu cabeza no? Porque si es así seguro que hay algún policía en el edificio que puede ocuparse de que atiendan a tu amigo.

-Tentador –Abel escucha un bufido indignado de Tito- pero no, gracias. Me caí y este amable caballero me socorrió, eso es todo.

La joven parece no haberse dado cuenta de su mirada clavada en su pecho cuando le suelta y se dirige a un armario lleno de material médico. Tiene una larga melena castaña, de pelo muy liso y con mucho volumen que lleva atado en una cola de caballo, una dentadura demasiado perfecta para ser natural y huele ligeramente a perfume, un perfume que en aquel agujero a Abel le huele a sudor de ángel. Vuelve a acercarse a él pero en esta ocasión con unas pinzas en la mano, le pide que agache la cabeza y que se esté muy quieto, le rodea la cabeza con uno de sus finísimos brazos cómo si quisiese doblarle hacia delante mientras con el otro acerca las pinzas a la herida. Abel nota cómo las pinzas sujetan un objeto duro clavado en su piel, aprieta los ojos con fuerza mientras trata de no mover la cabeza y siente que un fuerte tirón de las pinzas le deja un hueco en la cabeza, volviendo a hacer correr la sangre.

La enfermera deja las pinzas junto con su trofeo en una bandejita metálica, limpia la herida con desinfectante y unas gasas y le da cinco puntos en la cabeza. Se dispone a quitarle la sangre seca de la cara cuando Abel la detiene.

-No es necesario, de verdad. Ya me limpiare en el baño al salir, ya te hemos causado demasiadas molestias –va a levantarse cuando le llama la atención la mirada sobresaltada de ella cuando mira el contenido de la bandeja metálica- será mejor que nos vayamos.

Le dirige una mirada a Tito que espera que su socio interprete rápido, ella se acerca a la bandeja y saca las pinzas sujetando un objeto que Abel reconoce muy pronto.

-¡Un diente! –Ella de nuevo les dirige una sobresaltada mirada a ambos- ¡Vaya!

Abel y Tito cruzan miradas sin saber muy bien qué decir, sabe que lo mejor sería levantarse y salir de allí lo antes posible sin decir ni una palabra más. Le dedica una mirada al objeto que la enfermera sujeta en la mano y distingue sin dificultad la figura de un incisivo superior humano. Mira más detenidamente y se asegura, efectivamente se trata de un colmillo de oro, eso era lo que tenía clavado en la cabeza.

-¿Así que te caíste? –Ella le vuelve a sorprender con otra divertida sonrisa- ¿Encima de la boca abierta de alguien no?

-Bueno, verás, te seré sincero, ahora ya lo has descubierto todo. Acaban de intentar comerme.

Ella estalla en carcajadas, Abel se imagina a la enfermera contándole esto a todo el centro de salud en cuanto ellos salgan por la puerta y decide que lo mejor que pueden hacer es moverse rápido y salir ya de allí. Pero antes tiene que hacer algo, no podría evitar hacerlo aunque quisiera, levantándose se dirige a la enfermera:

-¿Podría quedarme el diente?

Salen de la consulta caminando deprisa, ignoran deliberadamente a la vigilante de seguridad que trata en vano de llamar su atención tras del mostrador de la sala de urgencias y se dirigen a la salida lo más aprisa que pueden sin echar a correr. Una vez en la calle se dirigen a la furgoneta, aún quedan unas horas de sol pero el tiempo está enfriando, Tito sube y se coloca al volante:

-¿Y ahora amigo? –se gira hacia Abel, dejándole ver su cara hinchada y una expresión abatida, parece estar agotado.

-Ahora por lo que más quieras llévame a casa Tito, después lleva la furgoneta a uno de los garajes, llama al gordo y dile que ya está, pero no entres en detalles por teléfono, dile que le vemos mañana y vete a dormir.

-Bien, bien, amigo -Tito asiente y pone la furgoneta en marcha- ¡Qué buena está la enfermera!

-Si la verdad, pero también está cómo una puta cabra. Me estaba cosiendo la cabeza y me trataba como si quisiese que la invitase a cenar. Las enfermeras están locas tío. Y ahora llévame a casa por Dios, voy a dormir dos días seguidos.

Abel pasa el siguiente rato pensando en todo lo que acaba de ocurrir, después de todo le habían pegado una paliza a un grupo de gitanos y desconocía las consecuencias que aquello podría acarrearles, no obstante decide tomarse un respiro de estas elucubraciones, se va a tomar el resto del día libre, mañana se preocupará de las posibles represalias, pero hoy no, hoy está demasiado cansado y jodido cómo para dejarse llevar por el miedo.

Nota palpitaciones en la herida, los puntos de sutura le tiran pero poco a poco va volviendo del todo en sí, a un estado de claridad mental atenuado sólo por el agotamiento. Ciertamente se siente más cansado que después de una jornada de trabajo robando bloques de hormigón para bordillos, aquello sí que había sido otro atraco maestro obra de la mente de Don Antonio, tres horas sacando bloques de una obra para terminar medio herniado y todo por una ganancia de menos de cincuenta euros a repartir. Sí, aquel día también se habían cubierto de gloria, no tanto cómo hoy, pero casi.

Piensa también en la jugada del gordo, mandarlos allí para hacer de matones no había sido su mayor canallada, ni de lejos, pero si que era la mayor que Abel sufría en sus propias carnes. Pero si su jefe no le había referido los detalles del plan desde un principio era porque sabía que él se hubiese negado a participar, quizá ni siquiera pensase que él fuese a terminar involucrado, después de todo ni siquiera él supo que iba a resultar involucrado hasta que fue demasiado tarde, de hecho, de haber sabido lo que pasaba por la mente de Tito cuando se bajó de la furgoneta y se dirigió a por aquellos hombres seguramente hubiese buscado la manera de no verse metido en aquel lío.

Ahora le dirige una mirada a Tito, al mirarle se sorprende al verse a sí mismo sintiendo lástima sincera, lástima ante aquel pobre hombre y su pobre vida. Es cierto que es violento y que es torpe, hace un rato además había podido comprobar hasta que punto era peligroso, pero no dejaba de ser vulgar carne de cañón. Hoy sin ir más lejos su sacrosanto patrón le había mandado a un encargo que pudo haberle costado muy caro, puede que le hubiese costado todo, por un momento piensa en lo que hubiese ocurrido de no haberle seguido, seguramente le hubiesen reducido y después se hubiesen cebado con él, quizá hubiese podido tumbarlos a todos por sus propios medios, pero seguramente después se le habría olvidado salir de allí y los vecinos le hubiesen cazado cómo a un animal. Sí, Don Antonio les había enviado allí juntos por algo, les había escogido por una razón, en verdad eran infantería de primera línea, morralla, verdadera carne de cañón, pero lo que le produce verdadera lástima no es esto, sino que es el hecho de que el hombre junto a él también esta convencido de lo mismo, aceptándolo cómo su sino y siendo perfectamente capaz de dejarse matar para cumplir un simple encargo de un hombre que no le respeta.

Pero ya todo le da igual, considera un puto milagro estar ahí en ese momento, haber conseguido sobrevivir al encargo de Don Antonio, al paso por el ambulatorio y sobretodo al encuentro con la policía. No es bueno en matemáticas, pero considera que las posibilidades de haber dado con una pareja de policías dispuestos a pasar por alto una agresión cómo la suya no deben ser muy altas. Trata de entender la actuación de los policías, no puede estar seguro, pero supone que hayan decidido no involucrarse en algún tipo de ajuste de cuentas entre delincuentes, ignorar a los lobos mientras se devoran los unos a los otros en el monte, ahorrarse el papeleo o sólo Dios sabe que más pudo haber pasado. Tal vez les tuviesen ganas a los padres de los gorrillas y disfrutasen de la actuación de Tito cómo de una lluvia de maná. Pero pensar en esto termina dándole dolor de cabeza y al poco desiste en su intento de buscar una explicación a su increíble suerte.

-A caballo regalado no le mires el diente –siente la furgoneta llevarle hacia su cama y se relaja.

Cierra los ojos un instante y se acuerda de la bolsa de deporte, no recuerda a cuento de qué se hizo con ella. Simplemente la vio allí tirada y tuvo el impulso de cogerla y ahora se encuentra en la parte trasera de la furgoneta, abre los ojos y la mira de soslayo. Se arrepiente de haberse hecho con ella al instante y sólo espera que no contenga más problemas, considera que en ese momento ya van servidos. Tiene que desabrocharse el cinturón y casi abandonar su asiento cuando se estira para hacerse con la bolsa, recoge la correa de la bolsa negra con la punta de los dedos y la arrastra hacia él. Muy despacio, la bolsa resulta pesada y le cuesta arrastrarla hasta que es capaz de asir la correa con ambas manos. La levanta y la apoya pesadamente sobre su regazo en el asiento.

Lanza una mirada suplicante al techo de la furgoneta, una mirada destinada al cielo en busca de piedad y algo más de suerte. Suspira fuerte, sacándose todo el aire del pecho y cerrando los ojos sujeta la cremallera de la bolsa y la descorre. Mete las manos en el interior de la bolsa y toca lo que le parecen muchas bolsas de plástico, abre del todo la cremallera y retira la tapa para que la luz descubra el interior de la bolsa, en efecto son bolsas blancas de supermercado a modo de paquetes apiladas de modo descuidado. Tito no aguanta más en silencio y pregunta:

-¿Qué hay? ¿Qué hay amigo? –parece haberse desprendido de parte de su cansancio gracias a la curiosidad recién adquirida por el contenido de la bolsa.

-Sólo espero que no sean drogas –Abel forcejea con una de las bolsas para poder ver su contenido- ya tenemos bastantes problemas cómo para haber robado una bolsa llena de perico.

-Sí es perico vendemos, amigo –se encoge de hombros cómo si de verdad supiese de lo que esta hablando- no problema eso.

-No, no es perico –Abel permanece con la cabeza casi metida dentro de una de las bolsas, la saca y mirando a Tito dice- parece que con esto hemos tenido suerte.

-¿Qué hay? ¿Qué es? ¿Qué suerte?

-Tranquilo Tito que si te pones ansioso no te traen nada los reyes.

Cierra la bolsa que tiene en la mano y la alza un poco en el aire sacudiéndola ligeramente para que Tito pueda escuchar el tintineo metálico de las monedas. La deja caer sobre su regazo y hunde las manos en la bolsa tocando algunos paquetes más y removiéndolos para llegar a los más profundos.

-Parece que les hemos mangado la recaudación de los gorrillas –mete las manos hasta el fondo de la bolsa y asiente satisfecho- la recaudación de una temporada larga.

Tito parece experimentar una reacción opuesta a la suya, Abel considera que quizás en su cabeza el hecho de que la bolsa no esté llena de drogas es una perdida, pero en cualquier caso decide no gastar ni un segundo más tratando de dilucidar lo que sea que esta pasando por la mente del serbio. Le llaman la atención los bolsillos laterales de la bolsa, dos compartimentos estancos uno a cada lado de la misma, abre el izquierdo y tras mirar en su interior masculla una maldición entre dientes, mete la mano y saca dos cargadores de pistola llenos, abre el bolsillo de la derecha suponiendo ya lo que ha de encontrarse. Y efectivamente allí está, una pistola negra, parece un modelo bastante antiguo y no muy cuidado, la sujeta por la culata y empuñándola la saca de la bolsa, vuelve a dirigir una mirada al techo de la furgoneta pero en esta ocasión es una mirada recriminatoria.

-¡Hala! ¡Que guapa amigo! –Tito hace hasta un amago de soltar un volante para tocar la pistola, gesto que debe corregir con un volantazo.

-¿Guapa? ¿En serio?

-Preciosa amigo.

-¿No te das cuenta verdad? –Abel aprieta ligeramente la pistola, levantándola y la nota pesada en la mano, suponía que no serían ligeras pero el peso le sorprende.

-¿De qué amigo? –responde con curiosidad divertida, sus cuentas le salen redondas- Algo de dinero, una pistola… es bueno ¿no?

-No, no es bueno. –Abel sigue sosteniendo la pistola en el aire y ahora amaga con apuntar a enemigos invisibles- hemos pegado y robado a la gente que nunca querrías pegar y robar Tito. A la gente que juega con pistolas.

Por un momento consigue borrar la expresión divertida de la cara de Tito, se vuelve a centrar entonces en la pistola, empezando a sentir su peso agradable en la mano y por momentos se va sintiendo cada vez más poderoso, ahora fantasea con comenzar a hacer visitas a todos los gilipollas que ha conocido a lo largo de su vida, no piensa en matar a nadie, pero eso ellos no tienen por que saberlo. Tito vuelve a soltar la mano del volante para tocar la pistola, pero esta vez es Abel quién le frustra al llevarse la pistola lejos de su alcance.

-Es la propia espada la que incita a la violencia, Tito –la frase de Tácito le viene por si sola a la mente mientras sigue fantaseando con su nuevo juguete- y tú ya tienes bastante con lo tuyo campeón.

-¡Ey, yo quiero hierro también amigo! –pero Abel lo tiene muy claro, acaba de ver sólo hace un rato lo que ha hecho Tito con una vulgar barra de metal, si le diese la pistola tendría que dejar de trabajar con él.

-De eso nada, la pipa es mía –trata de dotar su voz de la máxima autoridad posible, sabe que si el serbio se empeña puede decirle adiós a la pistola y a su trabajo, por eso es mejor tratar de disuadirle- que para eso fui yo quién cogió la bolsa, tú ni la habías visto.

Tito se queda callado, Abel casi puede escuchar los oxidados engranajes trabajando dentro de su machacado cráneo de boxeador buscando una replica. Decide terminar el debate sacando otro tema de conversación, romper la línea de pensamiento de Tito y hacer que se olvide de la pistola.

-Y el dinero a medias –activa lo que cree que es el mecanismo del seguro y se coloca la pistola metiéndola en la parte trasera de su pantalón.

-No, no amigo. Dinero Don Antonio –el tonto de Tito y su concepción del trabajo. De todos modos en lo único en lo que puede pensar Abel es en si habrá puesto bien el seguro, si por el contrario lo habrá quitado, si la pistola llevaría o no una bala en la recamara y en lo mortal que podría resultar un tiro a bocajarro entre las nalgas. Se acuerda de la guapa enfermerita y de su posible reacción ante una nueva herida, primero un diente de oro clavado en la cabeza y después un disparo a quemarropa en todo el culo, todo en un mismo día. Tito asiente para sí, el que calla otorga ha debido pensar, de hecho parece tan satisfecho que Abel se decide a replicar.

-No se Tito –levanta un poco la bolsa en el aire y se sorprende de nuevo ante el esfuerzo que le supone- aquí debe haber bastante pasta y el encargo no decía nada de esto, esto es un extra, un golpe por nuestra cuenta.

-No, no y no amigo. Dinero Don Antonio –al menos Tito parece haberse olvidado de la pistola cuando trata de consolarle ante la perdida del botín- si luego patrón da nosotros algo, mejor, pero dinero es suyo. Nosotros movemos, él reparte, siempre así.

A Abel algún día le gustaría tener un empleado cómo aquel, admite para sí que Tito es mucho mejor trabajador que él, pero no esta dispuesto a dejarlo pasar sin más, le molesta el hecho de renunciar a aquella especie de cofre del tesoro pirata, no tiene ni idea de cuanto dinero lleva la bolsa pero sabe que no quiere dárselo al gordo. Mete la mano en la primera bolsa de supermercado que abrió y saca un puñado de monedas, colocándolas en un hueco de la tapicería bajo el freno de mano, Tito parece decidido a protestar así que decide interrumpirle antes.

-Esto para los cafés y los parquímetros –el serbio no parece convencido del todo y aún dispuesto a replicar- es lo mínimo después de lo que acabamos de hacer.

Tito finalmente concede con la cabeza y Abel disfruta de su pequeño triunfo, no tanto por las monedas cómo por la pistola oculta en los pantalones, pistola que le sigue preocupando una barbaridad. Dirige un vistazo a las monedas que acaba de depositar en el compartimento de la furgoneta y se disgusta al observar que casi todas son monedas grandes, de cincuenta céntimos y de euro. Sin duda debe ser el dinero de los gorrillas, trata de nuevo de hacer una estimación aproximada sobre la cantidad de dinero que hay en aquella bolsa de deporte pero vuelve a desistir al poco rato, en cambio vuelve a poner toda su atención en la bolsa abierta y empezando a escoger y a separar las monedas bicolores de dos euros de su interior. Tito lanza un suspiro exasperado y dirige la vista hacia otro lado, Abel se ríe y decide no prestarle más atención mientras sigue apartando monedas.

Tito detiene la furgoneta ante un semáforo en ámbar, una maniobra tan poco habitual en él cómo en todo el gremio del transporte. Saca su teléfono móvil y hace una llamada, espera durante cuatro tonos hasta que descuelgan al otro lado de la línea.

-Ya está patrón. No detalles por teléfono –se gira hacia Abel y le guiña exageradamente el ojo de la parte cada vez más hinchada de su cara, puede ver también cómo el golpe se le esta volviendo de un color irreconocible.

Abel le ignora y sigue a lo suyo, coleccionando su pequeño premio en monedas de dos euros, mientras Tito aguanta lo que parece una pesada charla de su jefe que no termina hasta que la cierra repitiendo:

-Si patrón, si patrón, si patrón –Abel acompaña las dos últimas repeticiones fingiendo golpearse el pecho con el puño cerrado lleno de monedas, entonces Tito cuelga el teléfono y se lo mete en el bolsillo.

-¿Qué dice la vaca burra? –no le importa que Tito se moleste por el calificativo, considera que su amigo ya le rinde suficiente pleitesía por ambos.

-Tenemos que ir ahora a verle amigo –Tito responde esperando la más que presumible protesta de su amigo y compañero, pero Abel no contesta.

Sabe que Tito tiene algún tipo de tara mental que le impide desobedecer a Don Antonio, no tiene sentido hacerle sentir mal por ello. Por el contrario, decide abrir otra de las bolsas y ponerse sacar el mayor número de monedas de dos euros posible antes de tener que entregar su botín.

-Aparca delante del bar Tito, no puedo ir por el barrio caminando con esta pinta. –Se señala con un dedo el rostro y la ropa llena de sangre.

Tito asiente y no dice nada. Abel ahora se arrepiente de que su compañero no haya esperado a dejarle en casa antes de llamar a su jefe. Aún está un poco mareado y se siente muy cansado, débil. Tiene ganas de tumbarse y descansar un rato, no de ir a tratar con Don Antonio, que no es que le haya gustado nunca, pero hoy tiene muchas menos que otros días y cree que con más razón si cabe.

Tito aparca la furgoneta frente a la puerta del bar sin importar que alguien vaya a intentar entrar después, no tiene sentido preocuparse por eso en el bar en el que nunca entra nadie. Abel entra directamente al baño, pero al atravesar la puerta cambia de opinión al cruzar su mirada con la de Don Antonio que, al ver su rostro lleno de sangre seca le dedica una pérfida sonrisa. Entonces siente el impulso de sacar la pistola que lleva metida en la parte trasera del pantalón, meterle dos tiros en la frente al bicho bola que le sonríe desde detrás de una mesa al fondo del bar, otro más en los huevos cuando vuelque la silla al caerse y puede que alguno más de propina.

No se merece otra cosa, Abel toca la culata de la pistola con los dedos de la mano derecha, piensa en el modo en el que Don Antonio les mando a él y a Tito a un encargo que pudo haberles costado la vida sin importarle una mierda, quizá se hubiese alegrado de verle muerto del mismo modo en que ahora se alegra de verle con la cabeza abierta. Pero no, ese cabrón no va a acabar con él, no al menos antes de que pueda freírle a tiros, dejarle revolcándose en su propia sangre, saltar la barra y sacar de la cocina todo aquello de valor que encontrase, a ver si entonces seguía mirándole con esa sonrisa de autocomplacencia.

