Y LLEGÓ EL VACÍO

Y tras un tiempo llegó el vacío. Y en verdad hacía un tiempo que lo temía.

No sé si se debe a la autoimpuesta limitación de papel, obligándome a cerrar el blog tras unas cuantas entradas más, no sé si será por el exceso de trabajo, esa enormidad de horas yendo y viniendo permanentemente de un sitio a otro, la imposibilidad de conectarme a Internet por periodos prolongados, el calor del verano o la influencia negativa que ejerce sobre mí la luna durante el menguante de agosto. Pero lo cierto es que por más que piense en ello no se me ocurre nada bueno sobre lo que escribir.

Al menos una vez pasada la enésima despedida, un nuevo popurrí de series, otra descripción de un sueño extraño y otro habitual -por reiteración- artículo descriptivo de la letanía del abandono de los últimos dos años. Esos fueron los comodines y ahora nada,  seco, seco cómo los campos en este verano que todavía no llega y en el que ya ha empezado a caer la hoja de los árboles.

Pero no estoy tan desesperado cómo para hablar del tiempo aunque si alguien cree que la ausencia estival está conectada con su perenne mal estado de ánimo podemos formar un club. También llevo unos días molesto con la permanente retahíla de comentarios incendiarios que surcan las redes sociales, contra el papa y la iglesia generalmente por parte de gente joven autodefinida como de izquierdas. Veréis, yo no soy un tío religioso, no voy a misa a menos que sea estrictamente necesario y si lo hago no voy por la salvación del alma eterna del difunto, lo hago por prestar apoyo con mi presencia a la familia del finado. Además cómo licenciado en historia estoy mucho más al tanto de los desmanes, corrupción y atrocidades cometidas por hombres de la fe a lo largo de los siglos que muchos de los que ahora les critican, no obstante y sin necesidad de presumir nuevamente de título os diré lo siguiente, la estupidez ha acarreado a lo largo de la historia muchísima más corrupción, atrocidades y desmanes que la que es santa casa para estos señores católicos.

Al margen de la necesidad o no de una iglesia cómo la católica, al margen de la acción social de caritas o de los propios religiosos y al margen de su labor cómo guardianes y conservadores de innumerable patrimonio, al margen de todo esto y de lo demás, yo no me meto con ellos porque no veo la necesidad de criticar a una persona por sus creencias, sea católica, musulmana, ciencióloga u ornitorrincóloga, crea en Budha, Jesucristo o en los osos Gummy, porque no me meto con nadie que no se meta conmigo o que no cause mal premeditado u inconsciente a la totalidad de la sociedad o partes aisladas de ella.

Si hay atascos, trabajo extra en urgencias o la necesidad de recoger un poco más de basura a mí me vale. Porque basta con echar números para saber que los niños y niñas del polo y el to tus tus, se van a dejar un pastón allí por dónde pasan, basta con echar cuentas para sacar en claro que esta visita papal nos va a dejar varias decenas (sino más) de millones en beneficios. Luego justificamos todo por la crisis, aceptamos sin demasiado ruido una falta de trabajo y oportunidades sin precedentes, pero nos llenamos la boca criticando la lluvia del maná católica caída estos días por toda España. ¿En serio qué creen que va a pasar si consiguen las olimpiadas? Ojala se escuche a los progres mandrileños y el próximo encuentro con el papa se haga en Cangas del Narcea oiga, igual así pagábamos el pufo del ayuntamiento…

Otro buen argumento sería decir que no veo a los jóvenes cristianos quejándose de la abundancia de progres trasnochados por las redes sociales. Pero bueno, que los zombies del Papa se entiendan con los zombies del Público-La sexta y a mí que me dejen en paz.

Pero tampoco quiero hablar de esto más allá de lo presente, siento alergia por los opinólogos en general y por los deportivos en particular. Los medios están tan corruptos cómo aquellos que les gestionan  las subvenciones y desde el articulista más modesto hasta el redactor más reputado son parte del problema, nunca de la solución. Criticar a unos chavales que vienen a dejarse la bolsa y la vida a España a cambio de un par de misas y no criticar a quién deja un saldo de cinco millones y pico de parados no es vergonzoso, solo puede ser o estúpido o abiertamente malvado. Y prestar oídos a estas estupideces es aún más estúpido, y más de mi parte.

Pero si que es algo, es fácil, prácticamente cualquiera tiene una opinión sobre todo, basta con adornarla un poco, dorar bien la píldora y buscar una plataforma afín dónde verterla, con tiempo y el mínimo esfuerzo de lanzar un par de artículos al día la reputación terminaría llegando, de santo para unos y de demonio para otros, pero llegaría pronto, bien pagada y sin necesidad de pensar.  ¡Dios! si los tontos volasen no veríamos el sol.

No, no voy a hablar de estas cosas, no quiero. Entiendo que los ánimos estén encendidos con esto, pero también sé que la semana que viene lo estarán con otra cosa y a la siguiente con otra, la anterior se cuestionaba a los mercados y a las agencias de rating (se que son malas, pero políticos, bancos y sindicatos no son mejores), esta al Papa, la próxima la huelga del fútbol y la siguiente será otra puta mierda por el estilo. Y yo no seré participe de eso, me centraré en escribir mis novelas, en escribir sobre mujeres que no me importan y sobre la mujer que ha sido mi tormento y duda durante todo este tiempo, porque aunque así no me gane la vida sobre esto si que vale la pena escribir.

No escribo sobre el entrenamiento porque esos artículos no los leía casi nadie, no escribo sobre cine porque hace siglos que no veo una película buena, no escribo más artículos cómo los más leídos porque válgame el cielo –luego dicen que el obseso soy yo-, no escribo sobre quién quiero escribir para no ser cansino y luego escribo sobre ella para no sentirme culpable, no encuentro nuevas musas y por eso cada día me aburre un poco más. No recuerdo su cara, Dios, no la recuerdo para nada. Y sí, tengo dos nuevas novelas completas y desarrolladas prácticamente en su totalidad dándome vueltas en la cabeza, temo perderlas poco a poco, a medida que el tiempo en barbecho les vaya arrancando pedazos, pero me falta esa motivación vital necesaria para sentarme y escribir, me falta quién me lea. Quién me lea a mí y no lo que escribo, y acabo de descubrir que eso es más difícil de encontrar de lo que imagináis.

