PERMÍTEME QUE TE INVITE A LA DESPEDIDA

Estamos en una boda, al menos yo estoy en una boda, he adelgazado algo y el traje me vuelve a ir bien. Ella lleva un vestido conocido, estampado de flores rojas con algún detallito blanco. La veo al otro lado del patio y me está mirando, se me forma un nudo en el estómago que me cierra el cuerpo hasta la garganta, apenas puedo respirar cuando hago un esfuerzo superior por serenarme que termina dando frutos.

No tengo ni la mas remota idea de lo que puede estar haciendo ella allí, me sorprendo por no haberlo visto venir y trato de pensar en qué puedo hacer ahora. Ya ha apartado la vista pero no yo, está rodeada de gente pero sola, nadie la coge del brazo ni espera parado junto a ella. No puedo dejar de mirar a un rostro borroso, difuminado por el tiempo y la distancia, un rostro tan evocador como peligroso.

Es el patio de uno de esos grandes salones para bodas actuales, de esos que han proliferado en torno a Oviedo y Gijón con mucho más aparcamiento que encanto, seguramente ella esté allí cómo parte del público asistente a alguna otra ceremonia. Me vuelve a mirar, pero esta vez sin rastro de sorpresa o de cariño, una mirada reconocible. Recuerdo cuando, ya sin estar juntos, un día se cruzó conmigo en un bar y sin poder evitarlo me sujetó del brazo y me dedicó la mejor de sus sonrisas, únicamente durante el segundo que le llevó recordar quién era yo y qué había hecho. Una sonrisa acompañada de una mirada idéntica a la de hace un momento, no la última sino a la primera, la siguiente a la sombra de una cara conocida en el umbral de la mirada, seguida de un no puede ser y rematada en el sí, es él. Y nuevamente y tras un segundo de sosiego todo se lo lleva el viento, de repente tengo frío y algo más, ¿miedo?

En algún punto que no recuerdo nos fuimos, casamos a lo casaderos y nos metimos en un restaurante, una estancia amplia y bien iluminada, con adornos en las paredes y un amplio espacio entre las mesas propio para bailar. Estoy muy borracho, profundamente, noto el regusto a ginebra en la boca pero no soy capaz de dejarme llevar, mi mente me sigue dirigiendo una y otra vez al mismo sitio, no la he vuelto a ver pero no me atrevo a salir a buscarla. Nadie ha destilado nunca una ginebra tan fuerte cómo la que me haría falta para eso.

Por fortuna y cómo siempre ha acostumbrado a hacer ella me lo da resuelto. No la he visto acercarse pero de repente siento su mano alrededor de mi muñeca.

-Ven –me lo dice con suavidad, no lo pregunta ni lo ordena, sólo me lo dice, se gira entonces y sin soltarme empieza a caminar.

La sigo por la ahora interminable extensión del salón, nadie nos presta mayor atención salvo algunos rostros muy familiares, los rostros a los que ambos somos reconocibles. Tengo un millón de preguntas pero al final, por vez primera en mi puta vida, entiendo que hablar no me hará bien y me tengo la boca callada. Me dirige con paso firme a través de patios y aparcamientos, le recorro la espalda con la mirada, esa espalda otrora tan familiar y tan querida, esa espalda que ahora me pone nervioso, atormentándome con recuerdos y visiones de los viejos y buenos días en que todavía la frecuentaba. Cruzamos la recepción del edificio del hotel, en el ascensor y frente a frente nos apartamos la cara incómodos, como dos perfectos extraños, cómo dos enemigos íntimos, cómo lo que somos.

Me suelta para salir al descansillo y la sigo, saca la llave de una habitación y abre una puerta, camino tras ella hasta los pies de la cama y le digo a Dios “gracias, gracias, gracias”. Se baja primero de un tacón y luego del otro, tira de la cremallera lateral de su vestido y se queda en ropa interior. Da un paso hacia mi y alzándose sobre las puntillas me sujeta el nudo de la corbata y me lo suelta con habilidad. No parece muy interesada en aquello y me insta a seguir yo mismo, me desabrocho los botones con manos nerviosas y camisa y americana se van al suelo al tiempo, zapatos, pantalones, calcetines y calzoncillos les siguen todo lo deprisa que pueden mientras ella, a su vez, libera a las gemelas y deja caer al suelo un par de braguitas de encaje, una descuidada cabellera me dice que últimamente no ha estado recibiendo visitas. Cuando me lanzo a besarla, sujetándole la cara entre las manos y acercándole mis labios a los suyos, se aparta, me dice que no joda, que a quién quiero engañar,  que eso no, recordándome de nuevo quién soy y lo que he hecho. Me empuja contra la cama y me dejo caer, sentado, ella se me sube encima de rodillas sobre la cama dejándome sentirla húmeda. Follamos, follamos como perros, cómo perros que saben que al día siguiente han de ser sacrificados.

Y no es hasta justo antes del final que por fin me besa. Haciendo la cuchara, de lado, mi pecho contra su espalda le tiro de la parte de atrás del pelo girándole su cara hacia la mía. Me recreo en su lengua en mi boca, en su sabor, en su textura, tratando de grabarme a fuego ese recuerdo para no olvidarlo nunca. Después se acaba, ella llora, me pide que me vaya, se encierra en el baño, grita, insulta y amenaza. Maldice su cabeza y su error. Yo le digo que no me voy a ninguna parte, que salga y que plante cara, que ya es hora, que hoy vamos a zanjarlo todo de una vez por todas y, finalmente, sale.

Cubierto el cuerpo por la toalla, me acerco para abrazarla pero solo consigo espantarla, se escabulle hasta su ropa y se agacha para recogerla, no me mira. Me tengo que acercar y agarrarla, se resiste y me pisa. Pero no la suelto. Tengo un millón de preguntas, de acusaciones, tengo material de bronca dentro para llenar un pozo sin fondo, agobiándome, quemándome los pulmones. Después de tanto tiempo, dolor y puñaladas, de malos gestos y peores actuaciones, de dos años de mierda. Y lo que es peor, sé que ella también y mucho, tenemos basura para lanzarnos durante lo que resta de noche y las tres siguientes. Pero de nuevo y contra todo pronóstico hago aquello que debo hacer, le alzo la cara con suavidad, espero a que pose su mirada en la mía y sólo entonces le planto un delicado beso en la frente.