Entonces se ve sacando la pistola y apuntando a ese odioso ser humano frente a él, apretando el gatillo para ver cómo no ocurre nada, no sabe si ha puesto el seguro, cómo se quita o si la pistola esta cargada o no. Posiblemente Don Antonio también vaya armado y seguramente él si sepa manejar su arma, puede que ni siquiera llegue tan lejos, no con Tito detrás, quizá en cuanto vea que saca la pistola se abalance sobre él y le deje seco de un par de golpes. Se imagina hasta a la camarera sacando una escopeta de dos caños de debajo de la barra y haciéndole blanco en el centro del pecho, después todos se ceban con él en el suelo y en cuanto se haga de noche le enterraran en alguna zanja perdida en medio de la montaña central asturiana, Verónica se enteraría de esto dentro de veinte años cuando alguien hallase su cadáver y se alegraría de haber dejado a alguien capaz de dejarse matar así.

No, definitivamente ese no es el mejor modo para solucionar aquello, aleja la mano de la pistola y con la otra busca algo en el bolsillo izquierdo de su pantalón, no va a liarse a tiros pero ciertamente quiere dejar clara su opinión, además nunca ha necesitado una pistola para sacar al gordo de sus casillas, sabe que su mera presencia le molesta, pero también puede notar cómo su falta de sumisión le acorta la vida. Saca lo que estaba buscando de su bolsillo y lo arroja sobre la mesa ante su jefe, un brillante diente de oro salpicado de sangre coagulada.

Normalmente, al no tener ningún interés en tratar con Don Antonio no se inmiscuye en los tratos de este con Tito, les deja hablar y espera instrucciones, pero hoy y después de llevarse varios puntos de sutura se siente con privilegios, por ello, mientras su jefe aún trata de adivinar qué es lo que su insolente empleado ha arrojado sobre la mesa ante él, se sienta trabajosamente frente a él. En su mente había pensado hacerlo de un modo más elegante y desafiante, pero tanto la pistola cómo el bolsillo derecho lleno hasta los topes de monedas de dos euros hacen de su aterrizaje una maniobra torpe y trabajosa. Tito apoya la pesada bolsa de deporte en el suelo y se sienta en una silla junto a él. Sólo cuando ambos están ya sentados Don Antonio recoge el diente de la mesa y mirándolo sujeto entre sus dedos índice y pulgar se dirige a Abel.

-No pensé que tuvieses huevos para algo así –la insultante sonrisa vuelve a dibujársele en la cara a medida que levanta la vista para mirarle de arriba abajo- la verdad, no parece que tengas huevos.

-Ya está patrón –Tito interrumpe la más que predecible respuesta mal sonante de Abel y aprovecha para reportar, quizá así Don Antonio sea más condescendiente con ambos, después de todo no cree que se imagine lo que acaban de hacer- cinco gitanos, todos por suelo, tres sin dientes, también cogimos bolsa con dinero.

-Bien, bien bosnio –Don Antonio parece crecer casi un palmo cuando escucha la palabra dinero, dirige la mirada a la bolsa y Abel comienza a escuchar el sonido de las teclas de una calculadora imaginaria dentro de su enorme cabeza- eso irá para pagar los arreglos del coche, a ver si así aprenden los hijos de puta.

-No se emocione Antonio –Abel se salta el Don- los gitanos eran cinco pero en la bolsa sólo hay calderilla, seguramente el dinero de los gorrillas, sin billetes.

Don Antonio suelta un resoplido de disgusto, Abel imagina la calculadora puesta a cero y el inicio de una nueva serie de cálculos, mucho menos prometedores en esta ocasión. Tito tose, es una tos falsa demasiado evidente pero igual de efectiva, al escucharlo Don Antonio asiente y tras dirigirles una rápida mirada vuelve a centrarse en la bolsa, pero en esta ocasión mueve los labios a medida que progresa con el calculo mental, también pasea una pesada mano por su pecho hasta meterla bajo una llamativa americana de color gris metálico, saca de un bolsillo un enorme fajo de billetes que a Abel le recuerda a los de los tratantes de ganado, y comienza a apilar dos montoncitos con billetes de cincuenta, sólo se detiene cuando el montón de la izquierda frente a él tiene siete billetes y el que está frente a Tito diez. Abel se ha esforzado para no perder de vista los movimientos de su avaro jefe y cree haber obtenido su recompensa por ello.

-En mi montón sólo hay trescientos cincuenta jefe –no le apetece perder más dinero en ese tipo de tratos por lo que procura adoptar un tono conciliador, de amable advertencia- te has quedado corto por tres.

-Ya, pero seguro que eso que llevas en tu bolsillo lo cubre –de nuevo se da cuenta de que en materia de dinero al gordo no se le escapa una- me preguntaba que llevarías cuando entraste, pero la bolsa llena de calderilla me lo explicó.

Tito se remueve en su silla pero Abel no piensa replicar, otro que se fija en las monedas y no en la pistola, una pistola que de nuevo piensa en sacar y usar generosamente, pero otra vez decide dejarlo para mejor ocasión. Se queda sentado y en silencio, esperando un nuevo encargo o algún tipo de felicitación por parte de su jefe, pero este interrumpe su línea de razonamiento.

-Si os vuelvo a dar un trabajo de este tipo, será mejor que me traigáis algo mejor que una bolsa de calderilla –si os vuelvo a dar, de repente es el gordo el que les ha hecho un favor a ellos, favor que eso sí, bien pudo haberles costado la vida- ya podéis iros. Estáis despachados. ¿A qué esperáis?

Adiós a las felicitaciones y a los abrazos, allí no hay nada más que tratar. Le sorprende que Don Antonio no haya querido conocer los detalles, ni lo que hicieron, ni cómo, ni dónde, aunque supone que es una política de empresa valida cuando esperas poder negar estar al tanto de lo sucedido. Por un segundo esta tentado de comentarle lo de la policía, o lo del centro de salud, pero sabe que al gordo no le interesará y que seguramente aprovechará para lanzarle otro chascarrillo o algún tipo de comentario hiriente. Se da la vuelta para marcharse cuando de nuevo se dirige a él.

-Lávate antes de salir –Abel ya pensaba hacerlo y se dirige hacia el baño cuando Don Antonio decide que aún es capaz de más- que pareces gilipollas.

Entra en el baño fingiendo no haber oído el último comentario de su jefe. Ahora no se quita de la cabeza la famosa secuencia de el padrino, se ve saliendo del lavabo con el arma en la mano y abriendo fuego con ella sobre el hombre que acaba de insultarle. Está apunto de sacarla para recrearse una vez más, contemplando la pistola y fantaseando con utilizarla cuando de milagro observa una cámara de vigilancia apuntándole situada encima del lavabo, se dirige hacia a ella y abre el grifo.

El baño es una estancia minúscula, un único baño con independencia de género compuesto por un lavabo y un váter, uno a cada lado de la estancia rectangular y una puerta entre ambos, puerta que había tenido que empujar contra el váter para pasar rozando contra el lavabo. Deja el agua correr un poco y dedica un par de segundos a mirarse en el espejo, después empieza a humedecerse la cara con la palma de las manos.

Tiene que frotarse un buen rato antes de estar presentable y sigue frotándose un rato más después, cae en la cuenta de que en su casa no tiene espejo y que más le vale salir de allí bien limpio si no quiere pasarse una semana con restos de sangre en la cara o en el pelo. Abel se mira la ropa y decide que la meterá en una bolsa y se la bajara a su vecina de abajo, esta vez tendrá que amenazarla para que use detergente y puede que algún quitamanchas, seguramente ella pregunte a qué se debe la sangre y él piensa responderle que se ha dado un golpe que a necesitado puntos, cree que es mejor esa media verdad que andar con evasivas que despierten suspicacias.

Cuando finalmente sale del baño es acogido sin mucho entusiasmo en el bar, Don Antonio le despacha diciendo que necesita al serbio y que se vaya a casa caminando, de paso le recuerda que no se entretenga debido a su ropa manchada de sangre y de propina algún insulto más. Al salir del local Abel se da cuenta de que Don Antonio le esta pidiendo a Tito los detalles del encargo, seguramente para culparle a él ante su compañero de lo que no le haya gustado y evitar tener que felicitarle por las cosas que haya hecho bien. Se pregunta si alguna vez tendrá alguna oportunidad real de ajustar cuentas con el muy bastardo.

Al llegar a casa deja las llaves en el cuenco de la entrada, la pistola y los cargadores, el móvil y el fajo de billetes sobre la mesa; se quita la ropa manchada que es toda menos los calcetines y la mete en un par de bolsas de supermercado vacías, llena el balde con agua y coge un bote de jabón liquido junto con una pequeña esponja. Nota el agua gélida contra la piel pero no le importa, comienza entonces su pequeño ritual de aseo personal, mezcla un poco de jabón en el agua y humedece la esponja, después se frota escrupulosamente por todos los rincones de su cuerpo. Cuando se instaló en aquel desván tenía pensado ir a ducharse a un polideportivo o a un gimnasio pero luego descubrió que no tendría dinero ni para eso, por ello fue perfeccionando aquel pequeño ritual capaz de dejarle pulcro y presentable.

Hoy no ha sido hasta ahora que por fin puede relajarse un poco, se pone una muda limpia y su otro par de vaqueros, saca una cerveza del horno y disfruta de los primeros tragos, contempla el pequeño fajo de billetes sobre la mesa y sonríe, es la primera vez en meses que tiene algo de dinero y quiere disfrutar decidiendo qué es lo que hará con él. Esta anocheciendo y la luz que entra por la ventana es cada vez más débil, hace rato que han encendido las farolas y cuando el sol desaparezca en el horizonte solo quedara en la estancia los restos de anaranjada luz artificial capaces de filtrarse hasta allí.

Está tan cansado que decide tumbarse ya, tendido en aquel colchón bajos su particular lema de “Recuerda, eres una mierda y ella no te quiere” repasa su día, la espera en la furgoneta, la pelea, los gritos de aquel niño, la consentida huida de la policía, la complicidad de aquella enfermera de Ventanielles, la pistola y los desencuentros con su jefe. Hacía unos meses nada podía llegar a ser así, llevaba una existencia relativamente placida que se había dedicado a desmontar sistemáticamente, había renunciado a todo cuanto tenía sin saber por qué, se decía a sí mismo que todo lo hacía por amor, por desamor más bien, pero lo cierto es que ni él entendía muy bien por qué el hecho de que ella le dejase le había hecho renunciar a todo lo demás. No es que fuese un completo inútil, hoy se había demostrado ser capaz de hacer cosas que no hubiese creído posibles y sin embargo no se atreve a hacer una simple llamada de teléfono, no a ella, una persona con la que ha hablado mil veces antes.

No, eso no puede ser -se dice- por fin tiene algo de dinero, tal vez sea el momento de recuperar su vida, de recuperarla a ella. No necesita un motivo, ella es todos sus motivos, la razón por la que ha caído y la razón que le impide levantarse, sólo quiere que ella vuelva, que todo vuelva a ser cómo antes, que vuelva a tener sentido, cualquier sentido, no le importa con tal de tenerla a su lado, tiene que ser así, sin ella no hay nada.

Se levanta pesadamente y se sienta en la silla frente a la mesa plegable, sobre ella el teléfono, los billetes y la pistola. Por un momento se centra en la pistola, quiere aclarar las dudas sobre si esta o no cargada, comprueba que el seguro está puesto, lo quita y desplaza la corredera hacia atrás con un gesto enérgico, observa cómo una bala entra en la recamara. La deja sobre la mesa y se hace con el teléfono, respira profundamente y marca un número que se sabe de memoria, espera durante cuatro tonos que se extienden en el tiempo de modo que parecen años. Ella descuelga, él quiere decirle tantas cosas que la tendría horas al teléfono, quiere disculparse, quiere decirle cómo, sin quererlo, ella se ha convertido en todo lo que importa, quiere decirle cuanto desea envejecer con ella, criar a sus hijos hasta que sean ellos los que les cuiden, quiere decirle que no hay vida que valga la pena salvo una en la que ella sea lo último que vea al acostarse y lo primero que vea al levantarse día tras día, año tras año, hasta que el tiempo se lo lleve todo y sólo le queden sus recuerdos. Quiere decirle que la quiere, que siempre la ha querido y que la querrá sin importar nada más por siempre, para siempre. Pero es ella quién habla en primer lugar.

-No voy a hablar contigo –la voz le tiembla con un punto de nerviosismo pero no se detiene- no vuelvas a llamarme nunca más.

Ella cuelga el teléfono, él lo separa despacio de su oído, mira la pantalla que anuncia el fin de la llamada. El corazón se le quiere salir del pecho, nota el acelerado latido en las sienes, el sabor a bilis en la boca, el aire le quema los pulmones, en ese momento preferiría estar ahogándose en el Cantábrico a seguir respirando en aquella habitación, en aquel cuerpo, con aquella vida. Quita la vista del teléfono y la pasea por la mesa, sobre el fajo de billetes, hasta la pistola cargada.

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CAPITULO OCHO

 

La pálida luz del ordenador la esta sacando de quicio, en la pantalla las columnas de las cuotas, los pagos atrasados y las promociones siguen jugando al despiste, cómo bailando hacen patente su falta de concentración. Verónica había descubierto muy a su pesar que resulta más difícil refugiarse en el trabajo cuando tienes un trabajo que no te gusta, no cree que ninguna niña sueñe con ser agente de seguros, pero al menos ahora, si quisiese y no cómo cuando era una cría, podría comprarse todas las muñecas que se le antojasen, una lástima que ya no juegue con muñecas.

Esa mañana se ha puesto los zapatos de tacón rojos y su elegante vestido blanco con flores rojas, se saca de la boca un roído bolígrafo de tinta liquida con marcas de carmín rosa claro y lo deja sobre la mesa junto al teclado del ordenador, lo vuelve a mirar detenidamente y en esta ocasión lo arroja a la papelera bajo el escritorio. Siempre ese maldito punto de ansiedad, pero no era nada nuevo, había conseguido dejar de morderse las uñas, había conseguido dejar de picar entre horas, había conseguido dejar de fumar y ahora iba a conseguir dejar de pensar en él. Ahora sólo era una cuestión de tiempo.

Vuelve a mirar el reloj sólo para asegurarse de que han pasado menos de cinco minutos desde la última vez que lo comprobó, el maldito chisme parece haberse averiado aquella interminable mañana, aún le quedan unas veinticinco llamadas por realizar anunciando promociones de la agencia a los clientes que le ha señalado el ordenador, no tiene ninguna gana de hacerlas y sabe de antemano que será un esfuerzo vacío y tedioso, la gente no gasta nada en seguros en tiempo de crisis, pero a ella le va fatal con sus cuotas de ese mes y necesita que alguien le contrate algo y lo necesita rápido. La empresa amenaza con fusionarse y los asientos llevan una temporada calientes, demasiado caros cómo para permitirse descuidos.

Descuelga el teléfono y suspira, lo cuelga. Martillea distraídamente la mesa con la punta de los dedos de la mano derecha hasta que el propio sonido la detiene, estira la mano frente a ella con los dedos estirados, mirándose las uñas dónde una perfecta manicura francesa ha sustituido las destrozadas uñas mordidas de niña pequeña, de adolescente y de universitaria, requisito indispensable para un trabajo de cara al público como el suyo y reflejo de su fuerza de voluntad, ahora sólo le tocaba desprenderse de otra uña mordida, de otro mal habito de juventud.

No podía explicarse cómo podía haberle hecho aquello a ella en la plaza del sol, liarse con aquella chiquilla a sabiendas de que ella estaba por allí, el muy bastardo, todo cuando la única razón de que no le hubiese dejado antes era que creía que de verdad la quería, al menos un poco y a su modo ególatra e infantil, pero si que le había parecido amor de verdad. Cierto que habían tenido sus momentos, todas las parejas los tienen, pero también es cierto que los dos estaban allí mientras todo se había ido yendo a la mierda lentamente, él no tiene derecho a culparla por ser la primera en darse cuenta de que aquello ya no iba a ninguna parte, no, nunca quiso habérselo tomado en serio, nunca debió haberlo hecho y ahora que por fin había decidido hacer las cosas bien, al muy cabrón le da por besar a una chiquilla para que ella le viese.

Cabrón. Suficiente –se dice- ya había tenido más que suficiente, no iba a entrar en su retorcido juego, en lo que a ella respecta ambos pueden ir a esconderse a un agujero. Ella si tiene una vida de verdad con gente de verdad, algo demasiado valioso cómo para mandarlo al carajo por un estúpido inmaduro. Se lo imagina riéndose con sus compañeros de la universidad, comentando la hazaña y dándose palmaditas en la espalda unos a otros, le ve compartiendo sus secretos de cama, despellejándola en la barra de algún bar o en su cama, con otra. Pero no, aquello no iba con ella, ha tomado una decisión y es cuestión de tiempo que el muy ególatra vuelva arrastrándose, entonces será ella quién disfrute el momento y él quién tenga que callarse y escuchar, es un niño, pronto echará de menos su juguete y llorará y pataleara para tratar de recuperarlo, esta segura de eso, siempre ha sido así, pero que sueñe, ahora que sueñe, que siga soñando y que se divierta con su zorra. Pronto cambiaran las tornas y será ella quién entonces le haga a él pasarlo mal. Ya tiene un discurso preparado, algo elocuente y directo, impactante, maduro. No entrará en su juego, no bajará a su nivel para arrastrarse por el fango, le dará una lección de respeto, de saber estar, de saber ser. Y lo hará con condescendencia, sí, ahí irá su venganza, si hay algo que le volverá loco será su condescendencia. Lo tiene claro, ahora que él ha demostrado no estar enamorado ya no le debe nada.

Sonríe paladeando su posición de poder y su inminente triunfo, vuelve a mirar el reloj sólo para asegurarse de que apenas corre, otro par de minutos, echa un vistazo al de su teléfono móvil para comprobar que ambos parecen haberse puesto de acuerdo en detener el tiempo aquella mañana  y coge el teléfono de la oficina, al menos haciendo esas llamadas pasará lo que queda hasta que pueda salir de allí.

Rebeca se acerca con un traje gris y una camisa blanca, demasiado formal para ir de calle debe venir directamente de la oficina. Aunque trabajan juntas, a Verónica no le gusta esperarla en la oficina, por eso quedaron para comer directamente en el restaurante. Encuentra que Rebeca es insufriblemente sociable, capaz de pararse a hablar con cualquiera de la oficina, del resto de oficinas del edificio o con cualquiera que pase por allí, conoce prácticamente a todo el mundo y quizá sea esa la razón de que siempre sea impuntual. Lleva su media melena negra y lisa recogida con una pinza en la parte alta de la cabeza, cerca de la coronilla, un finísimo colgante de plata al cuello y unos zapatos negros con demasiado tacón. Siempre demasiado llamativa, Verónica se fija en que lleva un botón desabrochado de más luciendo bien su atractivo escote, además de brillo de labios en horario de trabajo y los ojos acentuados con lo que le parece un exceso de sombra de ojos. Cuando se sienta frente a ella con cara de falsa culpabilidad puede apreciar que también lleva una buena base de maquillaje.

-Mil perdones Vero –hasta este momento llega su fingida aflicción, que se desvanece cómo por aire de magia con un rápido encogimiento de hombros- ya sabes cómo es la gente.

-No pasa nada –miente, sin importarle lo más mínimo que su tono de voz deje traslucir la molestia real que le han causado esos quince minutos esperando allí sola- la próxima vez me lo tomaré yo con algo más de calma.

Están sentadas en los sillones naranjas de un establecimiento de comida rápida y grasienta, el lugar elegido cuando a ambas les toca turno de tarde. Tienen eso sí un par de horas para comer, demasiado para tomarse el contenido de una fiambrera sin salir del despacho y poco para irse hasta casa y preparar algo digno del esfuerzo. En ese momento Verónica preferiría estar tranquilamente en su casa, pero Rebeca estaba en todas partes desde que se enteró de que había roto con Abel y hoy estaba especialmente pesada, Vero lleva un par de días planteándose si contarle o no lo de Abel y la otra chica decidiendo que lo mejor sería no hacerlo y dejarlo correr, quitándole importancia como muestra de madurez.

-¿Y que tal Cuqui? –Rebeca sonríe distraídamente mientras mata el tiempo echándole un vistazo a la carta del restaurante- ¿Novedades?

-Abel estuvo con otra delante de mí –no sabe por que ha dicho lo que ha dicho, quizá para ahorrarse la charla improcedente antes de llegar al interrogatorio, quizá porque era en lo que estaba pensando o quizá para llamar la atención. El caso es que Rebeca deja la carta y la mira con unos ojos desmesuradamente abiertos- ¿Te lo puedes creer?

-No –niega incrédula con la cabeza- ¿Me estás tomando el pelo no?