Pero restringiendo tanto la inspiración se seca y esta semana no he tenido tiempo para la novela, las chicas que he conocido no me dicen nada y ella cada vez me dice menos… nunca he estado tan cerca del vacío cómo lo estoy ahora y no lo vi venir.

NOVIOS DE REEMPLAZO Y CINCO FORMAS MAS DE HACERNOS MIERDA

La chica me golpeó varias veces la palma de la mano con su frente, con fuerza y premeditación, la suficiente para que me preocupase dejarle marca. Sobra decir que ese tipo de conductas despeja y despierta la atención, más cuando vienes con actitud incrédula por bandera y varias copas de más. Después me colocó esa misma mano entre las suyas y comenzó a estirarme la piel con sus pulgares del centro de la palma hacia los bordes, acercando mucho la vista mientras lo hacía, prestando atención a cada pequeño detalle de la piel y de cada línea dibujada en la misma, analizando su longitud, su curvatura, su profundidad y su limpieza. La gente a nuestro alrededor calla, su grupo de amigas permanece atento a la mística y el mío calla y atiende por curiosidad, en medio de la Mon el silencio jode y yo termino por sentirme incómodo. Por fin la vidente se detiene y se pronuncia.

-Vivirás mucho –siempre lo he dudado- y bien –siempre lo he esperado- tendrás oportunidades de ser feliz –cómo todos- pero las desaprovecharás –nos ha jodido-.

Ahí es nada. Libra el esperpento porque aún ahora creo que todo fue un complot para encamarme con la chica con quién en efecto terminé durmiendo, o quizá y solo quizá todo sea la forma del universo para advertirme de que al final y no importa lo que haga la terminaré cagando, y con todo me refiero al haber bebido, a la vidente borracha, a la noche con la citada chica, a mi vida y al universo en trazos generales.

Pero bueno, quién la ha tenido y no la ha jodido no ha vivido y quién no la ha tenido no sale de casa. Por supuesto hablo de la oportunidad, siendo la oportunidad perdida causa matriz, primera y generadora de este blog y ahora causa de su misma desaparición, pero ahora por imperativo biológico.

Oportunidades que se presentan asgaya cuando hablamos, cómo ya hablé, de julio en Cangas. Reencuentros y encuentros con canguesinas por doquier que dan cómo resultado una sobreexplotación de las redes sociales y multitud de tours guiados a los rincones oscuros del prao del Molín. Esto es, salir a tomar algo cualquier día del Carmen u o con eventos, llegar a casa y ver tres peticiones de amistad, concretar algo para la siguiente noche con evento y después aquello de la semillita, papá y mamá. Al menos es así al ojo inexperto siendo en realidad mucho más complicado, y es que si la vida fuese fácil todos los tontos serían millonarios.

Y es que hoy por hoy y para aquellos que no frecuentamos quinceañeras el campo de batalla es bien distinto. Aquí unos ejemplos, empezando por el referido en el título.

El novio de reemplazo viene a ser una antiquísima costumbre que tengo por muy propia del género femenino. Fruto de darse demasiada prisa en cerrar relaciones con personas poco compatibles, el poco gusto por la vida de soltera y la disponibilidad de multitud de varones a prestarse a este tipo de juego nada limpio. Es de aquí de dónde viene la figura de la falsa soltera, que es aquella que aún sintiéndose soltera de cuerpo y espíritu viene con novio, al menos hasta que encuentre a alguien de garantías con quién reemplazarle. Esta actitud siempre me causó cierta repulsión, pero poco a poco y a medida que descubro lo habitual de la misma no me está quedando más que tragar con ruedas de molino. De todos modos no mola, aún cuando el otro tipo te importe la mitad de un carajo, debes y en mi caso no puedo evitarlo, preguntarte en qué le impedirá hacerte a ti lo mismo que le hace a él.

Tampoco es agradable dar con hombres fantasma. Algo por otra parte muy habitual, porque no nos engañemos, todo el mundo tiene a alguien en la cabeza a quién desbancar. Alguien de quién estás enamorado o a quién al menos preferirías echarle uno antes que a quién acaba de llegar y te lo ofrece, esto es, desde sentimientos profundos hasta una mera cuestión de antigüedad. En mi caso, el tiempo y la distancia cortaron un patrón de tal perfección que ninguna otra chica era capaz de pasar el corte, nadie era suficientemente bonita, buena o inteligente cómo para hacerme olvidar a la última y por eso mismo lo pase mal una temporada. Ahora es toparme con gente en una situación similar y faltarme piernas para salir huyendo. No hay forma de luchar contra fantasmas (mas que convertirse en uno).

Otro problema que puede darse es el campeonato de desconfianza. Veamos, a todos nos han hecho daño, por rechazo o por abandono, y es perfectamente lógico no querer exponerse fácilmente a otra experiencia similar. El problema viene cuando la situación sentimental se convierte en campo de batalla, cuando te pasas el día recordándole a la otra parte lo poco enamorado que estás y lo mal que haría ella implicándose contigo, terminando por dejarla cuando ves que te hace caso omiso. Te dices que era por su bien, cuando realmente eres tú el que no quería implicarse con nadie, el que se cagó de miedo al verla dejarse llevar por temor a una nueva emasculación anímica. Después de todo fue dejándose llevar como empezó todo la última vez.

Por el contrario y aquí va una cagada bastante habitual, el exceso de confianza, es capaz de espantar al más valiente e incluso al más pringado de los amantes. Si una chica decide por su cuenta y riesgo quedarse a dormir antes de que se lo ofrezcas es atrevida, si duerme más que tú o se levanta más tarde es incómoda, si te pide una toalla para ducharse empiezas a ponerte en lo peor y si directamente entra a revolver en tu armario lo sabes, si además se queda a desayunar y tienes que jurarle que has de ponerte a trabajar para que se vaya… entonces si que la has cagado. Corre y escóndete.