Hablo con criterio por primera vez en mucho tiempo, me guardo toda la bilis en un cajón y le pregunto cómo está, qué tal la familia, las nenas, el trabajo y el cambio de colores. Escucho todo lo que me tiene que decir, respondo a todo lo que me quiera preguntar y sólo entonces nos fundimos en un abrazo de verdad.

He dormido demasiado, he bebido demasiado y todo se mezcla. Las brumas del sueño se despejan lo justo para darme cuenta de que estoy en casa, sólo, tan resacoso que técnicamente sigo borracho. Sintiéndome bien por un instante hasta el momento de realización en que descubro que nada de esto ha ocurrido realmente, que seguimos en guerra y que cada día importa un poquito menos, que solo es la milésima vez que hacemos las paces sólo en mi cabeza y que es la única este mes, que me sigue sentando mal pero mucho mejor que las novecientas noventa y nueve anteriores. Que estoy bien y que le vaya bonito. No puedo hacer más.

Toda historia digna de ser contada necesita un final. Sin excepción. Y el final de la caricatura de Dorian Gray es inminente, ya no me identifico con la esencia del presente blog y mucho menos con sus inicios o sus primeros artículos, con el aura de joven maltratado por el mundo, con el rollito de literato fracasado del club de los poetas muertos ni con todo lo demás. Quiero llegar a las doscientas entradas -por lo que puede parecer un brote de trastorno obsesivo compulsivo-  esta semana terminaré de colgar los últimos tres capítulos de Sistema que ofreceré libremente y después fundiré a negro. Quizá me tome un descanso, pero la verdad que eso no lo tengo decidido. Un abrazo a todos.

PERDÓN, SI TE HE OFENDIDO

Me han hecho saber –por un desafortunado incidente pero no sin razón- que quizá la imagen de mi persona que se proyecta en este blog pueda no ser la más adecuada, agradable o políticamente correcta. Aquí reconozco que siempre había pensado que no, que a buen hambre no hay pan duro y que para el que no quiera tengo yo bastante, adscrito permanentemente a la filosofía que me imponía responsabilidad únicamente sobre aquello que yo mismo decía, nunca sobre aquello que otros pudiesen (o quisiesen) entender.

Pudiera o pudiese ser un problema que siga decidido cómo el primer día a mantener esta línea, pero sí que me gustaría matizar un punto de la crítica referida anteriormente: mi forma de tratar a las mujeres, véase la mujer cómo entidad o cómo sujeto, nunca cómo colectivo o particulares.

Y perfectamente consciente de poder estar equivocándome pero rondando ya el cuarto de siglo, creo haberme aproximado a algunas verdades aceptadas comúnmente entre numerosos exponentes del género del cromosoma repetido, entendiéndolas en cualquier caso no cómo verdades absolutas pero si verdades comúnmente aceptadas. Y  llevo casi un par de años reconstruyendo todo aquello que creía saber sobre las mujeres y estar finalmente acercándome a algo, algún tipo de respuesta o revelación que termine de confirmarme dándole forma todo aquello que creo saber.

Se me ha acusado en base a algunos artículos recientes de tratar a las mujeres cómo objetos, no sé si nada más lejos de la realidad pero seguro que nada más lejos de mi intención. Veréis, me encantan las mujeres, tengo todos sus discos (H. Moody). Y si bien el abandono del romanticismo por mi parte puede atribuirse a un gesto patriarcal y machista, yo lo enfocaría en una dirección totalmente opuesta. El abandono del romanticismo y los roles de seductor, amante y Don Juan no puede ser sino una aproximación a la igualdad. No creo en la mujer cómo la delicada paloma o la frágil rosa de las novelas de caballería, ni en las mártires de las novelas de Jane Austen. Pero claro, sin faltar por supuesto a las mártires, palomas y rosas que puedan darse por aludidas.

Tampoco creo que sea machista referirse a algún tipo de insospechado encuentro nocturno, de esos que empiezan en algún bar poco iluminado y terminan recogiendo ropa del suelo de algún desván o de la planta de algún portal. No creo en ningún caso que encontrándote con una fémina compatible el juego se reduzca al clásico baile de seducción entre cazador y presa, no al menos del modo en que las más extendidas doctrinas paternalistas quieren hacernos creer.

Un ejemplo. Ves a esa chica apoyada al fondo de la barra, cruzáis las miradas y las mantenéis durante un segundo, imperceptiblemente se os dilatan las pupilas y sin notarlo notas algo que te revela el hallazgo de una pareja sexual compatible, la perspectiva de un posible encuentro te pone el pelo de la nuca de punta y antes de que la cabeza se te llene de pájaros y la camisa de un sudor pegajoso apuras el contenido del vaso. Ahora párate a pensar en qué habrá visto esa chica. Según mi teoría exactamente lo mismo que tú. Se habrá fijado en tus vaqueros, en el modo en que te sientan y en su marca, en cómo abultan por delante y por detrás, en tu cinturón, en el resto de tu ropa, el modo en que la llenas y su precio aproximado, se habrá fijado en tu cara, en cómo se dibujan tus rasgos y en cómo los cuidas, en tu barba y en tu pelo, hasta en tus zapatos. Básicamente en todos los símbolos visibles de tu físico y de tu estatus, en todo tu ser visible a simple vista.

¿Diferencias? Sólo matices, ellas suelen prestar más atención a los detalles, se les suele dar mejor combinar colores y son mucho más hábiles captando detalles, la mayoría de nosotros no distinguimos entre una mujer que gasta mucho dinero en ropa y una que no, muchas de ellas si tienen un ojo clínico para este tipo de asuntos para los que yo, por poner un ejemplo, soy un completo analfabeto. Nuevamente mis respetos para las excepciones de uno y otro bando.

Vuelta a la mirada, tú la has visto y ella te ha visto, con un gesto tan simple cómo ese escueto contacto visual os habéis dicho más de lo que mucha gente comparte a lo largo de horas de tediosa conversación. Ahora puedes acercarte o no a hablar con ella, mi experiencia general me dice que la mayoría de tíos escogen este momento para echarse atrás, por miedo escénico o pánico a fracaso, en cualquier caso es algo que yo nunca entendí pero que nunca criticaré porque a río revuelto ganancia de pescadores. Aquí no me disculpo ante nadie, aquellos a quienes nunca han rechazado son siempre los que menos mojan. He dicho.

