Sistema

CAPITULO UNO

Tumbado en la pequeña hamaca del jardín trasero nota cómo el aroma de las rosas flota en el ambiente, alguien ha debido dejar la puerta del pequeño invernadero abierta y el dulzón perfume de las flores lo inunda todo. No corre viento y encuentra la temperatura perfecta, algo más elevada que de costumbre para la época disfruta de la sensación mientras una pesada modorra se extiende por su cuerpo, esa tarde su mente vaga tranquila y feliz en un estado de minima consciencia y completa relajación. No piensa mover ni un dedo mientras se dedica a absorber rayos ultravioleta y a esperar que su mujer traiga la limonada que le había prometido.

-¡Vais a freír los tomates! –El estruendo llega a sus oídos desde su espalda, la voz colérica de Camilo retumba desde dentro de la casa- ¡Estáis friendo los malditos tomates! ¡Dios!

Una sonrisa se le dibuja en el rostro cuando la dulce risa de su mujer se distingue entre los exabruptos, cuando se acerca un poco más escucha también el tintineo del hielo contra el metal y el de unos pies descalzos sobre la hierba.

-Te pillaron –la voz divertida de Eva termina de arrancarle de su estado de relajación- casi creí que por esta vez podías haberte librado.

-Estaba a punto de creérmelo yo también corazón –tratando de no abrir los ojos para no deslumbrarse extiende una mano a ciegas fuera de la hamaca, palpando el aire hasta dar con la cintura de su mujer, atrayéndola hacia él. Cuando nota como al sentarse su peso le desequilibra se incorpora y con agilidad se queda sentado junto a ella, con los ojos aún cerrados y el clamor de los conocidos gritos en la distancia.

Apenas les llegan algunas palabras sueltas sobre el estruendo general, Cam enfatiza únicamente las últimas de cada frase, “ciclo primaveral”, “temperatura idónea”, “termostato”, “fotosíntesis”, “insurrección”, “atentado”.

-Amor mío –clava los codos en las rodillas y entierra la cara entre las manos, mientras afirma tranquilo- parece que te has casado con el mayor genocida de tomates en los últimos mil años. Y si hoy me ejecutan –ella se echa a reír ignorando su tono grave- prométeme sólo una cosa, prométeme que escupirás en cada ensalada que Cam se vaya a comer desde hoy hasta el fin de los tiempos.

-Payaso.

-Prométemelo.

-Te lo prometo –Eva le apoya un calido beso en la base del cuello mientras le coloca el gélido vaso de metal reciclado en lo alto del muslo, arrancándole un quejido.

Cuando por fin abre los ojos encuentra los suyos clavados en él, de un azul tan pálido y oscuro que siempre los hacía parecer grises, sobre unos pómulos definidos y redondeados cayendo hacia la pequeña barbilla bajo su boca de labios finos y bien torneados. Ella no deja de sonreír mostrando unos pequeños dientes muy blancos, perfectos salvo por el incisivo junto al colmillo derecho algo escorado hacia dentro, dándole un aspecto más personal, distintivo, casi elegante. Una melena rubia muy clara y brillante le cae perfectamente alisada poco más abajo de las oreja. No viste más que una toga de gris muy claro de lino ecológico sujeta por un broche de latón pulido sobre el pecho. Al sentarse el tejido se le ha recogido casi un palmo por encima de las rodillas, pero en cuanto su vista se cae hacia la piel desnuda de su muslo ella se incorpora cómo un resorte, de pie se ajusta el nada elaborado vestido y el rubor se adueña de su rostro. Casi consigue que se olvide de los gritos cada vez menos lejanos.

-Llevamos ocho meses largos casados Eva –habla tratando de evitar un silencio incómodo- no hay nada que no haya visto y poco que no hayamos hecho.

-Ya, ya lo sé –ella levanta la vista de nuevo hacia él, el rubor se ha despejado en parte y un atisbo de sonrisa traviesa se le dibuja en el rostro- es sólo que no me acabo de acostumbrar, al menos no aquí afuera.

Cuando tiende una mano hacia ella Eva le acerca la limonada, malinterpretando su gesto, la recoge e inmediatamente la posa en el suelo y vuelve a tender la mano, ahora sí ella se la recoge y él la acerca con pulso firme, su mujer se deja llevar un par de pasos cortos y entonces le sujeta la parte posterior de los muslos con la palma de las manos, ella le coloca las suyas bajo los lóbulos de las orejas y le invita a alzarse con un suave tirón. Cuando ambos están de pie y abrazados se besan, siente la saliva fresca de Eva en la punta de la lengua, sabe a limón a fresas y a vida, la abraza y la acaricia. Él es un hombre alto, para la media, pero aún así ella le sacará unos centímetros, altura extra para una silueta esbelta, de piernas largas y figura marcada, con unos pechos generosos y la piel más suave que hubiese tocado en su vida.

Reflejados en la pared de plástico del invernadero tras la hamaca no podrían contrastar más, el rubio brillante de ella contra el negro de él, sus ojos grises contra los suyos marrones, su piel clara contra la suya más oscura y sus rasgos delicados contra los suyos, de nariz ancha, frente amplia y mandíbula cuadrada. La besa con pasión, la besa con ganas, pero el interés decrece sobremanera a medida que la dirección de los gritos aparece cada vez más clara, más cercana y a cada momento más audible.

-¡TÚ!

-Siempre tú –anticipó.

-¡SIEMPRE TÚ!

-Siempre igual.

-¡SIEMPRE IGUAL!

-Las normas están aprobadas por el consejo –sin darse cuenta adopta un tono irreverente, infantil, acompañando sus cansinas afirmaciones con un gesto de cabeza haciendo que Eva vuelva a echarse a reír.

-¡LAS NORMAS ESTÁN APROBADAS POR EL CONSEJO! –el colérico vozarrón se acerca a pasos agigantados por el jardín.

-Y tú no eres nadie para contradecir al consejo…

-¡Y TÚ NO ERES NADIE PARA CONTRADECIR AL CONSEJO!

Finalmente se vuelve despacio y con la vista alta hacia su irascible interlocutor, Camilo recorría la distancia que les separaba rojo de rabia, la negra melena revuelta y la larga barba enmarañada, un hombretón de algo más de metro ochenta y ancho de hombros, visiblemente ofuscado, el rostro crispado y los puños bien apretados, ciertamente imponente, para quien no lo conozca.

-¿Ves esa casa de ahí? –al ver que se volvía suaviza algo el volumen y el tono, sigue dirigiéndose directamente a él desde más de veinte pasos, ignorando completamente a Eva y apuntando al edificio tras él.

-Claro que lo veo Cam.

Sería prácticamente imposible no hacerlo, el edificio principal de la comuna es una mole rectangular de tres plantas, con quince ventanas cuadradas a intervalos de dos metros a cada lado de la puerta principal, con gruesas paredes de madera parcheadas en un millar de sitios y pintadas de amarillo para tratar de disimularlo. Majestuoso desde lejos y cada vez más ruinoso a medida que te acercas era el hogar de algo más de doscientas personas, la comuna del área central, último refugio del arte y el libre pensamiento en cientos de kilómetros a la redonda y también la mayor del planeta.

-Y si lo ves, si de verdad lo ves, ¿Por qué demonios no te metes de una vez en esa cabezota tuya lo que representa?

Aquello empieza a impacientarle, la obsesión de Camilo con las normas ha sido su molestia y hobbie desde el mismo día en que llegó allí cómo refugiado, Eva guarda silencio a su espalda y se empieza a temer que Cam piense aprovechar eso mismo para tratar de ponerle en evidencia.

-A veces creo que nunca lo vas a entender, no entiendes nuestro espíritu y desprecias la forma de actuar, te crees muy listo pero no lo eres, seguro que es por eso que eres el único que actúa de ese modo –el discurso de Camilo no se parece en nada a los que mantienen en privado, confirmando sus temores- no es que todos los demás estemos equivocados, sólo tú…

Eva se revuelve incómoda a su espalda, se aleja un poco de ella acercándose a Cam con la intención de que baje un poco el tono, pero produciendo el efecto contrario.

-Sólo no eres nadie, por eso viniste aquí, y más te vale recordarlo la próxima vez que pienses saltarte las normas por tu cuenta, el mundo es grande, si quieres hacerlo todo a tu manera seguro que puedes encontrar alguna cueva dónde ser rey.

-¿Otra vez con la jodida cueva? ¿En serio? ¡Vamos! No seas ridículo.

-¿Ridículo? ¿RIDÍCULO? –Vuelven de nuevo los gritos a inundar el aire- ¿TE PARECEN RIDÍCULAS LAS NORMAS DEL CONSEJO? ¿O ES EL CONSEJO EL QUE TE PARECE RIDÍCULO?

-Vamos, yo no he dicho eso.

-¡PERO LO PIENSAS!

-¿Otra vez me estás leyendo el pensamiento? Ya te lo prohibí la última vez que hablamos –ahora si Eva se ríe un poco, aunque forzadamente, se acerca un poco más a él, los gritos han empezado a atraer a una multitud de rostros curiosos a las ventanas de la residencia y a los alrededores, Cam siempre se ha crecido con público por lo que trata de aplacarlo antes de que le tenga allí durante horas repasando sus planteamientos para una convivencia ideal- no puedes ponerte así cada vez que…

-¿CADA VEZ QUE QUÉ? ¿CADA VEZ QUE NOS DESPRECIAS? ¿CADA VEZ QUE NOS INSULTAS? ¡ESTOY HARTO DE TI! ¡HARTO!

-Y yo de ti Cam, pero no tengo ninguna intención de irme a vivir a ninguna cueva, lo siento.

-¡PUES ESTO NO QUEDARÁ ASÍ! ¡Habrá sanciones! Pienso reunir al consejo, organizaremos un juicio sumarísimo y tendrás que aceptar la condena, exclusión, pena de trabajo, intervención pública, te juro que pagarás por esto. Sí, sí, te vas a acordar de esto.

-Cam –se aleja de la hamaca y se acerca a él sujetándole del brazo, situándose de espaldas al invernadero y bajando el tono de modo que nadie excepto su interlocutor pudiese oírle- sólo he subido el termostato un par de grados…

-¡CUATRO!

-A nadie más que a ti te molesta.

-¡A LOS TOMATES!

-Seguro que no les importa más que a ti.

-ESTAMOS EN EL CICLO DE PRIMAVERA.

-Razón de más para ir subiendo un poco la temperatura.

-LA TEMPERATURA LA MARCA EL CONSEJO.

-Si, pero tampoco tiene que ser por que ser siempre la misma.

-SÍ, SI ES LA ÓPTIMA. Y LO ÉS, ES LA TEMPERATURA APROBADA POR EL CONSEJO. Y TÚ…

-Siempre tú –volvió a anticipar.

-¡SIEMPRE TÚ!

-Siempre igual.

-¡SIEMPRE IGUAL!

-Las normas están aprobadas por el consejo.

-¡LAS NORMAS ESTÁN APROBADAS POR EL CONSEJO! –Cam se ha puesto tan rojo que empieza a temblar mientras la clava una mirada furibunda.

-Y tú no eres nadie para contradecir al consejo…

-¡Y TÚ NO ERES NADIE PARA CONTRADECIR AL CONSEJO!

Eva estalla en carcajadas arrebatando el poco temple que le queda a Camilo, que fuera de control le empuja con toda su fuerza en el pecho, haciéndole perder el equilibrio y lanzándole contra la pared de plástico del invernadero, que sin oponer resistencia cede ante su peso dando con su trasero encima de un rosal, uno de los preciosos rosales rosas y naranjas de los que todos estaban tan orgullosos, uno de esos rosales con largas y afiladas espinas que ahora se le clavan en la piel. Toda la estructura del gigantesco invernadero se estremece, únicamente cuando el plástico sobre el que ha caído se desgarra bajo él vuelve a parecer a salvo, Cam le mira con los ojos muy abiertos, reprime el gesto de acudir en su auxilio y se encamina a grandes pasos hacia la residencia. A través del plástico observa cómo las primeras personas empiezan a acudir a carreras hacia dónde el se encuentra, curiosos, divertidos y algunos preocupados, seguro que más por el invernadero que por él, pero no en el caso de Eva, que con el rostro serio llega rápidamente para arrodillarse frente a él, al discernir la preocupación en su rostro y la última mirada resentida que le dirige a Cam no puede más que echarse a reír, más aún cuando al tratar de levantarse se clava más espinas en la mano y comprende hasta que punto ha debido de sacar de quicio líder no oficial de la comuna, siempre tan pacifista y libertario.

-Ahora debería dejarte ahí sentado –Eva se ríe con él lanzándole una mirada cargada de amor con sus ojos grises- eres de lo que no hay Adán.

CAPÍTULO DOS

-Sólo digo que no deberías.

-Ya sé muy bien lo que sólo dices Eva.

Son demasiadas las veces que han repetido esa misma conversación, demasiadas, quizá por eso mismo ella se ha vuelto mucho más mordaz e incisiva al respecto, y mucho más calculadora a la hora de elegir el momento y el lugar para abordar el tema. Ambos permanecen tumbados en la cama, uno de los cuartos mayores del último piso de la residencia, Eva apoya la cabeza sobre su pecho y él, al menos hasta que ella volvió a sacar el tema miraba por la ventana situada frente a la cama. Apenas se hubo cubierto un poco el cuerpo hasta la cintura con una de las sábanas del tejido gris y seco de la iniciativa, volvió a la carga.

-Cariño, sólo digo que no deberías enfrentarte sistemáticamente con Cam, nadie saca provecho de eso y estáis poniendo a la gente nerviosa.

-No exageres, no es para tanto, sabes que muchos me dan la razón.

-Sí, y otros muchos a él –le planta los labios en el pecho y le da un prolongado beso, al principio, antes de estar con él era una gran defensora de Camilo, después solía regañarle profusamente tras cada enfrentamiento, ahora trata de cambiar su actitud poco a poco pero siempre se lo planteaba tras hacerle el amor- no debes convertir esto en una competición.

-Sabes que no es lo que busco, ya te lo he explicado un montón de veces, por mi parte él puede quedarse esta comuna y a todos sus imbéciles, yo solo quiero hacer mi vida.

-Cómo todos los demás Adán, pero a diferencia de ti nunca nadie había creado semejante cantidad de problemas, ni a Cam, ni al consejo ni a nadie.

-Tal vez todos eran imbéciles.

-Adán…

-Mierda Eva –le sujeta la barbilla entre el índice y el pulgar de su mano derecha, alzándole la cara lo suficiente para que le devolviese la mirada al rostro- tienes que entenderlo. Vinimos aquí para ser libres, no para acatar una lista interminable de normas que el capullo de Camilo no deja de ampliar. Por todo lo que es bueno, no creo que ni él sea capaz de recordarlas todas.

-Conoce todas las que tú rompes.

-Porque es un obseso, esta cegado con el control y las normas, y conmigo.

-No es sólo eso –vuelve a retirar la cabeza y a apoyarla de perfil contra su pecho, apartando la mirada como si fuese consciente de lo que están a punto de decirle- también está el consejo.

-El consejo es Cam, bueno, él y un grupito de aduladores, coristas y lameculos.

-No seas tan duro.

-Sabes que es así, Camilo convoca todas las reuniones, es el único que lo hace y nunca duran más de cinco minutos después de que él mismo termine de hablar. Lo justo y necesario para que terminen por darle la razón.

-El resto de la comuna respeta las decisiones del consejo, son la base de la convivencia y sólo te pido que hagas lo mismo. No creo que sea tan difícil.

-No, pero es estúpido.

-Y tú arrogante, si tan horribles te parecen sus decisiones deberías entrar en el consejo, tomar partido y allí si podrás discutir durante horas con Camilo.

-Me lo propones cómo si fuese algo que me resultase agradable, además ya me ofrecieron entrar hace tiempo y lo rechacé –un suspiro cansino se le escapa, vaciándole el pecho, creando un silencio denso.

-Sólo te lo pidieron porque yo insistí en que lo hicieran –el tono dulzón de Eva no suaviza la revelación.

-¡¿Qué?! –No da crédito a lo que acaba de oír.

-Hable con Cam, le dije que no estabas de acuerdo con algunas de las normas y coincidimos en que quizá te mostrases menos problemática formando parte activa de la toma de decisiones. Por eso te invitó a unirte al consejo.

-Genial, realmente genial. Así que el único gesto amable que tuvo conmigo desde el día en que llegué fue cosa tuya. Fantástico –trata de pasar la amarga realidad a través de su garganta, la verdad es que pensaba que, cuando le propuso formar parte del consejo, pese a sus diferencias Camilo le respetaba- realmente fantástico. Creo que mañana le abriré la cabeza contra el termostato.

-Podría expulsarte sólo por escucharte decir algo así –su tono es ahora mucho más serio- la violencia está prohibida y cómo chiste es horrible.

-Al final fue él el que me arrojo contra el invernadero, yo nunca le he levantado la mano.

-Ni lo harás. Prométemelo.

-Te prometo no hacerlo a menos que sea estrictamente necesario.

-Tendrá que valer –ahora es ella quien alza la vista mirándole a la cara- además lo de hoy tampoco ha sido su culpa, te estabas riéndo de él a su cara.

-Pero sin emplear ningún tipo de violencia.

-Cierto Adán, pero no quiero tener más problemas con todo este asunto, me preocupa que puedas llevarlo demasiado lejos. Camilo es demasiado fácil de manejar, a veces tengo la sensación de que sólo lo haces por provocarle.

-Esta bien –inspira todo lo profundamente que puede, llenando su pecho de aire y alzando con él la barbilla de Eva- lo admito si tú admites que sólo a ti te resulta fácil manejarle.

-No te atrevas a empezar ahora con eso.

-¿Qué no me atreva?

-Si, no te atrevas.

-Pero…

-Pssst…

Le chista y vuelve la cabeza dando el tema por zanjado. Los restos de luz diurna se apagan en el exterior y de pronto sólo les cubre una claridad grisácea, una luz mortecina dibuja las sombras de la sencilla habitación, la cama junto a la puerta frente a la única ventana, el suelo de madera muy gastada y las paredes pintadas del mismo amarillo chillón que cubre la fachada exterior del edificio. El colchón es duro como una piedra y las sabanas son ásperas, grisáceas cómo todo el eco tejido, ciento por ciento natural y tan natural cómo poco agradable, todo lo contrario que la piel de Eva, tan blanca y suave cómo se puede desear. La auténtica reina de aquella colonia, la mujer más atractiva de la comuna desde el día en que puso allí el pie por primera vez, más de un año antes que el mismo y ya desde entonces pretendida por el resto de inquilinos, incluido Cam. Y si bien ella siempre se comporta cómo si fuese agua pasada le cuesta olvidar los problemas que eso le acarreó, desde el día en que se levantaron ante el grupo anunciando su unión y comunicando sus nuevos nombres, su líder no oficial abandonó el discurso paternalista habitual para con él y desde entonces, pronto hará dos años, se dedica únicamente a ladrarle y a amenazar con expulsarle. Aunque para con Eva sigue siendo todo hospitalidad, comprensión y palabras amable. Pero en algo tiene razón Eva, no tenía ninguna necesidad de subir el termostato, cómo tampoco la tenía de acometer ninguno de los cientos de pequeños actos de abierta rebeldía que viene llevando a cabo.

-Tienes que reconocer que es divertido sacarle de quicio –Adán rompe el silencio y mientras espera una respuesta siente un suave beso en el vientre- y fácil.

-Si –Eva se ríe y comienza a intercalar palabras entre los pequeños besos que le da en el estómago- pero-tienes-que-buscar-otra-manera-de-divertirte.

-Lo haría si hubiese alguna manera de encontrar diversión en este agujero, último refugio del arte y el librepensamiento, pero no me divierte pintar cómo a ti, ni cultivar flores, ni tallar piedras.

-Estoy segura de que algún día encontrarás algo que te llene, -vuelve a dejar la cabeza sobre su pecho y empieza a acariciarle- seguro que pronto sabremos qué es.

-Tú me llenas, pero la última vez que estuve todo el día contigo me salieron aquellas rozaduras tan horribles.

-Y terminaste durmiendo una semana en la sala común –ninguno de los dos puede evitar reírse.

-Estoy bien, de verdad –Adán todavía no consigue borrarse la sonrisa de la boca cuando prosigue- es sólo que todos parecéis más ocupados que yo, con vuestras cosas, y yo siento cómo si me faltase algo. ¿Me entiendes?

-No. Yo tengo todo lo que quiero, todo lo que siempre soñé que tendría cuando me fugué hacia la colonia, todo y más.

-No me malinterpretes –hunde los dedos en las raíces de su pelo- yo también.

-No, no mientas, te falta algo que hacer, trabajas con los demás, pero yo también creo que te falta algo, además de trabajar y estar conmigo quiero decir.

-¿Y que crees que puede ser cariño?

-¿Qué es lo que querías cuando viniste a la comuna?

-Yo… -Adán suspira profundamente, tiene la respuesta, pero sabe que no le será sencilla expresarla con palabras- no lo sé. Supongo que sólo quería escapar de la ciudad, escuché de un sitio donde había más libertad y corrí hacia el.

-¿Libertad para qué?

-No lo se cariño, para hacer las cosas a mi manera supongo, para ser alguien por mi cuenta y no lo que decían que tenía que ser, a veces me gusta pensar que para encontrarte.

-Bueno –vuelve a sentir los besos en el estómago- al menos esa parte si que te salió bien –un beso mas largo le estremece cuando siente el aliento caliente de Eva primero y justo después la humedad de su lengua- me encontraste, me encontraste muy bien –de nuevo el tacto de la saliva caliente esta vez dibujándole una línea ascendente por el pecho- no pasa un día sin que dé las gracias por ello.

-Ni yo Eva, ni yo.

Ella apoya las rodillas en el colchón, rodeándole con sus piernas mientras asciende con la lengua, hunde una mano en su pelo y le empuja la cabeza hacia atrás para lamerle el cuello, el lóbulo de la oreja y la línea de la mandíbula hasta la barbilla, desde dónde subió hasta la boca a la vez que él colocaba la punta más elevada de su entrepierna dentro de ella, el calor húmedo consiguió que ambos se estremecieran y que un pequeño gemido se les escapase entre los resquicios del apasionado beso en el que se sumergieron, Eva empujó entonces su pelvis hacia delante y abajo introduciéndole dentro de ella y con un gritó comenzó a balancearse hacia delante y hacia atrás, el se lleno las manos con sus pechos de pezones rosas, con sus muslos blancos y con sus nalgas, dónde acompaso lo mejor que pudo los movimientos de ella, ayudándola a dar forma a la danza de gemidos quedos, de arañazos, caricias y apretones, pellizcos, mordiscos y palmeos húmedos de la bestia de dos espaldas. Cuando tras un fuerte espasmo que le hizo arquear la espalda y soltar todo el aire esparció su humedad en ella, Eva se dejo caer, sudorosa y agotada sobre él, respirando pesadamente y con dificultad, podía sentir su pulso desbocado en su pecho contra el suyo. Aún cuando tardo un poco en hablar cuando por fin lo hizo lo hizo entre bocanadas de aire y con una amplia sonrisa de sus pequeños dientes blancos dibujada en el rostro.

-Tienes que terminar esta estúpida disputa con Cam –Adán no fue capaz de emitir más respuesta que un exasperado, estruendoso y larguísimo suspiro- no quiero volverle a oír hablar de expulsarte ni verte a ti dándole motivos. No quiero que esto termine nunca. Nunca.

 

CAPITULO 3

 

El módulo provisional de alumbrado y calefacción, visto de cerca y por detrás, se revelaba en su auténtica naturaleza, una estructura descomunal, ajada y chirriona compuesta por una enorme grúa cuadrada con una escalera de acceso en el centro y una enorme bombilla alógena. Un conjunto de cables y poleas bien engrasados dan movimiento a la mejor y aún así burda imitación del astro rey que varias generaciones de filósofos y librepensadores lograron construir. Y es que si bien la comuna era un faro para los inadaptados pocos inadaptados resultaron ser buenos ingenieros.

Desde la base de la grúa, la gigantesca estructura metálica de más de cincuenta metros se alza imponente pero frágil, precaria. Y mientras engrasa los cables con lubricante sintético y una pesada brocha, Adán es incapaz de dejar de elucubrar sobre qué ocurriría si aquel artificial manantial de luz y vida volviese a apagarse de nuevo. Orientado hacia la residencia pero de modo que al edificio le alcanzase únicamente iluminación indirecta, el foco alumbraba una basta extensión de terreno llana sembrada de invernaderos, todos ellos llenos de cultivos naturales, fertilizados o hidropónicos, productores todos de generosas cosechas, suficientes para hacer de la colonia una sociedad independiente a no mucho tardar.

Pero no siempre había sido así, el módulo completo necesitaba de tres baterías de gran potencia para funcionar, una para el sistema de cables encargados de izar el foco y otras dos para el propio foco, las autoridades sólo autorizaron la entrega de las baterías haría unos cinco años, hasta entonces habían sido años duros, de oscuridad, cosechas ridículas y mendicidad, en adelante el futuro parecía esperanzador, pero no lo sería tanto si se agotasen las baterías o si una racha de viento fuerte diese al traste con toda la estructura.

Vuelve a hundir la brocha en el líquido denso, el cable gira sobre su circuito veloz liberado del peso del gigantesco foco alógeno anclado a treinta metros su cabeza. El sudor le pega la basta ropa de lino gris a la piel mientras humedece la brocha en el cubo y la acerca al cable una y otra vez, todos los tejidos de la colonia tenían el mismo color blanco grisáceo, sucio, resultando además ásperos provocaban unos picores imposibles de rascar, el sudor que bajo las axilas le pegaba la tela a la piel no le facilitaba el trabajo. Alane le había entregado una especie de albornoz que, según ella, casaba a la perfección con su carácter, ancho y suelto de mangas, estrecho a los hombros y cerrado sobre el ombligo por dos largas tiras de tejido parte de la propia prenda y pero que antes tenían que cruzarse a la espalda. Cierto que la diseñadora era la misma para toda la colonia, cierto que no era el único disconforme con sus prendas, pero de todos modos había comenzado a sospechar que la verdadera razón de aquella prenda era una profunda antipatía de Alane hacia su persona, algún tipo de odio secreto plasmado en esa chaqueta de corte imposible y llamativo, acompañada de un pantalón liso hasta el tobillo únicamente porque se había negado en redondo a aceptar la falda que le ofrecieron en primer lugar. Y todo porque pese a sus sospechas, Alane era amable con él, sino lo de la falda hubiese provocado un altercado mayúsculo, por mucho que la modista dijese que su resolución le inspiraba libertad salvaje frente a la opresión simbólica de los pantalones. Después de todo, la mayoría vestía pantalones, con camisetas de manga larga, corta, sin mangas, chalecos abiertos o cerrados, todo con alguna pequeña variación y siempre en el mismo tejido, pero Alane decidió que su carácter le había resultado inspirador y no dejaba de preguntarse si Cam estaría detrás de todo aquello.