Aquí aprovecho para matizar otra vez que soy un gran fan de las mujeres, tengo todos sus álbum (Hank Moody) incluso los EP y las pruebas de estudio. Y si en este caso aparecen cómo los sujetos de estudio es solo porque son los casos que mejor conozco, pero estoy seguro de que todas estas situaciones son aplicables a ambos géneros en todo tipo de variables. Guardad los cuchillos, me pone nervioso tanto sonido de piedra de afilar.

A este propósito un error más común en hombres que en mujeres es el eco del gemido. Consistente en la paja mental que te montas tras pasar una noche mágica con alguna chica que, casualidades de la vida, se ha aprovechado de ti. Seguramente sea alguna chica con un hombre fantasma bien gordo en su equipaje, pero el caso es que mientras tú te montas un perfecto idilio romántico en tu cabeza lo único que ella buscaba era un par de paseos sobre el mecanismo hidráulico bajo tus vaqueros. La verás, le sonreirás cómo un gilipollas en un exceso de confianza y pasará de ti en un campeonato de desconfianza. Supéralo.

Finalmente y en lugar aparte quiero dejar las formas tradicionales de cagarla. Prestando demasiada o demasiada poca atención, teniendo un cuelgue por una chica con novio y que en este caso no piense en reemplazarlo, emborrachándote y soltando alguna estupidez, emborrachándote y yéndote con alguna estúpida, hacerse tanto de rogar que te manden a la mierda, mandándola a la mierda justo antes de que se deje de hacer de rogar, apuntando a demasiados objetivos a la vez, viendo oportunidades dónde no las hay o bueno, casi de cualquier forma que se te pueda ocurrir, que creas que puedes remediar o que no concebirías ni en un millón de años. Nunca subestimes hasta qué punto o de qué manera puedes llegar a cagarla.

Yo las conozco casi todas y tengo la sensación, que no la confirmación, de seguir cagándola un poco más cada día.

 

PERMÍTEME QUE TE INVITE A LA DESPEDIDA

Estamos en una boda, al menos yo estoy en una boda, he adelgazado algo y el traje me vuelve a ir bien. Ella lleva un vestido conocido, estampado de flores rojas con algún detallito blanco. La veo al otro lado del patio y me está mirando, se me forma un nudo en el estómago que me cierra el cuerpo hasta la garganta, apenas puedo respirar cuando hago un esfuerzo superior por serenarme que termina dando frutos.

No tengo ni la mas remota idea de lo que puede estar haciendo ella allí, me sorprendo por no haberlo visto venir y trato de pensar en qué puedo hacer ahora. Ya ha apartado la vista pero no yo, está rodeada de gente pero sola, nadie la coge del brazo ni espera parado junto a ella. No puedo dejar de mirar a un rostro borroso, difuminado por el tiempo y la distancia, un rostro tan evocador como peligroso.

Es el patio de uno de esos grandes salones para bodas actuales, de esos que han proliferado en torno a Oviedo y Gijón con mucho más aparcamiento que encanto, seguramente ella esté allí cómo parte del público asistente a alguna otra ceremonia. Me vuelve a mirar, pero esta vez sin rastro de sorpresa o de cariño, una mirada reconocible. Recuerdo cuando, ya sin estar juntos, un día se cruzó conmigo en un bar y sin poder evitarlo me sujetó del brazo y me dedicó la mejor de sus sonrisas, únicamente durante el segundo que le llevó recordar quién era yo y qué había hecho. Una sonrisa acompañada de una mirada idéntica a la de hace un momento, no la última sino a la primera, la siguiente a la sombra de una cara conocida en el umbral de la mirada, seguida de un no puede ser y rematada en el sí, es él. Y nuevamente y tras un segundo de sosiego todo se lo lleva el viento, de repente tengo frío y algo más, ¿miedo?

En algún punto que no recuerdo nos fuimos, casamos a lo casaderos y nos metimos en un restaurante, una estancia amplia y bien iluminada, con adornos en las paredes y un amplio espacio entre las mesas propio para bailar. Estoy muy borracho, profundamente, noto el regusto a ginebra en la boca pero no soy capaz de dejarme llevar, mi mente me sigue dirigiendo una y otra vez al mismo sitio, no la he vuelto a ver pero no me atrevo a salir a buscarla. Nadie ha destilado nunca una ginebra tan fuerte cómo la que me haría falta para eso.

Por fortuna y cómo siempre ha acostumbrado a hacer ella me lo da resuelto. No la he visto acercarse pero de repente siento su mano alrededor de mi muñeca.

-Ven –me lo dice con suavidad, no lo pregunta ni lo ordena, sólo me lo dice, se gira entonces y sin soltarme empieza a caminar.

La sigo por la ahora interminable extensión del salón, nadie nos presta mayor atención salvo algunos rostros muy familiares, los rostros a los que ambos somos reconocibles. Tengo un millón de preguntas pero al final, por vez primera en mi puta vida, entiendo que hablar no me hará bien y me tengo la boca callada. Me dirige con paso firme a través de patios y aparcamientos, le recorro la espalda con la mirada, esa espalda otrora tan familiar y tan querida, esa espalda que ahora me pone nervioso, atormentándome con recuerdos y visiones de los viejos y buenos días en que todavía la frecuentaba. Cruzamos la recepción del edificio del hotel, en el ascensor y frente a frente nos apartamos la cara incómodos, como dos perfectos extraños, cómo dos enemigos íntimos, cómo lo que somos.

