TONTOS DE LOS COJONES

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Con el transcurrir de los años van surgiendo cuestiones ineludibles, algunas tan transcendentes como la necesidad de aceptar o no nuestra propia naturaleza y otras un poco menos, como por ejemplo la cuestión de decidir si uno es lo suficientemente viejo para que deba darle vergüenza salir a la caza de pokemons.

Al respecto de esta segunda cuestión lo he tenido claro, así como también lo he tenido de la primera. Soy lo que soy, quizá porque siempre lo he sido, quizá porque he recibido cierta educación o por mis circunstancias sociales durante la formación de mi carácter, lo cierto es que independientemente de las causas me conozco y me quiero tal y como y tal y porque soy así. Y eso que soy un tonto de los cojones.

No me traten con excesiva dureza sin conocer mis circunstancias. Me defino así por motivos claros y cuantificables, si una vez acabe de explicarlos usted difiere por favor hágamelo saber. Soy lo que soy porque me amarga que me roben, me enfada que me mientan y tolero poco o nada las argumentaciones peregrinas para buscar justificar las falacias lógicas, las falsas verdades tautológicas y todos los tipos de razones basura del corte del: mire usted, voy a ignorar ese asunto del que usted me habla y de paso soltarle alguna milonga de las del marinero y el capitán.

Si ya está usted de acuerdo conmigo puede dejar de leer. Si no, sigamos. Me enfada que me roben y que me mientan, a usted también -me dirá- y nunca se ha considerado un tonto de los cojones. Cierto. Pero hace falta más que una manera de sentir para definir un carácter y mis taras no vienen definidas únicamente por mis sentimientos, sino por mis acciones. Tengo una horrible tendencia a expresar mi malestar y mis opiniones fuera del sanctasanctórum de la autocensura y del qué dirán, y lo que es peor tiendo a compartirlas con aquellos que, sin culpa ni pena me dirán, me roban y me mienten.

Ahora sí, ya entenderán porque soy un tonto de los cojones. Con lo descansado que es no decir nada, lo apacible que resulta el mirar para otro lado dejando pasar las estaciones, opinando por lo bajini a ser posible sin nadie delante y la calma chicha relajante, casi etérea, extática, post orgásmica y extrasensorial derivada del relaje de los esfínteres éticos previo a la sodomía económica y social de nuestro día a día, porque al final, si uno se calla y se porta bien, con suerte lo peor de la embestida caerá en ojete ajeno.

Puede que aquí alguien al sentirse identificado sienta cierta rabia hacia el junta letras firmante de estas afirmaciones, puede también que sienta el impulso de decir que dicho personaje es un tonto de los cojones (¡SAL DE MI MENTE!) o tal vez le mente a la madre, si, muy probablemente mente a la madre pues como todos sabemos el único problema real con la corrupción generalizada es por y para los descontentos, y por supuesto esto se debe a nuestro útero de procedencia.

Y si ahora me notan más cenizo aún que al comienzo del artículo es porque ya huelo los problemas, las insidias. Verán, soy de un pueblo pequeño, donde nos conocemos todos y podemos poner cara a quienes nos roban y nos mienten, donde les vemos a diario y podemos hacerles saber nuestro parecer, y podría parecer una ventaja a ojos urbanitas y tal vez lo fuese… si de verdad lo hiciésemos. Pero nos callamos como putas bien pagadas aunque nos hayan arruinado el pueblo, el país y a poco más que traguemos la vida.

Pero para qué diré nada, seré tonto de los cojones.

SI VAS A SER TONTO, TIENES QUE SER DURO. ROGER ALAN WADE

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