El mismo Cam que ahora se columpiaba junto al alógeno a treinta metros sobre él, en compañía de los dos manitas de la colonia Jon y Simon. Los tres estáticos junto al foco, tal y cómo se habían pasado la última hora de sus vidas, contemplando un mecanismo que no entienden fingiendo buscar una solución que saben que no encontrarán. Hace más de seis meses que algo se había desajustado en la grúa, nadie había conseguido averiguar el qué, pero desde entonces y periódicamente se producían atascos en el mecanismo de elevación del foco, el cual era responsable de repartir luz entre los cultivos además de simular el paso de las horas. Así, el día oficial de la comuna se iniciaba cuando el foco se encendía a ras de suelo, transcurría a medida que se iba elevando y terminaba cuando la estructura se alzaba muy por encima de la residencia, arrojando luz únicamente a los cultivos más lejanos. El desajuste venía provocando que aproximadamente un día de cada veintiuno el sol se atascase a las cinco de la tarde, sin dejarles otra opción que no fuese reiniciar el circuito y padecer un día de cuarenta horas, o apagarlo y congelarse en una noche de dieciséis.

Ya ha engrasado la totalidad del cable tres veces cuando arroja la brocha en el cubo, retrocede un par de pasos para alejarse de la grúa metálica y lanza una mirada airada a sus compañeros. La conversación con Eva aún le pita en los oídos, pero el sudor y el frío no le animan a seguir fingiendo indiferencia. Sabe tan bien cómo Cam que no solucionarán nada allí parados, ni ellos ni nadie en la colonia, pero no le apetece que puedan tacharle de irresponsable y de vago si regresa a la residencia sólo. Por eso se lleva las manos a la boca y se llena los pulmones antes de dirigirse a los de la torre.

-¡Eh! ¡Chicos! Ya he terminado aquí abajo.

-Bien –Cam es el encargado de hablar, cómo siempre, pero antes de volver a dirigirse a él lo hace a Jon y a Simon, Adán no escucha las risas pero si ve las sonrisas antes de que le vuelva a hablar- puedes ir yendo, pero llévate tus cosas.

Se coloca los brazos en jarras y clava la vista en el suelo, sus cosas son la brocha y el cubo, las únicas herramientas que se han usado y por tanto mucho más útiles que todos los calibradores, medidores, sopletes y los sofisticados aparatos para modelar el metal que llevan ellos, pero la idea de Cam le parece clara, dejarle volver en primer lugar sólo para regresar él mucho más tarde y con gesto de mártir, aunque claro está sin haber solucionado nada.

-Vamos Cam. Hace frío y estamos cansados.

-Todos lo estamos –Camilo grita mucho menos que él, le cuesta escuchar todo lo que le dice- pero es que aún no hemos arreglado esto.

-Ni lo conseguiremos hoy, está empezando a anochecer y a ponerse frío, pronto os quedaréis sin luz.

-Por eso tenemos que aprovechar Adán, vete yendo.

“Vete yendo” Escupe las palabras para sí antes de volver a bajar la vista airado, sabe perfectamente lo que es estar allá arriba, él mismo se había encaramado el primero la primera vez que el foco se había encallado. En esa ocasión estudiaron el problema durante días, todo el mundo en la colonia había aportado trabajo, ideas y soluciones, sin haber conseguido nada. Y entonces también habían estado Cam, Jon y Simon, cómo también habían estado todos los días tras aquel sin conseguir nada, al igual que esa tarde, que sin ninguna idea nueva están pasando contemplando la parte trasera del alógeno y esperando a que acuda la inspiración, tal y cómo ya habían hecho una docena larga de veces.

Todo el mundo en la residencia había acordado que necesitaban ayuda con aquel problema, el consejo había decidido no solicitarla a las autoridades y esperar la llegada de alguien con los conocimientos apropiados para repararla, siempre que su condición no se agravase, pero de todos modos Cam se llevaba a Jon y a Simon allí una vez a la semana, pasándose el día colgados y sin conseguir nunca nada.

-Vamos Cam, todos sabemos que no puede arreglarse. Vámonos.

-Esa no es razón para no intentarlo Adán.

-¿Qué? ¡Es la mejor razón para no intentarlo! No puedes pasarte la vida ahí colgado esperando un milagro.

-Vete y no nos molestes más Adán.

-Baja y deja de joder Camilo.

La mirada que le dedicó Cam en respuesta parecía decidida a fundirle la cabeza en una masa informe. No obstante Adán capto indecisión a su lado, Simon y Jon intercambiaron miradas y comenzaron a hablar entre ellos y con Cam. Esto le hizo reprimir una sonrisa, hasta esa tarde había pensado que los chicos hacían esas escapadas con convencimiento, bien con el de tratar de arreglar la torre o bien con el de que Cam sería capaz de hacerlo, pero ese pequeño gesto le decía que todo ese dispositivo, cómo tantos otros, se debía únicamente a la insistencia autoritaria del líder de la comuna. Al menos ahora llegarían para cenar sin haber perdido demasiado el tiempo.

-Vamos Cam, otro día será.

-¡O puede que no haya otro día!

-O puede que nos queden otros seis meses. Vamos, baja por los chicos, se os van a helar las orejas allí arriba.

Unos cuantos comentarios más en la parte media de la torre, asentimientos, el sonido de los anclajes al conectar de nuevo el foco al mecanismo y Jon comenzó a descender por la escalera manual en el centro de la estructura, seguido de Simon y con Cam cabizbajo tras ellos.

Escurre lo mejor que puede el contenido de la brocha en el cubo, tapándolo al terminar y se prepara para irse en cuanto sus compañeros toquen suelo. Está cansado y el sudor se le empieza a enfriar contra el cuerpo haciéndole tiritar, el mundo siempre es frío más allá de la luz de los focos aún de día y no había escogido ropa de abrigo, ni de trabajo, después de todo no él no había decidido estar allí.

Sentados al comedor de la residencia, con toda la comuna dando cuenta de su ración de arroz y verduras caseras, Cam se había levantado y proclamado su intención de volver al foco, después solicitó la ayuda de los dos manitas y sólo entonces, con la sutileza habitual, Eva le había pellizcado un muslo sobre la rodilla con tanta ferocidad que le obligó a ponerse en pie. Toda la sala se giró en su dirección y captada la indirecta de su pareja se ofreció a echarles una mano, Eva le recompensó con una amplia sonrisa pero ni de lejos tan amplia cómo la sorpresa de Cam, obligado a acceder a su petición –pública- en base a su incansable predicamento sobre el compañerismo y la colaboración. No pudo evitar sonreír al recordar la resignación apoderándose de los rostros de los neutrales Jon y Simon, aunque se alegraba de no haberles dado motivos para arrepentirse. Nada más salir de la residencia e ignorándole por completo Cam se había arrancado con uno de sus sermones sobre la vida en comunidad, y nada más llegar a la torre él se había ofrecido para engrasar los cables aumentando la distancia entre ellos, asíque con todo la jornada había transcurrido relativamente apacible y tranquila. El foco seguiría atascándose regularmente, exactamente cómo ellos, a menos que terminase de hacerle caso a Eva y tratase de arreglarlo de una vez, a Camilo claro, no al foco.

Al llegar al suelo Simon recogió una parte del equipo y pasó a su lado sin dirigirle la palabra de vuelta a casa, fue Jon el que expresó el sentir de ambos dibujando un “gracias” silencioso en su boca reforzado con un guiño. Cam se hizo con las últimas piezas del equipo que no habían utilizado y les siguió, él se dispuso a hacer lo mismo, dejando unos diez metros entre Camilo y su persona para tener la fiesta en paz, pero antes de que éste se alejase y sin entender del todo por qué terminó por abrir la boca.

-Ella me eligió a mí Cam.

-¿Qué? –él se detuvo por un instante, desconcertado.

-Que fue ella quién me eligió a mí, no al revés.

-Claro –con el cuerpo orientado a casa y la cabeza girada hacia él Cam se dispuso a volver a casa- lo que tú digas.

-Espera Cam –por un momento le pareció escuchar la voz de Eva- esto no puede seguir así, tarde o temprano vamos a tener que hablar de ello.

-Habla –Cam se giró hacia él y dejó las piezas de equipo en el suelo, invitándole a hacer lo mismo con un gesto de cabeza al tiempo que cruzaba los brazos sobre el pecho, con aire molesto- no seré yo quién quite a nadie de expresar su opinión –un segundo de silencio pareció invitarle a hablar, pero en cuanto empezó le interrumpió rematando- no cómo otros.

-Creo que ya sabes lo que quiero decir y lo que quiero, se un poco elegante hombre.

-No sé lo que crees que está pasando aquí Adán, ni de lo que crees que tiene que pasar ahora.

-Por favor Cam, no hagas esto más difícil y más desagradable de lo que ya es.

-¿El qué? –El tono molesto y agresivo junto con la mirada cargada de resentimiento y desprecio, convirtieron su fingida indiferencia en la peor interpretación en siglos- mejor lo dejamos, creo que te estas confundiendo.

-No fue nuestra intención –y entonces lo vio claro, tal vez no tuviese que pensar demasiado, después de todo habían sido las palabras de Eva las que le habían conducido a esa situación, quizá fuesen ellas mismas las que le sacasen- no pretendíamos herirte. Nunca quise robártela, simplemente nos enamoramos. Si alguna vez has querido a alguien es algo que puedes entender, estas situaciones no se eligen.

-Sigo sin saber a qué te refieres –hizo un amago de marcharse, olvidándose del equipo y dándole la espalda apresuradamente pero entonces Adán le sujeto por el brazo y le volvió hacia él.

-Lo sabes de más, deja de hacer el idiota –Cam, vuelto hacia él le agarro con ambas manos por la pechera y le empujó hacia atrás- ¿Qué vas a hacer? ¿Pegarme?

-¡Suéltame! –Cam está encendido de rabia y habla alterado pero sin subir la voz, Adán se aferra a él también por la pechera y al hacer ambos fuerza tiene que afirmar los pies en el suelo para evitar caerse- ¡Suéltame! –pero él a su vez no le suelta, sino que sigue haciendo fuerza y zarandeándole quedamente, en el sitio- ¡Qué me sueltes hostia!

-¡Suelta tú también! –mira por encima del hombro de Cam para ver que sus compañeros ya están muy lejos y ajenos a lo que allí ocurre- ¡Cam coño! ¡Suelta! –siguen forcejeando sin que ninguno suelte al otro, ninguno usa toda su fuerza pero siguen allí tambaleándose cómo imbéciles- ¡quita coño! ¡Suelta!

-¡Suéltame tú! –se pregunta cómo sería pelear con Cam, no parece mucho más fuerte pero si que es mucho mas grande, finalmente no se siente tan tentado como para averiguarlo y finalmente alza las manos en el aire, con las palmas bien visibles.

Su interlocutor parece apercibirse del gesto un segundo más tarde y apunto esta de derribarle, cuando a su vez le suelta ambos se alejan tratando de mantener el equilibrio y levantando nubes de polvo con los pies, Adán consigue estabilizarse primero y permanece en pie con las palmas de las manos alzadas, Cam a su vez se alza sólo a medias manteniendo la cabeza gacha y con los puños crispados, el tono rojo de su cara amenaza con volverse morado cuando Adán estalla en carcajadas. Tiene que llamarlo para que no se vaya.

-Espera ¡Espera! Vamos Cam, no podemos dejarlo así.

-No quiero hablar de esto contigo –comienza a alejarse de vuelta a casa.

-¿Y con quién esperas hablarlo? ¿Con ella? –Se arrepiente de sus palabras nada más terminar de pronunciarlas, pero al menos consigue que se detenga y se vuelva.

-Con nadie, no hay nada que hablar.

-Lo habrá, o al menos eso cree Eva. Y mientras sigas siendo un cielo con ella y un cabrón resentido conmigo no puedo discutírselo.

-A cada uno lo que se merece Adán.

-No me voy a ir a ninguna parte tío. Lo siento mucho, pero eso no va a pasar.

-Se cansará de ti.

-No lo creo.

-Lo hará cuando te vea cómo te veo yo.

-¿Cuándo me vea cómo? ¿Casado con ella? Ya lo ve, y le gusta. No soy mala persona sólo por estar con ella.

-Eres interesado, despectivo y terriblemente egocéntrico. Desprecias a la mayoría de la comuna, no te interesas por nadie y sólo por lo que puedes conseguir.

-Vaya –le sorprende lo elaborado de su diagnóstico, pero no está dispuesto a dejarle llevar la discusión a ese terreno- te has tomado tu tiempo con esa. Quizá tengas razón, pero en cualquier caso ya era así al llegar aquí y aún así se enamoró de mí.

-Eso no es asunto mío.

-Ahí estamos de acuerdo, ni lo es ni lo será. Pero más te vale dejar de tratarme cómo mierda siempre que se te plantee la ocasión, le molestas.

-No me meto nunca con ella, sino contigo y sólo porque tu actitud deja muchísimo que desear.

-¿Mi actitud? ¡Vamos! –el muro que el contemplativo y razonalotodo de Cam le plantea le empieza a sacar de quicio- mira hacia la residencia, completamente llena de gente a la que nunca le dirías nada ni aunque le estuviesen prendiendo fuego. La tienes tomada conmigo y eso tiene que cambiar.

-No si no cambia tu actitud.

-Hecho.

-¿Qué?

-Que cambiará, pero a condición de que cambies la tuya.

-Lo he pensado mucho Adán –le mira con aparente condescendencia, aún algo rojo, pero tratando de hablar serio y tranquilo- lo he visto varias veces también, a veces hay gente que viene aquí buscando algo, no saben el qué y cuando no lo encuentran se quedan y causan problemas. Tal vez sería lo mejor para todos que te fueses.

-Vaya, -el líder de la comuna le acaba de pedir que se vaya y no tiene ni idea de cómo procesarlo- pero deberías pensar en que no me iré a ninguna parte sin ella.

-Entonces tal vez sea yo el que deba irse.

-Yo nunca te pediría eso –nunca había pensado en pedírselo- no seas extremo Cam, ya sé que eres un poco incendiario y que tiendes a magnificar las cosas, pero no tiene por que ser todo blanco o negro. Todo mejorará, ya lo verás, te ayudaré.

Le tiende la mano y le mira a los ojos, es pronto para saber en qué terminará aquello, pero espera haber dado con las palabras adecuadas. Finalmente Cam le estrecha la mano, musita un “sí”, recogen el equipo y emprenden el camino de vuelta a casa silenciosamente. Pasado el calor del momento a Adán le vuelve el frío al cuerpo, calándole hasta los huesos.

No es hasta llegar a la residencia, al ver a Eva apoyada en el marco de la puerta que se empieza a sentir mejor. Ella le dedica una sonrisa a Cam y le hace un hueco para dejarle pasar, hueco que cierra cuando el se dispone a seguirle. Ella sigue con su enorme sonrisa y de cerca advierte también un brillo intenso en sus ojos grises, parece haberse olvidado completamente del pellizco cuando le planta un pequeño beso en los labios y le dice: “gracias”.

 CAPITULO CUATRO

Eva duerme. Aún faltaran unos quince minutos para el amanecer pero el ya se ha despertado, esto le ocurre desde hace meses, su cuerpo se ha acostumbrado mucho antes al nuevo horario que el de su mujer. Hace frío en la habitación, cómo siempre y Eva respira tranquila, arrebujada bajo una pila de sábanas asomando únicamente sobre ellas la nariz y los ojos, piensa en lo curioso que resulta cómo en los primeros meses de su matrimonio era a él a quién se abrazaba y cómo, muy poco a poco, le fue sustituyendo por las sabanas, esa no era la primera vez que se despertaba semidesnudo y aterido de frío, ni sería la última, pero al menos ella no había vuelto a resfriarse desde entonces.

Paladea con placer los últimos instantes antes de abandonar el lecho, se tumba boca arriba y tratando de no perturbar a Eva se estira todo lo que puede, algunas de sus articulaciones estallan y un sonoro bostezo muere estrellado en su garganta. Con la mayor delicadeza que le es posible hunde la yema de los dedos entre los mechones de pelo de su mujer que están visibles, acariciando sin apenas rozar su cuero cabelludo, no ha mirado el reloj pero está seguro de que no les queda mucho más de cinco minutos y sabe que Eva prefiere despertarse con sus caricias, al menos lo prefiere al brillo cegador y repentino del foco al iniciarse. Sus ligerísimas caricias arrancan finalmente un quejido de dolor infinito, un caluroso y angustioso lamento de bienvenida al nuevo día, ella termina de enterrar su cabeza entre la ropa de cama provocándole una risotada.

-No conseguirás esconderte de las seis de la mañana ahí debajo cariño.

Un torbellino de exabruptos apenas pronunciados remueven el contenido de la pila de sabanas, una mano termina por salir reptando bajo ellas para recibirle. Pero Eva está tan doblada sobre si misma que en lugar de tocarle la cara o el pecho, termina plantándosela en el muslo, es una mano calida, quizá no tanto pero al menos eso le parece, ha vuelto a despertarse cubriéndose únicamente con sus propios brazos y debe tener la piel helada.

-Métete conmigo –le parece que le dicen- di que estamos malos.

-¿De verdad? –Tiene que pegar un tirón de las sábanas para hacer un pequeño hueco por el que introducir los pies- ¿de verdad me dejas decírselo?

-¡Ah! ¡Estas helado! –Eva le hace un hueco refunfuñando y le lleva tres intentos terminar de decidirse a abrazar su carne fría- …mejor no, no. No les digas nada pero quedate cinco minutos conmigo, que esperen.

-Algo es algo, si.

Coloca un brazo bajo la cabeza de ella y la rodea con el otro, entrecruzan las piernas y trata de entrar en calor. Ella tiene la piel húmeda, cálida, haciéndole querer pegarse aún más a su cuerpo, ella le devuelve el abrazo aún entre quejidos, pero ya no distingue si son de pereza, de frío o de que.

La ropa interior de la colonia era tan áspera cómo toda la demás, incluidas las sábanas, pero los bastos costurones la hacían incómoda y poco apetecible, por eso siempre dormían desnudos. Y apenas nota el calor íntimo de ella en la parte alta de su muslo se alegra infinitamente de haberla despertado, se olvida de las caricias tiernas para entrar en calor y poco a poco hunde sus manos al final de la espalda de ella.

El foco se enciende a la vez que él y la luz inunda la habitación a la par que la sangre su entrepierna. Eva descruza sus piernas de las suyas y se incorpora rápidamente, saltando ágilmente de la cama a la par que recoge su vestido a los pies de la misma y se lo pone. Adán se incorpora sobre sus codos maldiciendo.

-¡Vamos! Antes no podías quitarme las manos de encima, siempre lo hacíamos al levantarnos.

-Y siempre llegábamos tarde a desayunar –se sujeta su vestido con el broche al hombro- acuérdate cómo nos miraban todos después en la sala común.

-Sí, con envidia –se pasa una mano por el pelo y el rostro y nota el primero alborotado y el segundo legañoso- además no creo que nadie se dé cuenta si llegamos un poco tarde. Para un día que ninguno de los dos tiene cocina.

-Hace meses que no tienes turno de cocina, ni yo. Y la gente si que se da cuenta, que a ti no te importe es otra cosa.

-Tienes razón, no me importa para nada –se sienta sobre la cama y atrae a su mujer hacia si tirándole de la cintura- explícame qué tengo que hacer para que a ti también deje de importarte – se la sube a horcajadas y respira profundamente pegándole la nariz a los pechos- dime qué y lo haré.

-Tienes que bajar a desayunar, a la misma hora a la que baja todo el mundo –ella le coloca las manos a los lados de la cara y le alza el rostro en dirección al suyo, cuando la mira le dedica una amplia sonrisa antes de rematar- o despertarme quince minutos antes. Vamos, ya haremos un hueco por la tarde.

Se vuelve a levantar de un salto y sale rápidamente de su habitación, dejándose zapatos, marido y una erección de campeonato.

El gran comedor de la colonia ocupaba la practica totalidad del ala derecha de la planta baja de la residencia, y se reducía a una gran estancia despejada, compuesta por mesas y bancos de madera distribuidos de manera transversal en la sala rectangular, dejando un amplio corredor central hasta la mesa principal al fondo de la estancia. La iluminación era generosa a diferencia de la comida, apenas amontonada en la mesa principal a modo de buffet dónde todos se iban sirviendo un vaso de leche, algo de zumo, fruta, queso y una rebanada de pan. Una leche con la consistencia del agua, zumo sin azúcar, fruta verde a rabiar, queso duro cómo una piedra y pan del día anterior. En efecto eran libres, pero también eran pobres y nadie se levantaba nunca a hornear pan para los demás.

Distinguió a Eva sin dificultad, sentada a la mesa del fondo junto a la principal y de espaldas a la comida, charlando animadamente con Carol y Verónica. Ciertamente las tres atraían poderosamente la atención, el platino de Eva junto al rubio de Vero y el castaño dorado de Carol eran de lejos lo más colorido de la estancia, además de lo más bonito. Su mujer era algo mayor que sus dos amigas, rondando ella los treinta ambas chicas tenían poco más de veinte años, quizá por eso mismo Eva las hubiese acogido desde su llegada y desde entonces siempre pasaban mucho tiempo juntas.

Se dirigió a la mesa del fondo y se hizo con un plato, un vaso de zumo multifruta grumoso de un tono de verde casi marrón, paso de largo el queso y recogió un par de manzanas pequeñas y macizas y otra a punto de deshacerse casi del mismo color del zumo, desistió de buscar algo mejor y fue a sentarse con las chicas. La animada conversación se extinguió en el mismo momento en se sentó, recibió las tres miradas resentidas de las mujeres con indiferencia y empezó a comerse su primera manzana. Estaba demasiado acostumbrado a interrumpirlas cómo para darse por aludido, y mucho más cómo para fingir que le importaba.

Podría sentarse en cualquier otro lugar, había bancos para más de trescientas personas, quinientas bien avenidas, y en la colonia apenas habría muchas más de ciento veinte en aquel momento, todas hacinadas junto a la comida. Reconoció a Jon y a Simon a un par de mesas hacia la entrada, a Cam en un banco de la fila del otro lado con un plato lleno fruta y gesticulando como un loco ante su atenta audiencia, a Alane la modista en la mesa de al lado de la suya, a Flor, a Marcos, Nicolás, Jason, Bryan, Tomate, Alonso, Piedra… un centenar de conocidos, algunos amigos y toda una sala capaz de darle conversación durante un desayuno, no obstante había elegido sentarse allí y allí se iba a quedar. Lanzó un mordisco a la segunda manzana y el crujido que emitió hizo que toda la mesa se girase hacia él.

-Ayer estuviste con Simon en la torre –Carolina se quedó entre la pregunta y la afirmación cuando finalmente se dirigió a él.

-Cállate bocazas –Verónica se apresuró a cortarla, antes de que tuviese tiempo a continuar, Adán dirigió su mirada hacia Eva en busca de auxilio pero ella únicamente le dedicó una sonrisa y una mirada en blanco.

-Sí, estuve –se dirige a Carolina y observa divertido cómo el rubor toma la cara de Verónica- ¿Por?

-Sólo por si te había comentado algo de alguien –Carolina apenas retenía las carcajadas mientras Verónica se empezaba a amoratar.

-Cállate estúpida –ambas tienen casi la misma edad, pero Verónica resultaba mucho más tímida e introvertida, más madura según Eva, era lo opuesta a la explosiva Carolina, toda sonrisas y picardía- se va a enterar toda la colonia, no tiene ninguna gracia.

-Adán no se lo dirá a nadie –Eva intercede antes de que la sangre llegue al río y le clava la mirada en los ojos antes de continuar- ¿verdad Adán?

-¿Decir qué? –Finalmente las chicas han conseguido sin demasiado esfuerzo que se arrepienta de haberse sentado con ellas- ¿Decir qué a quién?

-A Simón que Verónica se lo quiere comer –Carolina le da la explicación que no necesitaba.

-Eres estúpida –Vero se lleva la cara a las manos consiguiendo que Carol se desternille y que marido y mujer no puedan por menos que sonreír y lanzarse miradas cómplices.

-Me gusta Simón –trata de echarle un capote a la avergonzada chica- y no lo digo por lo de ayer en el foco, realmente me cae bien. Un tipo serio, agradable. Parece buen tío, creo que tienes bastante buen gusto.

-Deberías ir a hablar con él –ahora es Eva quien trata de rescatarle a él- y deberías hacerlo antes de que lo haga esta bocazas, no creo que te quede mucho tiempo.

-¡Eh! –Carol se lleva las manos al pecho con mal fingida afección.

-Cómo mucho tendrás hasta la comida antes de que se entere –Eva sólo consigue con esto que Vero se ponga aún más oscura y que todos se rían aún más.

-No vale –Carol habla entre risas- yo ya sabía esto hace semanas y no se lo dije a nadie.

-Igual por eso ahora nos lo estás diciendo a todos juntos –le divierte que la chica valore más el tiempo que ha guardado un secreto que el hecho de que lo haya privado de su condición- además ahora que ya nos lo contaste a nosotros seguro que se lo cuentas al resto de la colonia.

-Fijo –Vero asiente sin alzar la cabeza.

-Pero nosotros no –Eva trata de tranquilizarla- de eso puedes estar segura.

-A menos que… -las tres se giran súbitamente hacia él- quieras que le diga algo a él.

-¡Dios! –Verónica se levanta y lanzándole una mirada resentida a Carol abandona la mesa, seguida por su amiga que al menos atina a despedirse.

-Pero que bruto eres –Eva le sonríe divertida y negando con la cabeza- ¿Pero cómo se te ocurre decirle eso a la chica.

-Bueno –le lanza otro sonorísimo mordisco a la fruta- si el chico le gusta y no se atreve a hablar con él igual quería que fuese yo.

-Con las chicas no es así Adán. A veces se me olvida lo bestia que puedes llegar a ser con estas cosas.

-¿Qué cosas?

-Cosas femeninas –Eva observa resignada el zumo dentro de su vaso y le da un par de vueltas antes de volver a posarlo sobre la mesa- ¿Qué harás hoy cariño?

-Supongo que volveré con los chapuzas –aunque aún no lo tiene nada claro- creo que hoy necesitan gente para tratar de retejar. ¿Tú?

-Invernaderos hasta la comida y después pensaba pintar un rato.

-¿Y el hueco que me prometiste?

-No te prometí nada –vierte el zumo contenido en su vaso en el suyo- te dije que a lo mejor y sino esperas hasta por la noche, que no te va a pasar nada.

-¿Sabes que a partir de mañana te pienso despertar todos los puñeteros días a las cinco de la mañana?

-¿Sabes que no me volverás a tocar cómo se te ocurra hacerme esa jugarreta? –recoge sus trastos y se levanta, salta el banco y se agacha lo justo para darle un beso en los labios que apenas es un roce y se va.