Me suelta para salir al descansillo y la sigo, saca la llave de una habitación y abre una puerta, camino tras ella hasta los pies de la cama y le digo a Dios “gracias, gracias, gracias”. Se baja primero de un tacón y luego del otro, tira de la cremallera lateral de su vestido y se queda en ropa interior. Da un paso hacia mi y alzándose sobre las puntillas me sujeta el nudo de la corbata y me lo suelta con habilidad. No parece muy interesada en aquello y me insta a seguir yo mismo, me desabrocho los botones con manos nerviosas y camisa y americana se van al suelo al tiempo, zapatos, pantalones, calcetines y calzoncillos les siguen todo lo deprisa que pueden mientras ella, a su vez, libera a las gemelas y deja caer al suelo un par de braguitas de encaje, una descuidada cabellera me dice que últimamente no ha estado recibiendo visitas. Cuando me lanzo a besarla, sujetándole la cara entre las manos y acercándole mis labios a los suyos, se aparta, me dice que no joda, que a quién quiero engañar,  que eso no, recordándome de nuevo quién soy y lo que he hecho. Me empuja contra la cama y me dejo caer, sentado, ella se me sube encima de rodillas sobre la cama dejándome sentirla húmeda. Follamos, follamos como perros, cómo perros que saben que al día siguiente han de ser sacrificados.

Y no es hasta justo antes del final que por fin me besa. Haciendo la cuchara, de lado, mi pecho contra su espalda le tiro de la parte de atrás del pelo girándole su cara hacia la mía. Me recreo en su lengua en mi boca, en su sabor, en su textura, tratando de grabarme a fuego ese recuerdo para no olvidarlo nunca. Después se acaba, ella llora, me pide que me vaya, se encierra en el baño, grita, insulta y amenaza. Maldice su cabeza y su error. Yo le digo que no me voy a ninguna parte, que salga y que plante cara, que ya es hora, que hoy vamos a zanjarlo todo de una vez por todas y, finalmente, sale.

Cubierto el cuerpo por la toalla, me acerco para abrazarla pero solo consigo espantarla, se escabulle hasta su ropa y se agacha para recogerla, no me mira. Me tengo que acercar y agarrarla, se resiste y me pisa. Pero no la suelto. Tengo un millón de preguntas, de acusaciones, tengo material de bronca dentro para llenar un pozo sin fondo, agobiándome, quemándome los pulmones. Después de tanto tiempo, dolor y puñaladas, de malos gestos y peores actuaciones, de dos años de mierda. Y lo que es peor, sé que ella también y mucho, tenemos basura para lanzarnos durante lo que resta de noche y las tres siguientes. Pero de nuevo y contra todo pronóstico hago aquello que debo hacer, le alzo la cara con suavidad, espero a que pose su mirada en la mía y sólo entonces le planto un delicado beso en la frente.

Hablo con criterio por primera vez en mucho tiempo, me guardo toda la bilis en un cajón y le pregunto cómo está, qué tal la familia, las nenas, el trabajo y el cambio de colores. Escucho todo lo que me tiene que decir, respondo a todo lo que me quiera preguntar y sólo entonces nos fundimos en un abrazo de verdad.

He dormido demasiado, he bebido demasiado y todo se mezcla. Las brumas del sueño se despejan lo justo para darme cuenta de que estoy en casa, sólo, tan resacoso que técnicamente sigo borracho. Sintiéndome bien por un instante hasta el momento de realización en que descubro que nada de esto ha ocurrido realmente, que seguimos en guerra y que cada día importa un poquito menos, que solo es la milésima vez que hacemos las paces sólo en mi cabeza y que es la única este mes, que me sigue sentando mal pero mucho mejor que las novecientas noventa y nueve anteriores. Que estoy bien y que le vaya bonito. No puedo hacer más.

Toda historia digna de ser contada necesita un final. Sin excepción. Y el final de la caricatura de Dorian Gray es inminente, ya no me identifico con la esencia del presente blog y mucho menos con sus inicios o sus primeros artículos, con el aura de joven maltratado por el mundo, con el rollito de literato fracasado del club de los poetas muertos ni con todo lo demás. Quiero llegar a las doscientas entradas -por lo que puede parecer un brote de trastorno obsesivo compulsivo-  esta semana terminaré de colgar los últimos tres capítulos de Sistema que ofreceré libremente y después fundiré a negro. Quizá me tome un descanso, pero la verdad que eso no lo tengo decidido. Un abrazo a todos.

CANGAS EN JULIO

Es el sueño intenso mezclado con las ganas de no irse a dormir, es el levantarse con la boca seca y una resaca de espanto solo para irte a desayunar compuestas aún sabiendo que, con el estómago vacío, la mezcla de licores blancos rebajada con vermouth te va a hacer un agujero en el estómago que te va a salir por la espalda. Es el olor a pólvora, el sabor ácido de la caipirinha y el regusto a potaje de berzas de la abuela, a la caldereta de cordero de Indurain y hasta a las raciones de L´ablugo. Es el olor a vino y las manchas de cubalibre. Es la gente, es el “!Coño! ¡Viniste!”, el “!Pelgar!” que suena al fondo de la calle, el “!¿Pero a qué te dedicas hombre que no se te ve el pelo?!”, el “!Hostia tú!” y hasta el “!Coño! ¿Qué tal?” que le sueltas a quién te para por la calle y a quién mentalmente no terminas de ubicar.

Es la música de las charangas, el yo te quiero dar y el parapa pa aleatorio, es el baile del que baila sin saber bailar ni pretenderlo, es la música inundando el callejón del trasgu, son las xanas con camisas de colores que pasean por la calle, las xaranas, madreñas, mechas, tiradas, polvorillas, gandayas, estalladinas y candelinas, son las mocinas de Cangas mi Cangas. Es el ruido de la gente atestando las calles del vicio, la de toda la vida y la nueva, la de la pretensión galáctica, es el ambientazo en la plaza del blanco, los botes sobre el banco y las copas en el café del Carmen.

Es el atravesar la calle atestada en pos de las camisas rojas que ves al fondo, es llegar y cagarte en todo “!mierda pa los de la alpargata!”. Es el rojo vino, es la peña el sarmiento, más que una peña un sentimiento. Es el arrojo de los nuevos ex juveniles que se prestan a todo, es la boina de Queipo, es Gabino el de Curriellos, es Paniagua, es Ayala el nuevo y el viejo, es el tambor de Sergio, es Víctor con la cámara, es su presidente David con sus embarques, es Avelino, que de Avelino tiene mucho y es lo que es para que algún día sea también Hugo, o Mateo cuando nazca. Es una tradición otorgada, es un tesoro y una responsabilidad heredada para hacer las cosas bien y dejarlo siempre un poco mejor de lo que estaba.