Verónica niega con la cabeza y por un momento esta apunto de romper a llorar sin importarle estar en un restaurante, lo cierto es que en ese momento no puede culpar a Rebeca de no creerse algo que ella misma no entiende.

-¡Pero que cabrón! –su amiga parece haberse olvidado de la carta y del restaurante y busca algo apropiado que decir- Bueno, eso es que hiciste bien en dejarle. Además, mejor que te la juegue ahora que cuando estabais juntos.

-Eso es lo peor Rebe –A Verónica le cuesta muchísimo no echarse a llorar, le empiezan a picar los lagrimales y el impulso que tiene es el de apoyar los brazos en la mesa y la cara sobre ellos, llorando hasta que la echen de allí- es que ya debía conocerla de antes, no ha debido sacarla de la nada, creo que me la estaba pegando. No ha podido sacarla de la nada.

-Bueno Cuqui, pero por eso le dejaste ¿no? –siempre le ha desagradado que la llame Cuqui, le suena demasiado a cucaracha y mientras sigue tratando de no llorar niega con la cabeza- ¡Ah! pues siempre pensé que fue por algo de eso, pero bueno, no estabais bien de todos modos ¿no?

Verónica no sabe si negar o asentir, a decir verdad no estaban bien pero lo cierto que ahora le parece gloria bendita comparado con la que esta cayendo, preguntándose cada hora de cada día sino podrían hacer las cosas de otro modo, pero de otra parte Rebeca empieza a darle lástima, no se la ve nada cómoda en aquella situación. Casi parece aliviada cuando el camarero se acerca a la mesa para tomar nota, encarga un par de botellines de agua y dos ensaladas mixtas sin consultarle y despide al camarero con un cariñoso apelativo, Verónica se maravilla otra vez con la facilidad que demuestra su amiga para manipular a los hombres, un simple botón abrochado de menos y un cumplido les garantiza que el rechoncho, sudoroso y un tanto patoso camarero las atienda a ellas antes que al resto de clientes del atestado antro. Rebeca se vuelve de nuevo hacia ella y le sonríe con una sonrisa blanquísima, poco natural, fruto del flúor y la ortodoncia, siempre ha envidiado su ancho y sugerente labio inferior pero no así sus pequeños ojos siempre abarrotados de sombra y de rimel. Ahora no dice nada y extiende su mano por la mesa hasta apretar la suya, Verónica pasa el dedo índice de su mano libre bajo su ojo para asegurarse de que no queda humedad y que la línea marcada por su lápiz de ojos no corre peligro y se apresura a cambiar de materia.

-No pasa nada Rebe –una mirada incrédula la azota cómo un latigazo- es sólo que no me lo esperaba, no me arrepiento de haberle dejado, es que pensé que me quería y ahora me siento estúpida.

-Tú tranquila –otro rápido encogimiento de hombros y parece dar esta otra cuestión por zanjada y su servicio comunitario cumplido- ahora a salir un poco de fiesta y a buscarte un chico guapo y esta vez rico. Un chollete cómo tú no puede estar sola mucho tiempo.

Le molesta el tonillo con el que enfatiza “esta vez”, no es la primera vez, ni siquiera la primera vez hoy en la que tiene que aguantar críticas por pasar tiempo con el que a vista de todos era un muerto de hambre, aunque era cierto que ella no podía evitar pensar lo mismo. Abel todavía estaba en la universidad y siempre había parecido no preocuparse por el dinero lo más mínimo, lo había hablado con él, tenía claro que a la larga aquello terminaría por suponer un problema, de hecho termino siéndolo, pero no quería que ni su amiga ni nadie pensasen que había dejado a Abel por un tema económico.

-No me importa el dinero Rebe –nuevo latigazo en forma de mirada incrédula- además me parece que he terminado con los hombres por una larga temporada.

-No digas tonterías –sacude su mano en el aire cómo si con ese gesto buscase ahuyentar todos los malos espíritus en torno a su amiga- verás, he estado preguntando y creo que Gil, ya sabes, el asesor joven, está soltero. Además siempre le has gustado o mucho me equivoco.

-¿Conejito? –Verónica se ríe por primera vez en lo que va de un día que hasta ahora se le antojaba interminable- si esta soltero es por algo.

Evoca la poco afortunada cena de navidad pasada, en la que Gil se había perdido en mitad de un alcoholizado brindis y había terminado dando una clase magistral sobre el acoso sexual, denominando a las empleadas conejitos y soltando una interminable perorata acerca de los gustos y las malas intenciones intrínsecas a la condición femenina. Todo esto hizo que los directivos le aplaudiesen hasta casi hacerse sangrar las manos, pero también había sido suficiente para que Verónica tachase en su cabeza a Gil con la imborrable condición de imbécil, cierto que era el asesor más joven de la plantilla y que vestía bien y que tenía dinero, pero no deja de molestarse el poco gusto del que a su criterio su amiga hacía gala.

-¡Vamos! –de nuevo el gesto de santería- Es muchísimo mejor que el último, que vamos, lo de muerto de hambre y lo de jovencito podía pasar, pero es que encima te ha salido rana.

-Eso es cierto, pero peor fue lo de San Antonio que se enamoró de un gocho –Verónica se ríe ante el desbordante sentido de la justicia de Rebe- pero no me pienso liar con el tipo más falo-céntrico de Oviedo sólo porque tú me lo recomiendes.

-¿Estás de coña Vero? –Rebeca finge desconcierto con una divertida mueca- ¡Eso es justo lo que necesitas! ¡Un buen falo en el que centrarte!

El poco agraciado camarero casi deja caer la bandeja con su comida y su bebida al suelo cuando escuchó esta última afirmación, pareció volver a centrarse durante un momento en el que sirvió las ensaladas hasta que se despidió lanzando una desmesurada y desconcertante mirada en dirección a Rebeca, tras la que ambas sintieron un pequeño escalofrío recorrerles la espalda.

-Rebeca, me acostaré con Conejito sólo después de que tu hagas lo propio con el camarero –le señala con un ligero gesto de la cabeza- primero vas tú y luego ya hablamos de lo mío.

-Tampoco hay que ponerse tan drástica Cuqui –Rebeca mira la ensalada con las pupilas dilatadas y un hambre evidente- además ahora que las dos estamos solteras podemos salir y pillarnos a quién nos dé la gana.

-Si quisiésemos Rebeca.

-¡Bah! Ahora lo ves todo muy negro, pero si estás decidida estás decidida, te conozco y con lo cabezona que eres eso ya es cosa hecha. Además he leído en alguna parte que la determinación es al amor lo que la sal a las heridas, pica, pero las cura.

Ambas se ponen a comer y Verónica no puede evitar pensar en la profunda alegría que todo esto le produce a Rebeca, la eterna solterona, siempre detrás de tal o cual tío, siempre con tal o cual amiga de bares, siempre criticando a los novios de las demás o a sus propias amigas por haber dejado de salir, por haber dejado de llamarla. Su amiga no le da más consejo que el de tratar de cicatrizar con sal el agujero de un cañonazo. Verónica siente un nuevo escalofrío recorriéndole la espalda, ahora se había convertido en nuevo proyecto para Rebeca. Se dice a sí misma que procurará no dejarse arrastrar, seguir con su vida, además seguro que Abel no ha renunciado a todo por una mala ruptura.

Por un momento ambas se centran en sus ensaladas, a Verónica realmente no le apetecía la triste ensalada de aquel sitio pero siempre había considerado su resolución una parte agradable del carácter de Rebeca. La lechuga parece de cartón y el tomate está bastante pasado, no le importa porque le ayuda a refrenar un poco el ansia marcada por un estómago hambriento, ansia in disimulada por parte de Rebe que se ha abalanzado sobre su ensalada cómo un halcón sobre su presa.

La verdad es que últimamente le preocupa su peso, no es que haya variado demasiado sus hábitos, de hecho come más sano que cuando estaba con Abel, habiendo suprimido las tardes de kebap y película o las noches de cine y McDonalds, pero lo cierto es que tras su anterior ruptura con Iñigo había ganado casi cuatro quilos y estaba decidida a que esta vez no le pasase lo mismo. Por ello deja caer el trozo de pan de barra recalentada que sostenía en la mano y deja los últimos restos de ensalada sin tocar en el plato, todo mientras Rebeca limpia con miga de pan los restos de aceite y vinagre del fondo de su plato y se los mete en la boca.

-Ahora no te atrevas a juzgarme –lo dice con el pan apenas masticado taponándole la boca- esta mañana no he comido nada ¡nada!

Verónica se encoge de hombros dando a entender que aquello no va con ella, absolviendo a su amiga del pecado prohibido de la gula.  Rebeca alza los brazos con un gesto tan aparatoso cómo poco elegante, suficiente para que el encandilado camarero dejase una mesa a medio pedido en la otra punta del local para ir a atenderlas a ellas.

-¿Ahora un cafecito no Cuqui? –Al menos esta vez ha caído en preguntar aunque siga hostigándola con el dichoso apodo- así terminas de contarme que todavía no me contaste nada.

-La verdad es que no me apetece nada Rebe –su amiga le lanza una mirada entre molesta y disgustada, quizá adivinando lo que está por venir- voy un poco retrasada con el trabajo y quiero volver a la ofi temprano, así estoy tranquila y voy adelantando algo de trabajo. ¿No te importa eh?

Rebeca no responde a la retórica pregunta y para disgusto de Verónica empieza a moverse con intención de seguirla. Adiós a la tranquilidad. Con un gesto de cabeza Rebeca indica la caja registradora al servicial camarero que se dirige a ella complaciente, con ademanes propios de mascota.

-Mira, si me encuentras a uno tan obediente cómo este pero un poco más mono creo que tenemos trato –Verónica no puede evitar preguntarse si realmente su amiga sería capaz de conformarse con algo así- yo también estoy cansada de los hombres complicados, quizá debiésemos buscarnos unos serviciales cómo este chico.

-Pero más monos –puntualiza para no dejarse ver molesta y para cambiar de tema- no hace falta que vengas Rebe, de verdad, estoy bien, sólo me apetece estar un poco tranquila, tómate el café yo invito.

-Sí, seguro que estas bien –ahora adopta un tono sarcástico- seguro que por eso te quieres ir sola a pasar tus ratos libres al escritorio de la oficina.

-Pues vale, lo que tú digas –se desvanece la última oportunidad de un poco de paz antes del trabajo- pero te digo en serio lo del trabajo, tengo un montón de cosas que hacer, es que esta mañana no sé dónde perdí la cabeza.

-Venga, pues vámonos –Rebeca parece aburrida y decidida a terminar aquella conversación- además así aprovecho, que a mí el tanga me esta matando.

De vuelta a la oficina tiene que empujar la puerta para que Rebeca, apoyada contra ella, no pueda seguirla a su interior. Dentro, un amplio pero incómodo escritorio blanco de diseño, una silla regulable negra, el ordenador, el flexo y un pequeño helecho sobre la mesa junto al cartelito con su nombre. Dedica una larga mirada a través de la pequeña ventana al fondo del despacho, justo en frente de la puerta y con sus pocas posesiones en medio. Rodea la mesa y abre el cajón superior de la pequeña estantería que sirve de pata derecha, allí una foto de Abel y de ella en un pequeño marco de madera. La foto había sido tomada apenas unos meses antes,  en ella se les ve a los dos en la cama del piso de Abel, ella en primer plano y él tras ella, rodeándola con su brazo, ambos sonríen a una cámara que no consigue recordar quién sujetaba. Verónica se sienta y sujeta el pequeño marco con fuerza entre sus manos hasta que casi le parece oler aquella habitación, sentir el tacto de sus sábanas y el de su piel contra la de Abel, recuerda sobretodo el modo en que él la miraba, el modo en el que se la comía con los ojos, el modo en que no podía quitarle las manos de encima. Por un instante desea que todo volviese a ser cómo era en aquella cama, cómo era con él. Se pregunta si él pensará lo mismo y no tiene que buscar demasiado dentro de sí para saber que así es, mira su teléfono y se pregunta si él no estará esperando una señal para acabar con todo aquello, y sabe que así es, ahora sólo le queda decidirse a mandar esa señal o no hacerlo.

Si tan sólo no fuese tan orgulloso, si tan sólo no hubiese sido tan engreído, si tan sólo no hubiese sido tan estúpido la otra noche. No, a Verónica no le es agradable querer perdonar a alguien que no puede ser perdonado. Mete de nuevo la foto en el cajón del escritorio y lo cierra de un sonoro portazo. Enciende el ordenador sin ánimo de trabajar y girando la silla se pone a mirar por la ventana. Las ventanas de ese bloque de oficinas son altas, de modo que sentada en su silla sólo alcanza a ver un pedazo del cielo, de ese mismo cielo que en aquel momento también estará tapando a Abel.

Recuerda el día en el que le dijo que todo se había acabado, sentada junto a él en su cama, quiso explicarle que aquello no era culpa de nadie, que no es que no le quisiese que eran cosas que pasaban. Que le quería pero que era lo mejor y lo cierto es que se sentió cómo si le hubiese apuñalado, cómo si le hubiese abandonado desvalido en una gasolinera perdida de alguna carretera nacional, cree que debe ser la sensación que se le queda a todo el mundo cuando dejas a alguien que nunca te dejaría a ti. Él se había limitado a mirarla cariacontecido, los ojos bien abiertos y expresión de no entender lo que estaba pasando, no dijo nada, ni te quiero, ni quédate, ni cambiaré. Simplemente asintió con la cabeza, se levantó y salió del apartamento.

Ahora Verónica sólo puede pensar en el modo en que la miraba, en el modo en que la quería y en el que la hacía sentir. Al salir del apartamento ella sabía que aquel silencio no sería definitivo, que en algún momento y en algún lugar Abel hablaría, se había imaginado palabras dolidas, palabras llenas de reproche o de recriminación, palabras acusadoras. Por ese motivo se negó a hablar con él aquella noche, no lo haría así, en público, después de haber bebido no le parecía justo tener que aguantar un grandilocuente discurso preparado por Abel, eso le hubiese resultado demasiado incómodo, demasiado humillante. Las relaciones se acaban, no es necesariamente culpa de alguien y ella no tenía que pasar por aquel patíbulo si no quería. Lo que no había previsto era el modo en que él terminaría hablando aquella noche, cierto que era parte de lo que tenía en mente, pero aquella era una parte muy lejana, la parte en la que después de un tiempo encontrarían a gente más apropiada, pero lo cierto es que Verónica había calculado un par de años en el caso de él, habiéndolo superado ambos para entonces, para nada aquel mismo fin de semana, no en medio de la calle y no delante de ella, no con aquella chica, insufriblemente bonita y sobretodo insufriblemente joven.

Respira profundo y se reafirma por milésima vez, nada de lo ocurrido aquella semana afecta al hecho de que Abel y ella se encontraban en etapas diferentes de su vida, de que su relación consistía en comer, dormir y hacer el amor, que no tenían nada parecido a un proyecto o un plan en común y que por tanto no iban a ninguna parte. Él se limitaba a mirarla con cariño y ella a dejarse mirar, terminando les había hecho un favor a ambos.

Siempre le había molestado ser mayor que él, que ella tuviese trabajo y él no, no poder viajar juntos o llevarle con sus amigos. Eran demasiado diferentes, estaban en etapas diferentes de sus vidas y no tenía sentido luchar contra aquellas diferencias, se sacrificaban demasiadas cosas, se estaban perdiendo sus vidas tratando de estar juntos. Él nunca lo había entendido, nunca había hecho por entenderlo. Se había limitado a amoldarse a la relación, siempre que ella le preguntaba por lo que quería se limitaba a responder que todo lo que quería era estar con ella, ni planes de futuro ni opciones en el presente, nada. Lo hacía todo de tal manera que Verónica ya no distinguía si lo que hacía era por amor o simplemente no hacía nada por desidia, no entendía qué amor era aquel que la maniataba, que a él le hacía abandonarse a todo lo que no fuese estar con ella. No, aquello no era real, aquello no podía durar, alguien tenía que darse cuenta, había sido ella, sí, pero no por ello se merecía semejante castigo.

Estúpido Abel y su estúpido orgullo, tan ciego, dispuesto a no dejar piedra sobre piedra, cómo siempre. Seguro que aún después de lo que ha hecho se sigue considerando la victima, es perfectamente capaz de eso y de más, pero se acabó, esta harta de renunciar a cosas por Abel, ya ha tenido más que suficiente de todo aquello, no se rebajará a jugar con ese chiquillo, tal vez más adelante cuando todo se calme un poco puedan volver a hablar, a ser amigos incluso, pero no así y no en ese momento. No hay excusas para lo que hizo, puede que las haya para estar con otra tras haberle dejado, pero no para su intención de herirla, de hacérselo pasa mal. Pero si de verdad Abel Sanjurjo era culpable de algo era de haberlo conseguido.

-Hormonas –lo pronuncia para escucharse decirlo en voz alta, con la secreta intención de que eso refuerce su argumento- el amor es una cuestión de hormonas. Estoy por encima de eso.

Aguarda unos segundos a que algo en la vacía habitación termine por darle la razón, quizá el pequeño helecho o la lámpara tengan algo que decir, pero cómo era previsible nada ocurre. Centra su atención en el ordenador, piensa en conectarse a Internet, comprobar su correo electrónico, tal vez su cuenta del Facebook, de hecho lleva unos días pensando en abrirse una en tuenti o en alguna de las otras redes sociales que Abel frecuentaba aunque no crea que vaya a servirle de nada, porque lo cierto es que por más que lo compruebe él parece haber dejado sus perfiles en barbecho, sin actualizar, sin revisar y aún sin visitar. No espera que abra un blog para compartir con el mundo las veleidades de su alma, pero lo cierto es que no le importaría encontrarse con un correo diario lleno de poemas llenos de arrepentimiento y deseo sincero por su alma y por su carne, no, eso no le molestaría en absoluto, aunque se conformaría con alguna señal ocasional de bienestar, un signo de vida, un estoy bien y sigo pensando en ti aunque no te lo diga. Pero ni eso, ni nada. Desde el día en que rompió con él, Abel parece haberse esfumado, la tierra bien habría podido tragárselo y ella no se hubiese enterado. Pasaban tanto tiempo juntos o en la cama que apenas hacían vida social cómo pareja, sí que conocían a sus respectivos amigos, pero lo cierto es que Verónica no tiene a nadie a quién recurrir para que le diga cómo está él, al menos no para hacerlo y esperar discreción, se figura que él tampoco, firmando unas desconcertantes tablas, tablas rotas después de su estrepitoso último encuentro.

Sí, le habían declarado la guerra, no una guerra que ella tuviese prevista, no una guerra que quisiese librar, pero una guerra que al fin y al cabo sería mejor ganar que perder. Y lo haría a su manera, con estilo, se pondría guapísima y esperaría su momento, tenía una enorme y condescendiente sonrisa guardada y preparada para acabar con Abel, un escudo de dientes blancos capaz de gritarle “no me importa lo que hagas, porque no me importas tú”, una sonrisa devastadora, muy capaz de devolver el golpe.

Sí, eso sería lo mejor. Silencio y llegado el caso, condescendencia. Una bofetada de madurez ante sus estúpidas chiquilladas. Dejar que se calmen las aguas, devolver los golpes si llegan y poco a poco olvidarse de él. Sobretodo olvidarse del modo en que la miraba, de ese modo en que sabe que nadie nunca volverá a mirarla.

Dirige de nuevo la vista hacia el reloj tan lento que sigue cómo detenido y la baja hasta el ordenador, decide ponerse a trabajar hasta que Rebeca venga a buscarla para llevarla a casa, allí ya seguirá pensando en si matarle o hacerle el amor.

-¡Hala Cuqui Vamos! –Las voces de Rebeca se escuchan dentro de la oficina cerrada, pero lo peor es que suenan desde el fondo del pasillo- ¡Venga que ya estoy!

Otra de las desventajas recién adquiridas de haber sacado a Abel de su vida, era el fundamentado terror a que Rebeca se dispusiese a ocupar su lugar, no cómo novia, sino cómo novísima amiga del alma de toda la vida y para siempre al menos hasta que me eche novio y te pueda dejar tirada. Después de todo Verónica es consciente de que cuando Rebe le dice que van a buscarle un hombre se refiere en última estancia a ella misma, su persona es sólo un requerimiento para no salir sola de bares y una útil herramienta de guardarropa y vigilancia para usar en los baños de las discotecas.