Y tras ella toda la colonia comenzó a cobrar vida, así, por grupos los encargados de la cocina, trabajadores de los invernaderos, telares, tratamiento de aguas, de residuos y cuidados de personal fueron abandonando la sala para dedicarse a sus quehaceres diarios, hasta que sólo quedaron en el comedor el grupo de mantenimiento y el comité teórico de Cam. Los chicos de mantenimiento se agrupaban en una mesa con Jon y Simon, siete chicos en total, mientras que en la de Camilo, la cuadrilla de vagos cómo a Adán les gustaba apodarles, superaban la docena.

Recogió los restos de comida sobre su plato y despejó la mesa, lo apoyó todo en la pila de cubertería sucia de la mesa principal dejándolo para la gente de cocina y se acercó a los chicos de mantenimiento. Aún trataban de ponerse de acuerdo acerca de cuál eran las labores más urgentes.

-… los atascos de la segunda planta os digo –Timmo era un joven poeta rubio y de ojos azules, alto y ancho de hombros, que en la colonia pagaba su comida con ese tipo de chapuzas- hace una semana que los desechos no bajan hasta el depósito y si no arreglamos eso vamos a terminar de mierda hasta las orejas. Literalmente.

-Nos estamos helando en el piso de arriba Timmo –es Simón quien le da la réplica, también alto pero mucho más delgado que el poeta y de pelo castaño, parecía sin serlo mucho más joven que su interlocutor, ninguno de los chicos a excepción de él mismo pasaría mucho de los veinte- hay agujeros en el tejado por los que puede pasar un puño y las noches son cada vez más frías, esos desechos no se irán a ninguna parte.

Cuando le hacen un hueco y se sienta a la mesa la división de opiniones parecía haberse atascado en un empate. Cam evitaba enredar con los horarios del grupo de mantenimiento cómo hacía con todos los demás, él y su comité teórico, al menos lo evitaba desde que él empezó a frecuentar aquel grupo. Pero sólo después de haber pasado por construcciones, invernaderos, telares, el comité teórico, cocinas, tratamiento de residuos y de agua, limpieza y cuidados del personal, tras todo esto el mantenimiento se había perfilado cómo una opción lógica, y única. Todas las demás tareas habían terminado por aburrirle hasta la saciedad, le resultaban mecánicas y poco gratificantes, más o menos igual que el mantenimiento pero al menos este ofrecía pequeñas variaciones diarias.

Observó cómo la cuadrilla de vagos empezaba a lanzarles miradas reprobatorias, sin duda pensando que el hecho de que fuesen a pasarse el día allí sentados charlando no daba derecho a los demás a imitar tan improductiva actitud. Y si algo no quería permitirse era darles la razón, planteó la cuestión en voz alta del modo más sencillo que se le ocurrió a fin de desatascar la decisión.

-¿Entonces mierda o tejado?

Seis voces respondieron en cascada la palabra “tejado” zanjando la discusión, Timmo se encogió de hombros y se dispuso a seguir al grupo. Primero hasta un pequeño cobertizo en la parte trasera de la residencia, la umbría, aislada de la luz del foco con su suelo de polvo y piedras. Allí recogieron vigas de plástico de construcción, ligero cómo la paja, dúctil para moldearlo y duro cómo el hormigón una vez seco; y cargaron las herramientas que necesitaban así cómo todas las tejas que fueron capaces antes de subir al tejado.

Una vez en lo alto Simón les condujo hasta la sección en discordia, en la parte umbría del tejado –la opuesta a dónde se encontraba su habitación- dónde el plástico de construcción y las tejas se habían empezado a biodegradar, provocando la aparición de agujeros y grietas.

Nunca le habían gustado las alturas, menos ahora en ellas y a la sobra del tejado, la luz del foco no les tocaría hasta la tarde y a todos les empezó a brotar vaho de la espalda en cuanto empezaron a trabajar. Las tejas estaban tan estropeadas que se podían arrancar con la mano, tuvieron que retirar unos diez metros de largo por casi cuatro de ancho antes de dar con unos bordes firmes sobre los que empezar a retejar. Ya era media mañana cuando finalmente pudieron empezar a reconstruir el tejado, en el boquete abierto se veían tres habitaciones desocupadas de la tercera planta, cuando bajaron a colocar las vigas en una de ellas Adán se encontró por fin a solas con Simon.

-¿Crees que acabaremos antes de comer? –La pregunta retórica del chico es bien recibida- porque me da que no.

-No lo creo, personalmente me conformaría con terminar de colocar las vigas antes de comer, así seguro que terminamos antes de cenar.

-Ya –Simon no le escuchaba con demasiada atención mientras pasaba un cortador térmico a través de una viga, seccionándola limpiamente- esto tenía que ser cosa de los constructores.

-Ya sabes que Cam les tiene tirando y levantando invernaderos constantemente, no me extraña que no tengan tiempo a nada –levantó la viga que acababan de cortar y la colocó junto a la última viga firme que habían encontrado, una vez en posición Simón la recorrió con el pequeño secador industrial de mano y la viga se encogió y endureció mientras aún la sujetaba, adquiriendo la consistencia de la piedra y anclándose al tejado cómo si siempre hubiese estado allí- además si de los constructores dependiese la residencia entera se caería a pedazos.

-Vamos con las laterales –Simon se dirigió al montón de vigas que habían dejado en el pasillo e introdujo el comienzo de un par por la puerta de la habitación- ¿tu mides y yo corto?

-Como quieras –mientras medía la primera se decidió a preguntar- oye Simón ¿Qué hay entre tú y Jon?

-¿Tú también? ¡Vaya! –el chico se llevo las manos a las caderas y dejo escapar un suspiro- no se qué os ha dado con el tema. Entre él y yo no hay nada que no haya entre tú y yo, díselo al que te haya preguntado.

-Se lo diré –nunca había pensado algo así de los dos jóvenes, pero ahora que se lo comenta le parece una suposición razonable, después de todo se pasan la vida juntos- pero creo que te confundes, hablamos de una chica.

-¿Chica? –Ahora sí parece que tiene toda su atención- pues eso si que va a ser una novedad.

-¿Pero seguro que no hay nada entre Jon y tú?

-Que no carajo –la pregunta parece haberle molestado poco- ¿Quién es ella?

-Verónica.

-¿Verónica?

-Sí, Verónica –empieza a arrepentirse entonces de haber abierto la boca y trata de minimizar el impacto- ahora tranquilízate chaval y dime lo que piensas.

-Es guapísima, de las más guapas de toda la colonia –habla más para él mismo que para su interlocutor, con un punto de excitación en la voz que a Adán no le gusta nada.

-Pero ahora escúchame –se levanta de junto a la viga y se acerca a Simón, se coloca a un palmo de su cara y le mira atentamente a los ojos- la chica es un encanto, y si vas a hacer algo más te vale estar convencido de lo que vas a hacer, porque si alguien se decepciona, se empieza a sentir infeliz y se plantea dejar la colonia, me aseguraré de que ese alguien seas tú.

-Va-vale –el tono serio y decidido parecen haber cogido a Simon por sorpresa- de acuerdo.

-Venimos aquí para que nos cuiden, pero el precio a pagar es cuidar de quién nos rodea, sólo así somos libres –parece que la retórica barata de Cam le ha calado más hondo de lo que pensaba- asíque ahora mas te vale ser discreto con este asunto, pensar bien qué es lo que quieres hacer y si de verdad quieres estar con ella, adelante.

-Sí se-señor –el señor se le clava cómo un hacha en la espalda, pero el rostro asustado del chico se lo compensa- siempre me ha gustado, es sólo que, sólo que nunca pensé que una chica cómo ella se pudiese fijar en alguien cómo yo. No pensaba aprovecharme ni nada.

-Yo tampoco que ha visto la chica en ti –la respuesta le parece sincera y es mucho más de lo que esperaba oír en alguien tan joven- por eso vas a tener que cuidarla y quererla mucho más que los demás, o puede que recupere la cordura. Ahora que lo sabes no pierdas el tiempo.

-No, no, pero –pasado el susto una sonrisa se dibujó en su cara, disipándose un segundo después en una nueva mueca de terror antes de preguntar- ¿Y qué hago?

-¿Nunca te habías declarado a una chica antes? –No puede decir que el gesto negativo le pille por sorpresa- Bueno, no lo hagas en público, eso seguro. Ni le digas que ya sabías que te gustaba, eso seguro que tampoco. No lo sé, la verdad que en mi caso fue mi mujer la que se terminó declarando, por eso te digo que no pierdas el tiempo.

-¿Y cómo lo hago Adán?

-No lo sé, no te compliques mucho supongo. –Recuerda el modo en que su mujer se le declaró, entrando en su habitación en medio de la noche, desnudándose y metiéndose en su cama- Busca un sitio bonito en el que estar a solas, el invernadero de Flor, el de los rosales puede servir, entonces dile lo que sientes por ella, que te parece bonita y que quieres conocerla.

-¿Y ya está?

-Supongo que sí chico, algo contestará ella también supongo. Ya sabes que le gustas así que me imagino el qué, pero ni se te ocurra decirle que ya lo sabías.

-De acuerdo, los rosales, solos, le digo que me gusta y listo.

-Listo del todo –su elaboradísimo plan no mitiga la vívida expresión de terror del rostro de Simón.

Se despide de él y sale de la habitación, le dice que para dejarle pensar pero es más para no verle sufrir de esa manera, no puede saber si su compañero será capaz de sobrevivir a la proposición que aún no ha hecho. Y pensar que le había parecido que Verónica lo había pasado mal con las chanzas de Carol le divierte. Vuelve a subir al tejado y se alegra al comprobar que está sólo, los chicos trabajan colocando vigas en las habitaciones mientras se escabulle a la parte iluminada del tejado, tumbándose cuán largo es y disfrutando del pequeño descanso.

Al cerrar los ojos, más allá de los sonidos sordos de las vigas al encajar, al golpear la pared o los restos de tejado, más allá de los zumbidos de las herramientas, casi le parece oír al resto de la colonia moviéndose más abajo. Casi puede ver a Eva agachada junto a un rosal en uno de los invernaderos, arrancando cuánta mala yerba pudiese crecer junto a la base, comprobando las hojas para asegurarse de que estén libres de mancha blanca y dejando algo de abono en el terreno antes de pasar al siguiente. Se la imagina feliz, charlando alegremente con sus compañeras, entre bromas y risas disfrutando de la mañana, la auténtica reina no coronada de la colonia. Ella sí parecía disfrutar de cada momento, cumplía con sus tareas alegremente por las mañanas y se pasaba las tardes pintando, paisajes, personas o realidades que sólo ella veía en sus cuadros llenos de color y de vida, después, en la habitación tras la cena le besaría y le diría que todo saldría bien, que tarde o temprano encontraría su lugar y la paz que tanto buscaba, luego le sonreiría mirándole con condescendencia, cómo la maestra conocedora del gran secreto miraría a su alumno más cabezota. Casi puede olor el perfume de rosas en el aire a su alrededor y entre ese regusto fresco y dulzón la nota amarga y salada de su piel.

Pero sólo casi, en aquel tejado no huele más que a aire y a su propio sudor bajo la ropa. Se siente tentado de bajar al invernadero, apunto está de levantarse y bajar cuando recuerda todas las razones que le decidieron a dejar las tareas agrícolas. El calor pegajoso de las gigantescas burbujas, la humedad del aire y la suciedad de la tierra, el tedio y el aburrimiento de la mecánica del trabajo de arar, sembrar, abonar, fumigar, esperar, abonar, fumigar y recoger. Recuerda cómo tras unos meses de ansiedad creciente terminó por abandonar y pasar a otra cosa, actividad que seguro que tras unos meses también terminó por parecerle mecánica y aburrida.

Aquella había sido su cruz particular y en perspectiva la de la colonia desde su fundación. Su hogar era el hogar de aquellos que querían escapar del sistema, de aquellos a quienes lo mecánico y lo aburrido del mismo les empujaban a dejar todo lo que conocían atrás para empezar una nueva vida. Por desgracia su nueva vida resultaba más mecánica y aburrida que la anterior, muchos abandonaban la colonia y volvían a la capital tras unos meses o años, la mayoría después de unas semanas, pero algunos se quedaban por unas razones o por otras. El se había quedado por Eva, y creía que las chicas también, muchos se quedaban por el entusiasmo de Cam y sus grandes charlas sobre la construcción de un mundo mejor, otros eran escultores, pintores o artistas de toda condición que cómo su mujer cambiaban gustosos unas mañanas de trabajo por tardes de libertad para su arte. Estos últimos habían sido siempre la verdadera razón y motor de la colonia desde sus mismos orígenes, al igual que habían sido la razón última de su fuga, de su escapada para habitar en la utopía de los espíritus libres, esa sociedad de arte al margen de la sociedad dónde aún había libertad para elegir, vivir y amar. Y eso exactamente había encontrado, pero con el paso del tiempo se aburrió de las interminables tareas y de los trabajos monótonos, comenzó a aborrecer la gestión de la colonia y a sus gestores, descubrió que sus compañeros era casi todos una panda de niños perdidos, confusos, asustados o sólo aburridos y sólo le quedó su mujer.

También le pareció casi escuchar a Camilo, debatiendo a la cabeza de su insustancial y pretencioso comité. Asignando tareas y tomando decisiones ejecutivas que a su parecer, en una comuna de aspiración democrática deberían pertenecer al colectivo, pero había comprobado una y otra vez a lo largo de su vida cómo cualquier colectivo tendía a delegar en cualquiera dispuesto a liberarle de problemas, la colonia no había supuesto una excepción y Cam ya se había hecho cargo de problemas y decisiones desde mucho antes de que el llegara. Pero a la cabeza de su consejo, presidiendo sus comités y redactando sus manifiestos Camilo era más feliz que un ratón hambriento encima de un queso desprotegido.

Y a través de tablas, vigas, suelos, techos y paredes casi podía verlo, a la cabecera de una mesa, llevando todo el peso de la conversación y secundado por su camarilla de segundones, aduladores y todos aquellos que preferían sentarse a asentir durante interminables horas antes que desempeñar cualquier otra tarea. Seguramente en aquel momento ya hubiesen terminado de asignar las tareas para la semana, habiendo dictaminado la plantación de tal cultivo, la reparación de tal cuarto o la reconstrucción de tal invernadero, todo sin contar con la opinión de agricultores, constructores o chapuzas. Sí, siempre había pensado que la colonia estaba dirigida por idiotas, con el agravante de que esos mismos idiotas eran su fachada para el resto del mundo. Seguro además que los muy idiotas, una vez asignadas las tareas ajenas, se disponían a redactar uno de sus ominosos manifiestos, declamando sobre el orgullo de pertenecer a la gran colonia defensora de las libertades humanas más allá de los convencionalismos y ataduras del sistema, invitando a todo aquel que desease unirse a su gran familia a hacerlo, criticando a los sumisos y a los opresores, a la naturaleza de un sistema que implícitamente había degradado la esencia del ser humano, su libertad, en esencia de su estupefaciente, la comodidad. La palabrería interminable y llena de clichés de Cam se extendería a lo largo de páginas y páginas, tan densa cómo falta de contenido y sólo muy, muy al final, se concretaría la donación de cierta cantidad de obras de arte originales, desde bastas esculturas de piedra hasta las pinturas llenas de colorido de su esposa, citando sus características y autores, remarcando con énfasis su valor incalculable, todo a la atención de las autoridades, gobierno, policía, ayuntamientos… no se especificaba nunca. Y después añadirían a regañadientes su particular lista de la compra, todo el catálogo de bienes y servicios que la colonia requería y de los que no podía autoabastecerse, medicinas, la mayor parte de los alimentos procesados, los sucedáneos de origen animal, materiales de construcción, pinturas, baterías, herramientas complejas y también materias primas de lo más básico. Y es que aún necesitaban prácticamente de todo y eran incapaces de conseguir casi nada por si mismos, pronto no necesitarían más verduras y de ropa iban servidos, pero poco más.

Manifiestos semanales a los que había tenido la mala fortuna de catalogar de pretenciosas súplicas de mendigos faltos de modestia, bueno, quizá la mala fortuna hubiese sido expresarlo en voz alta en medio del consejo sin tener en consideración el modo en que eso podía llegar a herir ciertas sensibilidades.

-Todos unos putos imbéciles –le sentó bien decirlo en voz alta, Eva siempre le reprendía cuando le escuchaba estos comentarios.

Cargó de aire sus pulmones aspirando con fuerza, estiró brazos y piernas hasta que le crujieron las articulaciones, tratando de relajarse y de disfrutar de los últimos momentos de su descanso antes de la inevitable vuelta al trabajo. Su ausencia ya no pasaría desapercibida y sabía que no le quedaba demasiado antes de que alguien fuese a reclamar su presencia.

Se imaginó a Alane con su grupo en la lavandería, bien lavando y aclarando pilas de sábanas o prendas, bien remendando o preparando algún modelo nuevo para algún recién llegado. Su paso por la sastrería había sido más bien fugaz, pero suficiente para que Alane le catalogara cómo espíritu libre y le endosara la dichosa túnica de marras que tanta vergüenza le hizo pasar. “Déjatela” le había dicho Eva, “al menos es original y no te sienta mal” desde luego parecía un bufón original de eso no tenía ninguna duda, del mismo modo que no sentía ninguna gana de volver a trabajar con el ruidoso grupo de cotillas que componían la sección textil de la colonia.

Dani se encontraría en la clínica, apenas tres habitaciones unidas con un pequeño escritorio junto a la puerta dónde se encontraba Dani y quienquiera que le hiciese las veces de enfermero. El único médico de la colonia era uno de sus mejores amigos y guardaba un gran recuerdo de su paso por la clínica, pero las largas horas de inactividad le aburrían sobremanera y no soportaba la visión de los fluidos corporales ajenos fuera de sus cuerpos de origen, especialmente la sangre. Además sospechaba que Dani ya se habría marchado de la colonia hace mucho de no ser por su condición de único médico, y no le culpaba por ello, Dani no tenía a Eva ni a nadie que él supiera y no le costaba imaginarse cómo su amigo pensaría en lo mucho más fácil que le resultaría combatir la soledad de tener más dónde elegir. No obstante su sentido del deber se había impuesto finalmente y aunque no se lo recordasen a menudo, era todo un privilegio poder contar con un médico cómo aquel totalmente gratis, un privilegio y una suerte habida cuenta de que no habría muchos en toda la tierra dispuestos a trabajar a cambio de cuadros y esculturas.

Los constructores estarían construyendo bien lejos, presumiblemente cualquier chorrada inútil que al consejo de Cam se le hubiese antojado, los limpiadores estarían fregando la entrada principal y la primera planta preparándose para subir luego a las demás, en la cocina habrían terminado de fregar los cubiertos del desayuno y estarían preparando la comida, y quién más y quién menos todo el mundo estaría escurriendo un poco el bulto a esa misma hora a caballo entre el principio y el final de la jornada.

No, no hay ningún sitio en toda la colonia en el que se aburriese menos que allí y por eso mismo se incorporó y se dispuso a volver al trabajo. Pero no volvió con Simón, se tumbo en el tejado junto al boquete en la habitación apuesta a la que había dejado, llamó a voces a los chicos que sentía trabajar en su interior y les pidió paneles para cerrar el agujero, un fijador para asegurarlos y tejas para cubrirlos, así si Simón le preguntaba dónde había estado podría decirle que llevaba allí todo el rato, trabajando sin descanso.

Les llevó al menos otro par de horas terminar de colocar, asegurar y secar las vigas, otra más para los panelas y al menos otras tres terminar de fijar las tejas. El foco ya les calentaba desde hacía rato mientras terminaban las sobras de comida que alguien les había subido y sentados contemplaban el fruto de su trabajo, una amplia extensión de tejado un poco más clara que el resto y un aspecto no mucho peor, casi tan sólido y casi tan uniforme cómo el trabajo de sus predecesores, bastante notorio teniendo en cuenta que era la primera vez que todos y cada uno de ellos emprendían una tarea de semejantes características. Sus compañeros compartían chanzas y sonrisas ante el trabajo bien cumplido a excepción de Simón, el pobre no había vuelto a abrir la boca desde su conversación y su expresión de pánico no parecía mejorar. Casi se alivió con la irrupción de Cam en el tejado, al menos con eso ya tenía excusa para no así no acudir al rescate emocional del chico.

-¡Vaya! Pues si que tiene buena pinta amigos –el caminar de Camilo por el tejado denotaba más miedo que elegancia- tal vez ahora que estáis debieseis cambiar todo el tejado.

-Sí, tiene buena pinta –Iván seguía a Cam con paso también torpe, adulador y servil, claro que bien visto siempre le seguía con paso torpe y lengua e ingenio aún más torpe en todo lo que hacía- muy buena pinta.

-Aún no sabemos si dejará pasar el agua o el frío –Adán se hace con el timón de la conversación en vista del poco entusiasmo de sus compañeros- quizá debamos esperar un poco antes de retejar toda la residencia.

-Seguro que habéis hecho un gran trabajo –la comprensión y buen tono de Cam le granjearon unas cuantas miradas curiosas- tiene un aspecto fantástico.

-Sí, fantástico –Iván se aleja de Cam y se acerca a comprobar la obra más de cerca, que su portavoz haya rebajado su tono y sus críticas hacia él aún no le ha calado ni vuelto menos hostil hacia su persona y seguro que espera encontrar fallos en la obra.

-Ya lo veremos Cam, pero esperemos que si –le hace un gesto a su antiguo enemigo para que se siente junto a él, gesto que seguro que no ha conseguido que ninguno de los dos se sientan demasiado cómodos tan cerca el uno del otro.

Las miradas del resto de chapuzas ahora son de franca sorpresa al verles allí sentados juntos, hasta Simón parece haberse olvidado de lo suyo mientras Iván les observa confundido, pero finalmente y algo contrariado vuelve la vista al tejado y empieza a tocar las tejas con la punta del pie en busca de piezas sueltas, atrayendo de nuevo hacía sí todas las miradas ahora de franca animadversión.

-¿Te importaría dejar de enredar ahí?

-¡Cómo se suelte alguna pieza la vuelves a fijar tú!

-¡Vas a caer!

-O te vamos a tirar.

A sus compañeros no les hace demasiada gracia la actitud de Iván y así se lo hacen constar, Camilo y él permanecen callados el uno junto al otro mientras sus partidarios dirimen sus diferencias, al menos hasta que él mismo trata de ponerle fin a la polémica.

-Iván, rico, haz el favor de dejar eso a ver si te vas a caer.

-Hazle caso Iván –el apoyo de Cam en ese momento le sorprende también a él- déjalo.

-Sólo estaba asegurándome de que estuviese bien –el rostro de Iván se puso de un color rojo vivo, siempre molesto con ellos y ahora parecía que también con Cam- porque más vale dejarlo bien ahora que tener que volver luego –los tímidos toques con el pie se convierten en pisotones a medida que levanta la voz- porque lo importante es la gente que duerme en estas habitaciones y por eso –empieza a utilizar ambos pies a medida que se introduce en el centro del área recién reparada- tenemos que asegurarnos de que estos…

-No me… -Adán trata de hablar con Iván pero este parece que no le escucha mientras se dedica a saltar sobre el tejado y continúa con su discurso.

-…Inútiles…

-…que seas… -Adán y sus compañeros empiezan a levantarse para detener a Iván mientras Camilo se tapa la cara avergonzado.

-…hayan hecho… -Iván ya salta con ambas piernas a la vez dejando caer todo su peso a un tiempo sobre el tejado.

-…así de imbécil.

“Buen trabajo” parecieron ser las últimas palabras de Iván en el momento en que el tejado pareció tragárselo con un crujido sordo, a él y a toda la franja recién reparada junto con las vigas tejas y tablones. Un segundo crujido le indicó que el suelo del tercer piso tampoco aguantó el impacto. Al asomarse el interior de las habitaciones del tercer piso se asemejaba a una escombrera y en el centro de una, sobre la que se había colocado Iván, había además un agujero de poco más de un metro allí dónde había atravesado limpiamente el suelo, dando con sus maltratados huesos en una cama del segundo piso desde dónde se elevaba un largo y lastimoso quejido.

-No os lo creeréis tíos –Timmo es el primero en hablar- pero a veces cómo que me alegro de que seamos unos chapuceros de mierda.

Decenas de curiosos se acercaron a ver más de cerca el estropicio, percance del que naturalmente todos les culparon a ellos en lugar de al convaleciente Iván. Camilo desapareció nada más bajar del tejado y nadie más volvió a verle, ni en la consulta de Dani ni mientras trataban de recoger un poco los destrozos ni en ninguna otra parte. Suponía que debió haber considerado su esfuerzo por el acercamiento inicial más que suficiente, al menos suficiente cómo para evitar compartir la responsabilidad por aquel desastre.

Tardó horas en volver a su habitación, habiéndose perdido aquel día la comida y la cena, cualquier pretensión de pasar un rato relajándose a solas o con su mujer y gran parte de su energía. Cuando tras abrir la puerta vio que Eva se encontraba en un taburete junto a la ventana, frente a un caballete con uno de sus lienzos, se apoyó contra el marco de la puerta y se dedico a observarla. La última luz del día artificial entraba en ángulo por la parte superior de la ventana haciendo que su pelo brillase, cubriendo su piel de un aura blanca y haciéndola parecer aún más bella de lo que ya era, ella le dejó mirarla un rato, fingiendo desconocer su presencia antes de hablarle.

-Pensé que hoy ibas a dormir en el tejado.

-Dormir allí sería demasiado emocionante cómo para descansar mucho.

-¿Qué tal está Iván?

-Magullado, dolorido, lleno de cortes y moratones. Y creo que igual de imbécil que siempre.

-Adán no seas así –su tono de reprimenda de maestras de parvulario le incitó a justificarse.

-¿Qué? El muy idiota se puso a saltar a pies juntillas en medio del tejado, se habría caído también en cualquiera de las partes antiguas, lo sorprendente es que no terminase bajando hasta el sótano-

Cuando ella empezó a reír le contagió su alegría. Mientras sentía cómo la risa se llevaba parte de su cansancio acumulado cerró la puerta y se acercó a su mujer, apoyando las manos en sus hombros desnudos y fijando la vista en el cuadro a punto de terminarse.

En la pintura se reflejaban los mismos bordes inferior y derecho de la ventana de su dormitorio, pero en el cuadro era de noche y la interminable extensión de invernaderos de la colonia estaba iluminada, cómo si cada uno de los gigantes de plástico fuese una burbuja llena de brillante luz violeta, o naranja o rosa, luz que se reflejaba en el cielo, pero no en el plomizo y gris cielo que cubría el mundo, sino en un cielo líquido, como un estanque con ondas en el que alguien hubiese lanzado una piedra invisible y lleno de los mismos colores que iluminaban la tierra en oscuridad.

-¿Así te imaginas las estrellas amor mío?

-Creo que son blancas –ella giro la cara hacia arriba para dedicarle una sonrisa- pero me gusta más así.

-A mi también –contestó antes de volver a dejarse caer en aquellos ojos grises.