Si en todo esto que acabo de contar alguien advierte que trate a las mujeres cómo objetos por favor me lo haga saber. Creo ser únicamente sincero, si veo a una desconocida atractiva en un bar primero me fijo en su cuerpo y en su apariencia, pienso en lo que le haría y en lo que le dejaría hacerme, cierto que en este tipo de encuentros nunca me paro a pensar en el alma de la chica, en sus sentimientos más profundos, en sus miedos o en sus anhelos, en sus esperanzas o en sus miedos. Reconozco que sólo pienso en ella cómo persona al más bajo nivel, casi animal, siempre educado pero eminentemente físico. Si esto me convierte en un monstruo, lo acepto cómo viene.

Ahora bien, qué creéis que ha visto ella. ¿Creéis que ella se ha fijado en vosotros por la pureza de vuestra alma inmortal? ¿En vuestra gran capacidad para amar? ¿En vuestro presumible talento cómo futuros padres? No, ella se ha fijado en el bulto que dibuja vuestro teléfono móvil en el bolsillo de vuestro vaquero. Se ha fijado en tu aspecto, en los símbolos de tu estatus, ropa y apariencia, bajo ellos se ha fijado en tu físico y en algún punto inconsciente ha decidido que servirías cómo pareja sexual, en un punto más consciente ruega a algún Dios invisible que sepas qué hacer con tu cuerpo y en un primer plano, el más básico, cercano y más importante, te ve únicamente cómo un consolador de metro ochenta y setenta y cinco kilos, multifunción, con doce velocidades y treinta variedades de uso. Muy pocas lo reconocerán en voz alta, pero que alguna me corrija si me equivoco.

Y creo tener mis motivos para pensar así. Tiempo atrás, cuando buscaba encuentros fortuitos por Oviedo, siempre trataba de explotar mi filón sensible, era buen tipo, sensible y cariñoso y creía que dándolo a entender cualquier chica cabal terminaría por rendirse a mis encantos, hasta recitaba y escribía pequeños poemas, poco pulidos y de rima consonante. Solía hacerlas reír y conseguía que coquetearan un poco, pero con bien poco éxito para todo lo que lo intentaba, quizá por ello de aquella lo intentaba tanto, pero tanto-tanto. No obstante y tras tristes y ya mencionados eventos (La tormenta perfecta), mi forma de pensar a este respecto y a muchos otros varió notablemente, en este caso hasta las conclusiones anteriormente referidas. Por tanto ¿se puede decir que trato a las mujeres cómo objetos? Puede que no –no hago lo que hago con ellas con ningún otro de los objetos que tengo por casa- o puede que sí, pero en ningún modo más o de forma diferente a la que ellas tienen de tratarme a mí. Corríjanme aquí también si me equivoco, no será difícil encontrar quién lo haga pues creo que la inmensa mayoría de mis lectoras son mujeres.

Por lo demás la clave está en mostrarse fiel, eficiente y discreto. Siendo la eficiencia siempre la clave, a cualquier tipo eficiente le perdonarían la falta de fidelidad o discreción, pero a los fieles y discretos nunca les perdonan la falta de eficiencia. Y sobre esto no voy a dar consejos, aquí que cada uno se las apañe cómo pueda –ósea mal, generalmente. De nuevo sin críticas por lo del río revuelto-.

Y lo que puede resultar más alevoso es que no creo que nada de esto me convierta en un monstruo, y es que sigo considerándome un romántico. Sigo creyendo en el amor, a lo que he renunciado es a encontrarlo en un bar aunque siga disfrutando de la noche. Me encanta salir, tomarme algo y probar suerte, soy un gran jugador en este sentido y no me va nada mal, muchísimo mejor desde que aplico esta teoría y desde que subí más de diez kilos, pero sigo sin dejar de buscar algo más. La última y única vez hasta la fecha la conocí en un bar, pero no me sentí verdaderamente distinto hasta que un día paseando con ella a media tarde, una paloma me dejó un tibio regalo en medio de la cabeza arrancándole a ella una risa perfecta de villano de factoría Disney, en adelante la sensación sólo fue a mejor hasta que dejó de hacerlo.

En ocasiones sí que me siento un monstruo hablando de estas cosas sabiendo que ella lo va a leer, creedme que lo hago, pero si ella ha estado sola hasta la fecha yo soy Pepito Perdiguero, gloria española. Y en mi descargo admito que nunca quise que las cosas fuesen por este camino, que no la obligo a mirar y que seguir reconociéndola cómo la única está algo más allá del cariño. Siendo haber sufrido otra de las razones por las que nos tratamos tan poco o tan mal, sin género y entendiendo que unos a otros sin más, porque a todos nos han hecho daño y muchos también lo hemos hecho, por eso no creo que nadie busque ya nada más de lo que surja.

 

SOBRE SISTEMA

Ha pasado un tiempo ya desde que terminé la primera novela –Turnedo– y por increíble que pueda parecer aún no soy asquerosamente rico ni famoso. Las valoraciones de la misma son generalmente muy buenas, al menos entre quienes he dejado que la lean entera, pero del mismo modo el mayor recorrido editorial de la misma ha sido en la casa Suma de Letras, en dónde debió recorrer una limpia parábola desde el sobre del correo hasta el cubo de la basura, sin esperas ni paradas. Por fortuna y dentro de las grandes editoriales esta era de lejos la menos favorita y para exasperación supina de las otras aún no tengo noticias. Pese a todo aún no pierdo la esperanza de verla publicada en papel ya que, a tenor de males, siempre estoy a tiempo de llevarla a una casa pequeña –de las que viven de cazar subvenciones y que abundan- para editar una primera edición pequeña y esperar para ver que pasa. Tener la tengo registrada, no hay prisa en ningún sentido.