-¡Hala vamos! –Esta vez lo dice asomando la cabeza a través de la puerta que ha abierto sin llamar, Verónica se apura a recoger su abrigo y a cerrar su maletín de mano a juego- ¡Mueve el culo rica no me tengas esperando!

-¡Tendrás cara! –A Verónica se le escapa una grave risotada- ¡Pero si antes me tuviste esperándote en el restaurante más de veinte minutos!

Rebeca se encoge de hombros y una poco creíble expresión de culpabilidad adorna su rostro, suelta la puerta abriéndola de par en par y se pone a hablar con alguien en medio del pasillo a un par de metros de la puerta. A Verónica le horroriza suponer que éste vaya a convertirse en su día a día de ahora en adelante, hasta que una de las dos se eche novio o la muerte las separe. Otro de los lujos de la vida de solteros supone, mucho tiempo libre para pasar con gente que no te gusta en sitios incómodos. Ahora mismo lo daría todo por volver a casa sólo para meterse en la cama de Abel, no para hacer nada, ni siquiera para hablar, únicamente para estar allí con él. Termina de recoger y sale de su despacho, cierra la puerta tras ella y se encuentra a Rebeca hablando con Gil, el asesor machista y decide ahorrarse el desagradable trámite por su cuenta y doblando a la izquierda comienza a caminar hacia la salida. Apenas recorre una docena de metros cuando ya escucha la desbocada carrera del séptimo de caballería femenina en tacones siguiéndola por el pasillo, cuando llega a su altura y sorprendentemente ahogada por su corto esfuerzo, Rebeca se dispone a entregarle el parte no solicitado de novedades.

-Al señor jovencísimo y riquísimo asesor le hubiese gustado saludarte –remata la frase con un tonillo ascendente, que más que sugerente se queda en irritante- eres un poco maleducada Vero.

-A ver, que te quede claro –desea con todas sus fuerzas terminar con aquel despropósito que Rebe amenaza con convertir en recurrente- yo con Conejito no voy ni a recoger billetes de quinientos euros de los árboles.

-Los que se pelean se desean –ahora se ha pasado a un tono de cancioncilla infantil que hace que Vero sienta el impulso de ahogarla con sus propias manos- yo sólo quiero que mi amiga deje de pensar en el capullo de su ex.

-¿Y lo intentas metiéndome en la cama con un capullo mayor? –van caminando hacia el ascensor que las lleve al garaje, de ahí con el coche de Rebeca a su casa apenas un viaje de veinte minutos que en este momento se le está eternizando- Estoy muy tentada de dejar de pedirte ayuda.

-¡Vero! ¡Pon un maromo en tu vida! –Ahora Rebeca se pasa a la abierta carcajada ante la indignación visible de su amiga- ¡Cuánto antes mejor! ¡Es la única forma de dejar de pensar en ese gilipollas!

-Te estas columpiando Rebe –no se puede creer cuánto le ha molestado que su amiga haya insultado a Abel, sintiéndose culpable al momento de sentirse culpable- pero igual tienes razón.

-¡Claro que si! –Rebeca se pone a bailar mientras caminan por el pasillo, Verónica se pregunta que clase de pieza de música electrónica debe sonar en esa cabecita convulsionada por los espasmos del baile eléctrico.

-¡Dios Rebe! Te mataría.

Una vez en el coche, un pequeño Toyota Auris de color azul cielo, Rebeca habla y habla sin parar de sus propios asuntos, de sus planes, súbitamente los planes son comunes a ambas y de sus muchos proyectos de futuro. Tantos que Verónica no puede evitar sentirse abrumada, ante cada nuevo plan, fiesta, viaje o proyecto que Rebeca añade a su ya interminable lista de cosas por hacer, se agobia cada vez un poco más, tanto que tras cinco minutos en aquel coche de lo único que tiene ganas es de llegar a casa, hacerse con algo de chocolate para picar, tumbarse en el sofá con una manta suave y encerrarse en el salón con una antología de las mejores comedias románticas, quizá atrancar la puerta de la calle y desconectar el teléfono para quedarse así los próximos cinco años, pero de esta última parte aún no está convencida del todo, eso sí, por poco, por muy poco. No le parecía una sustitución acertada la de Rebeca por Abel, las noches en antros a cambio de las largas mañanas en la cama, pero si era así cómo venían dadas tampoco le iba a hacer ascos.

-Estas muy ida Cuqui –y dale con el Cuqui a las vueltas- pero tú tranquila que ya verás cómo esto enseguida se te pasa.

-Sí, si estoy tranquila –Verónica consigue una sonrisa un poco forzada- si esta no es la primera vez ni será la última. Es sólo un poco de bajón por lo que pasó el otro día, no me lo esperaba, sólo eso.

-Pues nada mujer, aguanta un poco –le parece increíble cómo el tono de Rebe ya suena distraído- ahora no hagas el tonto y ya está, nada de hablar con él, ni escribirle ni nada de eso, ya verás cómo es lo mejor y pronto pasas página.

-Sí, creo que tienes razón –en esta ocasión realmente cree que su amiga la tiene- no tiene sentido seguirle el juego, lo mejor será contacto cero y pasar de todo.

-¡Pues claro que sí! ¡Claro que tengo razón digo! –Rebeca se ríe mientras la deja a un par de calles de su casa, sin duda tratando de evitarse un par de desvíos- Ten el móvil a mano que te llamo luego bicho.

Verónica se despide y se baja un tanto asqueada del coche, entre cuquis y bichos tiene la sensación de que su amiga no hace más que insultarla. Se tiene que recordar a si misma que adora a Rebeca, que es su mejor amiga en el trabajo, alocada y divertida, siempre de incansable buen humor y que ahora se interesa por ella de modo especial. Mientras camina realiza una evaluación mental del estado de sus amigas, cerca de la treintena la mayoría tienen pareja estable, algunas ya se han casado y las más precoces hasta tienen hijos, cae en la cuenta de que de golpe y plumazo se ha convertido en la solterona Tita Vero, un nuevo escalofrío le recorre la espalda y por un momento se alegra infinitamente de poder contar con Rebeca, teniendo el resto de sus amigas la vida hecha siempre era de agradecer tener a alguien en su misma situación. Además Abel tenía a su grupito de amigos de la universidad, a estas alturas ya habría vuelto a emborracharse tres días a la semana con ellos y dormiría caliente con su nueva amiguita, Verónica casi puede paladear los celos, niega con la cabeza y sacude estos pensamientos fuera de ella. Descartándolos al momento, no le debería importar lo que su ex haga con su vida, por algo ella le había sacado de la suya.

Nada más llegar a casa se quita los zapatos de tacón rojos y los deja junto al zapatero de la entrada, camina hasta su dormitorio y se quita su elegante vestido blanco con flores rojas. Se encierra en el baño y se da una larga ducha con el agua muy caliente, no la necesita pero realmente considera habérselo ganado, el pequeño placer secreto de una larga ducha. No pone música, ni la radio, simplemente se dedica a disfrutar del sonido del agua cayendo, del tacto agua caliente corriendo por su piel, de la sensación relajante que se extiende cómo una manta por su cuerpo desde los hombros.

Disfruta tanto de la ducha que decide tomarse una última dosis de su droga favorita, su fruto prohibido, su placer más secreto. Entonces, una figura que reconoce cómo la de Abel aparece de la nada, interrumpiendo sus pensamientos, irrumpe en el baño reventando la cerradura al golpear la puerta con el hombro. Verónica se queda congelada, no se explica qué hace allí pero no acierta a gritarle que se vaya, el corazón le late a mil latidos por minutos y sus pulmones se han quedado sin aire tras escapársele un angustioso grito al abrirse la puerta. Él no espera invitación y con una falta total de educación o modales descorre la mampara de cristal tras la que está ella. Se queda allí de pie, mirándola fijamente con el puño derecho apretado a la altura de la cadera con los nudillos blancos por la presión, por un instante Verónica teme por su vida, pero en ese momento la mirada de él cambia, vuelve poco a poco a ser la mirada que la enamoro de él, esa mirada del deseo infinito, de la adoración absoluta, él relaja la mano y la utiliza para bajarse la cremallera de la sudadera. La arroja al suelo y se levanta la camiseta despacio, usando ambas manos mientras se quita los playeros con habilidad apoyando un pie en el otro. Esta mucho más en forma que la última vez que se acostaron, Verónica se ha olvidado de gritar, se ha olvidado del miedo, se ha olvidado del agua vertiéndose por el baño, se ha olvidado de cubrirse, se ha olvidado de todo salvo de clavarle la vista encima. Tampoco la aparta cuando él se desabrocha el cinturón, ni cuando al bajarse los pantalones se queda completamente desnudo.

Esa desnudez de Abel deja patente la enorme alegría que le produce el reencuentro, permanece allí unos instantes, desnudos ambos se contemplan el uno al otro, cruzan las miradas una última vez y entonces Abel, avanzando un par de pasos, se mete en la ducha con ella, sujetándole la cara con ambas manos la besa, un largo y apasionado beso  con lengua durante el cual él va dejando caer sus manos, por su cuello primero, abriéndose sobre sus hombros y bajando a cerrarse sobre sus pechos, siguiendo su lenta caída le rodean la cintura, perdiéndose allí dónde termina la espalda. Ella le devuelve el beso rodeándole el cuello con los brazos, se acerca a él para sentir el tacto de sus pechos contra el suyo, también le nota duro, muy duro, finalmente las manos de él se cierran apretando la parte más alta de sus muslos. La levanta en el aire sin apenas esfuerzo y ella le acompaña abriendo las piernas, rodeándole con ellas por encima de la cintura. Suelta una de las manos de su cuello y tras acariciarle de manera intensa le mete dentro de ella, no sabe cómo ni cuando ha ocurrido pero está más húmeda de lo que había estado en toda su vida, apenas aguanta su primer empujón antes de ponerse a chillar, el agua de la ducha se le mete en la boca, en los ojos entreabiertos pero no le importa. Le clava las uñas en la espalda desnuda y las arrastra, el gruñe de placer y la empuja contra la pared, ya nota cómo su piel empieza a arrugarse debido al agua caliente mientras Abel no deja de hacerle el amor, sujetándola con firmeza la alza primero y la apoya con delicadeza en la ducha, le da la vuelta y la abraza. Nota que aún está increíblemente duro y ella ya sabe lo que él quiere, no le hace esperar por algo que también desea y apoyando las palmas abiertas en la pared se inclina ligeramente hacia adelante, lo justo para que el pueda entrar, deslizarse con suavidad en su interior, ella aún está muy húmeda, tanto que no puede reprimir un nuevo grito de placer con su contacto, pero en esta ocasión la boca se le llena de agua y el pelo se le cae por la cara, pero cómo si le hubiese leído los pensamientos Abel le recoge el pelo de la cara con una mano sin dejar de hacerle el amor, así, con su pelo recogido apretado en una mano y ella con las palmas apoyadas contra la pared él le aprieta el pelo cada vez un poco más, rodeando también su cintura con su otra mano la levanta un poco, obligándola a ponerse de puntillas a medida que sus embestidas son cada vez un poco más fuertes y un poco más rápidas, más fuertes y más rápidas, hasta que el sonoro aplauso de su piel contra la de él es todo lo que pueden oír, por encima del ruido del agua que les cae encima, por encima del sonido de su propia respiración, por encima del sonido de sus propios gritos el ruido de la carne contra la carne. El frenesí continúa hasta que ella termina.

No es hasta entonces que Verónica, completamente sola bajo la ducha de su propio apartamento abre los ojos lentamente, con la cabeza bajo el chorro de la ducha va apartando despacio la mano de su entrepierna y, ahora si, apoya ambas manos bajo la ducha y lanza un largo y profundo suspiro.

-Tengo que dejar de hacer esto –lo pronuncia con la intención de autoconvencerse, con la decisión de quién necesita creérselo- no me hace ningún bien.

Se aclara una última vez superficialmente y cierra los grifos de la ducha, sale al baño y se queda de pie sobre su gruesa alfombrilla, por unos segundos contempla su silueta desnuda en las sombras borrosas del empañado espejo. Tiende el brazo hacia el toallero y se hace con un par de toallas, con la mas grande se seca el cuerpo y se cubre bajo los hombros, con la pequeña se seca y se sujeta el pelo, a continuación empieza con su pequeño ritual aplicándose hasta tres lociones distintas por el cuerpo y otra para la cara, secándose el pelo con un potente secador mientras lo alisa y lo desenreda con el fin de no tener que repetir el proceso a la mañana siguiente para ir a trabajar, después se coloca unas pequeñas pantuflas de baño tomadas prestadas de un Resort caribeño hacía cinco años y decide irse desnuda hasta su dormitorio. No le preocupa que los vecinos puedan verla desnuda, su pequeño apartamento es completamente exterior y no cree que nadie vaya a estar mirando hacia su casa precisamente en aquel momento, una vez en la habitación se pone un pequeño pijama amarillo de dos piezas, un pequeño pantalón y una camisola de tirantes, es de tejido fresco porque en su comunidad ya han encendido la calefacción central aunque no haga ninguna falta. Recoge su pequeño teléfono móvil y tras dejarlo en la mesita del salón se tumba en el sofá, enciende su nueva pantalla de plasma y empieza a recorrer los distintos canales en busca de algo que le permita estar un rato sin pensar. La luz de la habitación se va apagando a medida que el sol se pone poco a poco en el exterior.

Está muy a gusto cuando Rebeca la llama, tanto que por un momento esta tentada de no responder. Cuando finalmente se decide a contestar comprueba que en la pantalla no figura el contacto de Rebeca, sino el número desde el que Abel le había mandado aquel horrible mensaje la otra noche, ese horrible y estúpido mensaje. Piensa en colgar o en no contestar, pero sabiendo cómo es él está convencida de que eso sólo empeorará las cosas. Hace apenas un rato lo habría dado todo por estar con él, pero tras ver el número sólo puede pensar en aquel maldito mensaje, en Abel con su zorra, eso le aclara las cosas, en ese momento no se puede hacer otra cosa. Hay que cortar de raíz, descuelga el teléfono.

-No voy a hablar contigo –la voz le tiembla con un punto de nerviosismo pero no se detiene- no vuelvas a llamarme nunca más.

Cuelga. apenas se puede creer lo que acaba de pasar, los nervios le atenazan el estómago y siente unas terribles ganas de vomitar. Arroja el teléfono sobre la mesa y mira hacia arriba, respira profundo varias veces, le cuesta tranquilizarse. Se pasa una mano por encima del corazón para notar que aún le late desbocado, termina cerrando los ojos y contando hasta diez respiraciones, trata de valorar lo que acaba de hacer. Tras un rato considera que es lo correcto, él la había obligado a eso, no podía ceder ni hacer más por él, negarse a hablarle era lo único que podía haber hecho. También le pidió que no volviese a llamar, conociéndole tal vez esa sea la única manera de evitar que le llame en un tiempo, espera que sólo sea en un tiempo, el tiempo que ambos necesitan.

-Ahora no seas estúpido Abel –dirige una rápida mirada al teléfono cómo esperando un milagro- por lo que sea que más quieras no me hagas caso.

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CAPITULO NUEVE

 

-¡Caín Sanjurjo! –Le reciben a puerta gayola en cuanto cruza la puerta del bar- ¡Buenos ojos te vean!

Abel se encoge de hombros cansinamente, tampoco le han preguntado nada así que no se molesta en contestar. Camina hasta uno de los laterales de la barra en forma de letra u alargada del local, barra que dividida en el centro por las neveras y los armarios para las botellas ocupa prácticamente todo el interior del bar.

Es una suerte de Pub-cervecería y casa de comidas para universitarios en la zona del Campus del Milán, demasiado limpio para ser un chigre y demasiado falto de pretensión para estar a la moda es un sitio que le gustaba frecuentar. Al menos antes lo hacía, con Verónica, trata de no pensar en ello, es otra de esas ridiculeces que le hacen sentirse mal, cómo ver su marca favorita de yogures en el supermercado, las sucursales de su agencia de seguros o las continuas decepciones provocadas por las melenas rubias al otro lado de la calle, siempre parecidas pero nunca ella. El camarero le mira con una amplia y estúpida sonrisa mientras se sienta en un taburete del lateral de la barra y coloca un billete de cincuenta encima de la misma.

-Cóbrame cinco mahous y vete poniéndome la primera –hacía meses que no tenía algo de dinero en el bolsillo, pero eso no le había quitado las ganas de beber hasta caer rendido- Y cuéntame ¿Qué tal todo Marcos?

-Bien, bien –le sirve la primera cerveza cogiendo después el billete y llevándolo hasta la maquina registradora- ¿Tú que tal? Estas desaparecido.

-No, desaparecido no –Abel espera un molesto aluvión de preguntas, un inoportuno pero necesario tercer grado- estoy aquí ¿no?

-Me refiero en general ya lo sabes –deposita la vuelta en una bandejita frete a él y apoyándose contra las neveras cruza los brazos y le mira. El bar esta prácticamente vacío y parece que van a poder hablar- desde que lo dejaste con la que no puede ser nombrada, decidiste alargar las vacaciones  y no pasar por la universidad.

¡Bonito toque! –Realmente aprecia el gesto de su amigo- he estado a lo mío Marcos, bastante liado pero bien en líneas generales, es sólo que no me apetece demasiado salir con estos de bares.

-Normal supongo, estos temas siempre duelen. –Marcos parece de un insultante buen humor aquel día- Lo del toque no es cosa mía, es de Ángel y de esta gente que ahora la llaman así.

-No me refería a eso –aunque en realidad también lo agradece bastante- encuentro genial que digas que lo dejé, o que lo dejamos. Todo un gesto para con mi amor propio. Se agradece la verdad.

-Ya sabes que por tu amor propio lo que sea –suelta una risotada limpia que se escucha por todo el local- voy a currar, vuelvo ahora.

Una pareja de chicas jóvenes entra por la puerta y se dirigen a una de las mesas del fondo. Quizá sean parte del séquito de parroquianas que suelen acudir en procesión para recrearse con el camarero del local, Marcos camina hasta la mesa y se cuadra frente a ellas, cruza deliberadamente los brazos sobre el pecho de modo que resalta sus bíceps al apretarlos sobre las manos, reconoce en el gesto el truco más viejo y descarado de los niños adictos al culto al cuerpo que abarrotan los gimnasios, que así con un simple movimiento consiguen el doble de brazo con el que sentirse realizados. No deja de maravillarse de la profesionalidad de Marcos, no tanto por el hecho de hacer de su cuerpo de maniquí musculado una fuente de ingresos, sino por su trato cariñoso a las parroquianas, un continuo sí pero no esperanzador y engañoso. Y es que Marcos era perfectamente consciente de ser un tipo guapo, también era cierto que su trabajo le costaba, perilla y bigote siempre perfectamente arreglados, cuerpo de revista y el pelo de su cabeza cada vez un poco más escaso pero siempre brillante y cuidado. No obstante Abel no le admira por eso, lo hace por su favorecedor trato a las clientas aún cuando él sí es perfectamente consciente de que no está en realidad nada interesado, no cree que ellas sepan nada, pero el caso es que Abel ya respetaba a Marcos antes de enterarse del hecho de que era el amigo especial de un número nada desdeñable de compañeros de promoción y del profesorado.

Su salida del armario había sido de hecho todo un acontecimiento, más aún cuando como los demás acostumbraba a llevarse a casa a alguna chica bonita siempre que podía, no obstante, un sábado noche haría un par de años les había reunido a todos, diciéndoles sin más rodeos: “tengo algo que contaros, me encanta comer rabos”, todos encontraron la broma muy divertida hasta que después de un rato se fueron callando uno a uno al ver que Marcos no se reía. Y aquella fue la última conversación sincera que Marcos tuvo con muchos de los presentes, que desde entonces se cuidaron mucho de mantener las distancias, aunque eso él pareció no considerarlo una gran perdida ante la aparición de varios nuevos pretendientes a partir de aquel mismo lunes. Resultó que había bofetadas para recibirle fuera del armario.

En el caso de Abel y tras pensarlo un poco -también después de preguntarle si iban a tener la fiesta en paz- decidió que aquello no le importaba, que con el mundo lleno de hijos de puta no podía permitirse dar de lado a un tipo legal por el hecho de le gustase zorrear con salchichas ajenas, después de todo las mujeres también lo disfrutaban y Abel adoraba a las mujeres.