Es el vuelo de las golondrinas sobre la capilla del Carmen, entre el Narcea y el Luiña en Ambasaguas, en primera misa de novenas a las ocho de la mañana, es el tañido de las campanas y las camareras, vistiendo a la virgen con galas de reina. Es la medalla de plata con su lazo blanco y marrón, es ser socio de artesanos, es el ojo critico y la afición al ruido más puro, es saber decir bien tirao o no, es encender la mecha y hablar con Dios, diciéndole aquello de: “y-a que nun se manque naid e”.

Es la tirada de las doce y la procesión de bajada, es la expectativa y los nervios a flor de piel, la carne de gallina con las cargas preparadas a dos metros a la espalda. Es otra vez el tañido de las campanas, los tres avisos del voladoron y la mirada fija en el puente romano, es el primer pendón en aparecer y la primera visión del manto blanco de la virgen del Carmen. Es el ruido especial del primer volador al emprender el vuelo, es el “ahora, ahora”, es la combustión de la primera mecha del primer volador, es girarse a por el siguiente y repetir, es el estruendo creciente, el humo en la boca y hasta las varas cayendo. Es las carreras Cascarín abaxo, es la lengua de fuego de cada máquina a ras de suelo y la explosión de cada carga en el cielo, es cada segundo del final que te deja mudo, sordo y ciego. Es la descarga.

Es volver a empezar cada día, desde la última noche de la Magdalena a la previa a la romería. Es el momento en el que la villa es el mejor lugar del mundo del que ser y en el que estar. Es salir otra vez y no querer volver a entrar, es desear que no se acabe y es quererlo disfrutar. Es Cangas en Julio, es agarrarla y no soltarla, es lo más de lo más.

LA MUJER IDEAL

Últimamente, además del retraso en la publicación de entradas por causas personales y laborales, he hablado bastante de las nociones que tengo sobre el sector femenino de la raza humana, tocando en el último post levemente el tema de mis apetencias, hoy, en estos diez minutos libres, procuraré extenderme un poco más en esto mismo, en mis gustos y costumbres, en mis fantasías y anhelos más secretos, en mi descripción de la mujer ideal.

Me gusta pensar que soy un hombre que da lo mejor de si mismo, pero sin desgranarlo mucho digamos que tampoco me esfuerzo tanto, trato de balancear la dieta y de mantenerme en forma, salgo a correr y soy estricto con las rutinas de pesas, me mantengo al día leyendo los periódicos, sigo devorando novelas como siempre he hecho y veo bastante cine, soy ahorrador por si las moscas, soñador porque sigo escribiendo y optimista porque pienso que al final todo me va a salir bien. Soy un tío trabajador con lo mío y cumplidor con el trabajo ajeno, siempre tengo una conversación para quién la quiera -hay quién me considera gracioso- y siempre ando entretenido con algo. En el pasado era un diletante, ahora estoy mucho mas centrado y poco a poco todo aquello que me había propuesto empieza a coger forma y a salir adelante. Pese a ello entiendo que no soy un chollete, no soy el partidazo al que muchas aspiran -al menos de momento- pero por fortuna este tipo de mujeres tampoco me interesan a priori.

Consciente por tanto de algunas de mis muchas taras y defectos sigo sin conocer limites, limites que muchos de mis conocidos se marcan escrupulosamente, como no hablar con tal o cual chica por ser demasiado guapa, mayor, inteligente, rara, extranjera… Esta curiosa percepción de mis posibilidades siempre me ha abierto muchas puertas cerradas para otros, pero por el contrario ha situado mis estándares en una posición difícil de alcanzar. Los lectores habituales notareis aquí una incongruencia con entradas anteriores, no os desesperéis, cierto que soy prácticamente una fulana por lo poco escogido que resulto a la hora de acostarme con alguien, pero no soy así para nada en lo relativo a mis relaciones. Las chicas a las que he llamado mi pareja se cuentan con los dedos de una mano, siendo apenas tres con las que he estado realmente comprometido y siendo también gracias a ellas que he aprendido a saber lo que quiero en mis futuras relaciones.

Quiero una mujer pequeña. Respecto a sus proporciones únicamente, entiéndase esto. Mis motivos para esto son sólo míos pero digamos que solo los malos generales ignoran las cuestiones logísticas, esto es, hasta el deportivo de más bellas líneas plantea una conducción difícil por su tamaño y la distancia entre sus ejes, a este respecto la mujer, si es al menos una cabeza mas baja que el hombre solo presenta ventajas. Ahora el que quiera entender que lo entienda.

Sexualmente debemos ser compatibles. Hace mucho tiempo leí en un libro de Juan Eslava Galán que las mujeres pequeñas despertaban una lascivia muy importante entre sus amantes, argumento que doy por demostrado, no obstante esto no sirve de nada cuando no se dedican a nada más que a atemperar la lascivia que ellas mismas despiertan. Quede claro también lo siguiente, soy una persona muy sexual, lo soy a mi edad y lo fui en todas las anteriores, de hecho aún no hay indicios que me hagan pensar que no vaya a serlo en todas las siguientes, por ello busco a una  persona compatible que sin llegar a priorizar el sexo le de la importancia que merece, esto es, alguien que aplique lo que yo llamo el tratamiento del antibiótico, de dos a tres veces al día en función de la dosis y siempre así hasta terminar la caja u aparezcan efectos secundarios.

No me importa el color del pelo, los ojos, el tono de piel, el tipo de labios o el físico en general. La persona que siempre me pareció la más atractiva no lo hizo por encajar en un estándar de belleza inalcanzable, sino por ser siempre ella misma la persona a quién mas había deseado. Por lo demás las prefiero morenas, españolas, con pecho, pero repito que cada mujer es un templo y todas son bellas a su manera, todo el mundo tiene sus gustos y se cree experto pero yo estoy convencido de que la diferencia clave la marca el cariño.