CAPITULO CINCO

La entrada principal de la residencia era la estancia más majestuosa de la misma. Una puerta doble de madera con dos vidrieras de colores incrustadas daba paso a una amplia sala presidida por la gran escalera de madera oscura, rodeada por robustos apoya manos rematados en pequeñas columnas con elaboradas tallas animales también en esa misma madera de veta oscura, un león rugiente y un pavo real eran los primeros guardianes de las escaleras, en lo alto del primer tramo de las mismas, justo antes de que se desdoblasen a izquierda y derecha camino del primer piso del edificio un caballo rampante y una gallina clueca daban la espalda al descansillo saludando a los inquilinos a su vuelta, en el primer piso un rinoceronte y algo parecido a un ciervo se miraban de frente sobre el resto del conjunto.

Pronto se encendería el foco y la luz reflejada en las vidrieras de la puerta le daría a todo unos suaves tonos azules y verdes, las paredes pintadas de un gastado amarillo pastel parecerían llenas de vida por un rato y hasta los suelos de blanco ennegrecido por el uso pasarían desapercibidos, al menos hasta que la luz fuese desapareciendo a medida que el foco se alzase y la pobreza del conjunto se fuese volviendo más evidente.

Pero aún faltaba mucho para ese momento, afuera el cielo aún no había empezado a clarear y la noche era cerrada. Adán se sentaba en la parte más baja de las escaleras, a oscuras y en silencio, sin dejar de mirar la figura del león rugiente con aire de guasa. No se le ocurría nada que pegase menos con el aura de aquel lugar que aquel maldito león, el pavo sí, conocía a unos cuantos, gallinas incluso más, pero ni un solo león, ni siquiera algo menos gallardo como el caballito rampante. Sí, desde luego no había leones, cómo mucho alguna cabra, muchas ovejas algunos pavos y unas cuantas gallinas, por encima Eva y él mismo aletargados y felices cómo marmotas gordas, hasta ahí llegaba el bestiario de la colonia y gracias.

Alrededor de la puerta con los adornos de cristal colgaban a modo de trofeo las distintas identificaciones de los miembros de la colonia, ordenadas en cuadricula sobre y contra la puerta las pequeñas láminas de plástico de colores trataban de simbolizar una especie de rito de paso, un marco invisible capaz de separar la colonia del resto del mundo, el punto dónde todo aquello que habías sido quedaba atrás, marginado en el pasado en pos de la libertad del hogar del librepensamiento.

Todo miembro de la colonia a su llegada era puesto a prueba con este pequeño gesto, una nimiedad en opinión de Adán, que consistía en desprenderse de la pequeña chapa de identificación para que en adelante adornase aquel rincón de los trofeos. Era una forma primitiva de decirle al sistema que ya no le pertenecían, que eran libres, gesto que resultaría mucho más poderoso de importarle lo más mínimo a quién se pretendía desplantar, no obstante resultaba una cuestión sacrosanta para los individuos más incendiarios cómo Camilo y quizá por ello, desde la misma fundación de la colonia como organismo independiente, todos y cada uno de sus miembros había cumplido con aquel ritual, al menos todos menos uno.

Así, sin apenas luz pero sin esfuerzo, Adán podía distinguir las distintas tarjetas en la oscuridad, las amarillas y naranjas de los administrativos y auditores. El amarillo identificaba a los empleados de la parte baja del sistema, encargados de registrar y organizar la práctica totalidad de los quehaceres cotidianos, el naranja por el contrario, con su punto de rojo indicaba la presencia de una cierta autoridad, la de los auditores, instrumentos de persecución de cualquier sombra de corrupción, perros de presa de despacho y calculadora, solo un escalafón por debajo de los protectores, con sus identificaciones rojo sangre y su licencia para llevar y usar armas, pero por fortuna ni una sola de aquellas identificaciones ensuciaba la pared. Los protectores eran seleccionados de entre el resto de los individuos en base a unos criterios distintivos, fidelidad ciega y facilidad para acatar órdenes eran los requisitos básicos, resultando entendible que ninguno de esos cabezas cuadradas se encontrase demasiado cómodo en el ambiente un tanto anárquico de la comuna.

El verde de la identificación de Dani destacaba entre un grupo de carnets amarillos, era el verde sanitario que le identificaba y distinguía del resto de sus compañeros, verde oscuro que además indicaba su presencia entre media y alta en el escalafón sanitario, permitiéndole sin duda la posibilidad de elegir puesto en primera línea atendiendo pacientes, en algún sector de investigación o en algún despacho de la administración. No tenía duda de que la vocación de su amigo siempre le empujaría a lo primero, siempre tan entregado a la sanación, languidecía de tedio y descontento en la comuna esperando la llegada de alguien capaz de sustituirle, sentimientos que nunca compartía con sus pacientes. Cada vez tenía más claro que el día que Dani partiese la colonia sería un lugar mucho peor para vivir.

El azul de los trabajadores esenciales compartía dominio en la pared con el amarillo claro, el eufemismo le despertó de nuevo la sonrisa provocada por el león tallado en madera, el azul claro indicaba en realidad la presencia de trabajadores manuales, individuos sin ninguna preparación específica y con poca o ninguna habilidad para el manejo de los números. Protegidos por las cuotas que el sistema imponía en todas sus cadenas de producción, limitando la presencia de máquinas mecánicas o digitales y garantizando así las tasas de ocupación y pleno empleo.

Durante su infancia, cada día de asignación en que se le entregaba una nueva tarjeta, se consumía de ansiedad ante la posibilidad de que la siguiente incluyese algún tono de azul, ese azul esencial que condenaba a la gente a pasarse la vida en las fábricas colocando tapas, tirando de palancas, moviendo pesos de un lado a otro, o realizando cualquier otro tipo de labor mecánica y repetitiva inherente a la poca capacidad de pensar creativamente.

Aunque hubiese agradecido la presencia de algún tono de azul más oscuro en la pared, el azul de técnicos o ingenieros, sí, sobretodo el azulón de los ingenieros y los diseñadores, pero por desgracia esta clase de gente vivía demasiado bien, tenían acceso a grandes viviendas con jardín, jornadas de trabajo de libre elección y las licencias de paternidad casi aseguradas. Nada con lo que pudiesen competir allí.

Del mismo modo, la ausencia del púrpura de los investigadores de nivel, el blanco de los individuos con licencia de negocio y otro pequeño grupo de colores indicaba que el sistema tenía bien atados a sus elementos más capaces y ambiciosos. Sin duda por eso nunca se había visto allí ni una sola identificación metálica, ni las de bronce de los altos cargos de la administración ni mucho menos las de oro blanco de los gestores.

Lo que si tenía esa pared era la única identificación aparte de la suya que alguna vez le había importado, la amarilla con tres puntos plateados de Eva, indicativa de su condición de administrativa con licencia de trato al público de alto nivel, acreditativa para apariciones en prensa y de representación ante la sociedad. Reflejo de lo que él ya sabía, una sombra del inmenso potencial de la chica que lo había dejado todo en pos de los cuadros invisibles que sabría podría llegar a pintar.

La de Camilo por contra, indicaba cómo estaba destinado a la docencia o cómo al menos lo estaba antes de malearse. Una acreditación amarilla con tonos rosas lo identificaba cómo docente o periodista de nivel medio, o solía hacerlo antes de que la paranoia libertaria se apoderase de su cuerpo hasta los huesos y de su alma por completo. Desde luego ahora le costaría imaginárselo difundiendo entre las mentes jóvenes las bondades del sistema contra el que ahora hacía cruzada.

Cruzada que Adán siempre había encontrado cómica, creyendo entender algo que nunca jamás pasaría por la cabeza de Cam. Y es que siempre había pensado que de un modo retorcido pero real, ni siquiera indirecto, que a su particular y cabezona manera siempre habían formado parte del sistema del que decían ser independientes, ya que siempre, en toda sociedad humana, había existido algún tipo de expresión artística y por tanto de sujetos con semejantes pretensiones. Salvedad obviada por el sistema y subsanada por la creación de aquellos pequeños reductos para artistas, dependientes y subyugados por sus propias carencias, marcados por el aura de ficticia libertad de no dar cuentas ante nadie a excepción de pequeñas nimiedades cómo las necesidades comer, techarse, vestirse o calentarse lo justo para no ceder al frío de las noches.

Finalmente y tras mucho esperar Adán empezó a distinguir sonido de pasos en las plantas superiores, Cam y su comitiva se debía haber puesto por fin en movimiento junto con sus expectativas de librarse de una nueva jornada de trabajo en el tejado. La sublime actuación de Iván había causado tanto destrozo en la estructura de la techumbre que hacían augurar dos duros días de trabajo en la misma, de los cuales Adán estaba decidido a librarse como mínimo del primero. Y es que al menos y siempre involuntariamente Iván había tenido la amabilidad de causar una baja entre los representantes de la colonia que debían partir aquella mañana al encuentro de las autoridades. Una larga ruta en el único vehículo disponible cargado a rebosar con las distintas obras de arte creadas en los últimos meses, preparadas para ser intercambiadas por los artículos de primera necesidad especificados en la lista proporcionada por Cam en el último encuentro, siempre tras la lectura solemne por parte del portador de una nueva carta, cargada de orgullo propio y desprecio al sistema rematada a su vez con una nueva y suplicante lista de la compra.

Que la cara de Dani fuese la primera que distinguió asomar por las escaleras le sorprendió.

-¿Dani?

-¿Adán? –La sorpresa de su amigo parecía aún mucho mayor que la suya- ¿qué estás haciendo tú aquí?

-Lo mismo podría preguntarte yo a ti doctor. ¿Qué ocurrirá si mientras estás fuera alguien se clava una astilla al levantarse de la cama? A mí nadie va a buscarme para que le sople en las rodillas lastimadas.

-Tengo asuntos que tratar con el oficial médico de los protectores. Necesito con urgencia algunos materiales y no quiero dejar que se pierdan en la lista de Cam.

-Normal –Adán comprende sin dificultad las preocupaciones de Dani al respecto- pero si redactas tu propia lista se la puedo hacer llegar a quién tú me digas. No hace falta que vayas hasta allí en persona.

-Gracias pero no, será mejor para todos que trate este asunto de médico a médico, es importante que llegue a los oídos adecuados y dudo que ni tú ni Cam estéis al tanto de los procedimientos habituales.

-Dicen que las comparaciones son odiosas.

-Bueno, ambos sois profanos en la materia –Dani no oculta una sonrisa de autosatisfacción- y ya sabes que hay dos tipos de personas, los que se hacen cortes…

-Y las que los curan –Adán le interrumpe sin darle la satisfacción de adornarse un poco más- corta el rollo campeón, que ese discurso lo tienes muy gastado.

-Nunca echaré tanto de más ese carácter tuyo cómo en este momento Adán –la sonrisa se evapora del rostro de Dani- prométeme que cuando estemos con los protectores te guardaras ese tipo de comentarios para ti, esa actitud irreverente tuya no nos traerá nada bueno.

-Ya he tratado antes con esa chusma y nunca pasa nada. Son demasiado cumplidores y serios cómo para dar pie a las ironías, además seguramente no las entenderían de todos modos.

-O sí y no les harían gracia. Por lo que más quieras ten esa bocaza tuya cerrada, llevas mucho tiempo en la colonia tratando únicamente con la autoridad de Cam, recuerda que el mundo cambia fuera de estas paredes.

-Nunca me olvido del todo, pero esta falta de fe por tu parte empieza a ser preocupante.

-No es, -Dani se sienta en la escalera junto a él- no es falta de fe, es solo que simplemente las cosas no están tan cívicas como solían acostumbrar, de un tiempo a esta parte.

-¿Cívicas? ¿Qué demonios quieres decir con que las cosas no están tan cívicas?

-Pues eso –sin tiempo a terminar la frase el sonido de un grupo bajando las escaleras le hace silenciarse, incorporándose y dando la conversación por concluida.

Cam aparece seguido de otros tres miembros del consejo, Adán distingue a los más allegados a él a excepción del fanático Iván sin duda aún convaleciente.

-¿Adán? –el gesto sorprendido de Cam deja entrever tanta sorpresa cómo disgusto- ¿Qué demonios haces aquí?

-¿Qué demonios os pasa a todos hoy conmigo? –No quiere poner en riesgo la tentativa de acercamiento con Cam pero esa actitud empieza a molestarle- Supuse que Iván no podría cumplir hoy después del espectáculo de ayer y pensé en venir a echaros una mano.

-No es buena idea –un coro de negaciones respalda el argumento de Cam- además somos más que suficientes, no tiene sentido ocupar más espacio en el carro, hoy esperamos una cantidad especialmente grande de donaciones.

-Te prometo que ninguna de las limosnas se quedará en tierra por mi culpa, además todo esto empieza a olerme a quemado –de repente hubiese preferido quedarse en su cama para no haber salido de allí en todo el día- no entiendo qué es lo que os pasa a todos, ni qué queréis ocultarme.

-Dioses. Si quieres venir, ven. Pero te repito que sigue sin parecerme buena idea.

-Iré –Camilo abate sus grandes hombros ante el fracaso de su última tentativa por convencerle- pero prometo comportarme, no os causaré problemas –sus palabras no parecen mejorar la opinión de Cam pero advierte una mirada agradecida por parte de Dani, lo considera una última vez pero decide que ya es tarde para echarse atrás- pongámonos en marcha, no querréis llegar tarde.

El único transporte y de hecho el único vehículo de toda la colonia era un pesado camión, uno de los primeros modelos de niveladores magnéticos, vehículos capaces de desplazarse aprovechando las fuerzas opuestas de imanes radiados para propulsarse. No necesitaba combustible, no dejaba residuos y su durabilidad era, en teoría, infinita. No obstante el desgaste había hecho sin embargo mucha mella en el vehículo, incapaz ya de realizar giros cerrados a la derecha o de estabilizar la distancia relativa al suelo, modificando su altura ante cada pequeño desnivel que era a su vez sufrido por sus ocupantes. Adán siempre pensó que aquel tenía que ser el único aerodeslizador capaz de tropezar en cada bache del camino.

Por lo demás era un vehiculo sencillo, de color verde oscuro muy gastado con una pequeña cabina en la que tres ocupantes podían ir sentados cómodamente pegada a una plataforma rectangular, un espacio de carga cerrado por una serie de placas abatibles o no en función de la composición de dicha carga. Los asientos de la cabina quedaron repartidos inmediatamente entre el conductor, Cam y Dani, por lo que a Adán no le quedó más remedio que viajar de pie en la parte trasera en la nada grata compañía de los dos restantes miembros del consejo de la colonia. Huraños y taciturnos desde el mismo momento en que subieron al vehiculo hasta el momento de bajarse. Ron y Linde parecían dos clones empobrecidos de Cam, lucían largas barbas cerradas y llevaban el pelo de la cabeza largo, negro uno y castaño oscuro el otro, adornado y recogido con cintas y gomas, algo grasiento y brillante. Pero a diferencia de Cam no eran más altos que Adán, bastante delgados y con los harapos de Alane parecían un par de pordioseros.

El camino era un basto camino de tierra, apenas distinguible por ser difícilmente diferenciable del resto del terreno árido a sus márgenes. Al salir, la luz del foco iluminaba sus espaldas y hacía brillar los invernaderos a cada lado del camino, pero a medida que se fueron alejando del haz de luz la oscuridad se fue cerrando en torno a ellos hasta que no quedó más iluminación que el tenue aura del amanecer gris.

El cielo siempre cubierto de nubes cerrando todo paso a la luz natural, acabando con toda vida fruto de la tierra salvo la regada por los focos artificiales, relegando toda diferencia entre día y noche al tenue brillo del primero por encima de la profunda oscuridad de la segunda. A lo lejos las sombras de los supervivientes, arbustos sin hojas y de anchos tallos, capaces de crecer y reproducirse sin mas agua que la que cazaban en el aire y sin más luz que la que se escapaba entre las nubes, eran lo único que rompía la monotonía del erial gris que hubieron de recorrer durante más de treinta kilómetros.

Cuando llegaron a la base de la colina dónde habrían de encontrarse con los representantes del sistema a Adán le dolía todo, los continuos vaivenes del transporte le habían dejado los brazos y las articulaciones completamente doloridos por el esfuerzo de agarrarse a la parte posterior de la cabina, por fortuna para él el último tramo de ascenso resultó de los más suaves de todo el recorrido. Al llegar a la cima de la colina comprobaron que por muy poco habían sido los primeros en llegar, a no demasiada distancia una columna de tres vehículos cruzaba el terreno ante ellos.

Al bajarse del camión Adán recorrió con la mirada el terreno conocido, un pequeño llano coronaba una colina redonda emplazada entre estribaciones más altas, siendo mucho más empinada la ladera que acababan de subir que la que ahora se abría ante ellos, con apenas un suave desnivel antes de abrirse a una amplia llanura tras la que en la distancia se alcanzaban a vislumbrar los blancos edificios de la capital del área central, apenas la punta de las torres mas altas, pero una visión impresionante en cualquier caso.

Los rápidos deslizadores de los protectores llegaron junto a ellos en menos de la mitad del tiempo que les habría llevado recorrer esa distancia con su camión, el convoy estaba compuesto por dos transportes más pequeños que el suyo y un vehículo de pasajeros de reducidas dimensiones pintados todos del rojo vivo que identificaba a los protectores. Ambos transportes se detuvieron en paralelo a unos diez metros del suyo, el vehículo de pasajeros se adelanto ligeramente a ellos. En cuanto se hubieron detenido y se bajaron de los vehículos Adán comprobó que la comitiva enviada por la autoridad se componía por una docena de hombres, un capitán, un oficial médico y una decena de protectores, todos armados. Reconoció entonces sin duda una unidad de intervención básica, idéntica a las enviadas para la detención de criminales.

El capitán Rose resultó ser uno de los hombres más bellos que había visto en su vida. De rasgos marcados y una pronunciada mandíbula cuadrada remataban su rostro dos ojos de un azul brillante, llevaba el pelo rubio muy corto y a la vista de su uniforme negro de patrón liso y pulcramente planchado, Adán volvió a sentirse terriblemente ridículo vestido únicamente con los trapos de Alane. ¿Qué pensarían de ellos aquellos hombres del orden? ¿Qué pensarían de su ropa vasta y fea? ¿De su aspecto desaliñado y sucio? Casi pudo distinguir su desprecio antes de distinguir sus caras.

La etiqueta al pecho del capitán le identificaba como E.Rose, su aspecto casi juvenil le revelaba además un afán particularmente intenso a la hora de acatar órdenes, sin cuestionarse demasiado su naturaleza pues eso y no otra cosa fue siempre el requisito para ascender deprisa en el escalafón de protectores. Apenas se detuvo saltó de su vehículo ágilmente y se ajustó automáticamente el cinturón a su posición debida, colgando al lado derecho del mismo, pegado al nacimiento de su pierna, se balanceaba ligeramente un impactador de diseño sencillo. Un pequeño artilugio fruto de la evolución de los avances en materia magnética que ahora regían el mundo, de forma curva se ensanchaba hacia la base y estaba diseñado para acomodarse sobre el dedo índice extendido de su portador, en su parte trasera un botón de rosca permitía dispararlo u ajustar la potencia del próximo disparo. En su interior un sencillo juego de de imanes radiados proporcionaba al arma munición infinita que, según la intensidad, podía disparar cargas suaves con efectos similares a una bofetada hasta impactos brutales capaces de derribar edificios, eso sí, siempre desde distancias cortas pues ese tipo de armas carecían de alcance. Adán siempre había pensado que era un arma más propia de pastores que de soldados y es que en efecto aquella era la labor de los protectores, mantener el orden, recordar al individuo común la presencia de un estado preparado para ejercer la violencia y, de cuando en cuando, perseguir a algún prófugo –generalmente algún otro protector renegado- cazarlo y eventualmente separar cada fibra de su cuerpo de la contigua con una carga potente de impactador, eso sí, siempre tras una breve lectura de los cargos.

Cam fue el primero de los suyos en adelantarse, plantándose a un par de metros de ellos en una postura de pretendida solemnidad que en contraste con la presencia de una autoridad real parecía más ridícula que de costumbre, se aclaró de la garganta el polvo del camino y comenzó a leer con voz profunda el manifiesto autorizado por el comité.

-Es fruto del común acuerdo entre los hermanos y hermanas de la colonia de personas libres ubicada en el área central –Adán pudo advertir cómo los protectores hablaban entre ellos ajenos a la lectura del manifiesto- que cómo ya viene siendo tradición y costumbre se donen las siguientes obras de arte a la autoridad del sistema, a fin de que hombres y mujeres de toda condición puedan disfrutar gratuitamente del arte manado de la libertad y el regocijo de nuestro hogar…

-Ir empezando –el capitán Rose alzó la voz por encima de la de Cam sin aparente dificultad- no quiero estar aquí toda la mañana.

-…porque siempre ha sido deseo del pueblo libre compartir su riqueza con aquellos –Cam siguió leyendo sin inmutarse cuando los protectores se acercaron al camión para empezar a descargar las obras, mientras Dani se acercaba para platicar con el oficial médico y hasta mientras los dos restantes miembros su consejo se apresuraron hacia el convoy para empezar a descargar mercancías arrastrando a Adán con ellos- que se conforman con un mundo a la sombra de una autoridad que en última instancia y siempre ha de privarles de más de lo que les da…

-Ven con nosotros y ayuda –Ron y Linde le arrastran tirándole uno de cada manga- si no acabamos de bajar las cosas de sus transportes antes de que ellos carguen las suyas se las volverán a llevar.

-¿Qué? ¿Cómo? –Adán no termina de ubicarse en el esperpento que tiene lugar a su alrededor- ¿pero por qué iban a hacer algo así?

-Llevan meses así, desde que Rose está al frente –Linde es quién se apura a explicárselo mientras no deja de tirar de él- puedes preguntarle luego a Cam si te apetece, pero ahora hay que darse prisa, sino descargamos algo lo perderemos.

-¡Vamos chicos! –El vozarrón de Rose alentaba a los suyos- Cargad esa mierda de prisa y vámonos a casa.

-¡¿Mierda?! –Ron le propinó un fuerte tirón de la manga mientras le chistaba instándole a bajar la voz- ¿Qué mierda? ¿Pero de qué demonios habla este tío.

-Vamos, calla y ayúdanos –Ron parecía no dispuesto a dejarlo pasar, con una bajada de volumen- prometiste comportarte, no nos compliques la vida y descarga cosas del camión.

Abordaron el más cercano de los transportes por su parte trasera, Linde y Ron se subieron encima y empezaron a pasarle cajas a buen ritmo, espoleados ante la perspectiva de perder parte de la comida o del resto de suministros. Los transportes cargaban comida deshidratada, materiales de construcción, medicamentos, herramientas y otro sin fin de objetos y utensilios de los cuales la comuna era incapaz de abastecerse, carga que se limitaba a apilar en el suelo sin mayor ceremonia y que después tendrían que cargar en su propio transporte. De fondo Cam seguía con su soflama, predicando ante la audiencia más hostil que alguien se pueda imaginar cuando los protectores empezaron a subir las primeras obras de arte al otro camión, las pesadas esculturas en piedra primero y a continuación todo tipo de detalles, cuadros, cuadernos de papel, tallas en madera… que acumulaban en la parte trasera de su vehiculo sin ningún tipo de precaución o cariño.

-¡Eh amigo! Tened más cuidado con eso –Adán no podía dejar de girarse a recoger y posar nuevas cajas, pero la actitud de los protectores hacia la mercancía le empieza a sacar de quicio- aunque no os lo parezca todas esas cosas tienen más valor del que os imagináis.

Obteniendo silencio cómo única respuesta. Cam proseguía imperturbable con la lectura de su manifiesto y por el rabillo del ojo le pareció distinguir a Dani charlando amigablemente con el oficial medico, todo mientras Rose supervisaba el proceso de carga. Apenas les quedaban unas cuantas cajas grandes metidas en la parte delantera del espacio de carga cuando tuvo el disgusto de ver algo para lo que no estaba preparado, uno de los protectores jóvenes apareció portando un cuadro familiar, la pintura de Eva con los invernaderos pintados de colores y reflejados en un cielo acuoso. Cuadro que sin ser el mejor salido de la mano de su mujer resultó suficiente para hacerle explotar al ver cómo era arrojado con total desprecio a la parte trasera de un camión.

-¡Maldito descerebrado! –él si consiguió que Cam interrumpiese su lectura- deberían azotarte por lo que acabas de hacer. Ese cuadro –escucha la voz de Linde a su espalda y ve cómo Dani se acerca a él mientras no deja de caminar hacia el joven protector- ese cuadro tiene más valor que cualquier cosa que tú puedas llegar a hacer en tu miserable vida. Sí, tú, desgraciado, imbécil, tarado.

El chico visiblemente nervioso retrocedió un par de pasos mientras asía su impactador con cierta torpeza, Adán siguió avanzando hacia él dispuesto a seguir con su regañina convencido de ser el portavoz de la razón y con ánimo de evitar ver repetirse algo así, seguro de que el joven no habría de hacer ninguna estupidez cómo dispararle. Al menos estuvo seguro de ello hasta que la voz de Rose tras ellos dio la orden: “dispárale”.

Y el impacto le fue directo a la cabeza dejándole a punto de perder pie. ¿Cuánto tiempo había pasado en la colonia? ¿Cuánto había cambiado el mundo? ¿Desde cuando los protectores disparaban a gente desarmada? ¿Desde cuando las obras de la colonia eran tratadas cómo basura? ¿Qué había pasado? Antes de abrir la boca no tenía claro si preguntaría todo esto o si se limitaría a gritarle al chico. Pero nuevamente el capitán E.Rose le ahorró las cuestiones filosóficas.

-Maldito inútil –apenas vio llegar a Rose, apareció por la derecha de su campo de visión y apartando al joven protector de un empujón se situó frente a él, subió el arma apuntándole al pecho y dijo- así.

Nunca le habían atropellado pero la sensación debía ser muy similar. El impacto le alcanzó de pleno en el pecho y le lanzo por el aire algo más de dos metros de espaldas contra el transporte detenido, el golpe le sacó todo el aire de los pulmones, por unos instantes no fue capaz de ver más que un resplandor blanco y un pitido agudo se adueño de su cerebro. Pero lo peor vino al aclarársele la vista y tranquilizársele los oídos, un profundo dolor se le esparció por todo el pecho, seco al principio y lacerante cuando trató de volver a respirar, casi notaba cómo le crujían las costillas al inflársele la caja torácica, temió morir, creyó hacerlo.

Se desplomó sobre sus rodillas sin siquiera sentir molestia al hacerlo. Apenas tocó el suelo el peso de su cuerpo se le antojó demasiado grande volcando todo el hacia un lado, ni cuando su cabeza dio contra el duro suelo dejo de sentir la quemazón en pecho y espalda. Voces. Llegaron por fin voces a su cabeza, las de Rose ordenando a sus hombres ponerse en movimiento, gritos e insultos de voces conocidas y una voz desconocida maldecía el temple de un tal Edgar, hasta que finalmente reconoció la cara de Dani muy cerca de la suya. Su amigo le alzaba los párpados a fin de analizarle las pupilas, le abrió la camisa con una afilada cuchilla que siempre llevaba encima y tras palparle pecho y espalda con unos dedos que se le antojaron de magma volcánico, una vez suave y una segunda con más intensidad, suspiro tranquilo.