Marcos termina de despachar a sus clientas que le miran descaradamente el trasero cuando se aleja de su mesa, Abel no puede evitar sentir algo de lástima por las chicas, que parecen no saber que, pese a sus buenas intenciones, carecen de la herramienta adecuada. El cumplidor camarero vuelve a ponerse frente a él pero ahora con aire vacilón y lo que es peor, de mejor humor si cabe.

-¿Entonces qué? –La sonrisa no se le borra de la cara, pero al menos en esta ocasión Marcos no aprovecha para jactarse- ¿A que te dedicas? ¿Cuándo empiezas a ir a clase vago?

-Este año me parece que nada –Abel ya había decidido aquella respuesta horas antes de ponerse en camino hacia allí- este año no me he matriculado.

-¡Joder! ¿Y eso? –Al final la sonrisa de Marcos termina por borrársele de la cara, un par de preguntas parecen atragantársele antes de continuar- ¿Pero que es lo que has hecho animal?

Se encoge de hombros, no le mira, ya le han dicho todo lo que Marcos podría decirle en ese momento, ya ha escuchado todos los reproches, consejos y amenazas al respecto. Le han dicho que era un error, le han dicho que ese no es el camino, han amenazado con desheredarle… Ya sólo espera algo de comprensión por parte de su camarero y sólo le preocupa que el precio de esa comprensión no sea demasiado caro, espera que lo deje correr sin darle demasiado la vara. Por eso se encoge de hombros, por eso no le mira, no le interesa lo que le tienen que decir y sólo espera que no se lo digan.

-¿Y ahora tío? –Marcos adopta un tono seco- ¿Pero que coño vas a hacer ahora?

-Mudanzas –suelta una respuesta preparada- he empezado a trabajar en una empresa de mudanzas. No es que sea un lujo pero me da para ir tirando, al menos este año, luego ya veremos.

Marcos niega con la cabeza, por un momento parece a punto de echarse a reír pero también parece reprimirse en esta ocasión. Abel siente el bulto de la pistola metido en la parte trasera de su pantalón y piensa en el flaco concepto que tiene de las empresas de mudanza, el caso es que cuando pensó en algo que decirle a Marcos a este respecto la verdad le pareció demasiado triste, definitivamente no podía decirle que le habían contratado para hacer las veces de mozo transportista y que sin saber cómo había terminado de improvisado matón a sueldo, de todos modos lo de las mudanzas le sonó mejor que lo de transportista, ligeramente más limpio y mejor pagado, además de comprensible si un día le veía con la furgoneta y el mono de trabajo.

-A todos nos han dejado alguna vez Caín –lo de Caín viene de demasiado atrás cómo para molestarle- pero tú eres un caso, cómo siempre. No sé lo que habrá pasado, tú no cuentas y yo no pregunto, pero me parece que la estas cagando bien.

-Es una opinión muy recurrente estos días –Abel adopta un tono cansino, quiere dejar la conversación y quiere que Marcos lo sepa- ya sabes, necesitaba tiempo para pensar, descubrirme a mi mismo y todas esas mierdas.

-No deberías tomártelo a broma ni deberías tomarme en broma a mí. No sé en lo que piensas pero no jodas.

-Vale Marcos, pero tampoco me trates como a un niño, simplemente cuando llegó el momento de matricularme no pude hacerlo. Pensé en volver a la facultad, en otro año más de la mierda de siempre con la misma mierda de gente y no pude. Sólo eso, no pude hacerlo.

-Eres una reina del drama –Marcos ya está molesto y bastante agrio de trato. Abel no puede dejar de disfrutar en cierto modo haberle jodido el día a su amigo- el caso es que parecías listo y ahora lo dejas todo por un coño bonito, eso no es de paisano. Y luego  nosotros somos las mariconas.

-No es por Verónica, al menos no en el modo en que tú crees –los papeles se han intercambiado definitivamente y ahora es Abel quién está de buen humor y Marcos quién parece molesto y amargado- cuando me dejó pensé en algo que ofrecerle, quise decirle que se quedase conmigo, que la quería, pero el caso es que no tenía nada que darle, me di cuenta de que mi vida era una mierda y decidí hacer algo más. Empezando por cambiar de aires.

-¿Y entonces descubriste tu vocación por el mundo de las mudanzas?¿Y que piensas darle sin estudios? No me malinterpretes, seguro que todas quieran un hombre capaz de llevarles las mesitas y los tocadores de una habitación a otra… ¿pero tú de que vas? ¿En que cojones estás pensando?

-No se trata de eso se que no voy a volver con Verónica moviendo muebles, simplemente necesitaba algo de tiempo para pensar, coger algo de aire. Decidir que es lo que quiero hacer con mi vida. Tal vez la facultad y lo que pueda venir después no sea el camino para mí, seguro que eso lo puedes entender.

-¿Y esta pájara te da después de cuatro años de carrera? ¿Justo después de que te hayan dado la patada? Ten cuidado Caín, algún malpensado podría llegar a la conclusión de que esto tiene algo que ver con lo de Verónica. Es que pareces imbécil.

-Y yo supongo que con una polla en el culo todo se ve de otra manera –Abel quiere dar por cerrada la conversación y para ello zarandea la botella de cerveza vacía indicándole a Marcos que le sirva otra.

Se la sirve y sin más se va a la otra punta de la barra rezongando, Abel sabe que su amigo anda buscando más argumentos no tanto para convencerle cómo para obligarle a admitir que él lleva razón. Decide interrumpirle en pleno proceso argumentativo para evitarse su grandilocuente discurso y se confiesa a voces.

-Quizá no hice bien Marcos –pega un largo trago de cerveza una vez ha llamado su atención- pero estoy a tiempo de terminar la carrera, quizá en otro momento, quizá en otro lugar. Pero en cualquier caso es mejor tomarse un tiempo que forzarse y terminar suspendiéndolas todas.

-Es igual –Marcos le habla mientras se acerca a él, poco dispuesto a aceptar la rendición de Abel- el problema era que no tenías nada que ofrecer y quieres solucionarlo renunciando a la perspectiva de llegar a tener algo que ofrecer. Has pasado de ser un patán estudiando a ser sólo un patán.

-Siempre es tan reconfortante hablar contigo Marcos será porque estas muy en contacto con tu lado femenino.

-Corta con los chistes de maricas –Marcos parece resignarse y dejarlo pasar finalmente- que ya te vale a ti también con el temita.

Puede que finalmente vayan a firmar el empate, un empate relativo pero valido para Abel, un empate en el que Marcos a dejado ver que tiene razón y en el que Abel ha demostrado que aquello le importa una mierda. A lo mejor ni tan siquiera eso, poco le había importado ya cuando sus padres discutieron ese mismo tema con él, además la única persona que podría tener algo con sentido que decir es la misma que lo ha causado todo, la misma que tampoco quiere hablar con él. Ya ha fantaseado en numerosas ocasiones con lo que ella diría al respecto, seguramente no le parecería bien, él agacharía la cabeza y le diría que la razón de todo aquello es que sin ella se encontraba perdido, arreglarían las cosas y buscarían una solución. Pero a decir verdad y a medida que transcurren los días la sensación de que aquello nunca ha de ocurrir se hace más fuerte, extendiéndose cómo un cáncer por el alma de Abel.

-El viejo rey leño –Marcos rompe el silencio entre ambos con esta afirmación y un aire distraído- las ranas de la charca pidieron a Zeus un rey, y este les envío un viejo leño para que en adelante las gobernase.

-Tanto pirulazo te esta afectando al cerebro Marcos –lo cierto es que la leyenda le suena pero no acaba de pillarle el sentido- ahora explica quién carajo es el rey y quién los sapos, porque la verdad es que no te sigo.

-Que te cortes con los chistes de maricas que me estas puteando –le mira fijamente de modo amenazador- la verdad es que yo tampoco lo sé, llevo unos días con esa historia en la cabeza y supongo que tiene algo que ver, buscas una razón para hacer las cosas y te encuentras más tirado que nunca. Es una referencia válida.

-Menos mal que tú eres el que sigue estudiando –ahora Marcos vuelve finalmente a sonreír- por cierto ¿Qué tal estos por la facultad?

-Bueno –Marcos pone una  mueca un tanto apática- cómo siempre, ya sabes, cada uno a lo suyo. Más este año que la mayoría termina, cada vez un poco más viejos y cada vez un poco menos amigos. Yo la verdad que pasó de casi todo el mundo. Sólo mimo a quién me mima, ya lo sabes.

-Vaya hombre –la ambigua respuesta no le satisface- ¿no hay ningún cotilleo ni nada hombre?

-Bueno, haberlo lo hay –Marcos no es capaz de disimular una amplia sonrisa que se le dibuja en el rostro- tú.

Abel baja la cabeza y no puede evitar sonreír también, no había caído en la cuenta de que a estas alturas todos sabrían de su ruptura con Verónica, además de que algunos estarían al tanto de lo de Carolina, al menos los más allegados. No deja de sorprenderle que ninguno haya notado su ausencia en las listas, pero luego se recuerda a sí mismo lo dejada que es la gente para estas cosas, al menos tan dejada cómo él para las cosas de los demás, después de todo y tras el arrebato inicial su amigo ya parece haber superado la cuestión de su abandono de la universidad.

-Por cierto –la imborrable sonrisa de Marcos amenaza tormenta- estuvo Carolina cenando aquí el otro día.

-¿Y? –la curiosidad más que picar le quema pero por pura prudencia quiere asegurarse de cuanto sabe su amigo antes de meter la pata.

-Pues nada –Abel aguanta el silencio de Marcos a fin de no descubrirse- estuve hablando un rato con ella, la verdad que no suelo hablar mucho con ella últimamente pero la chica me sigue pareciendo un auténtico encanto. Justo lo que necesitas y mucho más de lo que te mereces.

-Lo dudo mucho, lo último que necesito son más líos de faldas, además, que me des ese tipo de consejos sólo me dice que como consejero no vales un carajo.

-Hay faldas y faldas machote –Marcos sonríe, en verdad disfruta de su posición de poder- sinceramente, creo que tienes mucha suerte de que te dejen meterte bajo semejante falda.

-A ver Marquitos, ¿qué te contaron? –Abel no esta de humor para bromas y mucho menos para jugar al retorcido juego de su amigo.

-Nada que tú ya no sepas supongo –la sonrisa se le ha borrado de la cara y chasquea la lengua con disgusto- la niña estuvo unos quince minutos hablando conmigo de chorradas antes de atreverse a preguntarme por ti, una verdadera preciosidad si me lo permites amigo y la verdad es que parece que le gustas. Ten en cuenta que estas sólo, no se que problema puedes tener con eso.

-Es una niña Marcos. No sabe que ya no estoy estudiando y ni siquiera me conoce. Ni yo a ella. Es mala idea por un montón de motivos diferentes.

-Tú eres el niño –Marcos apenas le deja terminar de hablar- un niño estúpido además. Te han dejado y dejas de estudiar, ahora te ofrecen algo bueno y no te atreves ni a intentarlo. Igual es ella la que te puede espabilar de una vez.

-Mis motivos son míos –Abel mira fijamente a Marcos, quiere dejar el tema- y simplemente no me parece buena idea.

-Tienes razón, tus motivos son solo tuyos. Pero tus errores también. –Marcos parece tratar de relajar un poco el ambiente- cuanto antes dejes de auto compadecerte mucho mejor, así no estas arreglando las cosas y Carolina es una belleza y un encanto. De hecho no tengo ni idea de por qué le gustas. Yo en tu situación lo vería claro.

-Yo no Marcos, sinceramente, yo no. Además no creo que te hagas ni una idea aproximada de cuál es mi situación –Abel baja la vista y niega con la cabeza, no quiere decirle a su amigo que sigue enamorado de Verónica y mucho menos quiere decirle que desde el fondo de su alma quiere seguir así- a mi no me parece tan fácil ni tan conveniente. Para ninguno de los tres.

-Ahí queda eso ¿no? sigues pensando en los tres, seguro que le das prioridad a Verónica. Muy bien. Plantéatelo así, el otro día la que vino a preguntar por ti fue Carolina, Verónica pudo haber venido, sabe que estoy aquí y la conozco, ha tenido todo el tiempo del mundo para bajar hasta aquí o para llamarte, pero no lo ha hecho. Carolina sí.

-El otro día Marcos –Abel agacha la cabeza y por gusto la metería bajo tierra cómo un avestruz- cuando estuve con Carolina, Verónica estaba delante. Creo que lo vio todo, de hecho creo que si estuve con Carol fue precisamente porque Vero estaba mirando.

-¡Cojonudo tío! de verdad, eres cojonudo –Marcos se ríe con una risa grabe, jactanciosa- toda una declaración de intenciones, una lástima que no sean tus intenciones por lo visto. De todos modos estas cosas sólo te pueden pasar a ti.

-Corta el rollo que bastante tengo yo con lo mío –tiene la impresión de que cada vez que se acuerda del tema su cabeza se llena de escombro y empieza a funcionar cómo una hormigonera- ya sé que hice mal y que la jodí con la puñetera broma. ¡Que dejes de reírte de una vez!

-Vale, vale –Marcos trata de sosegarse sin muchas ganas y sin mucho éxito- joder amigo, cada vez que te lías la manta a la cabeza la terminas montando bien gorda. La verdad que algo así sólo se te ocurre a ti.

-No lo sé tío, ella me dejó, se había negado a hablar conmigo un momento antes –la hormigonera arranca en su cabeza, pero en este caso razones y argumentos no se mezclan bien- Carol estaba por allí, es un encanto y además es bonita, no tengo ni idea de lo que me pasó por la cabeza.

-La verdad es que cómo recurso no es muy elegante –la insultante sonrisa no se le borra del rostro poniendo de mal humor a Abel- podías haber pensado en otra cosa, con Verónica ya lo tienes arreglado porque ya te vio, pero es que además cómo Carolina se entere de esto te pueden cortar las pelotas. ¡Pero que listo eres!

-No sé tío, la otra opción hubiese sido quedarme por allí bebiendo –a Abel le resulta difícil tratar de justificar cómo en una noche de malas alternativas terminó escogiendo la peor- cocerme bien, buscar un ciber café abierto de camino a casa y mandarle un mensaje al Facebook poniéndola a parir por no querer hablar conmigo, pero estarás conmigo en que eso es demasiado patético. Hasta para mí.

-Si, la verdad que eso hubiese dado pena morena –Marcos no puede dejar de amagar con dejar de reírse sin lograrlo- pero vamos, no sé por que tenías que empeñarte en estropearos la noche a los tres. No hay mayor desprecio que no hacer aprecio, podías haberte limitado a pasar del tema. Dejar en paz a Verónica, no enrollarte con Carolina o hacerlo en otro momento.

-Ya, pero por lo visto ese no es mi estilo. Ya sabes –Abel se encoge de hombros y trata de poner cara de inocente- si no hay que hacer el imbécil no me sale natural.

Ambos se ríen, comienzan a hablar algo de cine, más bien Marcos saca el tema descaradamente, pero entonces un grupo grande de chicos y chicas jóvenes entra al local y ocupa varias mesas al fondo. Marcos va a atenderles y en ese momento Abel se arrepiente de haber pagado tantas cervezas, ver a su amigo no le ha desagradado tanto cómo esperaba, pero lo cierto es que para beber sólo prefiere quedarse en casa y hacerlo por la cuarta parte del precio. Es cierto que podría llamar a Tito, seguro que el serbio se presentaría allí en menos de un suspiro, en la mitad de tiempo si se ofreciese a pagarle una cerveza, pero no quiere que Marcos le vea con él. No hay necesidad de que su antigua vida se entere de que la esta engañando con otra, decididamente prefiere que su rápido descenso a lo más profundo del pozo pase lo más desapercibido posible y para eso la figura del ex boxeador no ayudaría. Pero lo que en realidad le gustaría sería llamar a Verónica para tomarse un par de cervezas con ella, cómo hacían antes, pero la última vez que cogió el teléfono a tal fin terminó con ganas de pegarse un tiro en la cabeza. Sabe que podría llamar a Carolina, después de todo quizá debiese hacerlo, pero esta convencido de que la chica saldría corriendo en cuanto sepa dónde se está metiendo, porque es cierto de que podría invitarla a una cerveza, al menos hoy, pero luego no tendría a dónde llevarla ni podría explicarle el por qué de aquello sin confesar que todo es por Verónica. No. Ahí es dónde se da cuenta de que no tiene a nadie a quién llamar. Y eso es una realidad muy dura en la que despertarse.

-Bueno tío, esto se esta liando –Marcos le habla mientras termina de ordenar un pedido grande- ya te llamaré.

-“Ya te llamaré” –Abel se ríe- ni se te ocurra tratarme cómo al resto de tus masca-almohadas, pero si que es cierto que esto se esta llenando.

-Calla cabrón, además a ti ya te llame el otro día y nada –le habla pero no le mira totalmente centrado en lo suyo- que tenías el móvil muerto y no me devolviste la llamada.

-Es que ya no tengo ese número, ahora ando con el de empresa –le cuesta no reírse cuando dice empresa– cántame tú número y te pego un toque.

Marcos le da su número y Abel le llama, una llamada corta que interrumpe enseguida pero suficiente para que el número de teléfono quede registrado en el teléfono de Marcos, no cree que su amigo le vaya a llamar, pero en este caso cumplir con las apariencias le sale gratis así que no le importa disimular.

Al final entre atender mesas y despachar clientes Marcos apenas puede volver a hablar con él. No le molesta debido en gran parte a que había escogido aquella hora por eso mismo, así si Marcos se ponía muy pesado no tendría mucha opción de echarle la bronca. Pero ahora le repatea haber pagado por adelantado las dichosas cervezas, no hacía mucho era lo que acostumbraban a hacer, antes de que los distintos miembros del grupo de amigos de la facultad se fuesen buscando una vida de verdad o peleando entre ellos, antes de que fuesen dejando de llamarse unos a otros y de tenerse en cuenta. Entonces no se dio cuenta, pero en algún momento llegaron a interiorizar que aquello formaba parte de crecer, de madurar y ahora que tenía demasiado tiempo para pensar, no llegaba a entender cómo desprenderse de los amigos le convertía a uno en adulto. Tal vez todos fuesen gilipollas, tal vez todos estuviesen ciegos, todos locos, todos menos él.

Apura sus últimas cervezas entre nostálgico y enfadado. Siempre le había dado miedo fracasar en la vida y aquel día se había visto cómo un fracasado, emborrachándose sólo en su bar favorito, esperando a que se vaciase para ocupar la atención del camarero, ese  amigo de todos profesional atrapado sin escapatoria tras la barra de un bar, se dice a sí mismo que no es así, él sólo fue a hablar con su amigo que por circunstancias esta de camarero, pero lo cierto es que eso los demás no lo saben y sólo han visto a un joven que bebe demasiado esperar sólo en la barra a que el camarero le diese algo de conversación, eso le disgusta profundamente. Tanto que llega a preocuparle que Verónica le vea allí así, lo que pudiese pensar o decir o a quién se lo diría.

Últimamente la sensación de que le han abandonado por otro ha crecido, no se explica cómo sino ella ha podido no dar señal alguna de dolor mientras él sigue hundiéndose en su agujero, sólo ha sido capaz de llegar a una conclusión lógica y es que si no lo muestra es porque no le duele, sino le duele es que no le importa y si no le importa será que esta con otro. Después de lo de Carolina lo menos que podría esperar hubiesen sido algunos insultos cuando la llamó, pero ni eso. Poco a poco, un poco más cada día se va sintiendo más cómo un gran pañuelo desechable.

Finalmente se levanta y comienza a caminar, sale del bar despidiéndose de Marcos y convencido de que ninguno de los dos pensará en el otro dentro de cinco minutos. Quizá su amigo le recuerde al día siguiente en la facultad cuando comparta con el resto del grupo lo que le ha contado, quizá otros diez minutos a partir de entonces en lo que cada uno da su opinión y luego nada, seguramente pasen semanas antes de que vuelva a pensar en él, quizá le mande un mensaje por Internet para ver que tal le va, quizá una llamada de teléfono como mucho, pero después nada. Le sorprende lo poco que le importa, tal vez porque él pensará aún menos en Marcos, seguramente porque lo que su amigo haga o deshaga le importa una mierda. Lo único que quería yendo a verle al bar era volver a sentirse humano por un rato.