Cosa curiosa esta de escribir. Y por escribir no me refiero ya al proceso editorial, que también tiene su intríngulis, sino al pasado de moda, al que requiere sentarse delante del ordenador para plasmar sobre papel todo aquello que se te ocurrió mientras paseabas al perro, mientras tratabas de conciliar el sueño o en cualquier otro momento del día a día, desde los aeróbicos del gimnasio a las vigilias en el retrete. Momento por cierto esquivo –el de escribir- debido en parte a la sensación de escolaridad. Sensación ausente para el articulista, de media a una hora de trabajo darle al botón de publicar y esperar por las visitas y los comentarios, pero que sí se da en los proyectos de largo recorrido, fruto de horas y horas de trabajo dónde el momento de sentarse y ponerse a escribir recuerda horrores al de sentarse y ponerse a hacer los deberes.

Así, el domingo antes de acostarte acuerdas contigo mismo que esa será la semana que firmes más de ochenta páginas, llegando a treinta el jueves y recordándote el viernes que lo mejor, lo más artístico, es no apurarse y dejar el proyecto madurar en la cabeza un poco más. De modo que al final no le dedico ni la cuarta parte de horas a escribir que a pensar, todo por pura vagancia, dejándolo para después de tender, del gimnasio, de correr, de ver otro capítulo, de leer otro capitulo y hasta –alguno no se lo creerá- de estudiar otro capítulo. Todo cuando el momento de sentarse a escribir es uno de los mejores del día, porque es sentarse a escribir, dejarse llevar y olvidarse de todo lo demás, y aún más, los días en que más he escrito son mejores, o al menos así los siento.

Espero que después de esto no tenga que explicar que Sistema es una conclusión natural a ciertas inquietudes mías, las literarias. Además de un fruto de origen complejo, y es que ya durante la composición de la primera no podía dejar de imaginarme la segunda, así cómo durante la segunda tengo más ganas de empezar la tercera que de finiquitar la presente. Debido sin duda a esta mente mía de natural dispersa y reacia a enfangarse en proyectos densos y de futuro incierto, razón más que suficiente para no haber escrito ningún tipo de saga o de historias abiertas. Y es que ambas historias son cerradas, con su principio y su final en el mismo volumen y con nada que ver entre ellas.

Y si bien Turnedo se encontraba a caballo del Thriller urbano y el drama clásico, Sistema se encuentra más bien, o lo hará, en el campo de la ciencia ficción más pura. Ahora bien, en mi línea, sin entornos imposibles que resten protagonismo a la historia o a sus personajes, fiel a mi pensamiento historiográfico afín a la teoría de que no hay nada nuevo bajo el sol, presentando una historia lineal sin apenas flashbacks y en esta ocasión con protagonista único, creyendo siempre que la complejidad y la intensidad de toda gran historia deben crecer hacia su final, tan necesario cómo inevitable.

En este mismo blog –desde su página aparte– os presento los cuatro primeros capítulos de la obra. Unas cuarenta páginas (courier new 11, justificado, esp: 1,5) que iré ampliando hasta colgar la totalidad de la introducción, entre ochenta y cien páginas cuando esté lista. En ellas os presentaré la colonia, una comuna independiente del sistema en la que conviven todos aquellos disconformes con el mismo: pintores, escultores, poetas, filósofos… personas de todo rango y condición que buscan paz y libertad, compaginando las tareas de mantenimiento imprescindibles con los afanes artísticos de cada uno.

En el epicentro de la colonia nos encontramos a Adán y Eva –nombres en principio provisionales pero que cada vez me gustan más, se explicará por qué en su momento- perdidos en su idilio romántico y totalmente ajenos al modo en que todo su mundo está por despedazarse a su alrededor.

Desde la colonia iré presentando al sistema, fuente de toda autoridad y esquema organizativo y rector de cuanta sociedad y sociedades lo componen. Los protagonistas irán conociendo poco a poco y no sin esfuerzo toda su estructura y los secretos que encierra, todo en un futuro poco probable pero no imposible en el que tal y cómo ahora la gente sólo se interesa en su día a día siempre que les es posible. Pero cómo en todo libro abierto aún tengo que decidir si finalmente el individuo es capaz de alterar el sistema, o si indefectiblemente es el sistema el que aplasta al individuo. Teniendo muy claro que desde hoy hasta el final aún he de cambiar de parecer al menos en treinta ocasiones, página a página ya lo iré viendo más claro.

Os lo cuento para teneros al día y para que os acordéis de no desearme suerte, sino mucha mierda.

 

EL SENTIDO DE LA VIDA

Es aquello por lo que nunca te preguntas cuando eres feliz.

El resto del tiempo, cuando trona el despertador, rugiente bastardo al filo del amanecer, rompiendo en jirones los últimos sueños de la noche, trayéndote el frío de la mañana, la luz cegadora y la calamidad humana, mientras plantando tus pies desnudos en el parquet, en las gélidas baldosas del baño, la vista borrosa por las legañas y el cuerpo desde la última célula muerta hasta el tuétano del hueso más pequeño clamando por cinco minutos más, cinco minutos más de colchón de cama y de manta, de descansar y de soñar, cinco minutos más antes de partir a surcar el mar, ese mar de asfalto y hormigón, ese mar de tráfico aceras y mierda de perro, ese mar de gente sentida, ese mar de vida sinsentido, no puedes sino preguntarte qué ha sido de tus sueños.

Y sin embargo cuando te veía encadenada al cabecero de mi cama no me preguntaba nada. Claro que tampoco me importaba, ni el frío ni la mañana ni dejar de soñar, ni despertar ni moverme ni trabajar, energía cinética, movimiento perpetuo, sin rumbo, sin miedo, ni rastro ni pistas de la paranoia existencial, de la soledad, de la búsqueda de El Dorado, la fuente de la eterna juventud ni del sentido de la vida. No hay búsqueda que valga dónde no hay más expectativas.

Pero después de un tiempo, cuando ya no queda nada, cuando lo que había se ha evaporado como humo de cigarro en la brisa de la mañana, cuando hay silencio y ni rastro de las risas, de las tuyas, de las mías, cuando tras largas tardes y bochornos de día te quedas en casa, medio bajada la persiana, un par de lámparas dando luz tibia, el mundo afuera y la vista pegada a la pantalla del ordenador, tan azul, tan fría, es imposible no caer en las preguntas, en las trampas de la depresión, evitando sólo con determinación el autoengaño y la mentira, para silenciosamente tratar de averiguar qué ha sido de tu vida.