El otro día hablaba sobre el tema con un amigo, estábamos en el gimnasio y entre series me comentaba cómo él no quería casarse con ninguna mujer que fuese más inteligente que él. Ahí yo razoné que el mundo ya estaba bastante bien servido en lo que a imbéciles se refiere cómo para meterse a otro más en casa. Y a esto me voy a ceñir aquí también. Quiero a una mujer inteligente, que me ayude a ver lo que no veo y que -¿por qué no?- sepa manejarme cuando me pierdo o me ponga imposible, yo trataré de hacer lo mismo por ella. Porque no todo tiene que ser un juego de poder.

Que sea inteligente y ambiciosa. Yo mismo puedo caer en el conformismo e incluso en la indolencia, de hecho se me da particularmente bien estando en una relación. Por ello no creo que venga mal salir con una mujer que sepa lo que quiere, mejor si sabe cómo conseguirlo y si no, ya pensaremos en algo juntos.

Sobre su edad. Me muevo en una franja temporal que roza lo perfecto, con amplitud de campo para involúcrame con chicas desde los casi veinte a los casi cuarenta. Lucho de un tiempo a esta parte con mi insana –para mi- fijación con las chicas mayores que yo, fijación que desemboca en relaciones cortas y explosivas altamente perjudiciales –para ellas, salvo la excepción que confirma toda regla-.

Ella debe saber también cómo suponer un reto constante para mí. Darme mi espacio pero sin ser tan independiente que me olvide ella, pegajosa para que la eche de más o dependiente y sumisa como para que me aburra. Debe prestarme atención al tiempo que hace que yo le preste casi toda la mía. Si me aburro se acabó y normalmente me aburro muy –pero que  muy- deprisa.

Según lo voy pintando me doy cuenta de que lo más complicado viene ahora, cuando a esta chica pequeña, de sexualidad viva, atractiva, inteligente, segura y ambiciosa, le planteo otro punto vital: quererme. Mi mujer ideal me quiere, no se conforma, me tiene cariño, admiración y estima, se siente atraída por mí y respeta lo que digo, lo que hago y a mi mismo aún cuando no tenga razón y me equivoque en lo que hago. Ya sabéis, en lo bueno y en lo malo, hasta que la muerte nos separe. Es por esta falta de cariño que ni la más perfecta de las tormentas dura para siempre.

Sé que pido mucho, pero es que doy mucho. Además, si no supiese que este tipo de mujer no es una quimera tampoco la buscaría. Tal vez el método vigente de ensayo y error no sea el más efectivo, lo he mantenido porque sin duda es el mas divertido, no obstante poco a poco noto que me estoy acercando a algo bueno, no puedo precisar qué es, algo parecido a una sensación, puede que algún tipo de sentimiento o presentimiento que me dice que algo estoy haciendo bien.

P.D. Pronto podréis disfrutas de Turnedo, completa y previo pago en Amazon. No concreto nada respecto a la próxima entrada… julio en Cangas.

LA REGLA 34

Sigo a las vueltas con el tema del sexismo. Lo sé, lo sé, soy un cansino. Pero cuando me da por algo me da y punto pelota. Ayer mismo discutíamos sobre el tema, el tema ese del amor, el sexo, el hombre y la mujer que tanto nos gusta, nuevamente con la cuestión de las perspectivas hemos topado. Así y para resumir, concluimos que una guarra es la mujer que se acuesta con muchos hombres pero un guarro no es un hombre que se acuesta con muchas mujeres, ni siquiera el que alardea de ello, ni tan siquiera el que guarda un casco de bici bajo la cama, no, el guarro para gozar de tal condición debe jugar a la comba con la delgada línea que separa al animal salido común del enfermo reconocido u onanista. Guarros que hoy por hoy y merced a miles de años de evolución tecnológica gozan de la herramienta definitiva en el campo del cinco contra uno: Internet.

Sobre el sexismo. Personalmente me parece cuanto menos curioso que el calificativo de guarra sea con mucho más peyorativo que el de guarro, aún cuando este último es implícitamente mucho y con mucho más patético y repulsivo si se piensa detenidamente. Si ella se acuesta con muchos hombres es un ser despreciable pero si el se pasa la vida frente a la luz azul del ordenador pelándosela hasta que le salgan úlceras es… ¿qué es? ¿apasionado? ¿solitario? ¿un alma incomprendida? Vamos a ver, hay monos en el zoo con mas autocontrol que ciertas personas que conozco, dejémoslo ahí, pajilleros.

Ahí va una injusticia, pero al menos una injusticia útil para reconocer una pequeña tara personal. Y es que a pesar de ser consciente de ello, de ser un exponente vivo de lo mismo en el sexo contrario, tengo asumido y reconozco aquí que a este respecto si soy un poco cerrado de mente, conservador, cargado de prejuicios o garrulo, eso os lo dejo a vuestro gusto. Nuevamente insisto en que a juicio personal y personal sólo, reconozco que para mi vida privada, para mi pareja, prefiero a una mujer que se haya acostado con siete hombres a una que se ha acostado con setenta. Razones: me gusta sentirme especial, me gusta confiar en que mi pareja no perderá las bragas a la primera ocasión, me gusta la gente que sabe lo que quiere y no la que lo quiere todo, me gustan las mujeres que ya han estado en relaciones largas y me gusta que tenga que gustar para llevar las cosas un poco más lejos.