La vuelta a casa hoy se le hace aún más dura, volver a sentir la vida que llevaba antes aunque fuese sólo un instante es una sensación que le castiga cuando vuelve a la realidad. Al colchón tirado en el suelo, al desván sin ducha, a la mesa de camping. No es que antes viviese en un piso de lujo con un váter de marfil, pero el lujo es una cuestión de comparativa y en comparación su mugroso piso de estudiantes ahora le parece el Palace. Porque la roña de la ducha deja de ser un problema cuando el problema es no tener ducha, pero aún peor es el recuerdo del piso después de que Verónica se instalase, cierto que ella nunca dejo su apartamento, pero prácticamente vivía con él, y desde ese momento comenzó a quitar la suciedad que nunca le había molestado, sin saber porqué de pronto se molestaba en dejar el piso limpio cómo una patena. Ahora por el contrario se limitaba a no dejar amontonarse las latas de cerveza vacías por el suelo, no tanto porque le molestasen sino porque un día se había cortado el pie con una.

Abel se pone a lavarse la cabeza, llena su pequeño balde de agua y tras humedecerse el pelo se lo enjabona, después va vaciando despacio el agua almacenada sobre su cabeza metida en el váter. Se seca con una toalla ya húmeda que tiende en el respaldo de su silla con la vana esperanza de que oree un poco, abre una cerveza y se sienta en el colchón. Entre su colección de vanas esperanzas ahora espera que con esto se le seque algo el pelo y pueda orearse algo él también. Hace frío y en días cómo estos le da la sensación de que a él y no sólo a su toalla también terminará por salirle musgo. Por otra parte considera una ventaja de vivir en aquella nevera el hecho de que la cerveza siempre esta a la temperatura justa, además ahora casi nunca tiene frío y la planta de sus pies empieza a coger un saludable color negro. Pega otro largo trago de cerveza mientras espera para echarse a dormir.

Hace días que Don Antonio no llama, al principio le preocupaba que después de su último trabajo estuviese pensando en deshacerse de ellos, cortar lazos para poder negar estar involucrado, de hecho llegó a pensar si su jefe no podría aprovechar todo aquello para quitarle a él de en medio, acudir a los gitanos y señalarle dónde vivía le hubiese bastado. Después calló en la cuenta de que Don Antonio no habría sido capaz de privarse del gusto de desalojarle antes o de ver en directo cómo le pegaban una paliza mortal. No, más bien parecía que el puto gordo por fin había terminado por valorar su capacidad, que no es por vanagloriarse, pero Abel siempre se había considerado el mejor capacitado de una corporación formada por ex matones, ex ladrones y ex prostitutas dirigida por el primo asturiano de Jabba el Hut. Sí, tal vez aquella operación fuese el fin de su carrera cómo transportista ilegal, seguramente ahora planease colocarles a Tito y a él de matones, cobradores o algo parecido, ciertamente aquello le preocupaba, no se veía con estómago suficiente para aquello y llegado el caso tenía una renuncia llamativa y bien preparada, en cualquier caso ya le habían cobrado dos veces el alquiler de aquel zulo y pensaba agotarlos.

Termina la cerveza y tras aplastarla con la mano la aparta a un lado pero aún aguarda unos momentos antes de tumbarse, todas las noches se devana los sesos tratando de encontrar un modo de ponerse en contacto con Verónica, con eso se duerme y con eso se levanta. Entre medias sueña con ella. Pero ahora le aterra el modo en que ella pueda cobrarse venganza de su espectáculo con Carolina, cada vez que cierra los ojos la ve abrazada a otro, señalándole y riéndose de él, trata de tranquilizarse diciéndose que aquello no ocurrirá, no siendo cómo es ella de natural discreto y elegante, pero en el fondo de su cabeza la siente deseando devolverle el golpe. La empatía le genera alergia, piensa en lo que hubiese hecho él en su lugar aquella noche y concluye que psicólogo para ella, cárcel para él y tanatorio para el otro, poco glamoroso pero tajante. Tanto es así que Abel desea sobre todas las cosas hacerle llegar una oferta de tregua, una paloma blanca portando una rama de olivo con una nota en la base que diga: “no más putadas”. Ahora se tumba en el colchón y sobre la cabeza su epitafio. Recuerda eres mierda y ella no te quiere.

-El hogar es un reflejo del corazón –Abel sonríe apunto de caer dormido mientras susurra- joder espero que no.

http://www.youtube.com/watch?v=SGMYwn_NzbI

 

CAPITULO DIEZ

 

No entiende que hace allí, no entiende la insistencia de Tito en llevarle hasta allí y no entiende el drama que esta montando su amigo, completamente borracho volcado sobre la barra del bar. Abel se fija en que no hay nada en la barra frente a Tito, lo que quiere decir que o lleva mucho bebiendo o que se ha quedado sin dinero, ya notó que estaba mal cuando le llamó por teléfono haría una hora, pero cuando por fin dio con el bar en el que estaba bebiendo estaba completamente vencido, tanto que tardó un rato en averiguar la causa de su llamada.

-Patrón quiere que vuelva pelear  que putada grande amigo.

-¿Y el problema es? ¿Pero tú no eras boxeador?

-No entiendes amigo, muchas hostias, mucho dolor, mucha mierda.

-Puede que esté muy equivocado Tito –se acerca un taburete y se sienta a lo que considera una distancia prudencial de Tito y su aliento de destilería- pero la verdad es que creía que esos eran los fundamentos del boxeo. Dos hombres y una pelea, cuanto más desagradable más bonito ¿no?

-Tú no entiendes amigo –Tito cruza los brazos sobre la barra del bar y deja caer la cabeza pesadamente sobre ellos- no entiendes nada.

-Tampoco es que tus explicaciones sean una locura macho.

Nota como estas últimas palabras caen en saco roto cuando su amigo se pone a roncar. Habían pasado unos días desde que hablase con Marcos, días en los que su vida social se había limitado al cero más absoluto, dirigiendo la vista alternativamente de la puerta de su casa al techo de la misma, siguiendo la parábola ascendente y descendente marcada por el sube y baja de las latas de cerveza mientras se vaciaban en su estómago. Nunca había echado tanto de menos una televisión y es que en efecto llevaba una vida de ensueño, la fantasía de todos los adolescentes. No se había atrevido a llamar a Verónica, ni a Carolina ni a Marcos, ni siquiera a Tito para ver que tal le iba. Ni ninguno de ellos le había llamado a él, ni por amor, ni por ocio, ni por trabajo, nada de nada. Apenas es capaz de descubrir como no ha sucumbido al puro aburrimiento, le da miedo salir de casa por miedo a encontrarse con Verónica, a que no le hable o a verla con otro, le asusta quedarse en casa porque allí le atormentan sus recuerdos, no quiere ver a nadie que no sea ella y al tiempo teme verla, lo único que le queda es seguir respirando mientras espera que por arte de magia todo se arregle, para seguir comiendo y respirando necesita su trabajo y a Tito y ahora Tito le llama pero no para hablarle de trabajo. De súbito Abel cae en la cuenta de algo aterrador e importante, zarandea a Tito con fuerza sujetándole por los hombros.

-Espabila hostia –le mueve más fuerte cada vez hasta que recibe un gruñido semiconsciente- ¿si tú peleas qué cojones hago yo?

Su amigo se vuelve a dormir y la pregunta gana fuerza en su cabeza, si el gordo requiere de Tito para pelear quiere decir que a él le despachan. Despedido, a la puta calle, ni indemnizaciones ni nada de esa mierda elegante de zona pija. O peor, le pondrán otro compañero, Don Antonio no se fía de él lo suficiente cómo para dejarle al cargo de nada, por lo tanto le pondrán a él a cargo de otra persona y aún sin estar al tanto de todos los negocios de su jefe sólo se puede figurar lo peor. Tito es peligroso, en ocasiones le asusta pero al menos deja ver su evidente buen carácter y en su trato una cierta consideración por él, puede decirse que le gusta trabajar con Tito, siempre ha considerado ese trabajo una mierda pero al menos con un buen compañero se le hacía llevadero. Además por lo que conoce de la plantilla de Don Antonio sabe que sólo Tito además de él mismo son los únicos que no son delincuentes por vocación, el resto son una panda de chorizos y matones poligoneros, carne de presidio y conocidos por el barrio y por la policía por ser lo peor de cada casa. En verdad trabajan en la empresa de las últimas oportunidades, y de ahí al suelo no hay red de seguridad para ninguno de aquellos acróbatas de la propia existencia, plantilla en la que Abel había tenido la gran suerte de haber dado con un tipo noblote cómo Tito.

-Tito espabila carajo –le zarandea muy fuerte, sin importarle que el taburete vaya a venirse abajo con su amigo encima- Tito. ¡Tito! ¿Estoy despedido?

No consigue respuesta. Pues al final si que le ha jodido bien el gordo, además ni se ha atrevido a decírselo en persona, envía al pobre Tito a darle una noticia, tarea para la cual salta a la vista que no es el hombre adecuado. No se explica cómo no lo ha visto venir, al menos cómo lo ha podido pasar por alto trabajando para el ser ruin al que tiene el disgusto de servir, ahora le quitara a Tito y le asignara un nuevo y terrible superior para quedarse sentado esperando a que vaya ante él a renunciar. Le vuelve a sorprender la intrínseca maldad del bastardo de Don Antonio, tanto que vuelve a sentir el impulso de buscarle y estrangularle. Sigue zarandeando a Tito con suerte diversa, algún murmullo, palabras sueltas y otros ruidos hasta que finalmente vuelve a alzar la cabeza desorientado.

-Tito –Abel se inclina hacia adelante tratando de que su amigo pueda finalmente enfocarle con la mirada- ¿Estoy despedido Tito? ¿Es eso para lo que me trajiste aquí? Espabila cabrón.

-¿Qué? –Tito se aclara la vista y se lleva la mano al bolsillo trasero del pantalón para palpar su cartera, este no es el primer reflejo barriobajero y sobretodo de buen putero que percibe en su amigo.

-Tito, Tito –Abel chasquea los dedos frente a la mirada perdida de su amigo que sigue comprobando sus pertenencias, llave del coche, reloj y cadenilla de oro al cuello- ¿Qué si te han mandado aquí para despedirme o no?

-¿Qué? –Tito parece ir volviendo poco a poco en sí, al menos todo lo que parece capaz de volver- No, no. Yo peleo, tú ayudas.

-¿Que te ayudo a qué? Tito despierta que estás apijotao.

-Tú me ayudas a entrenar amigo. He dicho patrón eso y él vale. No despedido, no despedido.

Abel suspira aliviado, al menos ayudando a Tito se evita tener que trabajar con otro y de paso se acabo el trabajo de mono azul. No son malas noticias después de todo.

-Tito no te vayas –el serbio hace de cada pestañeo un gesto denso y pesado, dejando adivinar que cada vez que baja los párpados podría se la última- ¿Y la pasta Tito? ¿Cómo va lo de la pasta?

-Doscientos semana tú –otro pestañeo interminable- yo trescientos y lo que saque de peleas, si va bien más, si va mal menos. Siempre igual amigo. Mierda mala.

Abel se siente cómo si le hubiese tocado el gordo, doscientos a la semana por pegar saltitos con Tito en algún gimnasio, gloria bendita, además con esa cantidad de dinero asegurada podría alquilarse algún estudio un poco mejor, al menos uno con ducha y agua caliente. Pide un café sólo para su amigo, le quiere despierto para celebrar las buenas nuevas, quizá coger la furgoneta y llevarle a uno de esos Strip-tease nuevos de Colloto que tanto le gustan. Ya le parece sentir el chorro de agua caliente caerle por la espalda y desenredarle el pelo, sí, lo segundo que hará después de abrirse una cerveza en su nuevo estudio será colocar una alcachofa regulable con varios modos de funcionamiento, eso seguro.

-Al final va a salirnos bien todo porque resulta que eres un psicópata cabrón y peligroso, ya verás –Abel esta exultante, tanto que se sorprende de cuánto necesitaba algún tipo de buena noticia en su vida- todo va a irnos mejor a los dos a partir de ahora.

-Tú no entiendes una mierda amigo –Tito se acerca y huele su café recién servido cómo si fuese cianuro- tenemos problemas.

Una sombra negra amenaza tormenta en el horizonte de Abel, es una nueva nube negra, una que no había visto antes, la razón por la que Tito le ha llevado hasta ese bar en a tomar por el culo, prácticamente fuera de Oviedo dirección al monte Naranco, un bar mugroso, un auténtico chigre de puerta estrecha y ventanas altas. Sólo Dios sabe en cuantos bares habrá dado a parar el serbio antes de aterrizar en aquel antro y llamarle. El chorro de agua caliente imaginario en la espalda de Abel se torna frío antes de desaparecer y hacérselo ver todo claro.

-Tú de boxear cómo yo de pilotar helicópteros –mira a su descorazonado amigo sobre la barra- vamos, que tú de boxear ni puta idea. ¿A que sí? ¿A qué es eso lo que te pasa? ¿Que nos tenías engañaos a todos eh?

-Ojala yo no boxear amigo –de repente Abel ve que Tito esta muy lejos, en algún lugar y tiempo pasado a dónde sólo una mirada tan perdida cómo la suya puede llevar- todo mierda, todo mierda puta.

-¿Pero es eso sí o no? –él ya tiene más que suficiente autocompasión y autodesprecio con el suyo propio cómo para cargar con el de sus compañeros de trabajo, trata de cortarle y espabilarle cómo sea- La razón por la que estas así, la razón por la que no quieres volver a pelear. Joder, no me digas que es por eso por lo que te despidieron cuando eras portero de aquel puticlub, porque no irás a decirme que eres un amante de la paz, porque vamos, eso sí que no me lo trago.

-No es la paz amigo –Tito sigue con su aire ausente desquiciando a Abel- todo esto ya lo he visto, se cómo empieza y acaba. Principio patrón, tú y yo ganamos dinero, luego queremos más, mucho más dinero, hasta que alguno muere. Yo ya vi eso, ya sé cómo es y no quiero más amigo.

-Pues renuncia. –Abel se arrepiente de haber pronunciado esas palabras en el mismo instante en que terminan de salir de su boca. Tito sonríe y vuelve a agachar la cabeza, ahora Abel sabe por qué le ha llevado hasta aquel horrible bar. Le señala a un anciano camarero el grifo de la caña, espera a que le sirvan una cerveza sin rastro de espuma y guarda silencio junto a Tito.

Había hablado de renuncia cómo si realmente hubiese alguna posibilidad de algo así en su mundo, había cometido un error propio de novato. Se recuerda a sí mismo que allí no hay redes de seguridad para nadie, pero para algunos mucho menos que para otros. Tito le había llamado a él porque no tenía a nadie más a quién recurrir. No ahora que su idolatrado patrón había pateado su culo de vuelta a la lona del ring, el mismo lugar del que quería escapar huyendo de Serbia y al mismo lugar al que ahora le devolvían. Había tenido su oportunidad y había fallado, ya no servía cómo portero ni en bares ni en clubs, demasiado viejo para meterse a albañil o a camarero, demasiado feo para tratar de encontrar a alguna que le mantuviese sólo le quedaba aquello, trampear para sobrevivir o volver a la lona. Si volvía a Serbia seguramente se enfrentase a la misma cuestión pero por menos dinero. Durante toda su vida Abel había escuchado a las personas hablar de la lucha por la supervivencia, pero la verdad es que nunca se había esperado encontrarse con un caso tan literal ni tan cercano. Él se consideraba a la deriva, pero no perdido, aún tenía alternativas, personas a las que recurrir llegado el caso, seguro que hasta Verónica no le negaría una última ayuda de verle en una situación tan cruda cómo la de su amigo. Sabía que en un caso en verdad desesperado ella encontraría las palabras amables y necesarias, seguro que era capaz de dar una solución buena para ambos. Pero Tito no tiene una Verónica a la que acudir, ni a nadie más, Tito no tiene nada salvo a él.

-Tito mírame –su amigo gira la cabeza despacio hacia él, le mira con unos ojos vacíos y medio cegados por el alcohol pero le mira- te prometo que no voy a dejar que nada malo te suceda amigo.

No sabe muy bien porque ha dicho eso, pero es aún peor que no tenga ni idea de cómo hacer para cumplirlo, aunque Tito le demuestra que ha dado con las palabras clave. Se lo deja claro cuando el martillo de los Balcanes, el azote serbio, ese cabrón de la cara llena de cicatrices y el psicópata más peligroso que jamás pensó en llegar a conocer, rompe a llorar cómo un bebé recién nacido. Llora sin importar que nadie le vea, grita cómo si nadie pudiese oírle y arrojándose de su banqueta se abraza a su atónito amigo cómo si este le hubiese arrancado de las llamas del infierno.

Pasa así unos veinte minutos llorando a moco tendido contra el pecho de Abel y la pesadilla se completa cuando al detener el llanto comienzan los ronquidos. A duras penas Abel consigue alzarle lo suficiente cómo para volver a sentarle en el taburete y apoyarle de nuevo pesadamente sobre la barra. El camarero le increpa con la mirada pero no está de humor para andarse con tonterías y lo único que le devuelve es una mirada cargada de odio,  amenazante y colérica, tanto que el camarero se echa una mano al estómago y aparta la vista cómo si temiese que las miradas pudiesen destripar. No le agradó tener que intimidar a un pobre hombre a punto de jubilarse, pero le hubiese agradado menos tener que cargar a Tito hasta algún lugar reconocible, eso seguro, por eso le pareció mejor dejarle un rato durmiendo la mona hasta que fuese capaz de caminar por si mismo, aún a riesgo de vaciarle el bar a aquel hombre por lo que quedase de día.

Se dispuso pues a esperar, apoyó la espalda contra la barra y mirando hacia la puerta cogió la que sería la primera de muchas cervezas sin espuma, no tenía sentido quejarse por la espera, después de todo si algo se le daba bien últimamente era auto compadecerse mientras se emborrachaba, además hacía mucho que no se iba de bares con un amigo.

Pasan un par de horas hasta que Abel, ya borracho, se decide a despertar a su amigo, le pega un par de golpes suaves al taburete con el pie sin obtener respuesta, después le zarandea con la mano hasta que deja de roncar y finalmente le vierte un finísimo hilo de cerveza en el oído hasta que se incorpora. Se levanta malhumorado, todavía completamente borracho y desorientado, terriblemente desorientado, tanto que su primer impulso es agarrar a Abel por la pechera y empujarle contra la barra, sin darle el más mínimo tiempo a reaccionar, tanto es así que llega a  pensar en la soberana paliza que le va a caer al menos hasta que un Tito medio ciego termina por abrir un ojo primero y al poco el otro. Se toma unos larguísimos segundos en enfocar la mirada hasta que acaba por asentir con la cabeza, parece que gracias a la fortuna le ha reconocido antes de golpearle. Ahora Abel se alegra de haber reprimido el estridente grito de niña que por un segundo pareció apunto de escapársele.

Le da unos momentos a su amigo para que termine de ubicarse y después le da una ligera palmada en la espalda para ponerle en movimiento, camina hacia la puerta seguido de Tito y salen del local para tremendo alivio del viejo camarero. Su amigo parece haber perdido la facultad de hablar pero al menos es capaz de seguirle no sin alguna dificultad y un ligero zigzag, descienden por la acera una cuesta bastante pronunciada y empiezan a cruzarse con los primeros edificios hasta llegar a una calle bastante pendiente. Es la primera vez que Abel ve a su compañero en ese estado, ya le ha visto muchas veces borracho, ya le ha visto muchas veces triste, pero borracho y triste nunca. Hasta ese momento había considerado a Tito el mejor bebedor social del mundo, amigable, obsceno, cantarín y buen pagador, el alma de la barra de todos los strip-tease y clubs de alterne de la zona, no se podía permitir correrse juergas demasiado a menudo, ni la centésima parte de lo que a él le gustaría, pero al menos una vez al mes procuraba darse una alegría, incluso aunque el resto del tiempo era un tipo bastante saludable, no fumaba y no bebía ni la cuarta parte que él. No, nunca le hubiese imaginado asaltando una barra perseguido por sus problemas, no a un tipo tan simple y alegre cómo él.