Distinguió al resto de figuras vestidas con el tejido gris de la colonia a su alrededor, escuchó cómo los vehículos de los guardianes del sistema se ponían en marcha y vio cómo sólo entonces Dani se permitió sonreírle.

-Es un placer para mí presentarte al capitán Edgar Rose –Dani seguía sin dejar de sonreírle- aunque me parece que ya has tenido el gusto.

CAPÍTULO SEIS

Pensó Adán que el momento de yacer por fin en su cama sería un momento de descanso, equivocándose nuevamente. Al doloroso proceso de tumbarlo en la parte trasera del transporte siguió el aún mas doloroso diagnóstico de Dani, “puede aguantar” –dijo- y así tuvo que esperar a que subieran el resto de víveres y material mientras sufría a disgusto y no en silencio, maldiciendo al sistema, los protectores, los médicos y sobretodo a su dolor de costillas. El viaje de vuelta tampoco resulto agradable, largo y lento en el transporte cargado, sufriendo cada giro y cada salto, cada desnivel o imperfección del camino, todo a la vez que Dani le practicaba constantemente nuevos análisis, palpando en busca de fracturas. Tuvo que ver también como un enorme hematoma se le extendía por todo el pecho, la espalda y el abdomen, reemplazando el rosa de la piel joven e irritada allí dónde el impacto le había alcanzado dejándosela al descubierto por un tono negro, violáceo y verde por los bordes. Una vez en la colonia Dani aceleraría el proceso de recuperación con calmantes, estabilizadores, anticoagulantes y reconstructores de tejido; una vez en la colonia podría tumbarse en su cama y dormir. O eso creía.

El torrente de visitas fue continuo, nunca había menos de diez personas en su habitación a un tiempo mientras Dani, con ayuda de Eva, le iba colocando un ceñido vendaje para evitar que se encogiese sobre si mismo una vez le administrase los reconstructores, con los que el tejido debía mantener su forma original o de lo contrario resultaban contraproducentes. Por lo que a las molestias del nuevo tejido comprimiendo su maltrecha piel se sumaban las provocadas por la multitud de curiosos, ávidos por contemplar de primera mano las horribles consecuencias de la violencia del sistema. Recibió así ofertas para dibujarle retratos, hacerle tallas y hasta esculturas. Cuando se corrió la voz de cómo la herida le había sido infligida tratando de defender las obras de arte la gente se empezó a agolpar contra la puerta, el sonido de multitud de voces en el pasillo indicaba que aquel día la colonia se había tomado la tarde sabática y, por las palabras sueltas y retazos de conversación que llegaba a distinguir, supo que se había convertido en un héroe.

Un héroe huraño y malhumorado, molesto con todos aquellos que en ese momento de dolor se empeñaban en expresarle su admiración y agradecimiento.

Eva tardó un rato en salir de su shock, reemplazando al pánico inicial que le robó el color de la cara por una sonrisa llena de orgullo, al menos cuando Dani terminó de convencerla de que no había ningún peligro grave.

Cuando finalmente le dejaron tumbarse el golpe de la espalda le hizo resentirse, Dani propuso tumbarle boca abajo separándole el pecho de la cama colocando un cojín mullido bajo su abdomen, pero el abdomen resultó estar demasiado maltratado también. Estaban por darle de nuevo la vuelta cuando comprobó que de lado gozaba de un bienestar razonable.

-De lado ¡De lado!

-¿De qué lado? –Dani, confuso, le meció a ambas partes sin saber hacia cuál tirar.

-¡De este! –cada pequeño giro le provocaba una nueva punzada de dolor.

-¿Pero de arriba o de abajo?

-Así vale, suelta.

-¿Así?

-Sí.

-¿Seguro?

-¡Suéltame hostia!

El exabrupto provocó un súbito silencio en la habitación, dándole a Eva la oportunidad de echarle nuevamente una mano con guante de seda.

-La herida le duele bastante, dejemos a Adán descansar un poco, seguro que mañana se encuentra mejor.

Sin más se dirigió a la puerta del dormitorio con los brazos extendidos y mostrando las palmas a los miembros de la colonia, generando invisibles olas de aire cuando advirtió que algunos estaban dispuestos a remolonear. “Acreditada para apariciones en prensa y representación ante la sociedad”, desde luego en eso sí habían acertado. Les empujaba hacía la puerta tratándoles más cómo a ovejas que cómo a personas y ni unos solo se atrevió a emitir la mas ligera queja. Siendo Dani el único que hizo caso omiso de la sugerencia de su mujer.

Le vio abrir un pequeño botiquín en el suelo, junto a la cama frente al lado al que él estaba orientado. Una vez abierto fue seleccionando una serie de botes y extrayendo una serie de pastillas –en la colonia no había ni rastro de los sprays de absorción cutánea típicos de los hospitales- cuando las tuvo todas en la mano volvió a comprobarlas y a contarlas, puso gesto de repasar una pequeña cuenta mentalmente y levantándose se acercó a Eva y se las colocó en la mano.

-Cuando termines haz que se las tome con algo de agua, los calmantes le aturdirían demasiado.

-Gracias Dani, así lo haré.

Su mujer despidió a su amigo y médico con una sonrisa y mientras éste recogía su botiquín y se encaminaba hacía la puerta ella se sentó en la cama junto a él.

-¡Se terminó el espectáculo! –Sin atisbo de la delicadeza de Eva Dani desalojaba el pasillo de curiosos y cerraba la puerta tras él dejándoles por fin solo.

Ella se ríe del gesto con una falsedad que le resulta impropia, y no poder verle la cara solo acrecienta su confusión. Solo le ve la espalda, el trasero tapado por la parte de abajo de un vestido de dos piezas que grita “Alane” por cada costura, vestido que deja al descubierto una delgada línea de carne entre sus dos partes y, justo en ella, los dos pequeños hoyuelos que además de marcar el final de la espalda de su mujer siempre le han fascinado. Cuando mueve la mano para apoyar la palma en el muslo de su mujer una nueva quemazón se le instala en las heridas, molestándole también cuando recoge la tela de la falda del vestido hasta que es capaz de tocar la piel de su mujer, siempre tan suave y cálida.

Tras un momento y casi por impulso introduce su mano en la entrepierna de la chica, que al sobresaltarse mueve la cama sacándole un agrio quejido de los pulmones, quejido que a su vez le arranca a ella una carcajada.

-¿Quieres morir Adán? –Ella le habla divertida- Porque parece que estés empeñado en matarte.

-No, no quiero Eva.

-¿Entonces se puede saber qué estás haciendo?

-Nada.

¿Quieres sacarme la mano de ahí?

-No.

-Haz el favor.

-Es que tengo frío en la punta de los dedos.

-¡Dioses!

Le aparta la mano con firmeza y girando sobre si misma se da la vuelta primero y se tumba después, quedando frente a frente con él. Poder ver su rostro de cerca casi le invita a perdonar el dolor intenso que su cambio de postura le ha causado. Ese pelo rubio, esos ojos grises, esa piel. Trata de besarla sin conseguir moverse más de medio centímetro en la dirección adecuada antes de que el dolor le atenazase. Un nuevo quejido dibuja una nueva sonrisa en el rostro de ella, que en contraposición a sus palabras parece radiante.

-Adán, tenemos que hablar.

-Guou

-¡¿Qué?! –Eva no deja de sonreír y de reírse-.

-¿No irás a dejarme ahora? –El buen humor de ella le invita a sonreír pero la seriedad de sus palabras le confunde.

-¿Qué? ¡No! Eso nunca –se toma unos segundos cómo si estuviese pensando algo- Aunque bien pensado ahora sería un buen momento para escaparme de ti.

-Te encontraría –Adán vuelve a estar hipnotizado por sus ojos grises y sus dientes blancos, más aún ahora que están a un palmo escaso de su cara- te encontraría y te obligaría a volver a quererme.

-Ni aunque te dejase me olvidaría nunca de ti Adán, y menos ahora.

-Es bueno saberlo.

-Nunca lo olvides.

-No lo haré.

-Adán –Eva hace una pausa durante la cual le coloca distraídamente el pelo mesándoselo suavemente con los dedos, le acaricia la cara de la sien a la barbilla y finalmente le sujeta con mano suave pero firme la cara dirigiéndole una mirada fija- ¿recuerdas el día que nos conocimos?

Tuvo que pararse a pensar una respuesta más allá de la inmediata. Incluso aquel mismo día supo de la relevancia del mismo, llegando a acostarse sabiendo que aquel y no otro había supuesto un punto de inflexión en su vida. Fue el día en que por fin se decidió a dejarlo todo, a partir en busca de una nueva vida a la colonia y el día en que habría de llevarse una de las mayores decepciones de su vida.

Recogió de su lugar junto a la puerta el pequeño petate cargado con lo estrictamente necesario para su viaje a la colonia, lugar del que había oído -y le habían confirmado- que proveía gratuitamente de todo lo necesario. Sabía también de primera mano que era costumbre realizar ese primer viaje a pie, pero sin querer exponerse a la posibilidad de tener que pasar una o dos noches al raso, en medio de la campiña y sin más refugio que el que pudiese cargar, se decidió a recoger un vehículo de uno de los garajes de la administración dejando una nota indicando las coordenadas dónde podrían ir a recogerlo. Un páramo en medio de la nada a unos diez kilómetros de la colonia.

Conocía la localización exacta, había visto las fotos, había hablado con antiguos exiliados que clamaban no haber sido nunca más felices que en su etapa en la colonia, había memorizado todos los preceptos y bases fundacionales, se sentía preparado y creía estarlo. Él era Uriel Dijou, e iba a cambiar el mundo más allá de lo que el sistema le tuviese preparado.

Su imaginación llevaba meses en ebullición, trabajando incansable a su propio ritmo bajo sus propias condiciones, formando su propia idea del mundo y de aquello que debía hacer. Poco a poco lo decidió cómo decidió el resto de su vida, sin darse demasiada cuenta en un principio, incubando alguna determinación en forma de sensación en el fondo de sus pensamientos y alcanzando la solución en forma de revelación en el momento más inesperado. Conocía el sistema, desde la raíz a la copa, tanto o más que cualquiera de sus integrantes e incluso que sus dirigentes. Su intransigente e implacable mecánica le agobiaba más que el más ceñido corsé, la sensación de claustrofobia era creciente y la perspectiva de vivir la vida que le habían asignado le llevaba cada noche de sueño a caer en un agujero sin fondo. Y sin ser nunca su fuerte la psicología no le costó averiguar que aquel profundo agujero estaba formado por miedo y expectativas, a las que no se plegaría sin más.

En adelante investigación y estudio, trabajó al borde de la locura consciente de que no era sino salvar su propia vida la razón de sus desvelos, investigó buscando alternativas, una luz al fondo de la noche más oscura de su vida, una salida a su ansiedad y a su angustia, encontrándola en el lugar más insospechado. Siempre había sido una persona con nulas apetencias artísticas, nunca había creado nada más allá de pensamientos ni se había emocionado ante muestra alguna de imaginación artística, no obstante, leyendo hasta llorar cómo cada noche dio con la solución a sus desvelos. Habiendo ignorado sistemáticamente todo lo relacionado a la colonia dos palabras captaron su atención, Manifiesto fundacional, un lenguaje de otro tiempo con una intención ya olvidada. Aquel lenguaje político, esa declaración de intenciones, principios y objetivos marcó un antes y un después. El manifiesto hablaba de la construcción de una nueva sociedad aparte, de un nuevo mundo libre, compuesto por quienes deseasen unirse libremente a él y dedicado al arte y la filosofía, máximas expresiones del potencial humano.

Hasta entonces y por lo que sabía la colonia era una presunta sociedad al margen, por las noticias y la información al alcance común no eran más que una panda de viejos trasnochados, de vagos que se hacían llamar artistas y que aspiraban a vivir de las ayudas centrales privando de recursos a los ciudadanos trabajadores. Socorridos una y otra vez por la autoridad del sistema, incapaz de dejar morir de inanición a un grupo de congéneres humanos por muy improductivos, problemáticos, conflictivos, sucios o desagradables que resultasen.

Tras investigar un poco más descubrió que muchos de los prófugos de la colonia se habían reinsertado en el sistema, siendo reubicados de forma orgánica pero no siempre en el área central. No le llevó mucho dar con algunos y la respuesta siempre fue la misma, la colonia es la luz y el sistema oscuridad, no obstante todos ellos habían terminado claudicando ante la comodidad, la falta de salud o la oportunidad de ser padres.

Después de todo quizá ese viejo manifiesto tuviese razón, primario, torpe, mal redactado pero finalmente acertado. Quizá la colonia fuese el último reducto libre, la última oportunidad de llevar a cabo una vida mejor en un mundo mejor, un mundo más allá de la orilla del sistema.

Estos pensamientos le espoleaban mientras recorría la distancia que le separaba de la colonia, alentándole a apretar el paso para llegar cuanto antes a aquella Avalon de la leyenda, a aquella isla en la que Uriel Dijou se encontraría con su destino.

La visión del foco iluminando la amplia extensión de invernaderos apunto estuvo de privarle de oxígeno, pues nadie que cultive lo que come debe ser un mendigo.  Último refugio del arte y el librepensamiento, el olimpo, el elíseo, el paraíso, el Valhalla, la libertad y la puta gloria bendita todo a un tiempo. Reuniones de filósofos al aire libre, técnicas de gobierno antiguo, libertad para expresarse, cientos de proyectos que llevar a cabo y ni un solo límite a la vista, un mundo nuevo para construir, un mundo con perspectiva de cambio y margen de mejora, un mundo mejor al alcance de la vista.

Al paso por los invernaderos encontró su pobre estado de conservación preocupante, la vista de los desconchones y deslucidos en la fachada le sorprendió, pero lejos de desanimarse supuso que la pobreza quizá fuese el precio de la libertad y si ese era el caso, bienvenida fuese. Las personas con quienes se fue encontrando le saludaban sin entusiasmo, remendaban rotos en los invernaderos o trabajaban la tierra dentro de ellos, todos parecían atareados y no parecía haber más edificios de importancia que la gigantesca mole amarilla, hacia la que siguió caminando sin detenerse un solo instante.

El foco ya se había alzado por encima del ángulo en que la luz iluminaba la puerta principal, por lo que los suelos grises y las gastadas paredes amarillas fueron su comité de bienvenida, la amplia y robusta escalera le indicó que los días dorados eran días pasados y que hacía mucho que una reforma era necesaria, pero puede que no posible. En el interior encontró gente lavando y confeccionando ropa, cocinando, atareados en un pequeño consultorio médico o limpiando y fregando pasillos. Y preguntaba a todo el que se cruzaba con quién habían de hablar los recién llegados, respondiendo todos que con Camilo, pero nadie acertaba a decirle dónde se encontraba. Finalmente dio con él en uno de los invernaderos, rodeado de su consejo y repartiendo ordenes con una naturalidad que le resultó terroríficamente familiar.

-Estoy buscando al consejo de la colonia central.

-No, lo has encontrado –le sorprendió que aquel hombretón, el más alto y peludo de entre todos fuese su portavoz, y es que aquellos rasgos barbáricos opositaban contra todo lo que se había imaginado- Soy Cam, su presidente.

-Uriel Dijou.

-Encantado Uriel, si estás de paso serás bienvenido a nuestra mesa para la cena y te buscaremos algún lugar para pasar la noche. Si quieres unirte a nosotros te asignaremos un dormitorio y un trabajo en función de tus aptitudes.

-¿Me asignaréis?

-Sí, todo el mundo trabaja en la colonia, pero no te preocupes, tu tiempo libre es tuyo para dedicarte a lo que quieras –Cam le dedicó una amplia y paciente sonrisa, casi condescendiente- tenemos poetas, escultores, pintores, dramaturgos y artistas de toda índole, artistas que seguro que estarán encantados de ofrecerte guía y consejo.

Aquel estúpido no se daba cuenta de que no era un poco de trabajo lo que le molestaba. Huyendo de la asignación del sistema había caído en la de la colonia, seguramente ninguna de aquellas personas hubiese tenido acceso al manifiesto fundacional y sin duda, generación tras generación, habían terminado infectando la colonia con retazos del sistema del que pretendían huir.

-¿Y esta asignación en base a que criterios se hace?

-La asignación la lleva a cabo el consejo, estudiamos cada caso por separado y dictaminaremos en función de tus habilidades y de las necesidades de la colonia. Pero tranquilo, tendremos en cuenta tus preferencias.

-Entonces en lugar de los test de aptitud habéis establecido un consejo de sabios.

-Bueno –la sonrisa estúpida que se dibujó en el rostro de Camilo le resultó aún más estúpida al comprender que no le había entendido- yo no diría tanto cómo que de sabios, de hecho el nombre…

-No lo digo cómo algo bueno amigo. Vengo buscando libertad huyendo de este tipo de asignaciones y esto es lo primero que me encuentro.

Esto dejó sin palabras a Cam mientras el rubor comenzó a ocuparle las mejillas, consideró rápidamente si tendría tiempo a volver hasta su vehículo antes de que viniesen a recogerlo y concluyó que sí, al menos si salía pronto de allí. La desilusión y el enfado se adueñaron de su cuerpo, así cómo un cansancio extremo, una profunda fatiga muscular acompañada de un terrible agotamiento anímico. La colonia era un campamento de verano, dirigida por unos inútiles que jugaban a ser libres, puede que sirviese para artistas pero allí no había nada para él.

Hasta que escuchó su voz, ella se había acercado a ellos por su espalda, intrigada por la conversación y curiosa ante la cara nueva, su comentario llamó su atención e hizo que Cam se pusiese tan rígido cómo si le hubiesen pegado un latigazo.

-Cam se ha expresado mal, lo que quería decir es que puedes dedicarte a lo que quieras –la suave voz de mujer joven automáticamente le hizo girar en el sitio- pero nos vendría bien que nos echases una mano con las tareas del día a día.

Esa fue la primera vez que se perdió en aquellos ojos grises que ahora le fascinaban, en su pequeña barbilla, en sus pómulos marcados y en su imperfectamente perfecta sonrisa de dientes muy blancos. En aquel primer momento además su figura esbelta le abofeteó de tal manera que, de estar muerto, le habría devuelto a la vida. Se miraron a los ojos, sus pupilas se dilataron, el pulso se les aceleró y en una sucesión de gestos imperceptibles comprendieron que se habían gustado, que se habían gustado mucho.

-Lo siento –Uriel ya había tomado una determinación- ha sido un viaje muy largo y me temo que estoy muy cansado. Podéis asignarme lo que queráis, os ayudaré en lo que pueda.

Aquel día se había llevado la mayor decepción y la mayor alegría de su vida en apenas unas horas. Ese día lo había cambiado todo, al igual que el día de la llegada para el resto de miembros de su comuna. Por eso mismo aquella pregunta retórica había disparado todas sus alarmas, claro que recordaba el día que la había conocido, jamás olvidaría el día en que esa voz alegre le había convencido para quedarse en la colonia, fuese lo que fuese y pasase lo que pasase, por tanto su mujer, tumbada allí a su lado, buscaba algo más que un sí o no, buscaba algún tipo de respuesta concreta.

-Entonces te llamabas María y brillabas más y de un modo más hermoso que ninguna otra cosa que haya visto en toda mi vida.

-Y tú eras Uriel y estabas a punto de marcharte para no volver.

Una vez más aquella tarde Eva volvió a dejarle sin palabras, ni él ni Uriel le habían confesado jamás ese pensamiento, ni a ella ni a nadie, de hecho esa verdad nunca había sido pronunciada en viva voz.

-Uriel lleva tiempo muerto, no puedo decirte qué es lo que pensaba.

-No hace falta Adán –Eva volvió a acariciarle el rostro sin dejar de mirarle con ojos brillantes- siempre he sabido qué pasa por esa cabecita tuya.

-A veces mejor que yo mismo –esta verdad era una que no le costaba reconocer-.

-Y a veces todavía me aterra pensar en qué hubiese ocurrido si aquel chico hosco y desagradable se hubiese marchado.

-Siempre me ha gustado pensar que nos hubiésemos terminado encontrando, si no aquí en la ciudad, en un viaje o en alguna otra parte, algo tan bonito que podría llegar a existir no puede terminar no haciéndolo.

-Y por eso te quedaste.

-Uriel se quedó. Y ahora está muerto.

En respuesta ella le dio un delicadísimo beso en los labios, apenas un suave roce por toda contestación mientras le seguía mirando con ojos brillantes y una sonrisa imborrable en los labios, haciendo que el fuego de sus costillas casi dejase de quemar durante un rato.

-¿Y recuerdas nuestro primer beso?

La nueva pregunta retórica le confundió aún más, pues aquel era otro de los días que no habría de olvidar en toda su vida.

Pasaron meses desde su primer encuentro hasta que por fin llegaron a besarse. Meses en los que trabajó voluntariamente en el invernadero, cultivando frutos que no le gustaban, asfixiado por la humedad y aborreciendo el olor de los abonos orgánicos con toda su alma, todo sólo para poder estar cerca de ella, para verla trabajar, hablar y reírse con sus amigas, todo para después de muchas horas terminar intercambiando alguna mirada furtiva.

No le faltaba razón a ella al denominarle joven hosco y desagradable. Y es que pese a haber decidido permanecer en la colonia su decepción aún era palpable, para quién resultase interesado en palparla. Y cuanto mas conocía y aprendía de la colonia más la detestaba, del mismo modo en que cuánto mas trataba con Camilo más le despreciaba.

Aquel hombre representaba a sus ojos todo lo que estaba mal en aquel lugar. Su afán organizativo, su idealización del progreso cómo respuesta y sobretodo su hipocresía, llenándose la boca de libertad sin escupir nada más que órdenes. La colonia había sido el bello sueño de alguien y Camilo era su viva pesadilla, resultando aún más ofensivo que ni siquiera se diese cuenta de todo aquello en lo que estaba equivocado.

Por el contrario empezaba a respetar a los artistas, la comunidad había llegado al común acuerdo de la necesidad de trabajar, pero descubrió que el alma viva de la colonia no eran quienes trabajaban, ni siquiera quienes los dirigían, el alma máter de todo el lugar eran aquellos que terminado el trabajo se dispersaban por los rincones para pintar, escribir, cantar, esculpir o solo soñar despiertos. El resto de inquilinos iban y venían, pero esas figuras permanecían por el lugar cómo si siempre hubiesen estado allí. Y entre ellas, ella. La veía pintando en la ventana de su habitación, en la sala común, frente a los invernaderos o entre ellos, pintando el paisaje que se encontrase frente a ella, a alguna de sus amigas o cualquier cosa que ni siquiera se encontrase allí. Creciendo a su alrededor la mística y la magia al resultar incluso más bella entonces, completamente concentrada y con el gesto serio, frustrada ante el lienzo inconcluso o sonriente ante la obra acabada, porque era entonces cómo si tuviese el secreto de la vida, porque en esos momentos sabía que era feliz.

Trabajaba en el invernadero, siguiéndola siempre con la mirada e ignorando al resto de la colonia. En el comedor escuchaba con desinterés y sin participar las conversaciones ajenas, únicamente Dani le hacía compañía y éste parecía más interesado en psicoanalizarle que en darle conversación, trabajaba solo, dormía solo y comía solo. Se sentía muy por encima de sus semejantes y lo que es peor, se le notaba.

En retrospectiva supo que el enfrentamiento era inevitable, pero en aquel momento y cegado como estaba le sorprendió. Tras una breve sesión informativa y mientras todo el mundo se dirigía del comedor a las habitaciones, Camilo, con su registro de voz más alto le interrumpió a la altura de la talla de el león rugiente, apenas habiendo puesto un pie en el primer escalón dónde hubo de girarse.

-¡Uriel! –Todo el mundo se giró hacia él cuando se detuvo en seco, haciéndole saber al momento que aquella conversación estaba preparada- ¡Uriel espera! Tenemos que hablar un momento.

-Hablar sobre qué, Camilo.

-Verás –el hombretón se acercó a él deteniéndose a un paso frente a él- el consejo tiene algunas dudas y preocupaciones acerca de tu actitud y comportamiento.

-Vaya –el silencio y la expectación latente entre el público le hace anticipar un soberano tirón de orejas para el paria de la colonia- y cuáles son las preocupaciones de Camilo acerca de mi actitud y mi comportamiento.

-Bien, verás, es que… -tardando demasiado en caer en su error, Cam despertó del modo más involuntario unas cuantas sonrisas cómplices entre su audiencia- …el consejo… está preocupado al ver que no has dejado tu identificación y que no tienes trato directo con tus compañeros.

-Verá usted Camilo –estaba a punto de mandarlo al carajo e irse a dormir cuando la vio escuchando atenta, detrás de Cam, a unos pasos de él, con su melena rubia y sus dientes muy blancos- me sorprenden estas preocupaciones del consejo, cuando yo no me preocupo lo más mínimo de vigilar en compañía de quién acude el consejo a hacer de aguas menores.

Esa es la actitud que nos preocupa –Cam pareció en ese momento muy satisfecho creyendo haberle evidenciado, siendo la segunda ocasión en que lo hubiese dejado pasar de no ser por la presencia atenta de ella.

-Es que esa es la actitud que os merecéis. Tú y tu consejo –un susurro convertido en fuerte brisa recorrió animado el público asistente- por el amor de Dios amigo, deja de tratar de controlarlo todo. Venimos aquí a ser libres.

-Si, pero en toda sociedad hay unas pautas…

-Pautas, costumbres, normas, leyes –adscribió cómo un colegial aplicado y esperó a que Cam asintiese y con él el resto de miembros del consejo- órdenes, autoridad, castigos, condenas y ejecuciones. No se confunda usted, Señor Consejo –el calificativo despertó tantas risas entre el público como gestos airados entre los miembros del consejo- yo no he causado ningún mal a nadie, he cumplido con mi trabajo tan bien cómo cualquiera, colaboro en el mantenimiento de la colonia como el resto y no me apetece que sin más motivo que estos se venga a cuestionar mi actitud.

-No te relacionas con nadie, ni en el comedor –Camilo estaba rojo de rabia y su tono era airado- ni en los invernaderos, ni…

-¡¿Acaso no soy libre para hacerlo?! –Hubo de alzar mucho la voz para hacerse oír sobre Cam- Tú y tus amiguitos nos decís cuando y dónde trabajar, cuanto, cómo y el qué. Nos decís cuando comer, cuando limpiar y cuando descansar, pactáis, establecéis las normas y nos obligáis a todos a bailar a vuestro son. ¿Pretendéis ahora decirme con quién tengo que hablar? ¿Mediréis también de qué?

-El día que un recién llegado le diga al consejo…

-Tal vez por ser un recién llegado vea todo lo que a vosotros se os escapa. Y no se confunda Señor Consejo, yo hablaré con todo el que usted me diga cuando usted se digne a escucharnos a nosotros.

Se dispuso a volver a su habitación cuando sintió que el tono del murmullo creciente a su alrededor era mayoritariamente de aprobación a lo que acababa de decir, se dio la vuelta y apenas subió un par de escalones cuando Cam volvió a hablarle.