Y cuando a la mañana siguiente el sinsentido se vuelve realidad, material y tangible, etéreo y omnipresente, sobre bajo con y contra nosotros formando paredes invisibles de despertadores, de sueño, de insomnio, de dietas, de miedo a pensar, de humo, comida sana y telebasura, angustia, colesterol, benceno, de satanases en los videoclips y cristos en los altares, con la rutina, el vacío y la mierda existencial no es de extrañar que me pregunte por la última vez que todo esto me dejó de importar, huyendo del aburrimiento y la soledad inspiradora del suicidio sólo cabe recordar a la musa prohibida, inspiradora de ambición y duchas frías.

Basura filosófica, hipocondría psicológica, la vida no tiene más sentido que el que le quieras dar. A mi humilde parecer, que has de tener muy en cuenta para que todo valga la pena, el único sentido de esta vida es tu piel contra la mía.

MI VIDA EN ALTA FIDELIDAD

Leía el otro día un post sobre las mejores comedias del cine independiente, supongo que los títulos no coincidirán en ocasiones con los castellanos, pero el resultado era un Top Ten más que aceptable formado por: Clerks, Sideways, Little Ms Sunshine, Garden state, The royal Tenembaums, Eagle VS Shark, Days of summer, Juno, Buffalo ´66 y High Fidelity.

Para hablar de cine independiente ya hay mucho resabidillo en la red, pero quiero llamar la atención sobre este último título, High Fidelity o Alta Fidelidad. Película de  Stephen Frears estrenada en el año 2000, basada en el libro homónimo de Nick Hornby y protagonizada por John Cusack. El argumento se construye en torno al diálogo introspectivo que el protagonista principal, Rob Gordon (Cusack), mantiene directamente con el público y mediante el que trata de averiguar la razón de sus fracasos sentimentales, repasando sus grandes rupturas y organizándolas del modo que mejor conoce un freak musical como él, con una lista Top de sus cinco mayores fracasos, por transcendencia y no por cronología, por la cantidad de impacto y no por su duración, por el nivel de humillación y nunca por orden alfabético, “Las cinco principales, las que me hicieron daño de verdad”.

Esta siempre ha sido una de mis películas favoritas, más allá de la etiqueta de comedia independiente, es fiel al libro y a aquello que representa, construyendo de paso un reflejo fiable de la sensación de fracaso sentimental. Hay que añadirle también a estos elementos el dúo cómico representado por Black y Louiso y lo patético de la existencia del protagonista, propietario de una ruinosa tienda de discos, para completar esta historia de deconstrucción, reconstrucción, celos y amor. Siempre orientada hacia el final feliz, amigo del público y último obstáculo para la autorrealización del personaje. Sino entendéis de qué estoy hablando, no sabéis qué os estáis perdiendo.

Y cómo en todas mis películas favoritas en Alta Fidelidad reconozco un elemento común, un pequeño indicio de identificación que la hace especial. Tal vez todos debiésemos recapacitar más a menudo sobre una serie de aspectos de nuestra vida, esta película siempre consiguió hacerme pensar en ellos y sólo quizá lo consiga con vosotros –depende de la vida que hayáis tenido y de con cuanta gente la hayáis compartido- pero sin más dilación aquí va mi Top 5, las cinco principales, las cinco que me hicieron daño de verdad.

Y no es que me sea fácil elegir cinco (no es que sea fácil tener cinco), de hecho Rob Gordon tiene que iniciar su narración desde primaria. Yo creo que me voy a olvidar de Nuria y el cole, también del instituto para irme directo al verano tras el primer año de universidad.

De vuelta a Cangas había visto el ancho mundo tras unos meses en Oviedo, me sentía molar (mólare uo-o-oh!!) mucho más que el curso anterior y no tenía ni la más mínima noción de la caraja que arrastraba en realidad. Pero con mi mundo visto, con lo mucho que molaba y con la caraja, no me costó nada liarme con una chica de último año de instituto. Era alta, de líneas marcadas, cómo un deportivo de Detroit, además era fácil y resultó que aquello facilitaba un horror las cosas. Yo no le guardaba la cara y suponía con indiferencia que ella tampoco a mi, pero aquello no importó hasta el día que ella afirmó querer la exclusiva. Porque, y cito: “quería hacer el amor cómo en las peliculas”. Tras poco cavilar caí en la cuenta de que el verano se acababa y que seguramente renunciar a ella sería renunciar a los placeres de la carne, tire millas y así me fue. Ella debutó en la cinematografía pornográfica en bable, a trío con un par de gañanes, y en lugar de quedarse con que a mi la chica en cuestión no me hacía ni fu ni fa, la gente se quedó únicamente con que estaba conmigo. Menos mal que a mi la gente ni fu ni fa también.

Contra todos mis pronósticos ahora la joven parece estar destacando en el mundo de la ciencia y la investigación, pero claro, siempre le gustó experimentar. Se cae al puesto cinco de la lista porque la experiencia sigue siendo más humillante que dolorosa, veréis que resulta difícil sacarle la vergüenza a tamaño desvergonzado.

En el número cuatro nos encontramos un intenso romance que apenas llegó un año después. Correría el mes de febrero, jueves noche en el Arde París, en plenos exámenes y tomando rusos blancos cómo si tuviese sed, me encontraba de fiesta con un rollete de pre-primavera, una chica judía natural de California. No me decía gran cosa pero no tendría nada más que hacer. Quién si me dijo algo más fue la gata parda de ojos enormes que se contoneaba por el bar, más ciega que yo y con muchísimo mejor aspecto, un parecido más que razonable a Jessica Alba y un pelo negro azabache, todo un bellezón y aún a día de hoy –sin animo de ofender- la mujer más atractiva que me haya rodeado con sus piernas.