Sin dirigirle una palabra Tito deja de seguirle y se mete en el primer bar frente al que pasan, Abel no se hubiese dado cuenta de ello de no ser porque en lugar de abrir la puerta su amigo la embiste con la cabeza, le sigue resoplando disgustado por el corto trayecto de la primera etapa de su viaje. Cuando entra Tito ya pide a voces un vaso de tubo hasta arriba de orujo, Abel niega con la cabeza tras él y pide dos cafés solos, agarra a su amigo por los hombros con ambas manos y le habla de que tenga tiempo de replicar.

-Sentémonos Tito –trata de sonar lo más amigable y conciliador posible, no tiene ganas de enzarzarse con su amigo por un vaso de orujo- tómate un café conmigo, que ya bebí un montón y cómo no pare un rato voy a morir.

-Vale amigo –le mira aún molesto por el vaso de orujo perdido- tú bastante maricón cómo siempre. A ver cuando aprendes a beber de una vez, en Serbia no ser hombre, ser niño amigo. Niño pequeño. Niño pequeño maricón.

-Hala, hala –los atenuantes están todos presentes, pero ni con esas a Abel le hace gracia que su amigo se ponga a insultarle- culito de rana, si no sanas hoy sanarás mañana. Cierra la puta boquina y tomate el cafetín cuando nos lo traigan. Raposín mío, de mi vida y de mi corazón.

El bar es una vieja cafetería de barrio, el suelo de gres marrón y una barra de madera, la misma madera que se ve en los botelleros sobre ella y en las vigas que los sujetan. Una camarera rubia muy baja pero mona y bastante coqueta se sobresalta al verlos entrar, estaba sentada en una banqueta al fondo de la barra viendo tranquilamente algún reality show que Abel no reconoce y comentándolo con un grupo de señoras sentadas a una mesa junto a ella, una gran luna en la pared de la calle da mucha luz al local presidido por una gigantesca pantalla de plasma en el lado opuesto.

Sin más Abel dirige a su amigo hacia dos taburetes puestos contra la barra, no puede evitar preguntarse cuánta cantidad de alcohol habría consumido para llegar a ese estado. Cuando finalmente les sirven los cafés Tito coge el suyo y se lo bebe de un trago, el liquido debía estar casi hirviendo por lo que se retuerce con furia, pero aún así consigue sacar la energía suficiente cómo para decirle a la asustada camarera antes de que se vaya que le traiga su olvidado vaso de orujo.

-Otro café guapa –Abel trata de tranquilizar a la chica- eso para la bestia y lo que quieras para ti, paga él, yo ya estoy servido gracias.

La pequeña camarera vuelve en sí tras el susto de la tarde y le sonríe, tras dirigirle una mirada un tanto sórdida de arriba abajo la joven se da la vuelta a por el nuevo café que le han pedido. Tito rebufa cómo un animal herido, quizá por no haber conseguido su orujo o quizá por el café con regusto a magma volcánico que se acaba de tomar, en cualquier caso Abel no le presta la más mínima atención con la mirada perdida en las posaderas de la posadera, por un momento se ve empujándola contra la barra de aquel mismo bar en más de cinco posiciones diferentes, pero descarta ese pensamiento clandestino tan pronto cómo aparece. A veces no alcanza a comprender cómo todo el asunto de Verónica ha conseguido hacerle olvidar al resto de mujeres sobre el planeta, tal vez  porque todo este mal trago a terminado por robarle su hombría.

-Quiero orujo amigo –Tito vuelve a llamarle la atención y se alegra de ello, no sólo porque le distrae de sus oscuros pensamientos sino porque su amigo no ha perdido la capacidad del habla- pídeme un orujo. Págame un orujo.

-Dos te voy a pagar y hostias las que quieras, pero a esas vas invitado. –Tito vuelve a agachar la cabeza sobre el pecho, indudablemente su comentario le ha recordado el motivo que le llevó a beber- Tito por favor, por lo que más quieras no te pongas a llorar otra vez.

Tito parece apunto de romper a llorar otra vez pero no llega a hacerlo, cómo si se hubiese quedado atascado en el intento, tal vez ha atendido su desesperada suplica. No obstante todo aquello tiene la pinta de convertirse en algo recurrente, por lo que lo mejor parece tratar de llegar lo antes posible al fondo del asunto, darle la oportunidad de que cuente todo aquello que necesite y si queda tiempo, que espera que no, tratar de confortarle.

-Tito –hace un esfuerzo para tratar de explicarlo de modo que su amigo lo entienda, salvando las dificultades propias del idioma y su tremebunda menopea- ¿tú eras boxeador no?

-Si amigo –Tito asiente exageradamente.

-Bien, ¿entonces por qué carajo no quieres volver a boxear? –Deja unos segundos para que cale la pregunta antes de continuar- a ver si por favor me lo puedes explicar porque no entiendo todavía dónde está el problema.

-Hace años que no boxeo amigo –acompaña con un profundo y pesado suspiro- yo nada gano ya. Momento mío pasó. Paso para siempre.

Acompaña su dramática exposición con un gesto con el que parece despedirse de su momento dorado en el boxeo y con el que casi tira su nuevo café y a la pequeña camarera tras él. Abel se disculpa de nuevo por ambos y se dispone a continuar ignorando esta vez de forma totalmente deliberada el flirteo de la rubita.

-¿Pero que problema hay? –Abel se encoge de hombros mientra mira a su amigo, no entiende de qué va aquello- Si te dedicabas a ello será porque te gusta. Ahora sólo tenemos que entrenar, hacemos los dichosos combates, ganemos o perdamos algo de pasta sacaremos, Don Antonio se queda tranquilo y nosotros arreglamos unos meses con lo que saquemos.

-No así mío amigo –Tito niega con la cabeza, más bien la deja caer pesadamente a un lado y a otro- tú no tienes ni idea, esto es la guerra, peor que guerra, esto es infierno y allí nos lleva patrón. Patrón no sabe una mierda.

-¡Vaya! en eso tengo que darte la razón –Abel disfruta profundamente del momento, la actitud levantisca y crítica recién adquirida de Tito renuevan su fe en el serbio y en la raza humana- tú patrón que es mi jefe nunca ha tenido ni media idea de nada, pero eso ya lo sabíamos. De todos modos olvídate de él, piensa en nosotros, en los combates y en nuestro dinero.

-No combates amigo –repite el pesado movimiento pendular con la cabeza, pero al menos en esta ocasión esta dejando que el café se enfríe- una vez empieza no para, no se puede parar y siempre mierda misma. Hoy bien, mañana mejor, pero mañana otra vez mierda cómo en Serbia. No combates amigo. Nada, ninguno.

-Tito, explícame lo que te pasó en Serbia –Tito levanta la cabeza por un momento y le mira cómo si tratase de atravesarle antes de dejar caer de nuevo la cabeza- tienes que explicármelo si quieres que entienda de que va esto.

Pasan un rato en silencio, al principio Abel deja pasar el tiempo creyendo que Tito esta ordenando ideas o buscando un modo para empezar, después cae en la cuenta de que quizá se haya vuelto a dormir. Decide no presionarle más, dejarle respirar un momento, ya hablará con él después, no alcanza a distinguir los fantasmas que su amigo pueda tener en la cabeza, pero no esta dispuesto a renunciar a la oportunidad de sacar algo de dinero fácil, con suerte un algo suficiente para pagarle su ansiado estudio con ducha de agua caliente. Sabe que es cierto que no conoce las condiciones de esta gente en la antigua Yugoslavia pero le importa una mierda, ahora están en Asturias y no le parece que sean las mismas ni por asomo, si Tito se planta ya buscarán algo que hacer con sus vidas, pero tal y cómo están las cosas lo preferible es convencerle para que siga adelante. No entiende de qué puede tener miedo su amigo cuando él es la persona más aterradora que conoce, además todo el mundo se lleva una paliza en alguna ocasión, mucho moratón y con mala suerte alguna fractura, unos meses en dique seco y vuelta al cuadrilátero. ¡Pero si su maldita cara ya era un escultura pugilística y sus puños martillo y cincel! No, no pueden dejar pasar aquella oportunidad, Tito tenía que pelear, ya entrenarían para que ganase, pero simplemente no podían renunciar a ese dinero ni estaban en posición de desafiar a Don Antonio, ya no tenían nada más que ofrecerle cómo para tan siquiera plantearse la opción de desobedecerle. Si Tito no peleaba le despediría, les despediría a ambos y quizá de finiquito les diese su dirección al grupo de gorrillas.

-Tú amigo ha bebido un poco de más ¿Estará bien no? –La rubita se le ha acercado por detrás sin que él la oyese- por aquí no estamos acostumbrados a ver estas cosas. Por cierto, me llamo Cristina.

-Hola Cristina, yo soy Abel –se da cuenta de que el corrillo de señoras ya no atienden a la televisión sino que mantienen la vista fija en ellos- Tito esta bien, únicamente le ha sentado bastante mal el café que se tomó, parece que le ha dado sueño.

-Que no se preocupe y que descanse, sería mucho peor si estuviese sólo –le  guiña un ojo con un descaro que le pone sobre aviso, las profesionales del coqueteo lo son con todo el mundo, sin excepciones, pero son de los contados tipos de mujeres que no son el tipo de Abel- Además, todos tenemos problemas.

-Muy cierto Cristina. Muy cierto –siempre ha considerado una cosa seducir a una mujer y una bien distinta ser embaucado por una avellanera- De hecho yo también tengo problemas.

-¿Sí? –parece tomarse la afirmación de Abel cómo una invitación a algo más, planta los pies en el suelo y con una mano empieza a acariciarse el pelo distraídamente- dime, dime. Que las camareras somos medio psicólogas y estás ante toda una experta en todo tipo de problemas.

-Pues verás Cris, hace unos meses el amor de mi vida me dejó y aún creo que lo hizo para irse con otro –Cristina asiente con la cabeza con aire serio, entre la falsa profesionalidad y la complacencia, Tito suelta un pequeño gruñido antes de seguir dormitando- entonces dejé los estudios, dejé la universidad, me fui de mi casa y cogí el peor trabajo de Oviedo, ahora estoy de mozo transportista y él es mi compañero y el único amigo que me queda –la chica deja de mesarse el pelo y el aire divertido desaparece de su expresión, Abel prosigue con su relato divirtiéndose de modo retorcido ante la perplejidad de la chica- estoy sin dinero, continuamente en la ruina y no me he quedado en la calle de milagro porque he conseguido alquilar una buhardilla diminuta sin cuarto de baño. ¡Ah! Y bueno, todo esto mientras espero algún tipo de señal por parte de la chica que te he dicho para tratar de volver con ella. Es que soy todo un romántico.

-Escribe una novela –Cristina esta completamente seria, tanto que Abel estalla en carcajadas, la actitud de la chica se vuelve fría a la luz de su indigencia- si tú o tu amigo necesitáis algo estoy detrás de la barra. Y despiértale de una vez.

Muerto de falta de ignorancia su romántico idilio con la camarera, Abel espabila a Tito con un par de patadas bajo la mesa, no porque ella se lo haya dicho sino porque aquello ya se esta empezando a volver frustrante, cierto que en adelante será una especie de ayudante de Tito, pero no cree que parte del trabajo sea tardar catorce horas en dejarle en su casa.

-Te has vuelto a quedar dormido Tito –le pega otro par de patadas bajo la mesa- a ver si te pones en marcha que no me quiero pasar aquí todo el día. Tómate el café.

-Vale, vale amigo –coge el café con manos torpes y de nuevo se lo vacía de un trago en la boca, sin leche y sin azúcar- ya está ¿contento ya?

-Mucho Tito, me has hecho la mujer más feliz del mundo –Abel se recuesta en la silla y pone los brazos en jarras sobre el pecho colocándose lo más cómodo que puede- ahora dime ¿Qué demonios pasó en Serbia para que ahora estés dando tanto la tabarra con el tema del boxeo?

Tito lanza otro lacónico y prolongado suspiro que en esta ocasión por fortuna no le lleva a quedarse dormido. Esta claro que no quiere hablar del tema, siendo esta la segunda cuestión que se niega a discutir con él contando los insultos a su jefe. Tanto misterio termina por despertar la curiosidad de Abel que decide no salir de allí sin una respuesta convincente.

-Si no me lo cuentas Tito no voy a poder ayudarte –observa detenidamente el rostro de su amigo que sigue pareciendo reacio- date cuenta que sigo sin entender por qué un boxeador no quiere boxear, tendrás que darme más argumentos si queremos convencer a Don Antonio de que no te haga pelear.

-Vosotros no entendéis, no entendéis mierda –Tito se arranca por fin- creéis pelear es dinero fácil y no es, es duro, muy duro. Es dolor y es peligro, no sabéis nada.

-Tito, todos nos hemos llevado palizas –trata de sonar lo más convincente que puede teniendo en cuenta de que no tiene ni idea de lo que habla- además con guantes, arbitro y un cuadrilátero todo esta controlado. Cualquiera que te oiga va a pensar que queremos meterte en una pelea de gladiadores.

-Muchos mueren, vosotros no pensáis eso pero muchos mueren –su tono se va apagando a medida que habla- todos los días en todos países muchos mueren.

-Vamos Tito, no seas exagerado –Abel tiene la persuasión de quién se juega sus próximas comidas- en la construcción también muere gente todos los días, en la carretera también y conduces. Entiendo que hay un riesgo de accidente, pero ya entrenaremos para eso.

-Entrenamos para que no me maten –una escalofriante sonrisa se le graba en la cara- ¿pero cómo entrenar para que yo no mate otro? ¿Sabes que puede pasar amigo? Puede pasar.

-¿No me estarás diciendo que mataste a alguien en Serbia? –Tito no responde a la pregunta ni se mueve, ni le mira, mantiene una perfecta cara de póquer- en cualquier caso seguro que fue un accidente que no tiene que volver a repetirse.

Su amigo sigue con la mirada perdida, clavada en ninguna parte y sin mover un músculo. Tanto es así que Abel tiene que fijarse bien en él para asegurar que sigue respirando, por un momento esta tentado de pedirle el dichoso vaso de orujo, lo que sea con tal de despertarle de aquel desconcertante trance. Trata de aprovechar la tregua que su amigo le ofrece para buscar argumentos capaces de persuadirle, algo nuevo que no sea lo que él ya ha pensado, seguro que ya sabe que si no pelea están jodidos pero quizá pueda darle un enfoque nuevo al asunto, un buen ejercicio de marketing podría sacarles del marrón.

-Piénsalo bien Tito –ahora apoya los codos en la mesa y se inclina hacia adelante dispuesto a hacer la venta de su vida- ahora nos preparamos bien, el tiempo que necesites, después le damos permiso al gordo para que nos meta en un par de veladas fáciles, algo suave y de poco nivel para recuperar el tono…

-Todo es bonito nuevo, en principio todo fácil – Tito le interrumpe, sigue sin mirarle pero al menos ahora le habla- entrenas duro, ganas combates, ganas dinero, gustas mujeres…

-Tú lo has dicho Tito, dinero, mujeres –vuelve a interrumpir a su amigo, no va a dejar que interrumpa su brillante argumentación con su depresivo discurso- imagínate, si conseguimos ganar unos cuantos combates podremos coger un coche, alquilar un piso mejor, además seguro que si lo haces bien en alguna velada podrás volver de portero al club que quieras, todos pagaran lo que sea por tenerte de seguridad. Piensa en las chicas Tito, en tus chicas ¿cómo vas a olvidarte de tus chicas?

Consigue que su amigo vuelva en sí, no puede estar seguro de ello pero al menos se ha reído, quizá toda esa retórica barata de las chicas vaya a dar resultado, después de todo Tito siempre habla de su antiguo trabajo de seguridad en clubs nocturnos cómo la etapa dorada de su vida. Siempre cómo su mayor éxito y su más triste fracaso, tal vez todo lo que necesita es ver una oportunidad de volver a dónde estaba. Abel esta por cantar victoria cuando su amigo vuelve a la carga.

-Suena bonito tú dices –parece olvidarse de “sus” chicas y al momento se le borra la sonrisa de la cara y sigue con su negativa- vendes bien, pero tú no sabes nada de lo que hablas. No tienes ni idea de cuanto jodidos estamos. Las muñecas, los codos, los brazos el cuello. Mucho dolor. Mucha mierda.

-De acuerdo –Abel vuelve a recostarse sobre la silla, exasperado- no quieres putas, vale. No quieres dinero, vale. No quieres una vida mejor, vale. ¿Quieres que nos despidan? Genial ¿Quieres jodernos a los dos? Adelante Tito, ¡Mándanos a la mierda! Pero ten la educación de explicarme por qué antes de hacerlo.

-Principio todo bonito –Tito habla con un murmullo, Abel tiene que afinar el oído para escucharle- entrenas, ganas, gustas chicas, tienes dinero. Eres grande, muy grande, la gente conoce, habla de ti. Van verte pelear, animan, fiesta después cuando ganas. Pero gente mala, sólo una cosa gusta más que ver ganar, ver caer. Cuando empiezas a caer no puedes parar, cada vez más peleas, menos dinero, menos mujeres, no respeto. Cada vez más dolor, más jodido, cada vez gente ríe más ti. Terminas roto, pobre, estúpido. Estúpido. Yo vine España, vine club, otros no, otros mueren. Esta vez puedo morir yo, mierda puta amigo, mierda puta.

La voz de Tito se apaga, no dice nada más y en esta ocasión Abel tampoco. No sabía que el serbio tuviese semejantes fantasmas rondándole la cabeza, pero esa recién descubierta conciencia no cambia nada, siguen igual de jodidos que al principio, Tito tiene que pelear, terminará peleando, lo hará ahora por un sueldo y en los términos de Don Antonio o lo hará más adelante a cambio de un bocadillo cuando les pongan a los dos en la puta calle. Antes de hablar de nuevo Abel ve por un momento al que una vez fue su amigo Josip, un jovencísimo y voluntarioso adolescente serbio, una estrella fugaz del boxeo de su ciudad dispuesto a comerse el mundo, lleno de ambiciones y de sueños, sueños que fueron quedándose pegados a la lona de sucios cuadriláteros hasta que sólo quedo ese despojo de mirada perdida que ahora se sienta frente a él.

-Al final tendrás que hacerlo –ya no vende nada, ya no trata de convencer a su amigo- ¿Estás al tanto de eso verdad? ¿Sabes que el gordo no nos dejará negarnos?

-Lo sé amigo –Tito asiente con la cabeza, los ojos se le vuelven a poner de nuevo vidriosos- pero tengo miedo patrón haga que me maten. Él cómo tú, piensa dinero, no puta idea de boxeo. Además yo viejo, muy viejo.

-El gordo es cómo una veleta Tito –acompaña su explicación con un ridículo gesto- hoy quiere decir delante de sus fulanas que es manager de boxeo, quizá esa idea se le pase pronto y nos ponga de nuevo con la furgoneta. Eso lo sabes tan bien cómo yo, ya nos ha pasado otras veces.

-No hará si gano –Tito sabe que tiene razón con eso pero parece haberle dado ya varias vueltas al asunto- y no hará si pierdo. Jefes siempre ganan, siempre ganan su parte, ganes o pierdas para ellos no dolor, no putada, al final ellos dicen cuando caer y ganan más.

-Espera –Abel trata de recalibrar rápidamente sus ideas ante lo que su amigo acaba de decirle- ¿No me estarás diciendo que el gordo cabrón quiere meterte en un combate amañado?

-No, él no dice. Pero yo sé él piensa –su amigo adopta un tono condescendiente, propio de comprensiva maestra de parvulario- todos jefes boxeo piensan, pero combates amañados principio, no vales nada si gente no visto pelear primero, principio tienes que ganar y cuando gustes a gente tienes que bajar brazos y perder cuando jefe diga. Y cuando empiezas perder jefe dice cuando. Siempre misma mierda. Dolor para mí, dinero para vosotros. Enhorabuena amigo.

-A veces ocurren accidentes Tito –Abel paladea la cara de desolación de Don Antonio cuando su púgil no caiga en el asalto que él ha señalado- el gordo no puede controlar todo lo que pasa en el ring, además siempre vas a ser tú el que decida si dejarse caer o no.

-¿Ves? Tú ya piensas en dinero amigo –Tito le lanza una hiriente mirada de desprecio que por fortuna desaparece enseguida- todos igual, todos pensáis dinero. Luego yo llevo golpes para que vosotros ganar. Todos putos cabrones.