-Sigues sin haber puesto tu identificación junto a la puerta.

-La tiré –el día en que llegó se identificó como administrativo de nivel bajo, pensando que con aquello había zanjado la cuestión, pero por lo visto a nadie se le había pasado por alto el hecho de que se hubiese saltado el ritual- me deshice de ella el día que decidí venir a la colonia.

-Nadie tira su identificación a la basura sin más.

-Yo sí –se giró despacio hacia Cam para dejar que sus últimas palabras calasen hasta el fondo- porque hago lo que quiero, porque vine aquí para ser libre.

Desde ese mismo momento Uriel se ganó en cuerpo y alma a todos los críticos al consejo, desde ese ascenso por las escaleras con sonido mezcla de risas y aplausos, sabía que ya no volvería a comer ni a trabajar solo, que en adelante siempre habría algún curioso a su lado, pero nunca pensó en lo que estaba a punto de ocurrirle.

Una vez en su cuarto cerro la puerta de la habitación y se dejo caer sobre la cama, en su cabeza giraban dos ideas, la poca conveniencia de aquel enfrentamiento y la gran satisfacción de sentirse ganador del mismo. En efecto era un recién llegado, por eso mismo le había resultado tan fácil batir a Camilo, pero también por eso mismo era cierto que gozaría de pocas simpatías y que de poco le valdría tener razón ante aquellos a quien no le importase. No quería estar allí, pero eso no cambiaba el hecho de que si le expulsaban no  podría volver a verla.

El ruido de nudillos en la puerta le puso en lo peor, quizá una notificación de expulsión, puede que una visita de Camilo dispuesto a continuar so pretexto de algún nuevo argumento, tal vez varios miembros del consejo resueltos a darle una paliza. Pero apenas se hubo sentado sobre el borde de la cama la puerta se abrió despejándole las dudas y el consejo en pleno armado con antorchas le hubiese asustado menos de lo que vio, una melena rubia de sobra conocida cruzando el umbral de su puerta con agilidad y cerrando la puerta tras ella. Una vez hubo cerrado se giró hacia él quedándose en pie en medio de su cuarto, siendo el segundo que tardó en aclarar sus intenciones uno de los mas largos de su vida.

-Me dabas miedo –rebasado por la situación y las expectativas se quedó mudo, ella esperó una respuesta hasta sentirse visiblemente incómoda, dio un pasito hacia la puerta, se detuvo, se giró, avanzó hacia él y tras acuclillarse frente a él le besó en los labios, volviendo a levantarse y yéndose hacia la puerta, fue desde el marco de la misma mientras cerraba la puerta cuando le volvió a hablar- pero ya no me das miedo.

El portazo disparó en el vacío de su habitación un centenar de preguntas y le arrebató todo el aire de sus pulmones en forma de exclamación ahogada. Nunca se creyó del todo lo que le acababa de ocurrir, ¿Cómo iba a haberlo olvidado entonces?

-El día que me besaste por primera vez fue el primer día en que creí que podía llegar a ser feliz –Eva, tumbada frente a él y sin dejar de mirarle fijamente amplió su sonrisa satisfecha por su respuesta- Nunca lo olvidaré.

-Besé a Uriel –su gesto pícaro delata sus intenciones- ¿no estaba muerto?

-Sí, pero ese recuerdo nunca muere.

-Que bonito –un nuevo beso en los labios le indica que se ha acercado con su respuesta a lo que ella quería escuchar- pero no intentes seducirme ahora que no soportarías las consecuencias.

Otro suave beso es la recompensa y la mención de sus heridas el castigo, pues apenas se las recuerda estas parecen cobrar nueva vida y empezar a quemar de nuevo. Empieza a preguntarse cuando le dará Eva esos calmantes que guarda en la mano cuando percibe un rubor tímido sólo al principio expandirse por su rostro.

-Y recuerdas cuando… -se interrumpe sin terminar la frase, cambiando de parecer a medio camino, le propina otro beso y continúa con palabras diferentes- ¿recuerdas la primera vez?

-Apenas –mintió, solo para verla reír.

Tras su primer beso se durmió demasiado confuso cómo para salir tras ella, al día siguiente saltó de la cama dispuesto a comerse el mundo, preparado para todo menos para la fría bienvenida que ella le prestó en la sala común. Ya estaba desayunando cuando el entró en la estancia, fue derecho hacia ella que terminó actuando cómo si no le conociese de nada. Confuso, fue a sentarse solo en una esquina, pero su actuación del día anterior le había granjeado demasiados admiradores que no tardaron en rodearle, con compañía y halagos y todo tipo de otros molestos ruidos que no le dejaban concentrarse. ¿Habría soñado lo del día anterior? ¿En que clase de juego querían embarcarle? ¿Qué demonios había pasado?

Tiempo después se enteró de que en efecto aquella primera noche debió haber salido tras ella, pues ella percibió su indecisión y prudencia como un grave desprecio. Impresión que tampoco mejoró cuando abandonó las cuadrillas de los invernaderos para unirse a las de construcción, tan persuadido por sus nuevos amigos cómo espantado por las miradas frías de ella.

Pero el miedo pronto cedió a la nostalgia y la confusión al cariño. Tan pronto se le pasó el susto los días volvieron a su gris habitual y él a su solitaria persecución, más triste aún ahora que ya apenas la veía. Se pasaba el día buscándola con la mirada, en la sala común, en la entrada, en los pasillos, desde zanjas e invernaderos hasta los balcones y el tejado, siempre esperando el momento de cruzar miradas.

Algo había cambiado, ella ya no sonreía al verle ni su mirada aparecía, cómo antes, cargada con aquel elemento secreto que le invitaba a pensar adelante, adelante, adelante. Ahora era más fría, pero no dejaba de ser él el único al que ella buscaba con la vista, aunque fuese para mirar sin afecto. Y era esto lo que le mataba, era no saber, no saber por qué le buscaba para eso, por qué no le miraba cómo antes y por qué, pudiendo evitarlo, no estaban juntos.

No fue hasta unos meses después que todo cambió, caminaba hacia su habitación tratando de descifrar una especie de planos para solucionar los problemas del foco, apenas un garabato chapucero en papel que ni siquiera representaba lo que pretendía, pero fue entonces que la vio. Sentada frente a un lienzo junto a la ventana, retratando el paisaje desde una habitación que no era la suya, tan concentrada en su pintura como abstraída para con todo lo demás, tanto que ni siquiera se dio cuenta de cómo se quedó clavado en el umbral de la puerta, ni de cuando se apoyó en el marco, ni de cómo pasó un largo rato allí mirándola sin ver nada más. No fue hasta que entró en la habitación y cerro la puerta que ella se giró hacia él.

-No sabía que está fuese tu habitación ahora –un breve amago de sonrisa se esfumó enseguida del rostro de ella y entonces no vio más que la frialdad habitual, gesto que volvió duro su tono, mucho más duro que todo cuanto quería decir.

-No lo es, ni mía ni de nadie. Es un cuarto vacío. –Ella se giró de nuevo hacia el cuadro, ni le mandó irse ni abrir la puerta, simplemente siguió pintando.

Se acercó cuanto se atrevió hacia ella y la pintura, el cuadro apenas estaba aún perfilado, eran una sucesión de líneas negras que en algún momento formarían alguna representación del paisaje visible desde la ventana. Las palabras se le acumulan en la garganta, Uriel quería decirle todo lo que representaba para ella, empezando poco a poco, calibrando sus reacciones y tratando de no hacer el ridículo en lo posible, pero entonces ella, incómoda por su silenciosa presencia a su espalda se levantó y se giró hacia él, con una expresión de molestia en el rostro que precipitó todo cuánto quería decir terminando con una declaración cutre y apresurada.

-Me gustas mucho –ambos abrieron desmesuradamente los ojos ante estas palabras, todavía no sabría decir quién se sorprendió más- me gustas una barbaridad.

-Bueno yo no… -ella baja la mirada al suelo y se atropella sin saber bien que decir- no sé, no sé que quieres que te diga, no…

Uriel no escuchaba más que noes, yo no, no sé, no sé, no, que en su cabeza resonaban como una campana, no, no, no, por lo que más quieras no me digas que yo a ti no. Fue por puro miedo que se plantó frente a ella y la beso en los labios, derribando el pequeño taburete sobre el que se sentaba y pillándola totalmente de sorpresa y por fin los noes que él buscaba, pues ella no se apartó, no se asustó y no le dijo que no.

Justo después tuvo lugar la torpe interpretación del sexo de quién nunca lo había conocido antes, pues ni ella ni él, cómo la mayoría de quién no solicita asignación, habían tenido ocasión alguna. Uriel lo había leído todo, sabía a la perfección en qué consistía y lo que se esperaba de él, pero todo se le olvidó al encontrar el paraíso dentro de María.

Apenas terminó y apenas ella hubo entendido que había terminado, respirando agitadamente y sin retirar aún las manos de su espalda le susurró al oído:

-Eres el primer hombre –y de entre todas las opciones posibles para terminar la frase: con el que he estado, que he conocido, con el que me acuesto, con el que hago esto… ella no fue capaz de decidirse por ninguna.

-Y tú la primera mujer –respondió acertadamente creyendo entender lo que ella había querido decirle.

Por fin se atrevió a moverse, echándose a un lado de la cama y quitándose de encima de ella, pero apenas lo hubo hecho ella empezó a reirse.

-Adán y Eva –dijo-.

-¿Qué? –La visión del cuerpo desnudo y empapado en sudor de ella no le dejan pensar mucho más allá de nada más.

-Adán y Eva –repitió, dándose cuenta entonces de a qué estaba atendiendo él, ruborizándose y tapándose el cuerpo rápidamente con una sábana- el primer hombre y la primera mujer. Ya sabes.

-¡Ah! –La idea de llamarse Adán no le hace ningún tipo de ilusión, pero ella se reía y esa risa lo valía todo- entonces debemos empezar a llamarnos así. Y quedarnos esta habitación.

Y la habitación se la habían quedado, junto con los dichosos nombres, Uriel y María ya no significaban nada para nadie dentro de la colonia y muy poco incluso para ellos mismos. Ahora eran Adán y Eva, el primer hombre y la primera mujer cada uno en la vida del otro, a ella le brillaban los ojos de un modo radiante que la hacían parecer más hermosa que nunca y él, amoratado y dolorido por obra y gracia de un capitán de protectores, se sentía tremendamente afortunado por tenerla allí a su lado.

-¿Cómo te encuentras? –ella le lanza una atenta y preocupada mirada al vendaje de su torso- ¿Vas un poco mejor o…?

-Bien, la charla me lo hace más llevadero, los calmantes ayudarían, pero la charla está bien.

-¿Recuerdas el día en que pronunciamos nuestros votos? –diría que le acaban de ignorar de no ser por una sonrisa delatora- Las túnicas, la gente en las escaleras, tu y yo en el rellano de la escalera principal…

-Te querré –las palabras aún permanecían grabadas en su memoria por lo que repitió sin esfuerzo- te querré todos los días como te quiero este. Te amaré, te amaré solo a ti porque solo tú me haces sentir que todo vale la pena. Te cuidaré porque no hay nada en el mundo que me sea más precioso, ni nada por lo que mas me valga cuidar. Te quiero, te quiero porque haces que cada día sea bueno y especial, te quiero porque haces de mi vida algo mejor de lo que siempre había esperado. Y siempre te he querido, porque desde el primer momento en que te vi he sabido que era para eso para lo que había nacido. Por eso nunca he deseado nada más de lo que deseo ahora unirme a ti, hoy y para siempre, porque Eva te quiero más que a mi vida.

-Desde el día en que llegaste –ella continuó demostrando que tampoco había olvidado ni una sola de las palabras pronunciadas- he sabido que eras tú aquel con quién compartiría mi vida, la razón por la que nací con un corazón en el pecho y la razón por la que valía la pena dejarlo todo para venir. Nunca he dormido tan bien cómo a tu lado, nunca me supo mejor la comida que cuando como contigo, ni las caricias son tan placenteras ni las bromas tan divertidas. Tú y sólo tú haces de mi mundo un lugar mejor para vivir, Adán, por eso quiero unirme hoy a ti, aquí, ahora y para siempre. No te vayas nunca.

Sus últimas palabras habían despertado un conmocionado murmullo entre los asistentes. La totalidad de los miembros de la colonia se había reunido a su alrededor para ser testigos de su unión, para arroparlos en un momento tan importante y la ultima frase de Eva les había inquietado sobremanera. Habían pronunciado los votos en el descansillo de la escalera principal, el uno frente al otro vestidos con amplias túnicas blancas, Eva llevaba una delicada redecilla en el pelo y estaba más bonita que nunca, sus palabras la habían conmovido tanto como ver el brillo creciente de su rostro al escuchar las suyas, pero entonces sus últimas palabras sacudieron el encanto de una noche inolvidable.

-Nunca has sabido cuando debes pararte –Adán sabe que ese es también su problema, pero lo cortés no quita lo valiente- todavía recuerdo cómo hiciste murmurar a la gente.

-Mis votos no eran para la gente –Eva se acurruca cerca de él, pero sin abrazarle como de costumbre para respetar sus magulladuras- eras tú el único que tenía que escucharlos.

-Nunca te hubiese dejado, creo que ahora lo sabes pero creo que entonces también lo sabías, de lo contrario nunca hubieses pronunciado tus votos.

-Si, pero también sabía que yo era feliz en la colonia y tú no, tal vez no debí incluirlo en los votos, en eso tienes razón. Pero me preocupaba que tu hastío y tu descontento terminasen acabando con nosotros.

-Entonces te equivocaste.

-Si, la verdad que sigues estando igual de descontento pero lo llevas bastante bien, mucho mejor de lo que esperaba. Pero ya da igual, ahora ya sé que nunca me vas a dejar.

-Eva cariño –Adán le alza la barbilla con dos dedos y le obliga a mirarle directamente a los ojos- ¿Por qué me cuentas todo esto?

-Lo hago porque quiero que también recuerdes este momento para siempre –ese tipo de interés captó toda su atención, pero pese a ello ni en un millón de años hubiese adivinado qué se avecinaba- Adán, estoy embarazada.

CAPÍTULO SIETE

 -Hoy. Hoy es un día grande –se encontraba en la mesa principal de la sala común, se había puesto en pie y alzaba la voz todo lo que podía, no obstante la respuesta recibida ni siquiera se acercaba a la esperada- compañeros, com-compañeros, com.

Se volvió a sentar un tanto exasperado y con gesto brusco, Eva a su lado le estaba esperando con una sonrisa y Cam le miraba con gesto divertido, sabedor de que llevaba razón cuando le advirtió de que no era prudente vaciar la despensa del licor antes de hablar. Adán sólo quería crear un ambiente propicio, festivo y alegre antes de comunicar a la colonia la existencia del primer niño natural en doscientos años. Un auténtico milagro nacido únicamente del amor, sin estudios genéticos, exhaustivos análisis médicos ni costosísimos tratamientos hormonales, sin terapia genética ni seguimiento continúo. Además y lo que a ellos debería entusiasmarles aún más, a lo largo de toda la historia del sistema, desde el instante de su misma creación, aquel niño, aquel fruto del amor entre Adán y Eva, sería el primer niño nacido completamente libre. Su hijo podría ser quien quisiese, dónde y cómo él mismo eligiese, libre de integrarse en el sistema o de vivir totalmente al margen en la colonia. Finalmente Uriel había encontrado la libertad que había venido buscando aunque no fuese para él, lamentablemente sus compañeros estaban demasiado borrachos como para compartir su alegría.

Sobretodo Dani, alegre en segundo lugar por sus amigos y en primero por la potencialidad de su descubrimiento. Escudándose en la confidencialidad médica su amigo le había ocultado que Eva había comenzado a padecer sangrados hacía meses, que el cuerpo de su mujer había cambiado y que ello podía conllevar ese tipo de consecuencias. Ella le había dicho que se lo ocultó para no asustarle, situación que podía comprender, pero no tanto en el caso de su amigo.

De tres meses a este día ella dio por superado el problema, pero entonces Dani le hizo saber que el final de los sangrados podía ser consecuencia de un embarazo, las náuseas y demás efectos secundarios se lo confirmaron y superado el periodo crítico del primer trimestre decidieron comunicárselo a él. Confesaron tener preparada una cena tranquila y una sobremesa con sorpresa, pero después de que casi se hiciese matar a manos de Edgar Rose decidieron intervenir antes de que fuese demasiado tarde.

La alegría que sintió fue indescriptible, besó a su mujer hasta que les dolieron los labios a ambos, trató de abrazarla, de acariciarla, de demostrarle su afecto de cuantas formas posibles se le ocurrieron, pero cada intentona, cada gesto y cada movimiento le provocaban nuevas punzadas de dolor y gemidos de sufrimiento. Eva tuvo que obligarle a tragarse las pastillas y entonces los calmantes le dejaron inconsciente durante algo más de doce horas, despertándose aún confuso y bastante perdido pero de irrevocable buen humor.

Una vez se hubieron decidido a anunciárselo al resto de la colonia se pusieron manos a la obra, le pidieron a Cam la mesa principal para esa noche, así cómo que se preparase en la cocina una ración abundante de carne para la cena servida con mucho licor. Camilo accedió no sin advertirles que el licor tendía a restar gravedad a los actos solemnes, sin importar la naturaleza del que se trajesen entre manos, pero accedió de todos modos porque principalmente era Eva quién se lo pedía y que Adán recordase nunca le había negado nada.

La carne fue recibida con una bienvenida sorpresa –por los pocos que no se habían enterado ya por los cocineros- pero el momento aclamado de la noche llegó cuando Camilo ordenó a Iván abrir la despensa del licor, provocando una tremenda ovación al pronunciar unas palabras nunca oídas desde que el se hiciese cargo del consejo “sin límite”. Abalanzándose el público sobre el botín como una manada de predadores, en adelante la sala se llenó de cantos, actuaciones cómicas, imitaciones, chanzas de todo tipo, bailes y cortejos postergados durante demasiado tiempo. Dándose la cena más alegre que ninguno de ellos recordase haber visto en la colonia, cena que Adán se pasó mirando a su mujer divertirse con ojos agradecidos.

-Parece que se hace necesaria una labor de equipo –paseó la mirada entre sus acompañantes, indicando a su mujer, al aturdido Dani y hasta a Camilo que se uniesen a él en su esfuerzo- vamos.

-¡Compañeros! ¡Compañeros! –Dani, habiendo borrado el fortísimo licor casero todo rastro de duda o miedo es el primero en intentar acallar a la audiencia, provocando su falta de equilibrio y dicción un jolgorio aún mayor- ¡Escuchadnos compañeros!

-Cam por favor –es Eva la que en tono bajo solicita la ayuda de Camilo- acabemos con esto

-Compañeros –el vozarrón de Camilo se extiende por la sala haciendo que al menos sus partidarios guardasen silencio- ¡Compañeros!

-¡Silencio maldita sea! –Adán estaba empezando a molestarse cuando comprobó que ni siquiera Camilo era capaz de tranquilizar a la colonia. Y tal vez por verle molesto, por advertir que Eva estaba entre los anunciantes, o por darse cuenta de que la noticia era lo suficientemente seria como para unir en su propósito a Cam y a Adán, o puede que por todo un poco, finalmente un manto de silencio se fue extendiendo por la sala.

-¡Eso! ¡Maldita sea! –Dani parecía un tanto desconectado de la realidad mientras se concentraba por mantenerse en pie- maldita sea.

-Compañeros –los últimos charlatanes entre el público se chistaban unos a otros pero la audiencia ya estaba en su mayor parte atenta, Cam se sentaba junto a Dani mientras obligaba al médico a tomar a su vez asiento y Eva se le acercó hasta situarse pegada a él- Compañeros, es para mi un placer anunciaros el regalo con el que se ha bendecido a esta comunidad.

-¡Tarta! –No reconoció la voz del público culpable, aún buscaba cuando un pequeño grupo de exaltados empezó a corear la sugerencia- ¡Tarta! ¡Tarta! ¡Tarta!

-Basta, ¡Basta! –los amantes del dulce se serenaron en cuanto vieron que se quedaban solos en su esfuerzo y Adán pudo continuar- no hay tarta que se pueda comparar con esto.

-¡Tarta! –Una voz aislada y totalmente desnaturalizada prosiguió brevemente al fondo de la sala- ¡tarta! ¡tarta! ¡tar… ta!

-No hay montes de verde y oro, playas soleadas ni arroyo de montaña comparable con lo que se nos ha dado. No hay victoria ni premio cómo el regalo del que os estoy hablando, no hay libertad, ni orgullo ni gloria mayor. No hay nada ni lo habrá que valga tanto cómo esto –las expectativas desbordantes provocan tal silencio que si una losa gigante hubiese caído aplastando a todos los presentes no sería mayor- hoy amigos, hermanos y hermanas, hoy, ella –rodea a su mujer con los brazos haciendo que se ruboricé profundamente- nos ha regalado un futuro.

-¿De qué demonios estás hablando? –es Camilo quién le interpela a su lado- no están para bromas.

-¿Todavía no sabéis de que hablo? –había pensado que para entonces ya estaría suficientemente claro, pero el silencio de la sala y Camilo le indican lo contrario- En estos momentos mi mujer prepara dentro la semilla que nos ha de transportar al futuro, nuestro recuerdo, nuestros conocimientos y nuestras esperanzas, nuestra pervivencia más allá de nuestra propia muerte gracias a una nueva vida. Eva está embarazada.

-No, no es posible –la negación de Camilo solo es la más cercana del centenar que se elevan en la sala.

-Si lo es –de no estar imposible la labor de Dani en aquella mesa hubiese sido dar fe de aquello, labor que pese a todo trata de cumplir- yo soy el médico.

-¿Es cierto Eva? ¿Estás embarazada? –La voz de Verónica llega débil pero precisa desde la otra punta de la sala. Suficientemente clara para que su mujer asienta y provocando un potente grito de júbilo en la garganta de Timmo.

-¡Vamos a ser padres! –Adán se llena la boca con cada una de estas palabras, disfrutando el momento de pronunciar en voz en grito todas y cada una de ellas, besando a su mujer en un arrebato de pura felicidad y dirigiéndose de nuevo a la sala- ¡Todos nosotros! ¡La colonia va a tener un hijo!

Los aplausos y las exclamaciones se abren paso a lo largo de la sala, gritos de alegría y abrazos les siguen, la colonia disfruta del evento del siglo entre la sorpresa y la felicidad. Algunos se arrancan a bailar bailes sin música ni orquesta, los más se dedican a comentar la noticia a voces y muchas, sobretodo las mujeres se acercaron a Eva para felicitarla, acariciarle el vientre y besarla. Las más interesadas o despejadas fueron directamente a hablar con Dani, dando por supuesto que semejante milagro debía llevar el sello del médico por alguna parte.

Entonces, separado de su mujer por admiradoras y curiosas, despreciado todo su merito como padre de la criatura, se sentó junto a un perplejo Camilo, tan marginado como el.

-¿Cómo es si quiera posible? –le preguntó Cam.

-Si hay una razón médica Dani dará con ella, puede llevar un tiempo pero seguro que lo hará, por mi parte prefiero no pensarlo demasiado, ya sabes, limitarme a disfrutarlo.

-Claro, claro –el hombretón parece ausente, ni siquiera le mira al continuar- por cierto, felicidades.

-Muchas gracias Cam –Adán no se había parado a considerar ni por un segundo en la desazón que algo así podría causarle a Camilo, por ello trato de borrar con delicadeza la sonrisa de su rostro antes de continuar- quiero que seas el primero en saber que me he propuesto volver a formar parte del consejo.

-Esta bien –Cam pasa por alto el hecho de que ni tan siquiera le ha pedido permiso- como quieras.

-Mírame Camilo –aguarda a que el hombre abatido le mire con sus ojos tristes antes de justificarse- quiero hacer de este sitio un lugar mucho mejor en el que mi hijo pueda crecer libre y feliz, y para ello necesitaré toda tu ayuda.

-La colonia es toda mi vida Adán, ahora más que nunca –habla con resignación en la voz y sin brillo en la mirada pero con un aura de convencimiento- pero si es para hacerla crecer, tendrás toda mi ayuda. Mañana convocaremos al consejo y nos contarás qué es lo que tienes en mente.

CAPITULO OCHO

Los restos convalecientes del consejo se apiñaban descompuestos sobre la mesa, Cam y su decena de secuaces mas fieles, a quienes tanto había despreciado y los mismos a los que ahora necesitaba con desesperación.

Seguían siendo la misma panda de vagos y pretenciosos arrogantes de siempre, dirigentes de la colonia en ruinas y de la ruina de la colonia desde varios años antes de su llegada, todos y cada uno de ellos le despreciaban, cada cual a su manera pero todos de modo inequívoco. Sus palabras y sus acciones representaban una perturbación en la fuerza, en el orden que ellos mismos habían establecido y que sólo aquellos elementos más díscolos y provocadores cuestionaban, con él a la cabeza.

Y ahora les necesitaba, nunca habría creído tener que llegar a esa situación, nunca hubiese querido hacerlo, pero la llegada de su hijo lo había cambiado todo, la necesidad de construir para su familia el mejor hogar posible pasaba por su éxito en esa misma reunión, por el renacimiento de la colonia llevándola a unas nuevas cotas de esplendor que posiblemente nunca hubiese conocido antes, pero el primer paso debía ser el consentimiento del consejo, la aprobación de toda una serie de nuevas medidas tan simples y esenciales como necesarias. Pero Adán se negó a creer que la razón fuese suficiente para lidiar con semejante atajo de imbéciles, tenía ideas y datos para respaldarlas, tenía un plan que podía llevarles a la gloria, pero sus interlocutores eran tan recelosos cómo estúpidos siendo capaces de inadvertir la verdad más evidente. Y más aún con el cerebro reseco fruto de la resaca.

Iván aún tenía marcas en el cuello y en el rostro desde que fuese engullido por el tejado, Linde y Ron permanecían juntos al fondo de la mesa, ambos a la izquierda de Cam que ocupaba la cabecera opuesta en la que se sentaba el mismo. Estos dos miembros eran los que menos le preocupaban, sabía que desde su encontronazo con el capitán Rose le habían cogido simpatía, hasta cariño se atrevería a decir. Iván no había tenido una idea original desde que decidiese venir a la colonia y se limitaría a secundar con fuerza cualquier argumento de Camilo, tal y cómo harían todos los demás. El hombretón permanecía callado, la cabeza muy hundida entre los hombros arropado por un aura fúnebre, el silencio que le rodeaba solo se rompía por algún acceso de tos y alguna respiración demasiado pesada debido a los excesos durante el banquete de la noche anterior. Restos evidentes del mismo les rodeaban, vasos rotos, comida por el suelo, bancos y mesas descolocadas a lo largo de todo el comedor, prendas de ropa sueltas esparcidas aquí y allá pero sobre todo el persistente aroma a humanidad y a alcohol, sucio dulzón y desagradable que lo impregnaba todo.