¿Aplico esto a mi persona? Nada más lejos de la realidad. Me gusta pensar que la gente de bragueta rápida no somos monstruos, algunos de mis mejores amigos, chicos y chicas, lo son y ello no nos impide llevar una vida equilibrada en lo demás. Tal vez no sea justo exigir a una pareja algo que no te exiges a ti mismo pero en cualquier caso es lo que busco, en mi descargo tengo que decir que en mis experiencias monogámicas he cumplido con lo que se esperaba o se pretendía de mi, cariño y u amor y sobretodo fidelidad más allá de la costumbre. Teniendo también malas sensaciones en base a celos artificiales, dañinos, construidos en base a pasados lejanos y situaciones hipotéticas fruto de la lucha de poder dentro de la propia pareja, celos que me ayudan a reafirmarme en mis preferencias y que, respecto a mi propio pasado de idas y venidas, me han enseñado a tener la puta boquina bien cerrada para variar, comprendiendo por fin que en boca cerrada no entran moscas y que cada chica con la que estoy no tiene que saber exactamente cuantas veintenas la preceden. Resultando de todo esto, una exigencia de honor y castidad por parte de ellas recompensada con una ración generosa de omisión de la verdad por la mía, tal vez si que sea un monstruo. En cualquier caso y cómo me dijo Pitufina,  seguro que “no soy de algodón de azucar”.

Sobre Internet. En el campo del onanismo y de los guarros se da la siguiente circunstancia: La regla 34. La Regla 34 es uno de los “pros o contras” que Internet ha traído consigo desde que se fundó por los años 80, aunque se ha ido ubicando a todos los contenidos multimedia.
La Regla en cuestión dicta esto: “Si algo existe, existe porno sobre ello. Sin excepciones. Y si no eres capaz de encontrar porno sobre ese algo, tienes la obligación de crearlo para que la regla se cumpla sin excepción“.

Y aquí es dónde se separa el hombre del animal, aquí es dónde muchos pierden el norte y se dan a los más inimaginables desvaríos y vejaciones. Aquí es dónde nacen los guarros, aquí es dónde todo empieza a ir mal y dónde, en un mundo lleno de guarros y regido por la regla 34, un mundo con 3500 millones de mujeres, alguien termina por hacer porno con tú ex, o su clon exacto.

 

En un mundo lleno de porno de acceso libre en el que alguien terminará por colgar el video a tu alcance o al de alguno de tus conocidos, que a su vez terminan sirviéndote el video en bandeja haciéndote llegar de paso los sudores fríos y el sabor a vómito a la boca. Finalmente tras siete de los más interminables minutos de tu vida te relajas al ver que la replicante tiene un pecho mucho más grande que el otro y respiras, abandonando la amnea y las puertas de la muerte, maldices Internet, la regla 34 y te alejas del ordenador, sin dejar de preguntarte si la de la pantalla será ella en realidad, si no le habrá pasado algo en el pecho y horrorizado ante la idea de volver a ver el video, pero en cualquier caso dispuesto a encontrarte una chica modosita, que se haya acostado con pocos hombres y que nunca y bajo ningún concepto se metería al porno, excepto y quizá, alguna breve y borrosa película casera porque y cómo ya se ha escrito, no debe haber excepciones para la regla trigésimo cuarta.

PERDÓN, SI TE HE OFENDIDO

Me han hecho saber –por un desafortunado incidente pero no sin razón- que quizá la imagen de mi persona que se proyecta en este blog pueda no ser la más adecuada, agradable o políticamente correcta. Aquí reconozco que siempre había pensado que no, que a buen hambre no hay pan duro y que para el que no quiera tengo yo bastante, adscrito permanentemente a la filosofía que me imponía responsabilidad únicamente sobre aquello que yo mismo decía, nunca sobre aquello que otros pudiesen (o quisiesen) entender.

Pudiera o pudiese ser un problema que siga decidido cómo el primer día a mantener esta línea, pero sí que me gustaría matizar un punto de la crítica referida anteriormente: mi forma de tratar a las mujeres, véase la mujer cómo entidad o cómo sujeto, nunca cómo colectivo o particulares.

Y perfectamente consciente de poder estar equivocándome pero rondando ya el cuarto de siglo, creo haberme aproximado a algunas verdades aceptadas comúnmente entre numerosos exponentes del género del cromosoma repetido, entendiéndolas en cualquier caso no cómo verdades absolutas pero si verdades comúnmente aceptadas. Y  llevo casi un par de años reconstruyendo todo aquello que creía saber sobre las mujeres y estar finalmente acercándome a algo, algún tipo de respuesta o revelación que termine de confirmarme dándole forma todo aquello que creo saber.

Se me ha acusado en base a algunos artículos recientes de tratar a las mujeres cómo objetos, no sé si nada más lejos de la realidad pero seguro que nada más lejos de mi intención. Veréis, me encantan las mujeres, tengo todos sus discos (H. Moody). Y si bien el abandono del romanticismo por mi parte puede atribuirse a un gesto patriarcal y machista, yo lo enfocaría en una dirección totalmente opuesta. El abandono del romanticismo y los roles de seductor, amante y Don Juan no puede ser sino una aproximación a la igualdad. No creo en la mujer cómo la delicada paloma o la frágil rosa de las novelas de caballería, ni en las mártires de las novelas de Jane Austen. Pero claro, sin faltar por supuesto a las mártires, palomas y rosas que puedan darse por aludidas.

Tampoco creo que sea machista referirse a algún tipo de insospechado encuentro nocturno, de esos que empiezan en algún bar poco iluminado y terminan recogiendo ropa del suelo de algún desván o de la planta de algún portal. No creo en ningún caso que encontrándote con una fémina compatible el juego se reduzca al clásico baile de seducción entre cazador y presa, no al menos del modo en que las más extendidas doctrinas paternalistas quieren hacernos creer.

Un ejemplo. Ves a esa chica apoyada al fondo de la barra, cruzáis las miradas y las mantenéis durante un segundo, imperceptiblemente se os dilatan las pupilas y sin notarlo notas algo que te revela el hallazgo de una pareja sexual compatible, la perspectiva de un posible encuentro te pone el pelo de la nuca de punta y antes de que la cabeza se te llene de pájaros y la camisa de un sudor pegajoso apuras el contenido del vaso. Ahora párate a pensar en qué habrá visto esa chica. Según mi teoría exactamente lo mismo que tú. Se habrá fijado en tus vaqueros, en el modo en que te sientan y en su marca, en cómo abultan por delante y por detrás, en tu cinturón, en el resto de tu ropa, el modo en que la llenas y su precio aproximado, se habrá fijado en tu cara, en cómo se dibujan tus rasgos y en cómo los cuidas, en tu barba y en tu pelo, hasta en tus zapatos. Básicamente en todos los símbolos visibles de tu físico y de tu estatus, en todo tu ser visible a simple vista.