-¿Entonces para que coño pediste al gordo que me trasladase contigo? –Abel está sinceramente confundido- si soy tan cabrón pudiste haberme dejado en la estacada, haciéndole los recados sucios al jefe con algún otro.

-No, tú bien conmigo. Te necesito –ahora a Tito se le dibuja una sonrisa un tanto siniestra en el rostro- tú más listo que patrón y mucho más amigo mío. Además pronto tú entrenas y enseguida tú saber lo que pasa en combates, saber lo que sienten hombres en pelea, lo que me pasará a mí cuando patrón mande bajar brazos. Sí, sí, tú ahora aprendes todo eso, así dejar de pensar en dinero.

Abel traga saliva, le ha sorprendido el razonamiento del serbio, pero el miedo apenas deja lugar a la sorpresa, no tiene prácticamente ninguna idea de cómo preparar a un boxeador profesional para un combate, pero el tono de su amigo amenazaba tormenta, una verdadera tormenta de golpes sobre él. Tanto es así que la perspectiva de dinero fácil se esfuma y ahora el posible riesgo de aquel acuerdo le infunde más que respeto, se tranquiliza diciéndose a sí mismo que al final es Tito el único que va a pelear, que lo suyo únicamente serán ensayos, pobres simulacros pero sin dolor real y llegado el caso él es el que aún tiene opciones reales de renunciar, además, quizá si Tito le revienta bien la cara puede que a Verónica le de la lástima suficiente cómo para terminar perdonándole.

-Aquí, mañana a las nueve –Tito le acerca un papel doblado que se saca del bolsillo- trae ropa para deporte. Yo llevo demás cosas.

-Vale, pero para que este allí mañana a las nueve será mejor que te levantes y te vayas a casa o seré yo el que te pegue una paliza.

Tras no poco buscar pasando bastante frío Abel consigue dar con la dirección apuntada en el sudado papel que le había pasado Tito, un garaje en un edificio de una de las calles cercanas a la ronda sur. Esa mañana se ha levantado fría y con amenaza de nieve, una cruz para él ya que desde que había dejado el piso andaba terriblemente corto de fondo de armario, y ese y no otro es el motivo de que halla acudido allí medio disfrazado con un viejo anorak, un pequeño pantalón corto gris de gimnasia y unos playeros terriblemente gastados. Todo comprado la tarde anterior a última hora en un rastro cercano a su casa, del plástico chaquetón no tenía queja, pero le pesaba no haber podido lavar los apestosos playeros ni el costroso pantalón.

Busca sin éxito un timbre junto a la puerta metálica del garaje. Tras darse por vencido decide llamar golpeando con los nudillos el portón metálico pero no obtiene respuesta. Se esta helando poco a poco y ya lleva un retraso de diez minutos, prueba ahora a empujar el pesado portón también sin éxito, cabreado, pega una patada a la estrecha puerta peatonal junto al portón, esta sí se abre con un tremendo estruendo al golpear la chapa metálica el muro de hormigón tras ella, Abel se cuela lo más rápido que puede por la abertura cerrando tras él, no quiere tener que responder a preguntas sobre lo que esta haciendo allí, después de todo él mismo no lo tiene muy claro.

Baja por una sucia y empinada rampa de hormigón hacia los garajes, están bajo un bloque de viviendas bastante nuevo por lo que calcula que el garaje puede tener varias plantas, pero en el papel no ponía nada más que la dirección del edificio y la palabra cocheras. Encontrar a Tito podía llevarle tiempo y no le gustaba la perspectiva de que le encontrasen allí, menos siendo un desconocido y menos aún con aquellas pintas.

Al llegar a la primera planta del sótano se encuentra con un largo pasillo con cocheras a ambos lados, la rampa de hormigón que le llevó hasta allí sigue hacia la segunda planta en lo que parece una especie de espiral, desiste de andar buscando cochera a cochera por lo que grita el nombre de Tito un par de veces, espera un poco aguardando una reacción y sin más desciende a la segunda planta. Repite la operación sin éxito y baja hasta la tercera, al llegar allí se encuentra una de las cocheras del fondo con el portón subido y luz saliendo de su interior, aprieta el paso para llegar a ella y a medida que se acerca escucha una serie de rítmicos resoplidos.

Tito está sólo dentro de la cochera haciendo planchas, Abel se queda en la puerta y empieza a dar saltitos, en parte por aparentar que hace algo y en parte por puro frío, después de un rato se siente ridículo por lo que decide quitarse el anorak y hacer unos estiramientos o algo parecido, pero en cuanto deja caer su cazadora en una esquina dentro del garaje Tito estalla en carcajadas.

-¡Que pintas amigo! –el pantalón le queda ridículamente pequeño y lleva una camiseta roja muy ajustada, la más vieja que tenía por casa- pareces Jane Fonda con patas peludas.

-Anda gilipollas –Tito lleva únicamente un gastado pantalón brillante de boxeador, nada en el torso ni en los pies, sólo unas vendas apretadas en torno a los nudillos, las manos y las muñecas- no es que tú vayas a salir en el suplemento de estilo de la Cosmopolitan, por lo menos yo voy más o menos vestido.

-Ya pero tú muy ridículo chaval yo vengo entrenar, tú parece que vas niño pequeño playa con tu cubito.

-Bueno, yo también pensé que entrenaríamos en un gimnasio y no en una mierda de cochera.

-¡Bah! No está tan mal amigo –Tito señala el lugar con la cabeza- Tú yo solos sin nadie que moleste. No malo amigo, no malo, tú escúchame yo digo.

Sin dejar de reírse Tito vuelve a las planchas y Abel a sus saltitos, ahora trata de disimularlos haciendo girar sus brazos en el aire mientras salta. La verdad es que no le apetece nada ponerse a hacer planchas a esas horas de la mañana, ni considera tener que hacerlo, después de todo no es él quien vaya a pelear. Su amigo realiza otras tres series completas de planchas antes de ponerse a hacer abdominales, Abel ya le mira sin tratar de disimular que no hace nada. No se imaginaba a Tito tan en forma, sí que sabía que era fuerte, pero no aquello. Un tanto ancho de hombros, con la espalda en uve pero sin mucho músculo, demasiado perfilado para alguien que ha dejado de hacer ejercicio.

-Oye Tito –pregunta en parte para salir de dudas y en parte porque se aburre- ¿Tú exactamente cuánto tiempo llevas entrenando?

-Desde siempre amigo –Tito que sigue con los abdominales bufa cada vez que termina de inclinarse pero no se detiene- una vez empieza no debes parar nunca. Se entrena desde siempre hasta que mueres amigo.

Abel asiente para sí cuando empieza a comprender con que clase de personal va a tener que lidiar, aquel hombre que está con él ayer parecía apunto de morir de una borrachera y apenas unas cuantas horas después esta entrenando cómo una bestia. Siempre había pensado que los boxeadores y similares tenían que tener un punto fanático, algún tipo de instinto animal y poco humano, pero hasta ahora este le había pasado desapercibido en su compañero, en cualquier caso y sin saber muy bien en qué consistirá su labor no pasa por su cabeza tumbarse en el frío y sucio suelo de cemento a hacer abdominales. Pero si la cosa sigue así está apunto de embolsarse los doscientos euros semanales más fáciles de toda su vida.

-Al fondo, esquina, ponte los guantes negros -Abel se gira y efectivamente ve que en una de las esquinas al fondo de la pequeña cochera hay dos pares de guantes.

Camina hasta la esquina y coge los negros, con unos centímetros más de diámetro que el otro par de guantes rojos junto a ellos. No es un entendido en la materia pero al observar detenidamente sus guantes observa que cierran en la muñeca mediante correajes, muy a la usanza de los tiempos de Rocky Marciano. Los encuentra muy ásperos por dentro, con un tacto cómo de gamuza demasiado gastada, una vez se coloca el primero se ve en un callejón sin salida por lo que decide ponerse el otro también y acercarse a Tito para que se los abroche, desistiendo tan siquiera de tratar de intentar sujetárselos por sí mismo.

-Tenemos que comprarte unas vendas amigo –Tito tira de los correajes del guante derecho ciñéndoselo fuertemente a la muñeca- y bucal y unos pantalones que no ser de niño pequeño. Pero pequeño, pequeño ¿eh?

Abel  no entra al trapo en aquella ocasión y la deja pasar mientras calcula por cuánto pueden salirle las dichosas vendas y bucal. Con los guantes ya colocados empieza a lanzar golpes al aire, pero enseguida se detiene porque se siente demasiado ridículo cómo para estar cómodo.

-Amigo, pon manos así –Tito se coloca las dos manos sobre el pecho, una sobre la otra con los codos cerrados hacia fuera- Yo enseño y empezamos.

Su amigo se coloca rápidamente sus guantes, estos sí cerraban con una banda elástica de aspecto muchísimo más moderno y entonces empieza a moverse por la cochera. Da un par de vueltas en torno a Abel pisando el suelo ligeramente con las puntillas, adelante  y atrás y en zigzag hacía los lados, después empieza a acompañar sus movimientos con golpes al aire, siempre en series de tres o cuatro golpes acompañados de su resoplido, una mano golpeando y la otra flotando a unos centímetros del pecho, con la guardia de quién sabe que no le atacarán.

-Ahora vamos amigo –se le acerca pivotando sobre una posición central invisible, cae primero a la izquierda, vuelve, izquierda de nuevo, cada vez más cerca, hasta que lanza el primer golpe- ¡Directo!

En cuanto Tito estuvo lo suficientemente cerca Abel cerró sus ojos con todas sus fuerzas, cierto que suponía que habiéndole mandado colocar los guantes a modo de pantalla sobre el pecho ahí es adonde irían los golpes, pero nadie le había garantizado que no fuesen a arrancarle la cabeza.

Ese primer puñetazo, impactó en efecto sobre los guantes del pecho, de todos modos fue suficiente para lanzarle contra la pared de hormigón. La sensación que tiene es la de que le han golpeado con una maza y su instinto le dice que se vaya de inmediato a su casa, que se olvide de aquello, se lo dice por el simple mecanismo que lleva a todo ser humano racional en la dirección opuesta a aquello que le causa dolor. De todos modos ese es un mecanismo propio de los seres que razonan y sienten, no apto para gente cómo ellos.

-Perdón amigo, tú mal puesto –le indica cómo debe asentar los pies, el izquierdo algo más de un palmo más adelantado que el derecho, con las rodillas semiflexionadas y el torso girado sobre si mismo hacia la izquierda, alejando el hígado de los golpes, una vez asentado Tito le da más instrucciones- Tú mira, yo enseño ¡directo!

La maza le vuelve a sacudir de lleno, aguanta la respiración con cada golpe tratando de evitar el dolor que le produce, una sensación calida se va asentando en su pecho y desplazando por sus costillas. Tito sigue gritando “!directo!” con cada golpe, siempre es el mismo golpe, un puñetazo recto que sale de la altura de su hombro pero que empieza en la punta del dedo gordo del pie, un golpe que no sólo utiliza la longitud total del brazo que lo lanza si no la totalidad del cuerpo de su lanzador, el impacto es seco, percutante y el golpe no termina hasta que el puño vuelve a su posición de guardia.

-¡Gancho y croché! –ahora Tito se acerca un pasito, de manera casi imperceptible y le lanza dos golpes en lugar de uno.

El primero con la izquierda, es un golpe de abajo arriba, con la palma de la mano orientada hacia la cara del lanzador, el segundo el croché, es un golpe circular con la derecha, sale de la guardia y se abre ligeramente hacia fuera para caer hacia dentro cómo un martillazo. Tras lazar varias combinaciones cómo esta, Tito deja de cantar sus golpes y empieza a golpear por series. Abel no se da cuenta hasta pasado mucho rato de la dinámica de trabajo, le golpea unos dos minutos antes de alejarse y descansar un poco, Tito parece llevar una campana incorporada en el cerebro que es la que le va marcando los tiempos, cada diez segundos lanza una serie de tres o cuatro golpes y después se mueve, no deja de moverse, ni mientras pega, ni entre series, ni en los descansos. La fuerza de los golpes se va desvaneciendo, pero no la intensidad. Doscientos euros fáciles haciendo de saco. Fáciles por los cojones.

Cuando llega a casa está hecho polvo, tanto que considera que habrá polvo con mejor aspecto que él. Después de zurrarle durante un rato interminable Tito le obligó a salir a correr con él, más tarde a hacer series de planchas abiertas y cerradas, de abdominales, más golpes, más carrera y más gimnasio. Está famélico pero Tito le ha prohibido cenar, ahora ya sabe por qué el cabrón esta tan perfilado, además de entrenar cómo un animal se ve que se mata de hambre. Lo único que considera positivo de aquel día es que Tito le dejó ducharse en su casa, al menos así esa noche se había librado de la palangana y de su agua gélida. De vuelta al desván busca su móvil, atrapado y escondido en el hueco entre el colchón y la pared, ve que tiene tres llamadas perdidas de un número que reconoce cómo el de Marcos. Se dispone a devolverle la llamada pero antes se tumba de lado sobre el colchón, últimamente su epitafio amenaza con venírsele encima cada vez que se relaja bajo él. Marcos no le hace esperar y descuelga el teléfono enseguida.

-Oye tío, tenemos que hablar –su voz suena seria, propia de quién tiene noticias lo bastante importantes cómo para haber llamado tres veces- ¿Por qué no te bajas un rato hasta el bar?

-Marcos, nunca llamas y me imagino que será importante, pero no saldría de casa en este momento ni por todo el oro del mundo. Dime lo que tengas que decir.

-Nada pues a ver si mañana puedes venirte, es algo que quiero decirte cara a cara.

-¿Cara a cara? –Le molestan las evasivas de su amigo- ¿Va a ser distinto de lo que me digas por teléfono Marcos? No seas ridículo y dí lo que tengas que decir, que parecemos críos.

-De acuerdo. He visto a Verónica con otro.

http://www.youtube.com/watch?v=FsHcBklfFP0

5 pensamientos en “Turnedo

  1. Jopeee la acabé! Ayer me quedaban los 2 últimos capítulos y me daba tanta pena que los leí de 4 veces. No sé si a todo el mundo le pasa, pero sabes como es esa sensación de pena y de vacío que dejan los buenos libros? esa que te hace cerrarlo, acariciar la portada y salir corriendo a la librería a comprar todo lo que haya escrito el autor en cuestión? Ese que no puedes sacarlo de la biblioteca porque luego no lo quieres devolver? Pues eso. No necesito decirte más.
    Tu hermana me dijo: “No se lo digas que se pone tonto” jajjaja pero te prometí ser sincera y eso es lo que hago.
    Tu forma de escribir es madura, inteligente, directa, descarada y sobretodo sensible. Al margen de alguna que otra repetición, una marcada obsesión por el sexoooo jajja, que seguro te abrirá aún más puertas, y un final de cuento menos feliz de lo que le gustaría a una romántica empedernida, Turnedo definitivamente merece mucho la pena, será sin duda ese libro que te compras y regalas, el que dejas cerca para releerlo pronto. El que te deja a medias y con ganas de más.
    No es que te haya leído con buenos ojos, que sí, con cariño, que también, mi padre y mi hermana, aunque sólo la empezaron comparten mi opinión.
    Pues eso, aquí te dejo la reseña prometida, para tu disgusto llena de halagos. UN BESIN!!!

    P.D. Te lo devuelvo porque la quiere leer Aida que si no…jeje

  2. Hola Diego Cózar

    He leído el primer capítulo de tu novela.

    Ahí va mi crítica sincera:

    COmienzas bien, quiero decir, escribes bien, sabes escribir, apesar de unas pocas faltas de puntuación. Todo iba bien hasta que llegué a la parte en que el protagonista es golpeado en su propia casa. Falta madurez a los diálogos. ¿Cómo decirlo? No están mal, lo que ocurre es que son para gente joven con pocos lustros de lectura.

    La impresión general que me he llevado de la lectura, es que su autor puede dar mucho más. Posee las herramientas; pero le falta madurez.
    Sin haber visto tu foto, habría adivinado que eras un chico joven. Sé que no tiene nada de malo, pero es que esa juventud, un tanto de serie b, se te nota en los diálogos.
    Quizá estoy siendo demasiado duro, pero te lo digo desde ya: soy sincero.
    No he leído nada más, porque tras el primer capítulo me he quedado sin ganas.
    Por otro lado, el protagonista, el apaleado, promete como personaje.
    No sé si llegarás a plublicar esta novela, pero estoy seguro que tarde o temprano lo harás. Te publicarán.

    PD: espero que todo te salga bien. Amas la literatura.

  3. Ani, muchísimas gracias.
    Cenizas Blancas,
    te animaría a seguir leyendo, pero parece que tienes decidido no hacerlo. Sobre el comentario, tienes razón acerca del capitulo.
    El comienzo de la novela (capitulos 1 a 5) me ha traido de cabeza, pero concretamente la parte que has leido tiene más de prólogo o de preludio que de capitulo. De todos modos y una vez escrito decidí no retocar gran cosa, considero que finalmente es una decisión editorial que me conviene dejar aparcada, ya sabes, por evitar obsesionarme.
    He dejado unos cuantos borradores para conseguir otras tantas reseñas, esperando para hacerlo a tener el libro completo, has leido demasiado poco para juzgar mi manera de escribir o siquiera esta novela, que de insistir un mínimo te acabará encantando -consejo de lector.
    No amo la literatura, la pantomima y el aura mística, su teorización o su “historia” (un género comprende unicamente las imitaciones de una obra original). Pero me encanta escribir y aún peor, que me alaben por ello.
    Respecto a mi edad, entiendo las suspicacias, pero no me gustan las categorizaciones ante fracciones de mi trabajo.
    Gracias por comentar

  4. Hola Diego

    Yo cambiaría el rpincipio. Veo que estamos más o menos de acuerdo. Lo haría porque los lectores de las editoriales juzgan el conjunto de la obra basándose en el primer capítulo. Sé que no es justo, pero dado el número de manuscritos que reciben al día, es la primera criba que has de sortear.

    Sí, he leído demasiado poco para juzgar tu novela. En cuanto a tu manera de escribir, me gusta.
    Sobre la literatura, como escritor que eres, debes saber apreciarla en su justa medida; no tanto como un reducto de géneros y reseñas históricas, sino por la literalidad que todo escritor debe aprender. EL aura mística que supuestamente envuelve a la literatura, no es más que la primera capa que surge de la categorización en base a unos pobres conocimientos(lo mismo hacemos con las personas) Su abanico de posibilidades e información es tan amplio que daría para muchos años de intenso estudio del ser. En este caso, para un futuro escritor.
    Tu edad es lo de menos. Puedes tener 18 años y parecer maduro en tus reflexiones, reflexiones que no se basan en la edad, sino en la experiencia.
    Un ejemplo de lo que llamo serie B: en el primer capítulo, el asaltante amenaza al protagonista con torturarle mediante descargas eléctricas. Te pido que leas de nuevo esa situación en el texto, y me digas si te parece serio, de calidad, o más bien de una película de serie B. A esto me refería.
    Si me permites, yo vestiría esta escena con un mayor grado de emoción, haciendo hincapié en el estado psicológico del asaltante. Llegas demasiado rápido a la amenaza. Imprime al texto un mayor grado de tensión.

    Quizá no me haya expresado en mi anterior mensaje con suficiente claridad, y te pido disculpas.

    De todas maneras, es sólo una opinión; y puedo, seguramente sea así, estar equivocado.

    No me cabe duda alguna de que conseguirás tu objetivo.

  5. Un cuarto con mil monos sentados ante mil maquinas de escribir durante mil años, suficiente para que alguno escriba la novela perfecta.
    Personalmente creo que cualquier obra original, en su contenido y no en su pretensión, centrada en lo narrativo (la historia y su desarrollo)con un estilo razonable puede ser perfecta a su manera.
    Concretamente Turnedo comienza en su segundo capitulo,el primero tiene más de spoiler que de otra cosa, con él busco adelantar un pequeño fragmento del verdadero argumento del libro. Indescifrable hasta algo más adelante. A razón de esto aparece muy descontextualizado, errático y cómo bien dices un poco forzado. Pero no tiene nada que ver con el resto de la novela, si encuentro los capitulos del 3 al 5 introspectivos y un poco lentos, pero decidí no tocarlos de momento. En adelante aún hoy cambiaría poco o nada del resto del libro.

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