En su estado habitual Cam hubiese montado en cólera ante semejante destrozo, habría ordenado a Iván arrancar de la cama a alguna desafortunada cuadrilla del personal de limpieza para, una vez recogido aquel desastre, reunir a todos los miembros de la colonia en el comedor para una insoportable charla sobre los valores cívicos y la necesidad de un comportamiento ejemplar. De hecho Adán no sabía que pensar sobre la ausencia de la legendaria mojigatería de Camilo, abstraído en sus pensamientos y con la mirada perdida en el infinito. Siempre había sabido de su amor por Eva, había visto la decepción grabada en su rostro siempre que los tres coincidían, también un dolor más agudo el día que se enteró que estaban juntos, el día de su boda y la última vez hacía apenas unas horas. Se preguntaba como reaccionaría él de estar en la posición de Camilo, se pregunta si habiendo tenido oportunidad él ya le habría expulsado de la colonia, se pregunta si él colaboraría ahora con el padre del hijo del amor de su vida, con el marido de la mujer de sus sueños y con el hombre que más abiertamente le ha despreciado y ninguneado a lo largo de toda su existencia. Sabe que no ha jugado bien sus cartas, no desde luego cuando el éxito de su futuro dependía ahora del hombretón triste de la mirada perdida.

Tuvo que aclararse con fuerza la garganta hasta en tres ocasiones para sacar a Camilo de su ensueño, e incluso entonces la tibia reacción de éste indicó que no le prestaba apenas atención.

-Sí, sí. Bueno, ejem –Cam también se aclaró la garganta antes de introducirle, pero pese a ello siguió hablando en tono bajo y neutro, ausente, extendiendo su apatía al resto de interlocutores volcados sobre la tabla- más o menos todos estáis al tanto de los motivos para convocar esta reunión extraordinaria del consejo, así que seré breve. Aquí Adán, miembro de la colonia al que todos conocéis, cree tener una serie de ideas para mejorar el bienestar y la calidad de vida de nuestra comunidad, en virtud al derecho de expresión el consejo debe prestar oídos a estas sugerencias, analizarlas y presentar a votación. Cuando estés listo –ahora le hablaba directamente a él- puedes empezar, tienes nuestra atención.

-Bien, gracias a todos –algunas palabras de la introducción de Cam se le quedan danzando en la cabeza “conocéis” “debe” “analizar” “votar”, tanto es así que tiene que hacer un esfuerzo mayúsculo por no pararse a discutir los términos y empezar con su argumentación- entiendo que no es el momento ideal para una reunión, la noche de ayer fue larga y esta mañana está resultando difícil –algunos asentimientos secundan sus palabras- pero también sabéis que recientes acontecimientos han alterado la naturaleza misma de mis prioridades.

-¿Qué acontecimientos? –Iván lanza la pregunta idiota de la semana revelando que a su escasa imaginación le suma esa mañana una profunda confusión fruto del alcohol- ¿Qué dice?

-Habla del niño idiota –Linde se muestra tan conciso como irrespetuoso, obligando a Adán a retomar apresuradamente la palabra para evitar una escalada de hostilidades en la reunión.

-Reconozco mis errores –trata de sonar dulce mientras habla cargado de determinación, su declaración de intenciones ahora si consigue atraer la atención hacia él- en el pasado me mostré irrespetuoso hacia este consejo y hacia la colonia, pagando mis frustraciones personales con el trabajo de unos y de otros.

-Ya lo creo –un comentario anónimo resuena a su derecha arrancando un nuevo coro de asentimientos.

-Sí, tenéis razón ahora –sabía que iniciar la charla con unas pequeñas concesiones le allanaría el camino, pero pretendía llegar mucho más lejos que eso, por lo que no dudó al lanzar su primer órdago- cómo teníais razón entonces. Los fundadores de la colonia crearon este consejo para proteger y guiar a su comunidad a lo largo de los siglos, para salvaguardar la libertad que siempre llevamos por bandera. Y yo fui un estúpido irrespetuoso al cuestionarlo.

Sus palabras generan una evidente satisfacción entre sus oyentes, que poco a poco se van incorporando y prestando cada vez mayor atención a los comentarios halagadores, disfrutando de la rendición del díscolo y protestón Adán, saboreando su triunfo. Poniéndose a punto de caramelo.

-Sí, reconozco mis errores que han sido muchos, pero aquí estoy ahora dispuesto a enmendarlos uno a uno, dispuesto a devolverle a la colonia todo lo que me ha dado, con creces.

-Así se habla –Ron le secunda desde el otro extremo de la mesa, seguramente inflamado por el espíritu patriótico fruto de su pequeña arenga.

-Ser padre me ha abierto los ojos. Me ha enseñado que no hay lugar en el mundo para mi actitud destructiva, me ha enseñado que debo cambiar, que debo sumarme a vosotros en vuestro esfuerzo para guiar a esta colonia hacia el mejor mañana posible, un mañana para mi hijo.

En ese momento sabía que le hubiesen readmitido a ciegas en el consejo, olvidándose momentáneamente de la permanente molestia que había sido durante aquellos años, ciegos totalmente a la ficción inherente al personaje que ahora les hablaba, creyéndose que de la noche a la mañana el podía haberse transformado en un ser tan servil y estúpido cómo para plegarse sin más a su voluntad. Habían picado el anzuelo, asentían y se lanzaban miradas de aprobación, comentarios de enhorabuena o de apoyo, hasta algún que otro golpe en la mesa. Sin duda en ese momento votarían a favor de casi cualquier cosa que les propusiese, o eso harían si Cam no se opusiese. Pero el rostro ausente de Camilo emborronaba por completo las aspiraciones de Adán, el presidente no estaba comprando nada de lo que él vendía, quizá por ser más despierto que el resto de miembros de la mesa o quizás por odiarle a él mucho más que los demás. El caso es que Camilo permanecía allí solo de cuerpo presente, ausente la mente e inalterable al súbito entusiasmo que le rodeaba, provocando que Iván, a la postre su más fiel seguidor, permaneciese callado, los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada clavada en Adán, una mirada retadora, acusadora, una mirada que le decía que sin saber por qué, sabía que sus palabras eran en modo alguno las causantes de la apatía del presidente del consejo. Semejante lealtad ciega siempre le había resultado más propia de los protectores que de un administrador básico cómo Iván.

-Y siempre sin desmerecer el estupendo trabajo acometido hasta la fecha –Adán apenas podía apartar la mirada de Camilo a medida que hablaba, siempre tratando de mantener el tono alegre y decidido del comienzo- porque nada de lo que ahora me proponga hacer sería posible sin la gran labor realizada bajo las directrices de este mismo consejo.

-Y que lo digas –Ron vuelve a interrumpirle, tan súbitamente que parece hacerlo de modo involuntario- si las malditas reuniones se alargasen un poco más tendríamos que instalar un cagadero y diez catres en esta jodida mesa.

Las carcajadas provocadas por el comentario no le ocultan que es muy posible que Ron aún siga borracho, reforzando éste parecer la torpe regañina que recibe de parte de un Linde también algo perjudicado.

-No sé si lo del retrete sería muy agradable –aprovecha el ambiente divertido dejado por la intervención de Ron para echar aún más leña al fuego, provocando mas carcajadas y utilizando el buen ambiente creado en su favor- pero si que hay que reconocer que sois unos titanes, debatiendo durante horas y horas buscando las mejores soluciones. También sé que no se os reconoce este esfuerzo y soy consciente de que yo mismo no he sido considerado a este respecto.

-Ni siquiera cuando te sentabas a esta misma mesa como uno de nosotros –la voz de Camilo apagó las risas y congeló los ánimos como si se tratase de una jarra de agua helada.

Su tono indiferente no casaba con la dureza de sus palabras y lo que era aún peor, era todo un contraste comparándolo con su habitual corrección política, aquella sequedad, aquel golpe directo chocaban con su afán siempre conciliador, con su tediosa costumbre de llevarlo todo a una larga discusión. Y es que aquel simple comentario había servido para terminar de un plumazo con su intento de crear un ambiente favorable, desviando de paso toda la atención a la esquina opuesta de la mesa.

-Cierto, aún entonces era irrespetuoso. No había encontrado la felicidad que creí hallaría en la colonia y me temo que inmerecidamente os lo hice pagar con mi actitud –ahora no había ni exclamaciones ni apoyo, todas las miradas permanecían atentas a Cam, disciplinadas y esperando una directriz a seguir- no obstante no quiere decir que habiendo recapacitado no pueda reconocer ahora el trabajo…

-Que llevamos años realizando y del que mágicamente acabas de percatarte esta mañana –finalmente Cam clava sus ojos en los suyos, pero es una mirada vacía, una mirada que no deja traslucir el odio latente en sus palabras- he convocado al consejo para escuchar las medidas que pretendes que aprobemos, no para asistir a un acto promocional. Por favor Uriel, ve al grano.

-Mi nombre es Adán –el gesto no pasó inadvertido para nadie, las espaldas se enderezaron y los rostros se volvieron pétreos, de repente no había risas ni el más mínimo resto del ambiente festivo de la noche anterior- y eso también fue aprobado por este consejo.

-Tienes razón, ha sido una confusión, me disculpo por ello, ahora si eres tan amable de transmitirnos tus ideas serán analizadas y votadas.

-Esta bien, yo también seré breve y conciso, nada más lejos de mi intención que hacer perder el tiempo a esta asamblea.

-Adelante entonces y no lo hagas.

-De acuerdo. Quede claro que no he previsto o planeado ningún tipo de reforma para la estructura social o política, las bases antiguas me parecen fiables así cómo la ordenación de este mismo consejo, la prioridad de todos nuestros esfuerzos debe permanecer inalterable, libertad y arte.

-A este consejo no le interesa lo que no pretendes que reformemos –Camilo sigue tajante, terminando de caldear los ánimos de la mesa- has afirmado tener soluciones a algunos de los problemas estructurales que nos afectan, para debatir eso y no otra cosa es por lo que se ha reunido el consejo, por ahí es por dónde deberías empezar.

El giro en los acontecimientos había tornado el estado de su situación en dramático, situándole en el peor de los escenarios que hubiese sido capaz de imaginar. Había contemplado un rechazo a parte de sus medidas, una mala actitud del consejo o un debate abierto contra Camilo, pero aquella actitud aún antes de plantear sus ideas abría ante él un futuro nada halagüeño. Si el consejo las rechazaba aún tendría opción de llevar su plan ante la asamblea, pero el carácter de algunas de sus medidas le harían fracasar casi con total seguridad, necesitaba del apoyo del consejo para renovar la colonia, de ese mismo consejo tan arisco y hostil cómo su presidente. No se había detenido demasiado a pensar en esa idea, pero de fracasar en ese momento sólo le restaría la opción de un golpe de estado, eventualidad sancionada con el destierro en caso de fracasar e imposible de acometer habida cuenta del estado de su esposa, y el resto de opciones era aún peores, trasladarse a otra colonia para empezar de cero, reinsertarse en el sistema para permanente insatisfacción de Eva, ver a su hijo crecer en la paupérrima colonia de Camilo o perderse en la inmensidad salvaje para iniciar un nuevo hogar bajo el despiadado gris profundo del campo abierto. Debía convencerles, tenía que hacerlo.

-Racionalización, autarquía e independencia.

-¿Autar… qué? –Iván escupió la palabra de modo que pareció quedarse flotando en el aire.

-Básicamente se trata de crear un marco en el que nuestra dependencia del sistema se reduzca a la minima expresión. Produciendo más y haciéndonos con los materiales y las herramientas que nos separan de la autosuficiencia.

-Esos siempre han sido los objetivos de la colonia –nuevamente es Camilo quien habla- comenzando por este consejo, del cual tengo que volver a recordarte que tú mismo formaste parte durante un tiempo, tiempo durante el que no acometiste ninguna mejora en ese sentido.

-Todo ha cambiado ahora Camilo.

-Lo dudo mucho, ahora ve al grano, proponnos tu formula mágica. Te estamos escuchando.

-Para empezar las labores agrícolas, tenemos los invernaderos y el foco, pero el resto del trabajo lo seguimos realizando de modo medieval. No somos agricultores, somos jardineros. Los miembros se pasean por entre las plantas comprobando su estado una a una, regando y abonando allí dónde hace falta y recogiendo dónde es posible. Debemos industrializar el trabajo, racionalizar el tipo de cultivos y su localización, plantar, abonar y recoger de forma organizada, incrementando la producción hasta generar excedentes. Debemos optimizar la elaboración de abonos a base de la canalización del sistema de residuos.

Aprovecha para tomar aire e Iván rasga el silencio generado con un bufido despectivo. Tenía que reconocer que Camilo había dado en el clavo, siempre había tenido estas ideas en la cabeza, pero siempre las había descartado diciéndose que no se merecían el esfuerzo de llevarlas a cabo. Sabía que los miembros de la colonia, incluida Eva, disfrutaban de su labor desenfadada en los invernaderos y que el cambio a los modos industriales no sería acogido con agrado, pero también estaba convencido de que aquello revertería en beneficio de todos.

-No es el modo tradicional –Iván aún parece bufar mientras habla- siempre se ha dejado que los agricultores lo hiciesen del modo que les pareciese mejor.

-No querrán trabajar en una fabrica –Aser uno de los miembros del consejo de más edad, con una castaña barbita rala de varios días, cabeza afeitada y nariz aguileña, parece ser el que mejor ha captado la laguna de su idea- muchos de los que nos rodean vienen aquí escapando de esa forma de trabajar, administrativos y operarios fijos, no, se negaran y crearemos descontento.

-Los beneficios superan los inconvenientes –Adán trata de seguir con la argumentación prevista- no habrá criticas cuando en unos meses tengamos fruta y verduras maduras a la mesa cada día. La mitad de los invernaderos están vacíos, los que están produciendo lo hacen a bajo rendimiento y si mejoramos los abonos no habrá necesidad de dejar descansar tanto las tierras de cultivo.

-La gente no querrá trabajar durante mas horas de las que ya hacen Adán –esta vez es Linde quién le reprocha aunque en un tono más conciliador que el de Aser- muchos ya se quejan de no tener tiempo suficiente para trabajar en sus proyectos personales.

-Esa es la mejor parte Lin –Adán se regocija en su respuesta- con estos procedimientos ganaremos tiempo para todos. Ya no tendrán que pasarse tantas horas en los invernaderos. Debemos ocuparnos de construir sistemas de riego más eficientes, pero a los chicos de construcciones no les llevará demasiado y será suficiente. Después repartiremos los turnos y fijaremos las fechas, cada día atenderemos a unos cultivos señalados con los procedimientos que necesiten y organizaremos un calendario para surtir la despensa de todo lo que necesitemos. Y con todo ahorraremos tiempo.

-Eso está por ver –Camilo es ahora quién le interrumpe- además personalmente me preocupa más ver cómo tu proyecto requiere de una serie de materiales de los que ahora mismo no disponemos. Estas reformas de las que hablas sobre el tratamiento de residuos y el sistema de irrigación requerirán que cambiemos todo el sistema de tuberías, depósitos y bombas.

-Vamos Camilo. Sabes también como yo –Adán se corrige sobre la marcha- como todos los demás, que habrá que renovar la fontanería de un momento a otro, todo el dispositivo lleva años a punto de colapsarse y no creo desviar los residuos a un depósito estanco, trasladar una toma de agua a los invernaderos e instalar una nueva bomba se algo tan inalcanzable.

-¿Y todo eso vas a hacerlo tú? –El nuevo desatino de Iván le invita a ignorarle por lo que queda de reunión.

-Solo si después compruebas la calidad del trabajo saltándole encima –apenas una risita velada al fondo de la mesa le advierte que el ambiente está demasiado cargado para ese tipo de comentarios, Iván enrojece profundamente pero al menos en esta ocasión guarda silencio.

-Entonces tu proyecto de gestión agrícola incluye la reforma del sistema de tratamiento de aguas –De nuevo es Cam quién habla- una reforma costosa en materiales y en horas de trabajo.

-De modo prescindible pero si, podemos arreglárnoslas sin ello al menos en una primera etapa, pero a la larga reconozco que sería la ideal.

-Solicito a los miembros del consejo que tengan en cuenta esta consideración para la emisión de su voto –un asentimiento general recorre la mesa para desesperación de Adán- ¿Algo más que desees añadir a esta primera enmienda?

-No, como idea general y principio básico creo que todo queda bastante bien recogido.

-¿Cómo deseas que la presente moción conste en el registro?

-Bueno –finge un momento de duda para tomar aliento, ningún otro de los miembros del consejo parece interesado en tomar parte en el dialogo establecido entre Cam y él mismo, plegados cómo siempre a la autoridad de su presidente mucho más frío y seco de lo habitual, tan aislado en su aire ausente que comenzaba a resultar hasta tenebroso- creo que plan de racionalización del proceso agrícola lo define.

-Bien –el tono monocorde de Cam y el carácter tajante de sus palabras le dan a entender que desea quitarse aquel asunto de encima lo antes posible- entonces con tu permiso procederemos a votarlo a continuación.

-Si es la voluntad del consejo y su presidente, adelante. – ¿Sería posible que por el odio a su persona, por su celos, Camilo estuviese ciego a toda razón? No le queda mucho lugar a dudas y la sensación de estar malgastando tiempo y saliva se vuelve mucho más real, el abatimiento se apodera de él y deja caer su espalda hacia atrás hastiado y descontento, repugnado hasta el punto en que más que pronunciarla se podría decir que escupe su última palabra- Votad.

-Prosigamos pues. –Cam le mira fijamente desde el otro lado de la mesa, su rostro y su voz siguen siendo fríos cuando completa el procedimiento- ¿Votos a favor del plan de racionalización del proceso agrícola?

El silencio cayó como una losa tras la pregunta. Ninguno de los miembros del consejo habló, ni uno sólo de ellos se movió un ápice. Todos callaban, mirándose unos a otros, algunos con nerviosismo otros con miradas divertidas. Camilo seguía mirándole directamente a él y nadie pronunciaba ni una sola palabra. Adán paseo su la vista por los miembros del consejo, Iván estaba sonriente y Aser dibujaba una mueca reveladora de una satisfacción malévola, Ron y Linde se removieron inquietos y puede que avergonzados en su asiento cuando sus ojos les pasaron por encima. Del desprecio al júbilo y ahora a la apatía, el fruto de su imaginación y su esfuerzo argumentativo granado en un desierto sin siquiera una mano levantada.

Pero hasta en los desiertos llueve cada varios años y una mano se alzo al fondo de la mesa, una pesada mano se alzo junto a unos ojos inexpresivos aún clavados en él. Camilo alzó su mano votando a favor de su plan y removiendo todos y cada uno de los culos entre ellos.

-¿Qué? –Iván pasaba rápidamente su vista de la cara de Camilo a su mano sin entender nuevamente la razón de aquello.

-No, Cam –Aser, mucho más capacitado si es capaz de dar voz al sentir general- no lo entenderán, la gente no querrá trabajar de esa manera y las culpas recaerán sobre el consejo.

Otras dos manos se alzan rápidamente ignorando la voz de Aser, Linde y Ron dan su aprobación al plan en cuanto se sienten respaldados por el gesto de Cam. Que lejos de dar respuesta a las dudas de la mesa guarda silencio, dejando que la costumbre y los años de servilismo y lealtad incondicional cumplan su cometido por su propio peso. Es mucho el tiempo de manso acatamiento a la voluntad de su presidente, demasiado cómo para que alguna díscola y tibia opinión en contra surja el efecto deseado. Así, sin mas gesto que aguantar su mano alzada, Camilo consigue que el resto de miembros del consejo vayan alzando las suyas, primero los neutrales, luego los críticos y al final hasta el payaso de Iván.

-Aprobado por unanimidad –un brillo en los ojos de Camilo junto con una pequeña perturbación en su opaco tono de voz le revela que tenía todo aquello planeado. Entonces le devuelve la palabra con un pequeño gesto de cabeza, sin dedicarle el más mínimo esfuerzo a terminar con las dudas que en ese momento azotan a la mesa del consejo.

-Bien.

-¿Bien? –Aser seguía visiblemente molesto cuando le interrumpió mientras aún trataba de recomponerse de la sorpresa para poder continuar.

-Melocotones –Ron tomó parte en la conversación sin que nadie le invitase, materializando en palabras el hilo oculto de sus pensamientos-

-¿Melocotones? –Repitió Linde perplejo.

-Melocotones –aseveró de nuevo Ron- debemos plantar melocotones, hace un puto siglo que no me como un melocotón decente. Eso es lo que hay que hacer.

-Calla hombre –Linde chisto a su amigo otras dos veces seguidas conminándole a guardar silencio.

-No es mala idea –Adán concede tratando de no perder el favor de los que creía sus únicos apoyos en la mesa del concejo, finalmente y algo más compuesto se dispuso a continuar- pero yo priorizaría la recolección de supervivientes.

-¿Los arbustos? –Inquirió Aser.

-Eso no se come –prosiguió Ron en su línea pero ahora silenciado por un codazo en las costillas.

-Cierto, pero con una maquinaria muy básica se puede extraer de ellos un fluido gelatinoso riquísimo en nutrientes y en sales minerales, ideal para nuestro proyecto de desarrollo de nuevos abonos. Además, antiguamente se los procesaba para conseguir una pasta moldeable de materia vegetal, similar a los materiales de construcción que utilizamos ahora pero más costoso que los polímeros actuales. Además el remanente de residuo es apto para combustible de calefacción.

-¡Ja! –Aser plasmó su incredulidad en una sonora carcajada pero fue Camilo quién planteó los inconvenientes.

-Estamos al tanto de eso, pero no tenemos materiales ni herramientas para cortar los arbustos, ni para trasladarlos, licuarlos, procesarlos… ni siquiera tenemos estufas apropiadas para quemar los posibles restos.

-No es maquinaria costosa –Adán se lanzó con una defensa ya ensayada- habría que solicitarla, si, pero todos sabéis que la administración siempre nos está acusando de improductivos, no creo que nos denieguen la iniciativa. Además podemos negociar un plan para adquirir las máquinas a cambio de excedente agrícola y forestal, además del comercio habitual de arte. Ellos necesitan comida y material de construcción al igual que nosotros, si exigen algo más habría que estudiarlo.

-Y se estudiará –Camilo seguía con su nada habitual actitud cortante- ¿Cómo deseas llamar a tu propuesta?

-Instancia de solicitud de maquinaria forestal.

-¿Votos a favor? –Esta vez Cam no hizo esperar el gesto y alzo la mano al momento, nuevamente el resto de miembros de la mesa le siguió y la propuesta volvió a aceptarse por unanimidad- perfecto ¿algo más?

-Sí, debemos garantizarnos la energía suficiente para mantener el foco funcionando. Necesitamos al menos una de las nuevas baterías de imanes radiados.

-Son demasiado caras –Camilo es de nuevo el encargado de marcar el fallo evidente de su propuesta- apenas debe haber una docena en todo el área central, nunca nos daría una.

-Debemos solicitarla de todos modos –Adán sabía que la necesitarían algún día, pero tampoco él había dado con el modo de conseguir una, al menos de conseguir una sin tener que robarla- nuestros cálculos más optimistas nos dicen que tenemos el suministro de luz asegurado para como mucho otra década. Pero no podemos permitirnos interrumpirlo, ni siquiera durante un mes dentro de diez años, eso significaría romper de nuevo el ciclo de luz, perdiendo todas las cosechas y teniendo que empezarlo todo otra vez desde cero.

-Lo sé Adán, todos sabemos eso, pero no hay nada que podamos hacer.

-Podemos argumentar que si en verdad esas baterías son eternas de ese modo nunca tendrán que cedernos otra, podemos argumentar que a la larga será un ahorro. O podemos dejarnos caer de rodillas e implorar, puede que funcione.

-Tu mismo has propuesto intercambios para el resto de peticiones, -nuevamente es Cam quién le responde- invitándonos a negociar con el sistema a cambio de nuestros futuros excedentes agrícolas y de materiales de construcción, entiende ahora que no tenemos nada del valor de lo que pretendes solicitar.

-Eso no es cierto Cam –esta vez Aser se le adelanta tomando la palabra, se dirige directamente a Camilo tratando de llamar más su atención inclinándose mucho sobre la mesa- tenemos al niño, eso tiene que valer algo.

-¡¿Qué?! –La exclamación dejó el pecho de Adán vacío mientras aún trataba de procesar la magnitud de aquella sugerencia.

-Vamos, todos tenéis que haber pensado en ello –Aser prosiguió indiferente a la sorpresa de Adán- la primera embarazada sin ningún tipo de tratamiento en dos siglos. Si les hacemos llegar la noticia el personal médico de todo el planeta perderá la cabeza, se pisaran unos a otros y a quién haga falta con tal de analizar de cerca el caso.

-Debería matarte sólo por proponerlo basura –El primer impulso de Adán es el de saltar sobre la mesa para pisarle el pecho, necesita de todo su autocontrol para evitar hacerlo.

-¡Vamos! –Aser sigue sin dirigirse a él pero alza la voz tratando de buscar apoyos a sus palabras- sólo sería autorizar a los médicos a seguir el embarazo y a cambio nos darían todo lo que les pidiésemos.

-¡Maldito imbécil! –Adán se levanta de su asiento colérico- ¡Ni siquiera tú puedes ser tan estúpido! –Aser sigue pendiente de Camilo y sigue sin girarse hacia él por lo que también se gira hacia la cabecera de la mesa y se dirige al consejo al completo- tenéis que saber que en cuanto tengan la menor noticia del embarazo se la llevaran, tenéis que entenderlo. Se la llevaran a un hospital pero se la llevarán fuera de la colonia en cualquier caso, Dani se ha comprometido a supervisar el proceso, garantiza que no hay ningún riesgo y que en caso de darse será él quien lo notifique para que vengan a buscarla. Si yo que soy su padre estoy de acuerdo con esto el consejo debe secundarme.

-El consejo debe hacer lo que quiera que sea mejor para el conjunto de la colonia –Esta vez si Aser se gira hacia él, pero antes de que tenga tiempo a replicar es Camilo quien alza la voz.

-El niño no se toca. Y en adelante Aser te sugiero que pienses mejor las cosas antes de abrir la boca, al menos cuando te sientes a esta mesa –Aser palideció ante la regañina y se hundió perceptiblemente en su asiento, Cam siguió imperturbable con el devenir de la reunión- ¿Cuántos estáis a favor de la solicitud de una de las nuevas baterías de imanes radiados?

Cam fue el primero en alzar su mano, otras nueve le siguieron, todas a excepción de la de Aser, demasiado enfadado o avergonzado como para alzar la suya.

-Aprobado entonces por diez votos a favor frente a uno en contra.

-Sugiero que las peticiones se realicen de forma separada en meses consecutivos –Adán trató de hacer desaparecer el enfado de su voz mientras no dejaba de lanzarle miradas coléricas a Aser- primero las nuevas tuberías y bombas, después la maquinaría forestal y más adelante la batería, eso puede esperar unos meses.