Y de aquel bar me fui con ella, más hipnotizado que otra cosa, sembrando las iras de mi acompañante californiana que hasta entonces jugaba sobrevalorándose a hacerse la interesante y a su séquito. La delicia de nombre vasco y yo empezamos a vernos mucho, a encamarnos mucho y sobre todo a salir mucho. Era genial. Salía más que yo, bebía casi tanto y le gustaba la fiesta mucho más que a mí. Era genial, hasta que dejó de serlo. Ella no se cansó nunca de salir pero yo si de esperarla, la relación se avinagró más rápido que el vino malo y se terminó en un pestañeo, pero esta vez si que dolió. Ahora ella también se dedica a la investigación en el extranjero, creo.

Pero cómo todos los tontos tienen suerte y para estas cosas yo tengo mi doble ración de tonto, un día apareció ella. La Pitufina. Nos gustamos nada más vernos y no nos gustó nada perder el tiempo. Se podía hablar con ella de cualquier cosa, pero tampoco hablábamos tanto, de hecho tampoco llegamos a estar realmente juntos. Más bien nos juntábamos, mas o menos a menudo, nos queríamos a nuestra manera y aún nos seguimos teniendo un cariño profundo, al menos por mi parte y lo tengo bien presente aunque sólo sea por el modo tan suyo en el que me saca de quicio. Es la única relación que he tenido que siempre ha ido a mejor, incluso aunque haga tantos años que no estamos juntos. ¿Cómo lo dejamos? Pues no lo sé, simplemente dejamos de estar juntos. Ahora va para notaria.

En este podio la plata y el oro se entremezclan con un solo ganador claro. Llegaba yo de un periodo tranquilo, creo que por entonces me veía con Bea y con Lenka, estando más o menos sólo a la manera habitual, tampoco estoy seguro, pero lo que si tengo muy claro era que no estaba preparado para la que me venía por delante. La conocí en un bar, a las dos semanas de cafés y cañas vespertinas le pedí el DNI, so pretexto de alguna estupidez sólo para recordar su nombre, pero entonces no caí en la cuenta de que podía haber aprovechado para comprobar de paso su edad. Y es que si bien ella era rubia, bonita, tímida e inteligente, me sacaba cinco años, estigma que a la larga resultó mucha cruz para cargar. Claro que de aquella yo llamaba suave brisa al huracán. Había comenzado sin darme cuenta La Tormenta Perfecta.

Sabía que era mayor y que a ella no le agradaba la idea, fui tan estúpido de enamorarme hasta las canillas y el corvejón pensando que con eso bastaría. Me arme de decisión y me propuse limar la diferencia de años saltándome etapas, determinado a conseguir piso, trabajo, dos pequeñas niñas rubias y un Pomeranian. Todo por la única, la elegida, la original e irrepetible, todo por el gran amor de mi vida. Y al final, tras un mes de agosto sin apenas vernos, la ruptura. Ella siempre estuvo convencida de que a la larga sería lo mejor, la larga ya está a la vuelta de la esquina y ahora ya veremos. No tengo ni la más remota idea de qué es de su vida, ni valor para preguntar y a las ganas de intentarlo las mató ella.

Y hasta aquí la parte bonita. La mínimamente racional. En adelante el número uno de mi lista: mi ruptura con todas las demás y conmigo mismo. Todos nosotros causalidades y victimas de la tormenta. Y es que nunca superé la tormenta perfecta, ella siempre me superó a mí, de forma inapelable y en todos los sentidos. No tanto la chica, perdón, mujer, cómo su recuerdo su fingida indiferencia –rencor, celos, impotencia y rabia pura disfrazados de silencio- junto con mi paja mental. Cierto que lo pasé mal, muy mal, debí perder el mapa, la brújula y la estrella polar porque no encontraba mi norte por ninguna parte. Pero en retrospectiva duelen más otras perdidas.

La niña de los ojos de lobo y Aliena, las dos, la tormenta de verano, Charlotte, buenos amigos y buenas chicas, Lauras, Marías, Martas, Noemís, Lucías, Evas, Alejandras, Veronicas, Anas, Sandras, Bibianas, Tamaras, Cármenes, Beas… Y al final a mí, que también me perdí y en algún lugar me encontré mucho tiempo después, pero para entonces ya llevaba muy avanzado un blog, tenía terminada una novela y sin saber cómo las cosas muy claras, esta vez para variar. ¿Dónde estoy ahora? Aquí, que es lo importante, tras mucho pasarlo mal y hacer el pijo, aquí cómo detrás de cada ruptura y esperando con ilusión las cinco siguientes, sin olvidar que lo clásicos nunca mueren. Mucho más cerca de publicar mi primera novela que cuando no la tenía escrita y mucho más sabio, más guapo y más zorro. Más vivo. Recordando a alguien cada vez menos de vez en cuando y en ocasiones, en los ratos muertos, siguiendo con mi vida.

SOBRE SENTIMIENTOS

Vereis, centrado en el banco no te caes del banco y del dicho al hecho hay trecho, baste esto sumarísimamente y al lío, cada vez tengo menos tiempo para el blog pero no sin buenos motivos. Por eso hoy he decidido colgar un pequeño fragmento inédito de la novela, para terminar la cual me queda poco, muy poco. ¿Por qué este fragmento? Bueno, es una pequeña reintroducción de un personaje que llevaba tiempo sin aparecer, no adelanta acontecimientos ni hace necesaria una alerta de spoiler.  Además me entusiasma como casa con el tema de Coldplay que esta misma mañana me emocionó horrores. Espero lo disfruten:

Se mira en el espejo sin verse, ya está peinada y se sienta en ropa interior frente al tocador del baño. Aquella noche la ha traído de cabeza durante las últimas semanas, ya han pasado meses desde que ella decidiese poner termino a su relación con él, meses de llanto y de nervios, meses de angustia. Ahora se prepara para una cita, o al menos lo hacía hasta quedarse traspuesta, no sabe si tiene ganas de pasar por aquello o no, pero ha decidido probar y ahora sólo espera el momento de quitárselo de delante.

Él ha sabido ser paciente, ha sido educado y cariñoso, ha conseguido hacerle olvidar todos los prejuicios y la mala imagen que ella sentía hacia su persona. Han ido al cine, han ido a cenar, han salido a pasear y hasta la ha acompañado de compras y a hacer recados, lo ha pagado todo y no ha sido grosero, ha sido constante pero no la ha agobiado y ahora se merecía una noche cómo aquella.