¿Diferencias? Sólo matices, ellas suelen prestar más atención a los detalles, se les suele dar mejor combinar colores y son mucho más hábiles captando detalles, la mayoría de nosotros no distinguimos entre una mujer que gasta mucho dinero en ropa y una que no, muchas de ellas si tienen un ojo clínico para este tipo de asuntos para los que yo, por poner un ejemplo, soy un completo analfabeto. Nuevamente mis respetos para las excepciones de uno y otro bando.

Vuelta a la mirada, tú la has visto y ella te ha visto, con un gesto tan simple cómo ese escueto contacto visual os habéis dicho más de lo que mucha gente comparte a lo largo de horas de tediosa conversación. Ahora puedes acercarte o no a hablar con ella, mi experiencia general me dice que la mayoría de tíos escogen este momento para echarse atrás, por miedo escénico o pánico a fracaso, en cualquier caso es algo que yo nunca entendí pero que nunca criticaré porque a río revuelto ganancia de pescadores. Aquí no me disculpo ante nadie, aquellos a quienes nunca han rechazado son siempre los que menos mojan. He dicho.

Si en todo esto que acabo de contar alguien advierte que trate a las mujeres cómo objetos por favor me lo haga saber. Creo ser únicamente sincero, si veo a una desconocida atractiva en un bar primero me fijo en su cuerpo y en su apariencia, pienso en lo que le haría y en lo que le dejaría hacerme, cierto que en este tipo de encuentros nunca me paro a pensar en el alma de la chica, en sus sentimientos más profundos, en sus miedos o en sus anhelos, en sus esperanzas o en sus miedos. Reconozco que sólo pienso en ella cómo persona al más bajo nivel, casi animal, siempre educado pero eminentemente físico. Si esto me convierte en un monstruo, lo acepto cómo viene.

Ahora bien, qué creéis que ha visto ella. ¿Creéis que ella se ha fijado en vosotros por la pureza de vuestra alma inmortal? ¿En vuestra gran capacidad para amar? ¿En vuestro presumible talento cómo futuros padres? No, ella se ha fijado en el bulto que dibuja vuestro teléfono móvil en el bolsillo de vuestro vaquero. Se ha fijado en tu aspecto, en los símbolos de tu estatus, ropa y apariencia, bajo ellos se ha fijado en tu físico y en algún punto inconsciente ha decidido que servirías cómo pareja sexual, en un punto más consciente ruega a algún Dios invisible que sepas qué hacer con tu cuerpo y en un primer plano, el más básico, cercano y más importante, te ve únicamente cómo un consolador de metro ochenta y setenta y cinco kilos, multifunción, con doce velocidades y treinta variedades de uso. Muy pocas lo reconocerán en voz alta, pero que alguna me corrija si me equivoco.

Y creo tener mis motivos para pensar así. Tiempo atrás, cuando buscaba encuentros fortuitos por Oviedo, siempre trataba de explotar mi filón sensible, era buen tipo, sensible y cariñoso y creía que dándolo a entender cualquier chica cabal terminaría por rendirse a mis encantos, hasta recitaba y escribía pequeños poemas, poco pulidos y de rima consonante. Solía hacerlas reír y conseguía que coquetearan un poco, pero con bien poco éxito para todo lo que lo intentaba, quizá por ello de aquella lo intentaba tanto, pero tanto-tanto. No obstante y tras tristes y ya mencionados eventos (La tormenta perfecta), mi forma de pensar a este respecto y a muchos otros varió notablemente, en este caso hasta las conclusiones anteriormente referidas. Por tanto ¿se puede decir que trato a las mujeres cómo objetos? Puede que no –no hago lo que hago con ellas con ningún otro de los objetos que tengo por casa- o puede que sí, pero en ningún modo más o de forma diferente a la que ellas tienen de tratarme a mí. Corríjanme aquí también si me equivoco, no será difícil encontrar quién lo haga pues creo que la inmensa mayoría de mis lectoras son mujeres.

Por lo demás la clave está en mostrarse fiel, eficiente y discreto. Siendo la eficiencia siempre la clave, a cualquier tipo eficiente le perdonarían la falta de fidelidad o discreción, pero a los fieles y discretos nunca les perdonan la falta de eficiencia. Y sobre esto no voy a dar consejos, aquí que cada uno se las apañe cómo pueda –ósea mal, generalmente. De nuevo sin críticas por lo del río revuelto-.

Y lo que puede resultar más alevoso es que no creo que nada de esto me convierta en un monstruo, y es que sigo considerándome un romántico. Sigo creyendo en el amor, a lo que he renunciado es a encontrarlo en un bar aunque siga disfrutando de la noche. Me encanta salir, tomarme algo y probar suerte, soy un gran jugador en este sentido y no me va nada mal, muchísimo mejor desde que aplico esta teoría y desde que subí más de diez kilos, pero sigo sin dejar de buscar algo más. La última y única vez hasta la fecha la conocí en un bar, pero no me sentí verdaderamente distinto hasta que un día paseando con ella a media tarde, una paloma me dejó un tibio regalo en medio de la cabeza arrancándole a ella una risa perfecta de villano de factoría Disney, en adelante la sensación sólo fue a mejor hasta que dejó de hacerlo.

En ocasiones sí que me siento un monstruo hablando de estas cosas sabiendo que ella lo va a leer, creedme que lo hago, pero si ella ha estado sola hasta la fecha yo soy Pepito Perdiguero, gloria española. Y en mi descargo admito que nunca quise que las cosas fuesen por este camino, que no la obligo a mirar y que seguir reconociéndola cómo la única está algo más allá del cariño. Siendo haber sufrido otra de las razones por las que nos tratamos tan poco o tan mal, sin género y entendiendo que unos a otros sin más, porque a todos nos han hecho daño y muchos también lo hemos hecho, por eso no creo que nadie busque ya nada más de lo que surja.