-Muy bien, -Cam se dirige ahora a Iván, que ejercía las veces de lacayo y secretario- haz que conste en el registro. Dejemos el resto de asuntos pendientes para una próxima reunión sin fecha fija en el plazo de no más de una semana. Levanto esta sesión del consejo de la colonia.

En semejante situación el hubiese hecho lo mismo, los miembros del consejo estaban demasiado aturdidos y confusos, con los ánimos demasiado destemplados cómo para tratar de sacar adelante algún asunto más, sin duda Camilo también se había dado cuenta de que lo mejor sería dejarlo todo reposar durante al menos unos días. No obstante y pese a haber levantado la sesión nadie se había movido de la mesa, Cam seguía mirándole fijamente desde la otra punta de la mesa, pero al permanecer estático en su posición estaba consiguiendo que el resto de asistentes no se atreviesen a mirarse. Y tras unos largos segundos de silencio todos empezaron a mirarse unos a otros con nerviosismo, al menos hasta que Camilo volvió a hablar.

-Podéis iros –dijo sin apartar la mirada de Adán.

Entonces y cómo activados por un resorte los miembros del consejo se incorporaron y desaparecieron del comedor, uno a uno o por parejas, el último en abandonar la sala fue un Aser ceñudo y cabizbajo. Una vez a solas en el gran comedor, frente a frente uno a cada lado de la mesa, Adán se atrevió a preguntar por fin.

-¿Y bien?

-¿Y bien? –Le respondieron con fingida incredulidad.

-Si, ya me has oído.

-Ya te lo expliqué anoche –el tono utilizado es idéntico al usado el resto de la reunión, seco, sin emoción alguna- la colonia es mi vida. Y tus ideas eran buenas.

CAPITULO NUEVE

-Ahí, ahí. ¿Lo notas?

Eva susurra más que habla mientras le aprieta la palma de la mano contra su tripa, como si tuviese miedo de que el pequeño se detuviese en sus empeños al escuchar que le vigilaban. Lleva días vigilando cada pequeña vibración en su vientre, fascinada por cada nueva novedad a la sombra de la figura siempre vigilante de Dani, convertido prácticamente en su sombra. El paternal médico la había liberado de toda obligación laboral por los riesgos del esfuerzo, liberación que ella había acogido con una pequeña mueca pero no sin cierto alivio. Desde entonces pasaba los días pintando en compañía de Verónica, Carolina o el propio Dani, él por su parte siempre permanecía alejado de la bucólica escena que representaban los paseos de su mujer en compañía de sus jóvenes amigas, retenido por las permanentes dudas y titubeos de Camilo y su consejo.

Tras la reunión habían mantenido encuentros casi a diario, Adán había abordado la reestructuración de la colonia cómo si se tratase de algo personal, modificando horarios, pautas, protocolos y costumbres, racionalizando todos y cada uno de los esfuerzos que se llevaban a cabo y soportando la totalidad de las críticas. Sabía que a la gente no le gustaban los cambios, pero le sorprendió lo poco dispuesto a razonar que se mostraron algunos aún cuando todo el proyecto comenzó con una reducción de jornada, Alane amenazó con prender fuego a su taller si la obligaban a tener ayudantes, después amenazó con prenderle fuego a él cuando sugirió que cada miembro diseñase su propia ropa y finalmente amenazó con prenderles fuego a todos si no salían de su taller de inmediato, saliéndose por cierto con la suya. El propio consejo había acordado que la remodelación del sector textil tendría que esperar por aguas más tranquilas, pero había otra docena de reformas en marcha que requerían de su atención, sin incluir a su mujer y a su hijo no nato.

Tal vez por eso mismo Eva fuese tan reacia a dejarle salir de la cama cada mañana, alargando cada instante al máximo y reteniéndole allí cómo si cada segundo que no pasase con ella fuese una grave afrenta. Quizá porque se aburría sin trabajar, quizá porque le echaba de menos o quizá porque estaba celosa de la redescubierta pasión laboral de su marido, quizá por un poco de las tres o puede que por querer que su padre pasase unos instantes únicos y preciosos en compañía del que sería su primer hijo.

Y cada mañana era la misma historia, Adán trataba de levantarse antes de la primera luz y Eva se lo impedía, le obligaba a darle  un beso en los labios y otro en el vientre, le abrazaba, le rogaba que no se moviese, que se quedas, le pedía que le hiciese el amor o se lo hacía sin pedírselo, le hacía cualquier cosa que le hiciese quedarse en la cama, divirtiéndose jugando a este nuevo juego que habían inventado y después, si nada funcionaba, solo entonces, le pedía que le tocase el vientre para que pudiese sentir la nueva vida creciendo dentro de ella. Y allí estaba él, disfrutando del tacto de la piel suave de su mujer, contra la palma de su mano. Yacían tumbados de lado, acurrucando ella la espalda contra su pecho, sujetándole con ambas manos la suya y apoyándola contra un punto concreto en la parte alta de su vientre. Todos los días llevaba su mano a un punto diferente y todos los días repetían la misma historia, con mucho ahí-ahí y ahora-ahora, de repente ella sonreía y le preguntaba si lo había notado, hasta ahora nunca había notado nada pero había descubierto que asentir era la única forma de que lo dejasen ir al trabajo.

El vientre hinchado de Eva era una inagotable fuente de novedades, apenas le comunicaron el embarazo y comenzó a prestar atención observó cómo el tejido se endurecía, cómo ganaba volumen a medida que pasaban los días y cómo se había convertido en una prominente fascinación para toda la colonia. En efecto había ganado volumen y Dani decía que ahora, entrando en el tercer trimestre, podría llegar a duplicar su tamaño. Y entonces, tras varios meses colocando su mano sobre el vientre de Eva, lo notó. Una suave presión en respuesta a la suya, tenue pero perceptible y no solo una vez, sino otra y otra más, tres golpes.

-Ahí, ahí. ¿Lo notaste? –Eva giró la cara hacia él colocándola en un ángulo casi imposible.

Adán la beso sin poder dejar de sonreír, tomado el cuerpo por un profundo escalofrío y una felicidad intensa, su hijo estaba vivo y así le había hecho sentirse a él, más vivo que nunca en toda su vida. Sin poder expresar muy bien las razones empezó a reírse con ganas, separó la mano de su vientre y con ese mismo brazo apretó a Eva contra su pecho, le besó el cuello y la boca, sintió cómo ella separaba sus labios y notó el tacto fresco de su lengua contra la suya. La madre de su hijo, su esposa, el amor de su vida. En cuanto le posó una mano en el muslo ella separó las piernas y con un gesto hábil y veloz le colocó dentro.

-No te vayas –le susurró en cuanto terminó dentro de ella- podrías quedarte, no tienes que hacerlo todo tú.

-Sabes que tengo que hacerlo –Adán trataba de tranquilizar su respiración, pesada por el esfuerzo- hoy por fin plantearemos las primeras peticiones serias. Debo estar ahí.

-Es peligroso, acuérdate de la última vez.

-No lo olvidaré, -un proyecto de sonrisa se transforma en mueca cuando continúa- recuerda que fui yo el que terminó con él costado triturado, pero tranquila, esta vez ya sabemos con quién nos la estamos jugando.

-Estaría más tranquila si le dejases esto a Cam, es algo más apropiado para su carácter.

-Para el carácter de fierecilla domada que tiene contigo sin duda, para su carácter de presidente del consejo seguro que no. Metido en faena es menos dialogante que el señor capitán de protectores Edgar Rose.

-En cualquier caso llévate tu identificación Adán.

-¿Tienes miedo de que nos detengan?

-Llévatela.

-Solo vamos a solicitar una cita con el gobernador del área central –le besa suavemente la nuca a su mujer y se aparta un poco para que ella pueda volver a subirse la ropa interior- nos mirarán  mal, protestaran, nos dirán que no podremos conseguirlo y al final, de mala gana, darán la vuelta sobre sus talones y se irán a entregar el recado cómo buenos chicos.

-Claro, por eso tiene que ir todo el consejo, porque necesitáis ser quince para pedir cita para una reunión.

-Eso es la puesta en escena. Para que los chicos de la tarjeta roja tengan que reportar un parte de incidencias, así el informe llegará mucho más alto en la cadena de mandos y nuestra petición también.

-Ayer me dijiste que no conseguiríais la cita con el gobernador. No entiendo a que viene esto ahora.

-No conseguiremos la cita, la colonia es de una prioridad demasiado baja, pero tampoco necesitamos al gobernador. Lo que en realidad buscamos es una reunión con un administrador de grado alto, cuanto más alto mejor, por eso pedimos al gobernador y por eso buscamos que reporten alguna incidencia, pedimos la luna para que nos den la tierra.

-Lo que sea –recolocada la ropa Eva se estira hasta que consigue introducir una mano entre la pared y el colchón, extrayendo del hueco un pequeño sobre de fieltro, girándose para entregárselo- llévatela igual.

-Sabes que no me gusta andar paseando esto por ahí –recogió la tarjeta envuelta con los dedos índice y pulgar- sabes que me expulsarían al momento si alguien la viese, y puede que a ti también.

-No dejes que la vean entonces –cara a cara por fin su mujer le acarició el rostro con el dorso de su mano- pero llévatela por si acaso. O quédate aquí conmigo.

-Ojala pudiese amor mío –la luz que entra en la habitación es apenas un levísimo resplandor gris, indicador del comienzo de un nuevo día más allá de la perenne capota de nubes que ensombrecía el mundo- pero tengo que irme.

La beso en los labios e ignorando sus últimas súplicas salió a hurtadillas de la habitación. Ya en el pasillo se colocó las ropas en su lugar y aseguró su identificación en un bolsillo interior de su túnica antes de ponerse en marcha. Escaleras abajo ya se encontró con Dani, siempre tan madrugador y con un Timmo apenas despierto. El médico acompañaría a la expedición para solicitar nuevos equipos para el seguimiento de Eva, siempre so pretexto de tratar algún otro tipo de lesión o de enfermedad sin mencionar nunca la existencia de una embarazada a fin de impedir cualquier tipo de intromisión gubernamental, Timmo por el contrario había sido designado cómo conductor oficial para aquel viaje, totalmente contra su voluntad y la de su pereza crónica. Ya en el vestíbulo se dejaron de somnolientos saludos y se atrevieron a levantar un poco la voz, el resto de miembros del consejo aún no se habían dignado a aparecer.

-¿Qué va a ser hoy? –Adán interpela a Dani- ¿Otra caída del tejado? ¿Otra cucharilla de postre tragada por accidente?

-La verdad que hoy me siento más creativo –Dani contesta mientras ambos bajan por el primer tramo de escaleras seguidos de Timmo, silencioso salvo por el sonido de sus pies al arrastrarse- estaba pensando en algo que implicase más sangre y vísceras, tal vez un apuñalamiento con un cucharón sopero o un mordisco de Gamusino… cualquier cosa que haga que me manden nuevo equipo quirúrgico, aún no podemos descartar la cesárea y no me gustaría que llegase el momento sin tener nuevo equipo a mano.

-En ese caso yo les diría que las lentejas de anoche provocaron una docena de desgarros intestinales, tampoco sería algo tan exagerado y basta para tener que abrir a la gente en dos.

-Dioses, la verdad que eran terribles. ¿Quién demonios estaba en la cocina y en qué estaba pensando?

-Algún inútil y no creo que pensase en nada –a la sombra de aquellas pérfidas lentejas Timmo abandona su ensoñación y se les une- desde luego en nada bueno. Me pasé media noche tratando de deshacerme de la mierda de lentejas.

-Aquí tienes a tu paciente Dani, desgarro rectal de un palmo de longitud, un caso clarísimo de lentejae sangrantae horribilus, de manual.

-Creo que probaré con un apéndice inflamado –dice Dani sin dejar de reírse- eso si Timmo y su recto no se sienten desmerecidos.

-En absoluto doctor –el chófer trata de parecer solemne sin mucho éxito- sobreviviremos en silencio y abnegación.

-Vayamos directamente al transporte –continuó Adán- quizá al escuchar movimiento los insignes miembros del consejo de la colonia sigan su ejemplo.

Al abrir la puerta Timmo salió directamente hacia el transporte mientras Adán y Dani le esperaban bajo el marco. Allí, esperando junto a su amigo en la puerta abierta Adán no pudo evitar sonreír al darse cuenta de algo por primera vez.

-¿Qué te pasa? –Inquirió Dani al fijarse en cómo sonreía su compañero con la mirada perdida hacia el amanecer.

-Ese color –indicó con un pequeño gesto de cabeza el gris claro y brillante dibujado en el horizonte del este, más claro y más brillante dónde el sol se alzaba más allá del manto de nubes- ese color es el color de los ojos de Eva.

Dani se giró hacia el sol y permaneció allí junto a él, la mirada hacia la inmensidad y la mente evadida en sus propios asuntos, hasta que Timmo dejo el pesado y antiguo transporte frente a ellos. Los miembros del consejo fueron apareciendo por allí uno a uno hasta que fueron un total de catorce los presentes, los diez miembros del consejo, Camilo, Dani, Timmo y él mismo.

Una vez puestos en marcha el silencio se apoderó del ambiente, más aún cuando dejaron atrás la luz del foco y se adentraron en la oscuridad del páramo gris sembrado únicamente de supervivientes. Habían acordado en la reunión que en esta ocasión no habría lectura de manifiesto ni entrega de obras de arte, habían racionado sus posesiones para aguantar hasta el siguiente encuentro sin tomar nada de lo que les ofreciesen en esta ocasión y, básicamente, preparado todo aquel encuentro para limitarse a pedir una reunión con el gobernador del área central, reunión que no esperaban conseguir.

Para facilitar las cosas ni Camilo ni Adán tomarían la palabra, el primero había sido continuamente despreciado por Rose y la única vez que había coincidido con el segundo había terminado por dispararle, Dani quería volver a aprovechar el encuentro para hablar con el oficial médico auto descartándose para tomar la palabra, situación por la que Adán había propuesto a Ron o a Linde para formalizar su petición, pero en un nuevo ejemplo de corrección diplomática Camilo había impuesto a su propio hombre para la tarea, el tarado de Iván sería por tanto quién defendiese los intereses generales de la colonia, limitándose el resto a secundarle con su presencia.

En esta situación la sensación de que algo podía salir mal era creciente para consternación de Adán. Pero al menos no hubo de sufrir demasiado ya que en cuanto enfilaron el camino de ascenso a la colina pudo comprobar que los transportes de los protectores ya estaban en el lugar.

-Genial, -se encargó motu propio de materializar el sentir común- y encima llegamos tarde.

Una serie de afirmaciones y asentimientos recorrió el abarrotado remolque mientras Iván mecía su cabeza inconscientemente adelante y atrás. Leves espasmos le sacudían los labios revelándoles a todos que se afanaba por memorizar algún discurso bien ensayado. Adán respiro un poco más tranquilo al saber que al menos Camilo no había dejado nada para la improvisación, ahora solo faltaba que el discurso no fuese demasiado pedante ni pretencioso y puede que incluso saliesen bien librados de aquello.

Al llegar a la cima de la colina se encontraron con la comitiva habitual compuesta por un transporte y otro par de vehículos mas pequeños, frente a ellos, en posición de firmes y abiertos en abanico se encontraban la docena de hombres que componían la unidad de intervención básica. Se detuvieron a una distancia prudencial y bajaron del camión de forma embarullada, sin orden ni concierto, entre saltos quejas y maldiciones, agudizando aún más el contraste entre facciones.

Pie a tierra Camilo se acercó a buscar a Adán, sorprendiéndole con otro buen gesto:

-Suerte –le deseó.

-Esperemos que para todos –contestó Adán tendiéndole una mano que Cam estrechó con fuerza- acabemos con esto.

-De acuerdo –Cam giró la cabeza y recorrió los rostros amigos en busca de su portavoz- adelante Iván –dijo cuando dio con él- confiamos en ti, dales duro.

En un poco prometedor comienzo Iván ni siquiera acertó a contestarle nada concreto, masculló algo ininteligible y se puso en marcha, caminando hacia la comitiva de protectores unos metros por delante de sus compañeros. Adán miró a uno y otro lado sintiendo algo parecido al orgullo, los miembros de la colonia caminaban con paso firme y rostros decididos, de algún modo casi imperceptible parecían irradiar determinación dotándoles de un aura de grandeza. Hasta Iván debió de sentirlo pues afirmó el paso y titubeó menos de lo esperado al comenzar con su discurso.

-Hermanos, hermanos.

-Más alto –Camilo le hizo las veces de apuntador a su amigo mientras la comitiva se detenía a una decena de metros de los protectores, Iván todavía se siguió acercando un poco.

Entonces algo llamó la atención de Adán, no había ni rastro del capitán Edgar Rose ni de sus hombres. Aquella unidad de intervención era mucho más joven de media que la habitual, apenas unos críos recién salidos de la academia, comandados eso si por un veterano de recio aspecto, un hombre de facciones marcadas y pelo blanco cortado muy corto en una gran cabeza que empequeñecía entre dos hombros prominentes, aquel tipo de cambio era poco habitual pero hubiese carecido de relevancia de no ser por la repentina percepción de movimiento en la periferia de su campo visual. Así fue, una sombra roja en el rabillo del ojo le bastó para girar la cabeza y descubrir con horror lo que estaba sucediendo, otros dos pelotones de protectores había aparecido por su espalda, acorralándoles. Y aquello si que no era nada habitual.

Dani también pareció darse cuenta cuando se detuvo unos metros por delante de los miembros del consejo, quedándose clavado en el sitio, perplejo, mientras caminaba para encontrarse con el oficial médico. Pero Iván por el contrario no pareció darse cuenta de nada y continuó acercándose hacia el capitán de los protectores, no se detuvo hasta estar a un par de metros. Para entonces ya eran varios los miembros del consejo que alertados por el ruido de pasos se agitaban nerviosos, mirando hacia uno y otro lado, visiblemente alterados ante aquella emboscada.

-¡Hermanos! ¡Hermanos! –Iván alzó los brazos en alto hacia la comitiva de los cuerpos de la ley y el orden en gesto de bienvenida, girándose, nada más completar el gesto, hacia el consejo de la colonia a su espalda, con una sonrisa bobalicona en el rostro y buscando con la mirada algún gesto aprobador de Camilo.

Ni siquiera pudo ver entonces como el capitán de los protectores sacaba su impactador y lo apuntaba directamente a su cabeza, ni siquiera pudo ver que estaba a punto de morir. Aquel hombre de gesto duro no dudó, sin mediar palabra apretó el disparador haciendo que su arma emitiese un ruidoso zumbido y una descarga de energía que convirtió la masa sólida del tren superior de Iván directamente en gas. Cabeza, hombros y pecho se convirtieron tras un estallido húmedo en una bruma rosa, partículas microscópicas de lo que instantes antes era el cuerpo de un hombre, restos que la fuerza residual del impacto arrastro hasta ellos, manchándoles la ropa y pegándoseles al rostro.

Los dos brazos alzados al cielo en gesto de bienvenida desaparecieron sólo en su parte mas cercana al torso, dejando las manos amputadas hasta el codo suspendidas en el aire, girando sobre si mismas y desplomándose finalmente en el suelo. El cuerpo ya inerte de Iván se venció por su propio peso y se hundió de rodillas hacia delante, volcándose el trozo de cuerpo rebanado en su dirección. Pudo ver restos de las últimas costillas de Iván rasgando la carne muerta, vio como el cuerpo inerte se quedó allí clavado en aquella posición antinatural, vio las manos amputadas caer a su alrededor y vio como de los restos del cuerpo fluía una pasta roja y densa.

El olor de la sangre llenó el aire y el horror de la escena se les grabó a todos en las retinas, pero nadie hizo nada, nadie dijo nada, nadie acertó ni siquiera a echar a correr. Todos se quedaron quietos viendo cómo el cuerpo de Iván se arrodillaba y expulsaba sus últimos fluidos, ya no quedaba ni rastro de aquella sonrisa bobalicona.

-¡Matadlos a todos! –El capitán de protectores fue el primero en recuperar el habla, gritaba a unos jóvenes protectores momentáneamente paralizados por el horror en una realidad en la que el tiempo parecía haberse detenido- ¡Matarlos! ¡Vamos!

Otros dos pelotones se dirigían a ellos por la espalda eliminando cualquier posibilidad de escapatoria, apenas unos instantes después vio como dos de los hombres armados disparaban contra el transporte de la colonia, dejándolo inservible. Enseguida todos ellos estarían muertos.

Un joven protector, el más rápido en reaccionar y presumiblemente el menos afectado por el macabro espectáculo de la muerte de Iván ya se acercaba a Dani apuntándole con el impactador, el médico se giró hacia él, impotente y desarmado, para limitarse únicamente a verle acercarse.

El resto de miembros de la colonia miraban a su alrededor, a los diferentes rostros de la muerte que se acercaban a ellos disfrazados de hombres armados, estaban todos muertos de miedo y desesperados mientras aquel capitán de protectores no dejaba de gritar ordenes, de alentar a sus hombres a tomar parte en aquella carnicería.

La inminente muerte de su amigo por fin consiguió hacer que Adán reaccionara, olvidándose de todo sentido común y abalanzándose hacia el frente mientras con una mano nerviosa buscaba el preciado objeto oculto en el interior de su túnica. Llegando apenas un segundo antes al lugar en que se encontraba Dani que el protector que caminaba hacia allí para matarle. En un segundo que le pareció eterno aparto al médico de la trayectoria del posible impacto de un empujón mientras sacaba su identificación de su funda. El tacto metálico de la tarjeta le resultó frío entre la punta de los dedos cuando la alzó, entonces y solo entonces por fin vio duda en el rostro del joven asesino.

-¡Alto! ¡Alto maldita sea! ¡Es una orden!

A la vista de la brillante identificación el protector terminó por bajar el arma. No había duda, no habría mas de veinte tarjetas como la suya en todo el planeta y nadie que no fuese su dueño podía poseer una sin incurrir en un delito capital. Fabricada en pura y brillante plata de ley, recubierta de finísimos grabados y formas circulares que en realidad eran códigos de identificación y de acceso de altísima tecnología, la tarjeta le identificaba cómo gestor inactivo o pendiente de asignación, le identificaba como ciudadano de primera clase, como uno de los directores del propio sistema.

-¡Capitán! –el joven visiblemente confuso empezó a solicitar a voces la atención de su superior. Quién palideció al percatarse del brillo de la identificación en la mano de aquel condenado a muerte.

-¡Quietos! ¡Quietos todos! –Tras un segundo de duda el capitán detuvo a sus hombres de modo acorde con el protocolo, llamándoles primero a voces y después por el comunicador de su muñeca.

La vorágine de destrucción se detiene en unos momentos, todo parece mucho mas calmado a su alrededor y Adán procede de modo mecánico, acercándose primero al joven frente a él y tendiéndole su preciada tarjeta.

-Identificadme –consciente de que es lo primero que le pedirían a continuación, el chico sujeta la tarjeta y la coloca bajo el lector de su intercomunicador.

Adán aguanta la respiración, si la tarjeta estuviese dañada o lo que es peor, dada de baja, se consideraría nula. Volviendo los protectores inmediatamente a su labor anterior, en este caso matarles a todos. Finalmente el joven le devuelve la tarjeta con gesto de terror.

-Es oficial –dirige su expresión aterrorizada a su superior para confirmárselo- es un gestor inactivo.

El estupor se adueña de unos y de otros, nadie dice nada mientras el cuerpo destrozado de Iván continúa expulsando fluidos. En cuanto sus pulsaciones se relajan un poco los pensamientos empiezan a agolparse en la mente de Adán, con uno mayor y más negro que todos los demás.

-Dame tu arma –se dirige de nuevo al joven protector frente a él, que tras un instante de duda se la ofrece a regañadientes.

Adán toma el arma y la empuña con fuerza mientras se dirige directamente hacia el capitán de los protectores, la tentación de matarle allí mismo es demasiado grande y únicamente se frena ante la perspectiva de desatar un tiroteo. Le apunta el arma cargada a la máxima potencia a la altura del pecho y agobiado por el terror creciente dentro de él le interroga.

-¿Qué demonios está pasando aquí? ¿Cuáles son tus ordenes maldito animal?

-Señor, lo siento, yo, no sabía. Nadie nos dijo que usted fuese a estar aquí –la perspectiva del arma cargada contra su pecho transforma al recio capitán en un aterrorizado novato- ha tenido que ser un error señor, un terrible error.

-Tus ordenes basura. ¿Cuáles eran tus malditas órdenes?

-Interceptar y ejecutar a la célula terrorista, señor –el tono del protector es bajo rápido y seco, el hombre rompe a sudar en frío y ni siquiera se atreve a abrir los ojos- erradicar la amenaza del área central.

-O Dios mío –el universo entero de Adán se desploma a su alrededor y está apunto de desmayarse- ¿Qué amenaza? ¿Cuántos terroristas?

-Lo siento señor –el hombretón parece apunto de echarse a llorar cuando empieza a temblar visiblemente- lo siento muchísimo.

Un pánico visceral se apropia de Adán que apunto está de perder el control, en un tremendo sobreesfuerzo logra controlarse y poner algo de orden.

-Anula cualquier orden que quiera que tengas, si alguien más muere hoy haré que os ejecuten a todos por asesinato. Vosotros –ignora ya al capitán y se dirige a los dos protectores más cercanos a uno de los vehículos más ligeros- llevarme a la colonia de inmediato.

Los jóvenes respondieron con presteza y se subieron de inmediato al vehículo, Adán ocupó el asiento trasero y comenzó a apremiarles en cuanto se hubo subido al vehiculo. Dirigió una última mirada a la escena de confusión y muerte que dejaba a su espalda, nadie hablaba ni se movía, nadie había recuperado la compostura ni tomado consciencia de la magnitud del desastre, sino que todos permanecían en pie y confusos, atónitos y abrumados.

-No me importa si tienes que quemar el motor, pero haz que este hijo de puta vuele.

Y en efecto el vehículo llegó a volar, el veloz transporte ligero alcanzó velocidades de vértigo y acortaba notablemente las distancias a recorrer, rebajando el viaje de tres horas a unos cuarenta minutos. No obstante cada segundo que pasaba transcurría más lento que el anterior, Adán escuchaba el sonido de los latidos de su corazón en las sienes y un sabor metálico se le instaló en el cielo de boca, las ideas iban y venían por su cabeza pero a medida que surcaban el paraje gris tomaban forma, lo premeditado del ataque y los medios empleados en el mismo, pero sobretodo la ausencia del capitán de protectores Edgar Rose. Una nube negra se extendía sobre su futuro ocultándolo todo, era miedo, ansiedad, pánico, un terror más puro que ninguno que hubiese llegado a sufrir nunca a lo largo de toda su vida.

De repente tiene ganas de morirse, el resplandor lejano del foco no aparece en el lugar en el que siempre acostumbraba. La bruma gris del mundo aparecía en su lugar aún más gris, casi negra a medida que se acercaba, cada vez más oscura, negra, negra como el humo, humo, si, era humo, un humo negro que se elevaba cubriéndolo todo. Un hilo de voz trenzado de pura angustia se le escapa de entre los labios contra su voluntad

-Dioses no.

 

 

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