Ella se lo repite otra vez más mientras sigue allí parada, alargando al máximo cada instante que le separe de su futuro próximo, sabía que no sería agradable, pero no puede evitar que se le forme un nudo en el estómago cada vez que piensa en adonde le puede conducir salir de su casa esa misma noche. Está tentada de coger el teléfono y de fingir una indisposición, de inventarse cualquier cosa con tal de no ir a verle, no es que tenga ganas de seguir compadeciéndose de si misma, ni de dormir sola, es sólo que sabe que esta noche no será él a quien abrace, no será él quién la acaricie ni quién le haga el amor. Será otro, y por mucho que se lo haya ganado no sabe si está preparada para eso.

Empieza a martillear con las uñas la base de mármol frente al espejo, aún no ha empezado a maquillarse y ya sabe que llegará tarde, pero eso no le importa nada del mismo modo en que no le importaría llegar a su cita y no encontrarse a nadie, poder posponerlo todo aunque fuese únicamente otro día, otra vez. No se había sentido así desde el día de su primera vez, pero a diferencia de aquella vez no es por curiosidad o miedo.

Desde luego esto no tenía nada que ver con la primera vez que ellos dos se habían acostado, si que habían tenido su dosis de vergüenza y de torpeza, tanto que había terminado resultando un tanto ridículo y poco acertado, pero nunca le importó ni lo más mínimo. Es lo que tienen los flechazos y aún le importó menos cuando después lo repitieron durante días, durante las semanas que siguieron y los meses que pasaron sin salir del dormitorio, sin tener nunca nada mejor que hacer.

No, no es una cuestión de cómo, ya sabe perfectamente cómo ha de desarrollarse todo, un poco incómodo al principio y sin suerte incómodo hasta el final, con un par de vinos bastante más relajado y con un poco de su parte satisfactorio para ambos. No le es ningún secreto lo que él busca, su mirada no cubre ni siquiera un poco lo que con esforzada paciencia pretende disimular, la desea con locura, tanto que no deja de hacerla sentir un poco incómoda. Y no deja de ser esa la razón de que haya escogido un conjunto negro de ropa interior con bastante tela y un vestido negro liso sin escote, lo último que quiere es una cena que transcurra entre miradas furtivas a la base de su pecho.

No le molesta tanto, los hombres la han mirado así desde antes de cumplir dieciséis años, pero bien sabe Dios que ella también ha tenido sus momentos –se estremece al recordar su encontronazo en el baño de aquel bar- y peor sería que la mirase sin deseo. No obstante no puede evitar que esas miradas le resulten turbias y sabe bien por qué, las culpables son las otras miradas que tiene grabadas en la memoria, las mismas que parecen revivir y asaltarle las retinas cuando cierra los ojos, su mirada el día que se conocieron, después de su primer beso, después de la primera vez que hicieron el amor, las miradas de cariño infinito las tardes de domingo, las dilatados momentos mirándose a los ojos entre beso y beso, la forma en que la miraba antes de hacerle el amor y también la mirada muerta de sus ojos cuando le dijo: “se acabó”.

No era una santa, alguna vez estando con él había fantaseado con otros, había llegado a pensar que estando soltera podría tener muchas más cosas, todo lo que siempre le  había parecido mejor, algo más maduro y serio, más formal y adulto, más comprometido y estable, todo lo que antes le faltaba, o eso pensaba, en aquella cama que ahora echaba tantísimo de menos, pero en este momento cuando la oportunidad se presentaba frente a ella no puede evitar sentirse un amasijo de nervios. Piensa en lo que sintió ella al verle con otra, en lo que sin duda sentiría él al verle aquella noche, en lo que podría llegar a pasarle al enterarse. Se lo tendría merecido, es cierto, pero no puede evitar sentir remordimientos, le preocupa hacer esto por despecho o por aburrimiento, lo ha discutido mil veces consigo misma y con sus amigas, tanto que siempre había terminado posponiéndolo, al menos hasta aquel momento.

Vuelve a mirarse en el espejo, el sujetador realza sin esfuerzo un pecho perfecto, generoso. Tiene una sonrisa de alineados dientes blancos y unos bonitos ojos castaños, es una mujer preciosa con mucho que ofrecer. Se pone en pie sin dejar de mirarse al espejo, tiene una gran figura que le cuesta no pocos sacrificios, tampoco está mal que se lo reconozcan de vez en cuando. Se desliza dentro de su vestido y se sube con agilidad la cremallera del lateral, le queda bastante ceñido, sólo lo justo para dejar entrever una silueta de escándalo, si, es perfecto, sin duda hará las delicias de su acompañante sin darle nada más de lo estrictamente necesario.

Sentándose de nuevo se  pone un poco de base de maquillaje en la punta del dedo índice y comienza a repartirla uniformemente por su rostro, no se maquillará mucho, apenas la base y la línea del ojo, quizá un poco de pintalabios de un color discreto, sin más adornos que una gruesa pulsera de plata para romper la simetría y unos pequeños pendientes de cristal de Swarovsky con un collar a juego, un pequeño corazón púrpura con una cadenilla de plata.

Esta nerviosa sí, pero también harta de sentirse miserable, cansada de preguntarse porque todo es tan difícil, su vida tan triste o ha tenido tan poca suerte. De preguntarse por lo que estará haciendo él y de sentir ganas de llamarle, de hablar con él y de que él la llame. Ha estado mucho tiempo de luto, ha esperado una resurrección milagrosa mas allá de todo sentido común, ha esperado ese milagro más allá de toda esperanza y ya no puede más. Quiere que la quieran y que la abracen, quiere sentirse bien otra vez, quiere ser feliz más allá de toda la tristeza de los últimos meses. Y ahora y de verdad, por primera vez desde que le dejase y para siempre, tiene ganas de olvidarle. Su olor, su cara, su voz, el tacto de su piel y el sonido de su risa. Quiere desprenderse de esta pesada ancla que siente la ata en el fondo de su autocompasión y su miseria.

Apoya el lápiz de ojos junto al espejo, se levanta y se mira por última vez, esta preciosa, es preciosa y quiere que la quieran. Esta preparada para cualquier cosa que la noche le traiga, cualquier cosa con tal de olvidar el dolor de su corazón, de silenciar la voz triste de su cabeza.

VEINTE AÑOS DEL VEINTE DE ABRIL

Veinte de abril del noventa. Hola chata ¿Cómo estás? ¿Te sorprende de que te escriba? Tanto tiempo es normal.

Veinte de abril del noventa, yo tendría unos cuatro años, ella unos ocho. Estaríamos viendo a David el gnomo y el dramatismo de esta canción nos la traería completamente al pairo. Clint Eastwood comenzaba a madurar el violento drama Sin perdón, que hoy se ha convertido ya en la prueba fehaciente de que lleva más de veinte años interpretando papeles de viejo.

No obstante, ayer a las mil de la mañana y conduciendo bajo una niebla espesa me chocó escuchar este tema de los Celtas Cortos. Gracias a Dios fue lo único que chocó en aquel coche. Pero sin ponerme en exceso emotivo, metafísico o melodramático digamos que siempre he pensado que existe una canción para cada momento, sólo digo que es agradable cuando canción y momento finalmente coinciden.

Pues es que estaba aquí solo, me había puesto a recordar me entró la melancolía y te tenía que hablar.

Venía, es cierto, con mil y una cosas en la cabeza, esperando que ninguna más se escondiese entre la niebla ante el coche. El lanzamiento inminente del nuevo blog, los deberes de la asociación, asientos contables, dos buenas ofertas de trabajo y el poco, poquísimo tiempo que me resta para todo esto. El festival Ruido Polar todavía me taladraba los oídos y tenía ganas de llegar a casa, fundir a negro y olvidarme de todo aquello hasta el día siguiente. Pero en estas volví a percibir una sensación recurrente, una sombra familiar, habitual a pesar del tiempo y la distancia. Un regusto amargo al darme cuenta de nuevo de que cuando estoy agobiado, deprimido, nostálgico o melancólico no puedo evitar acordarme de ella.

¿Recuerdas aquella noche en la cabaña del Turbo? ¿Las risas que nos hacíamos antes todos juntos?

Seguramente la cabaña del Turbo nunca fuese para tanto, ni tampoco las risas que se hacían. El bajo tampoco era gran cosa, por eso decidimos dejarlo, no obstante ahora ninguno de nosotros puede pensar mucho en aquello sin que se le pongan los ojos vidriosos. Lo mismo en este caso, los últimos meses fueron una condena y un castigo, no obstante tiendo a pasar esas evidencias por alto y a quedarme con el brillo cegador de un ayer mejor. Tanto es así que he decidido por mi propio bien que todos los recuerdos que guardo entre el corazón y la cabeza no son más que reflejos, medias verdades a las que recurro cuando me deprimo pensando en lo feliz que había llegado a ser, aunque tampoco nada de esto fuese para tanto. Aquella misma tarde me habían recordado lo molesto del ruido de su secador de pelo rasgando el silencio de la madrugada, y yo no pude sino limitarme a asentir mientras por dentro pensaba en lo mucho que se molestaba para venir a dormir conmigo, todo lo que teníamos que madrugar después y lo poco que me importaba acompañarla luego a la estación de tren. ¡Que bonito era aquello del amor!

Hoy no queda casi nadie de los de antes y los que hay han cambiado.

Y yo el primero y el último. En transformación constante, evolucionando e involucionando, con la perenne sensación de caminar en círculos y de no dar una a derechas. Disfruto, eso sí, cada vez más del vacío errante, más a gusto conmigo mismo y más centrado a un tiempo. Sabiendo que cuando sepa en que centrarme o con quién, seré feliz.

Ayer noche fue la primera vez en toda mi vida que alguien me presentó cómo escritor, disfruté tanto con aquello que ni siquiera me importó que los implicados en aquella introducción tuviesen, ante aquellas palabras, una reacción calcada a la de una liebre cegada por las luces largas de un coche en una sombría carretera castellana. ¡Que les den! Me llamo Diego Cózar, aunque puede que eso no les diga nada… de momento.

Pero bueno ¿tú que tal? Di. Lo mismo hasta tienes críos ¿Qué tal va con el tío ese? Espero sea divertido.

Estoy seguro de que el autor de la canción recordaba perfectamente el nombre del tío ese, pero de ahí a pronunciarlo hay trecho. Yo no puedo sino disfrutar del hecho de que todo esto ya no me afecté, de haber superado mi obsesión paranoide con el tema y de desearle lo mejor desinteresadamente. Si volvió con su ex cómo siempre pensé terminaría haciendo o si se ha olvidado de mí con una docena de grises fracasados. Ella quería dos niñas y un Pomeranian, yo se lo deseo de todo corazón junto con un boleto de lotería premiado y una casita en Picos. Ya no tengo celos, los gasté todos. Y sé que la hierba siempre luce más verde, verde de celos y envidia, desde nuestro lado de la valla.

Yo la verdad cómo siempre. Sigo currando en lo mismo, la música no me cansa pero me encuentro vacío.

Que no deja de ser parte de estar vivo. Todo esto puede parecer un poco depresivo, se que una de mis mas recientes admiradoras se empeñará en verlo así, pero se equivocará cómo siempre se equivocó conmigo. Las dos primeras estrofas de Las coplas a la muerte de su padre no son sino un Carpe Diem tallado por la pluma de Manrique, una advertencia atada al mejor deseo de vivir intensamente una vida plena al margen de los fantasmas de nuestro pasado. Puede parecer estar mal o ser triste, pero esto no es nada cuando se ha estado mucho peor y  cuando sólo con un poco de atención se puede advertir cómo todo empieza a mejorar.

Bueno pues ya me despido. Si te mola me contestas. Espero que mis palabras resuenen en tu conciencia.

O no, tampoco pasa nada. No son las primeras que le dedico a este tema, ni mucho menos. Ahora bien me sorprendería una contestación a estas alturas. Pero me conformo con la consabida lectura, relectura y seguimiento tenaz de las mismas. Total ¿Para qué quieres hablar con alguien cuando puedes leer su blog? Mucho más cómodo y aséptico ¡Dónde irá a parar!

Pues nada chica lo dicho, hasta pronto si nos vemos. Yo sigo con mis canciones, tú sigue con tus sueños.